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Novia Fugitiva busca venganza - Capítulo 132

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Capítulo 132: Cinco Días

Han pasado cinco días desde que Lefebvre se fue.

Valentina lo sabía no porque llevara la cuenta deliberadamente sino porque cada mañana del Marais tenía su textura específica y las cinco últimas habían tenido la textura de algo que se asienta después del movimiento. Como tela que ha pasado por la plancha y todavía no ha enfriado del todo pero ya está quieta.

La rutina ayudaba.

Seis de la mañana: café de moka. La Singer enchufada aunque no siempre la usara de inmediato. Los bocetos de primavera extendidos sobre la mesa de trabajo con los bordes marcados de Post-its de colores que Margaux había comprado en la papelería de la esquina porque decía que el caos visual tenía que tener al menos puntos de color para ser navegable.

Ese era el tipo de cosa que Margaux decía y que resultaba ser cierta.

El pedido de Flandes había llegado el viernes. Cuatro rollos de lana bourgogne y dos de un lino crudo que al tacto tenía exactamente la densidad que Valentina necesitaba para la pieza central de primavera. La pieza que todavía no tenía nombre porque el nombre tenía que surgir de lo que la tela pidiera y la tela todavía no había pedido nada. Solo estaba ahí, extendida sobre la mesa larga, esperando que alguien supiera escucharla.

Las telas eran así.

No pedían a gritos. Pedían en silencio, y si uno no estaba quieto suficiente para notarlo, se perdía el momento en que la pieza podía ser lo que debía ser y se convertía solo en lo que uno quería que fuera. Que era completamente distinto.

A las diez llegó Margaux.

Con croissants de la boulangerie que estaba a dos calles y cara de haber dormido bien. Margaux siempre dormía bien. Era una de las cosas que Valentina admiraba sin poder replicarla.

—Confirmaron la reunión de Harrods —dijo Margaux dejando los croissants sobre la mesita de la trastienda y quitándose el abrigo sin pausar—. Lunes. Las cuatro de la tarde. ¿Quieres que prepare el book de la colección actual o solo las piezas de primavera?

—Las dos. —Valentina—. Que vean el arco completo.

—¿Cuántas piezas de primavera llevamos?

—Cinco terminadas. Tres en proceso.

—El codo de la seis ya está. —Margaux—. Lo revisé ayer con luz natural como dijiste. El hilo cede en el punto correcto. Puedes verlo antes del mediodía si tienes tiempo.

—Lo veo.

Margaux asintió y fue directamente a la Singer.

Ese era el funcionamiento de “Cicatrices” en este momento: dos personas que sabían exactamente lo que había que hacer y lo hacían sin esperar instrucciones para cada detalle. Había tardado meses en construir esa dinámica. Había costado malentendidos y una conversación incómoda sobre jerarquía y una noche en que Margaux se había ido temprano con los labios apretados y Valentina había tenido que decidir si perseguirla o dejar que la mañana siguiente resolviera el problema.

La mañana siguiente lo había resuelto.

Las cosas importantes solían funcionar así.

A mediodía llegó el mensaje de Thomas.

Breve, como siempre. El abogado joven había resultado ser exactamente lo que Mercier sugería con su economía de palabras: capaz, discreto, con una capacidad para resumir en tres líneas lo que otros necesitaban un párrafo.

“Aubert solicitó esta mañana tres días adicionales de preparación. El juez le concedió uno. Juicio sigue el jueves.”

Valentina releyó el mensaje.

Jueves.

Cuatro días.

Le respondió con una sola palabra. Recibido. Y luego cerró el teléfono y volvió al lino crudo extendido sobre la mesa que todavía no había dicho lo que quería ser.

Karim llegó a las tres.

Sin avisar. Con una bolsa de la brasserie y la expresión de quien sabe que llega sin invitación pero que ha calculado que el momento lo justifica.

—Trajiste comida. —No era pregunta.

—Tartines y sopa. —Entró. Saludó a Margaux con un gesto que Margaux correspondió con la naturalidad de alguien que lleva semanas integrando la presencia de este hombre en el taller como parte del paisaje.— ¿Comiste?

—Croissant a las diez.

—Eso no cuenta.

—En el diccionario de quién.

—En el de los seres humanos con metabolismo.

Valentina no respondió pero no se movió cuando él dispuso las tartines sobre la mesa pequeña de la trastienda. Fue a lavarse las manos. Volvió.

Se sentaron.

Comieron.

El taller tenía ese silencio de mediodía de trabajo donde el ruido de la Singer era intermitente y predecible y los pasos de Margaux en el otro extremo del espacio marcaban un ritmo que ya formaba parte de la arquitectura sonora del lugar.

—¿Cómo va la preparación? —preguntó Karim.

—Mercier tiene todo lo que necesita. —Valentina bebió del café que Karim había traído también, sin preguntar si lo quería, sabiendo que sí.— Mi declaración está lista desde el lunes.

—¿La revisó él?

—Dos veces. Dijo que no añadiera ni quitara nada.

Karim asintió.

Una pausa.

—¿Cómo estás tú?

—Ya me preguntaste eso el otro día.

—Y te volvía a preguntar.

Valentina lo miró.

El brazo izquierdo bajo la manga del jersey. La cicatriz en proceso de convertirse en exactamente lo que su colección describía: una línea de oro en una pieza que había sobrevivido el corte.

—Estoy lista. —Lo dijo con la sencillez de lo que era verdad.— No nerviosa. Lista. Que es diferente.

—Lo sé.

—¿Y tú?

Karim tardó un momento.

—Mercier me prepara para testificar el segundo día. El ataque en el puente. —Su voz era llana.— No es la parte del juicio que me preocupa.

—¿Cuál parte te preocupa?

—La parte en que tengo que escuchar a un abogado describir a Valentina García como víctima durante horas mientras Valentina García está sentada en esa sala demostrando que es exactamente lo contrario.

Valentina lo miró.

—Eso no es un problema. Es solo narrativa legal.

—Lo sé. —Una pausa.— No significa que sea fácil escucharlo.

El taller. La Singer intermitente. Los bocetos en la pared.

—Karim. —Su voz fue directa.— Voy a entrar a esa sala como lo que soy. No como víctima ni como protagonista de nadie. Solo como la persona que construyó el caso, que lo documentó, que sobrevivió lo que Santi hizo, y que tiene la preparación y los hechos de su lado. Lo demás es adorno.

Él la miraba.

Con esa expresión que Valentina había aprendido a reconocer en los últimos meses: la de alguien que está viendo algo que admira sin necesidad de nombrarlo en voz alta porque nombrarlo podría reducirlo.

—Sí —dijo simplemente.

Nada más.

Y eso fue suficiente.

Margaux asomó la cabeza desde el otro lado del taller.

—La número seis está lista para revisión. ¿Tienes cinco minutos o sigo yo sola?

—Voy. —Valentina se levantó.

Karim empacó los restos de la comida sin que nadie se lo pidiera.

Eso también era nuevo.

El hombre que aprendía a ocupar exactamente el espacio que le daban. Sin más. Sin menos.

El lino crudo seguía esperando en la mesa larga cuando Valentina pasó frente a él.

Esta vez, mientras pasaba los dedos por la superficie de la tela sin detenerse, algo le dijo el nombre que había estado esperando.

Lo guardó.

Mañana lo escribía.

Ahora: la chaqueta número seis y el codo que por fin iba a estar exacto.

El juicio era el jueves.

Pero hoy era hoy.

Y hoy había trabajo.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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