Novia Fugitiva busca venganza - Capítulo 130
- Inicio
- Todas las novelas
- Novia Fugitiva busca venganza
- Capítulo 130 - Capítulo 130: La Celda
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo
Capítulo 130: La Celda
La celda medía seis metros cuadrados.
Lo sabía con exactitud porque lo había medido el primer día, caminando de pared a pared con pasos contados. Era la clase de cosa inútil que el cerebro hacía cuando no tenía nada más urgente en qué ocuparse. Seis metros cuadrados. Cama. Mesa. Retrete. Ventana con barrotes que en noviembre solo recibía sol cuarenta minutos al día, siempre entre las dos y las dos y cuarenta, cuando el ángulo de la luz alcanzaba el patio interior y rebotaba hacia arriba.
Llevaba veintiún días ahí.
Se sentían como tres meses.
El guardia de turno de las cinco y media había dejado la bandeja de la cena con el papel doblado encima, sin comentario, sin mirar. Papel de tres párrafos con membrete del tribunal. El tipo de documento que parecía intrascendente hasta que uno leía el primer renglón y entendía que era exactamente lo contrario.
Maître Sophie Lefebvre informa su renuncia a la representación del señor Santiago Domínguez por conflicto de intereses sobrevenido.
Santi leyó el párrafo dos veces.
Luego dejó el papel sobre la mesa.
La bandeja de comida se quedó intacta mientras la luz del patio desaparecía y la celda quedaba en el gris plano de las últimas horas del día.
Lefebvre era el último escudo.
No el único que había tenido. Había tenido a Baert, que sabía cómo fabricar narrativas legales con materiales prestados. A Volkov, que sabía cómo presionar testigos con el peso correcto de la amenaza. A Morozov, que era el dinero detrás de todo sin nombre visible ni cara expuesta.
Todos se habían ido.
Baert había declarado. Lo supo porque Aubert —la nueva abogada que el tribunal le asignaba— se lo diría mañana, pero Santi ya lo sabía antes de leer ningún papel. Lo sabía de la misma forma que los animales conocen el tiempo antes de que cambie: por el olor del aire, por la forma en que el silencio se espesa.
Baert había declarado porque ese era el tipo de hombre que era. El tipo que construye estructuras de riesgo compartido pero que, cuando la estructura empieza a colapsar, sale por la puerta de servicio antes de que los escombros lo alcancen.
Los hombres como Baert siempre tenían puerta de servicio.
Los hombres como Santi, no.
El pensamiento llegó solo, como siempre.
Sin invitación.
Ciudad de México. 2015.
La cocina del departamento en Coyoacán. Valentina con veinte años, el cabello recogido, estudios de diseño sobre la mesa de la cocina mezclados con restos del desayuno porque ella siempre mezclaba los mundos de esa forma, incapaz de separar el trabajo de la vida como si para ella fueran la misma cosa.
—¿Por qué llegas tarde todas las noches?
La pregunta sencilla de quien todavía confiaba.
—Trabajo.
—¿Qué trabajo, Santi? Tu papá dice que casi no vas a la oficina.
Y ahí estaba. El nudo. El mismo nudo que había estado ahí desde los doce años en el jardín con las rosas de su padre, desde el día en que entendió que había un favorito y que el favorito no era él, desde todos los años en que cargó ese nudo como equipaje que no podía soltar.
—No me interrogues.
—No te interrogo. Te pregunto como pareja.
Su voz. Limpia. Sin miedo todavía. Con la confianza de quien no sabe que la tierra que pisa se está agrietando bajo sus pies.
La tomó del brazo.
Demasiado fuerte.
Tan fuerte que ella hizo ese sonido pequeño, ese sonido que todavía escuchaba a las tres de la mañana cuando el silencio de la celda lo dejaba sin defensa contra sus propios recuerdos.
—Me estás lastimando.
La soltó horrorizado.
El moretón ya formándose. Azul oscuro contra la piel de su muñeca.
Y en sus ojos, algo que cambió ese día y que nunca volvió a ser lo que había sido antes.
El miedo reemplazando la confianza.
No de golpe. No dramáticamente. Solo un pequeño apagón en algún punto detrás de sus ojos que Santi había pasado los años siguientes intentando reencender con más control, más exigencia, más presencia, sin entender que cada intento de reparar lo apagaba más.
Hasta que ya no quedó nada que apagar.
La bandeja de comida seguía intacta.
Santi no tenía hambre.
Llevaba días sin tenerla de verdad. Comía porque el cuerpo lo pedía de forma animal, sin placer, sin razón más que la mecánica básica de mantenerse en pie.
¿Para qué?, se preguntaba a veces.
Para el juicio, respondía la parte funcional de su cerebro. Para la posibilidad remota de que algo cambiara. Para seguir siendo el obstáculo que algunos querían que fuera aunque ya nadie pagara por mantenerlo en ese rol.
Pero debajo de esa respuesta funcional había otra más honesta.
Para ver a Valentina una vez más.
No en el puente. No con rabia ni con navaja.
Solo verla. Como la veía en la foto que los guardias le habían confiscado al entrar: dieciséis años, jardín de su casa, sonriendo hacia la cámara de alguien que no era él, con esa risa que hacía que todo lo demás desapareciera.
Aubert llegó a las diez de la mañana del día siguiente.
Treinta y un años, pelo castaño cortado a la mandíbula, traje de color vino que había sido planchado pero que mostraba las arrugas de quien llegó temprano a una oficina que no tenía suficiente espacio para colgar abrigos. Tenía cara de no haber dormido bien, lo que Santi interpretó correctamente: le acababan de asignar el caso más complicado de su corta carrera con nueve días de margen.
Se sentó frente a él con el expediente abierto sobre la mesa.
—Buenos días, señor Domínguez. Soy Céline Aubert, su representante asignada por el tribunal.
—Buenos días.
—Voy a necesitar que me ponga al corriente de varios puntos del expediente antes de…
—No puede ganar este caso. —Lo dijo sin crueldad. Solo como observación de alguien que ya ha terminado de calcular. —No tiene los recursos ni el tiempo.
Aubert no se ofendió.
Le dio crédito por eso también.
—Con los hechos disponibles en este momento, no. —Directa. —Pero tengo acceso al expediente completo y hay procedimientos que…
—Baert declaró contra mí. —Santi. —¿Lo sabe?
—Estoy al tanto.
—Entonces sabe que las grabaciones que presentó Lefebvre están invalidadas. Y que sin esa defensa el caso se reduce a lo que ocurrió en el Pont des Arts, que está documentado con cámaras, dos testigos directos, y una herida de ocho puntos en el brazo del otro testigo.
Aubert lo miró.
—¿Hay algo en el expediente que no esté documentado correctamente?
—No. —Santi. —Todo está documentado correctamente. Eso es el problema.
El silencio entre los dos era el de dos personas que sabían exactamente dónde estaban paradas y que no tenían ni el tiempo ni la energía para fingir lo contrario.
—¿Hay algo que quiera comunicar al tribunal? ¿Algo relevante para su defensa que no esté en el expediente?
Santi miró la mesa.
Las marcas en el metal. Años de otras personas en el mismo lugar, dejando la huella física de sus propias decisiones equivocadas.
—Quiero que transmita una petición.
—¿A quién?
—A Valentina García.
Aubert levantó la vista.
—¿La víctima del cargo de agresión agravada?
—Sí.
—El tribunal puede denegar esa petición dadas las…
—Lo sé. Quiero que se la hagan llegar de todas formas. —Su voz era plana. Sin la carga de manipulación que había tenido durante años, sin el cálculo de fondo que siempre tenía detrás. —No es para negociar. No es para amenazar. No quiero nada de ella. Solo quiero decirle algo que debí haberle dicho hace mucho tiempo.
—¿Qué quiere decirle?
—Eso es entre ella y yo.
Aubert apuntó la petición sin más preguntas.
Esa noche Santi no durmió.
No por miedo. El miedo ya había perdido su textura original. Lo que quedaba era más tranquilo y más difícil al mismo tiempo: la quietud específica de quien ha dejado de luchar contra algo y todavía no sabe bien qué hacer con las manos sin esa pelea.
Se levantó a las dos y media de la madrugada.
Llamó al guardia de turno a través del interfono de la pared.
—Necesito papel y lápiz.
Silencio en el otro lado. Luego el sonido de alguien evaluando si eso era petición razonable o no.
—¿Para qué?
—Para escribir.
Otro silencio.
—Espere.
El papel llegó a los diez minutos. Dos hojas. Un lápiz de madera corto. El mínimo que el protocolo permitía sin requerir autorización adicional.
Santi se sentó a la mesa.
Miró las hojas en blanco bajo la luz de la celda.
No era hombre de cartas. Nunca lo había sido. Las palabras escritas siempre le habían parecido peligrosas de una forma que las palabras habladas no: porque permanecían. Porque podían ser usadas de vuelta contra uno. Porque documentaban versiones de uno mismo que convenía negar.
Pero ya no tenía nada que proteger.
Escribió.
No un manifiesto. No una disculpa calculada para reducir su condena ni para generar simpatía en un juez. Tampoco una amenaza de ninguna clase.
Solo lo que era verdad.
Que la había conocido cuando tenía quince años y que en ese momento, en ese jardín, por primera vez en su vida alguien lo había visto como suficiente.
Que eso lo había roto de una forma que tardó años en entender y más años todavía en no intentar reparar con las herramientas equivocadas.
Que lo que le hizo no fue amor aunque él creyera que sí.
Que lo que construyó fue la destrucción de lo único que lo había hecho sentir real.
Seis líneas.
Las últimas palabras que Santiago Domínguez le escribiría a Valentina García.
Las dobló.
Las guardó bajo el colchón.
Y esperó a que llegara la mañana con la quietud extraña de quien finalmente ha dicho la verdad y ya no tiene ningún lugar donde esconderse de ella.
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com