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Novia Fugitiva busca venganza - Capítulo 131

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Capítulo 131: La Petición

El mensaje de Aubert tenía diecinueve palabras.

Valentina lo leyó tres veces antes de que el metro llegara a su parada.

“Mi cliente solicita hacer llegar una comunicación escrita a la señorita García. No es exigencia. Es petición. Favor confirmar si acepta recibirla.”

Cerró el teléfono.

Salió del vagón con el resto de la gente que salía a esa hora. Hombres con maletines, mujeres con bolsas de mercado, estudiantes con auriculares que no miraban a nadie. El mundo funcionando con su indiferencia habitual. Completamente ajeno a que Valentina García acababa de leer diecinueve palabras que tenían el peso específico de diez años.

Caminó los cuatro minutos hasta el Marais.

El frío de noviembre le picaba en las mejillas.

Lo dejó.

Necesitaba sentir algo físico y concreto en este momento. Algo que no tuviera que ver con palabras en una pantalla ni con un hombre en una celda que de repente quería decir algo que durante diez años no había sabido, o no había querido, o no había podido decir.

Subió al apartamento.

Encendió la luz de la cocina.

Puso agua a calentar aunque no tenía ganas de té.

Se sentó en la silla junto a la ventana del Marais, la que daba a la calle angosta donde por las mañanas los repartidores de pan hacían un ruido específico con las ruedas de los carros metálicos. Un ruido que en los primeros meses había sido lo primero que escuchaba al despertarse y que ahora ya era solo parte del tejido de sonidos que significaban que vivía aquí. Que esto era suyo.

Miró el teléfono.

Aubert. Petición. Comunicación escrita.

Pensó en lo que eso podía ser.

Una carta. Una nota. Tres líneas o tres páginas. Podía ser una disculpa calculada para generar simpatía ante el juez. Podía ser una amenaza disfrazada de sentimiento. Podía ser un intento de hacerla comparecer como testigo de carácter, una jugada procesal que podía complicar su propia declaración si no estaba preparada.

Podía ser todo eso.

También podía ser ninguna de esas cosas.

Valentina abrió la laptop.

Buscó la entrada sobre peticiones de comunicación interna en procedimiento penal francés. No para entenderla perfectamente. Para saber exactamente qué implicaciones procesales tenía aceptar o rechazar antes de responder.

Cinco minutos de lectura.

Lo que encontró fue sencillo: una petición de comunicación de un acusado a la víctima antes del juicio no tenía valor procesal en ninguna dirección. Aceptarla no la obligaba a nada. Rechazarla tampoco la beneficiaba jurídicamente. Era una pregunta entre personas. No entre posiciones legales.

Eso lo simplificaba.

Y a la vez lo hacía más difícil.

El agua hirvió.

Se preparó el té aunque no lo quería. Algo para ocupar las manos mientras el cerebro terminaba de ordenar lo que ya sabía pero que el instinto de protección seguía intentando enredar.

Santi la había conocido cuando tenía quince años.

La había querido con la intensidad específica de quien confunde posesión con amor, control con cuidado, miedo con respeto. La había destruido con esa intensidad. La había seguido cuando huyó. La había saboteado cuando construyó. La había atacado con una navaja en un puente iluminado por las luces del Sena.

Y ahora quería decirle algo.

La pregunta no era si merecía ser escuchado.

La pregunta era si ella necesitaba escuchar lo que tenía que decir.

Valentina bebió el té.

La calle afuera. El ruido suave del tráfico de las once de la noche. Alguna conversación en el piso de arriba que llegaba amortiguada, solo el ritmo, sin las palabras.

Pensó en Eric.

En la forma en que él había dicho, en ese pasillo de hospital oliendo a desinfectante: El cambio no se negocia. Se demuestra.

No lo había dicho sobre Santi. Lo había dicho sobre Karim. Pero las palabras aplicaban con la misma precisión a cualquier persona que decía haber cambiado y esperaba que la otra creyera en ese cambio sin evidencia.

Una carta no era evidencia de nada.

Una carta era papel.

No necesitaba la carta para estar bien.

Estaba bien sin ella.

“Cicatrices” existía. El juicio llegaba. Karim era aliado. Eric era amigo. Isabelle había grabado treinta y seis minutos de conversación que desenredaban la red completa detrás de Santi. Las personas que la habían intentado destruir estaban o derrotadas o en proceso de serlo.

No necesitaba la carta.

Pero había algo en la petición que la quietud honesta de las once de la noche le hacía ver con claridad: rechazarla porque tenía miedo de lo que iba a encontrar adentro no era fortaleza.

Era exactamente lo contrario.

Era dejar que Santi todavía tuviera poder sobre ella aunque fuera el poder de hacerla evitar algo.

Valentina tomó el teléfono.

Abrió el mensaje de Aubert.

Pensó la respuesta durante dos minutos completos. No porque no supiera lo que quería decir. Sino porque quería asegurarse de que las palabras fueran exactamente las suyas, sin el adorno que las suavizara ni la dureza que las convirtiera en venganza pequeña.

Escribió.

“Acepto recibirla. Solo a través de usted. Sin respuesta de mi parte. La leeré cuando yo decida, no cuando su cliente espere.”

Enviar.

Esperó diez minutos para ver si Aubert respondía.

No lo hizo.

A esa hora, la abogada probablemente no miraba el teléfono. Era joven y tenía un caso imposible y mañana a las nueve tendría que sentarse frente a un expediente con más agujeros que argumentos. Valentina sintió algo que no llegó a ser compasión pero que tampoco era hostilidad.

Era el reconocimiento de que las piezas de una trampa afectaban a más personas que las que la habían construido.

Cerró la conversación.

Abrió los bocetos de la colección de primavera.

La chaqueta número seis con el codo que todavía no estaba exacto. Margaux la había ajustado esa tarde pero quería verla mañana con luz natural para confirmar que la tensión del bastidor cedía en el punto correcto.

También tenía que revisar el pedido de telas de Flandes que llegaba el viernes.

Y la reunión con el representante de Harrods pendiente para la semana siguiente al juicio.

La vida de “Cicatrices” no se detenía porque Santi estuviera en una celda. No se había detenido cuando estaba libre y saboteaba el taller. No iba a detenerse ahora.

Suficiente para llenar los días entre hoy y el momento en que una carta en un sobre de papel del protocolo penitenciario francés llegaría a sus manos.

Y ella elegiría cuándo abrirla.

Si es que la abría.

Quizás nunca.

Quizás cuando todo esto hubiera terminado y tuviera distancia suficiente para leer las palabras de alguien sin que esas palabras pudieran lastimar ni complicar nada de lo que estaba construyendo.

Eso también era una opción.

También era una decisión que le pertenecía a ella sola.

Apagó la laptop.

Se preparó para dormir con la tranquilidad específica de quien acaba de hacer algo pequeño pero exactamente correcto: no negarse, no precipitarse, solo abrir la puerta el centímetro justo que era suyo abrir.

El teléfono de emergencia de Eric en la mesita de noche.

Silencioso. Ligero. Todavía ahí.

Y en algún lugar de la ciudad, en una celda de seis metros cuadrados con cuarenta minutos de sol al día, un hombre que había tardado diez años en aprender a decir la verdad esperaba saber si alguien estaría dispuesto a escucharla.

Valentina apagó la luz.

Eso era problema de mañana.

Hoy ya había hecho suficiente.

Han pasado cinco días desde que Lefebvre se fue.

Valentina lo sabía no porque llevara la cuenta deliberadamente sino porque cada mañana del Marais tenía su textura específica y las cinco últimas habían tenido la textura de algo que se asienta después del movimiento. Como tela que ha pasado por la plancha y todavía no ha enfriado del todo pero ya está quieta.

La rutina ayudaba.

Seis de la mañana: café de moka. La Singer enchufada aunque no siempre la usara de inmediato. Los bocetos de primavera extendidos sobre la mesa de trabajo con los bordes marcados de Post-its de colores que Margaux había comprado en la papelería de la esquina porque decía que el caos visual tenía que tener al menos puntos de color para ser navegable.

Ese era el tipo de cosa que Margaux decía y que resultaba ser cierta.

El pedido de Flandes había llegado el viernes. Cuatro rollos de lana bourgogne y dos de un lino crudo que al tacto tenía exactamente la densidad que Valentina necesitaba para la pieza central de primavera. La pieza que todavía no tenía nombre porque el nombre tenía que surgir de lo que la tela pidiera y la tela todavía no había pedido nada. Solo estaba ahí, extendida sobre la mesa larga, esperando que alguien supiera escucharla.

Las telas eran así.

No pedían a gritos. Pedían en silencio, y si uno no estaba quieto suficiente para notarlo, se perdía el momento en que la pieza podía ser lo que debía ser y se convertía solo en lo que uno quería que fuera. Que era completamente distinto.

A las diez llegó Margaux.

Con croissants de la boulangerie que estaba a dos calles y cara de haber dormido bien. Margaux siempre dormía bien. Era una de las cosas que Valentina admiraba sin poder replicarla.

—Confirmaron la reunión de Harrods —dijo Margaux dejando los croissants sobre la mesita de la trastienda y quitándose el abrigo sin pausar—. Lunes. Las cuatro de la tarde. ¿Quieres que prepare el book de la colección actual o solo las piezas de primavera?

—Las dos. —Valentina—. Que vean el arco completo.

—¿Cuántas piezas de primavera llevamos?

—Cinco terminadas. Tres en proceso.

—El codo de la seis ya está. —Margaux—. Lo revisé ayer con luz natural como dijiste. El hilo cede en el punto correcto. Puedes verlo antes del mediodía si tienes tiempo.

—Lo veo.

Margaux asintió y fue directamente a la Singer.

Ese era el funcionamiento de “Cicatrices” en este momento: dos personas que sabían exactamente lo que había que hacer y lo hacían sin esperar instrucciones para cada detalle. Había tardado meses en construir esa dinámica. Había costado malentendidos y una conversación incómoda sobre jerarquía y una noche en que Margaux se había ido temprano con los labios apretados y Valentina había tenido que decidir si perseguirla o dejar que la mañana siguiente resolviera el problema.

La mañana siguiente lo había resuelto.

Las cosas importantes solían funcionar así.

A mediodía llegó el mensaje de Thomas.

Breve, como siempre. El abogado joven había resultado ser exactamente lo que Mercier sugería con su economía de palabras: capaz, discreto, con una capacidad para resumir en tres líneas lo que otros necesitaban un párrafo.

“Aubert solicitó esta mañana tres días adicionales de preparación. El juez le concedió uno. Juicio sigue el jueves.”

Valentina releyó el mensaje.

Jueves.

Cuatro días.

Le respondió con una sola palabra. Recibido. Y luego cerró el teléfono y volvió al lino crudo extendido sobre la mesa que todavía no había dicho lo que quería ser.

Karim llegó a las tres.

Sin avisar. Con una bolsa de la brasserie y la expresión de quien sabe que llega sin invitación pero que ha calculado que el momento lo justifica.

—Trajiste comida. —No era pregunta.

—Tartines y sopa. —Entró. Saludó a Margaux con un gesto que Margaux correspondió con la naturalidad de alguien que lleva semanas integrando la presencia de este hombre en el taller como parte del paisaje.— ¿Comiste?

—Croissant a las diez.

—Eso no cuenta.

—En el diccionario de quién.

—En el de los seres humanos con metabolismo.

Valentina no respondió pero no se movió cuando él dispuso las tartines sobre la mesa pequeña de la trastienda. Fue a lavarse las manos. Volvió.

Se sentaron.

Comieron.

El taller tenía ese silencio de mediodía de trabajo donde el ruido de la Singer era intermitente y predecible y los pasos de Margaux en el otro extremo del espacio marcaban un ritmo que ya formaba parte de la arquitectura sonora del lugar.

—¿Cómo va la preparación? —preguntó Karim.

—Mercier tiene todo lo que necesita. —Valentina bebió del café que Karim había traído también, sin preguntar si lo quería, sabiendo que sí.— Mi declaración está lista desde el lunes.

—¿La revisó él?

—Dos veces. Dijo que no añadiera ni quitara nada.

Karim asintió.

Una pausa.

—¿Cómo estás tú?

—Ya me preguntaste eso el otro día.

—Y te volvía a preguntar.

Valentina lo miró.

El brazo izquierdo bajo la manga del jersey. La cicatriz en proceso de convertirse en exactamente lo que su colección describía: una línea de oro en una pieza que había sobrevivido el corte.

—Estoy lista. —Lo dijo con la sencillez de lo que era verdad.— No nerviosa. Lista. Que es diferente.

—Lo sé.

—¿Y tú?

Karim tardó un momento.

—Mercier me prepara para testificar el segundo día. El ataque en el puente. —Su voz era llana.— No es la parte del juicio que me preocupa.

—¿Cuál parte te preocupa?

—La parte en que tengo que escuchar a un abogado describir a Valentina García como víctima durante horas mientras Valentina García está sentada en esa sala demostrando que es exactamente lo contrario.

Valentina lo miró.

—Eso no es un problema. Es solo narrativa legal.

—Lo sé. —Una pausa.— No significa que sea fácil escucharlo.

El taller. La Singer intermitente. Los bocetos en la pared.

—Karim. —Su voz fue directa.— Voy a entrar a esa sala como lo que soy. No como víctima ni como protagonista de nadie. Solo como la persona que construyó el caso, que lo documentó, que sobrevivió lo que Santi hizo, y que tiene la preparación y los hechos de su lado. Lo demás es adorno.

Él la miraba.

Con esa expresión que Valentina había aprendido a reconocer en los últimos meses: la de alguien que está viendo algo que admira sin necesidad de nombrarlo en voz alta porque nombrarlo podría reducirlo.

—Sí —dijo simplemente.

Nada más.

Y eso fue suficiente.

Margaux asomó la cabeza desde el otro lado del taller.

—La número seis está lista para revisión. ¿Tienes cinco minutos o sigo yo sola?

—Voy. —Valentina se levantó.

Karim empacó los restos de la comida sin que nadie se lo pidiera.

Eso también era nuevo.

El hombre que aprendía a ocupar exactamente el espacio que le daban. Sin más. Sin menos.

El lino crudo seguía esperando en la mesa larga cuando Valentina pasó frente a él.

Esta vez, mientras pasaba los dedos por la superficie de la tela sin detenerse, algo le dijo el nombre que había estado esperando.

Lo guardó.

Mañana lo escribía.

Ahora: la chaqueta número seis y el codo que por fin iba a estar exacto.

El juicio era el jueves.

Pero hoy era hoy.

Y hoy había trabajo.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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