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Novia Fugitiva busca venganza - Capítulo 133

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Capítulo 133: El Juicio — Día Uno

El Palais de Justice olía exactamente igual que la primera vez.

Mármol frío y siglos acumulados. El olor específico de los edificios que llevan tanto tiempo siendo el lugar donde se dicen cosas importantes que lo han absorbido en las paredes, en los suelos pulidos, en el aire que circula entre columnas y nunca termina de renovarse del todo.

Valentina lo recordó mientras cruzaba las puertas de seguridad.

Bandeja. Bolso. Abrigo. El guarda revisando sin prisa ni particular interés. Un hombre de cincuenta años con la expresión de quien ha hecho ese mismo movimiento miles de veces y que ya no ve personas, solo el ritmo repetido de la misma rutina.

Los juicios eran rutina para los guardas.

No para ella.

Traje azul oscuro. No negro, que habría sido demasiado solemne para lo que quería comunicar. Azul. El color de quien está aquí a trabajar, no a llorar. Sin joyería excepto los aretes pequeños de plata que Isabelle le había regalado el día que se mudó al Marais, porque dijo que toda persona necesita un par de aretes que sean para los días de batallas importantes. Sin exageración. Solo presencia.

Los detalles comunicaban antes de que uno abriera la boca.

Mercier ya estaba en el pasillo cuando Valentina subió al segundo piso. Thomas a su lado con la carpeta bajo el brazo y la expresión de quien ha dormido cuatro horas pero ha tomado suficiente café para funcionar correctamente.

—Buenos días. —Mercier no hacía preámbulos innecesarios.— El juez llegó a las nueve y media. Aubert solicitó quince minutos de reunión previa con el fiscal. Le fue concedida. Entramos en cuarenta minutos.

—¿Novedad de Morozov? —preguntó Valentina.

—La investigación está abierta pero no afecta este juicio. Son procesos paralelos. El fiscal lo dejó claro en la apertura de ayer: los cargos de hoy son específicos. Agresión agravada. Sabotaje corporativo. Portación ilegal de arma blanca. Lo de Morozov va por otra vía.

—¿Y Baert?

—Testigo protegido en proceso separado. No comparece hoy.

—De acuerdo.

Thomas le pasó la carpeta.

Valentina la abrió. Su declaración, marcada con los puntos donde Mercier había indicado que pausara para dar tiempo al taquígrafo. Las preguntas que probablemente Aubert haría. Las respuestas que Mercier sugería y que ella había releído en el taller a las seis de la mañana con el café en la mano y los bocetos de primavera a la espalda, repasando cada línea hasta que no fueran respuestas aprendidas sino verdades que podía decir sin buscarlas.

Las respuestas eran suyas, no de Mercier.

Eso lo habían acordado la semana anterior: la estructura era de él, las palabras eran de ella. Porque si las palabras sonaban a abogado, perdían exactamente el peso que necesitaban tener.

Karim llegó diez minutos después.

Solo. Sin equipo de seguridad visible aunque Valentina sabía que había dos personas en el pasillo de la planta baja que no parecían abogados pero lo eran en la categoría más amplia de la palabra.

Se pusieron de pie junto a la ventana del pasillo.

La misma ventana con el patio interior. El árbol sin hojas todavía, aunque en noviembre avanzado eso ya no era espera de primavera sino aceptación del invierno con la paciencia de quien sabe que el ciclo sigue aunque hoy no se vea.

—¿Todo bien? —preguntó él en voz baja.

—Todo bien.

—¿Dormiste?

—Lo suficiente.

—Eso no es lo mismo que sí.

—No —admitió ella.— Pero es suficiente para hoy.

Karim no presionó.

Eso también era nuevo en él: saber cuándo la conversación había llegado a donde tenía que llegar y no seguir tirando del hilo solo porque podía.

Las puertas de la sala se abrieron.

Santi entró con dos gendarmes antes que el resto.

Valentina lo vio desde el pasillo a través del umbral.

Llevaba el mismo traje que en la vista preliminar. Un poco más arrugado en el cuello, como si alguien lo hubiera planchado sin suficiente atención o suficiente tiempo. Las manos esposadas en frente del cuerpo, no detrás, lo que en el lenguaje corporal de los procesos penales significaba cooperación mínima pero no resistencia activa.

Se movía con esa forma suya que Valentina había reconocido en las imágenes granuladas de la cámara del taller a las cuatro de la madrugada: el peso ligeramente inclinado hacia la derecha, el tic de la rodilla que venía de una vieja lesión de adolescente y que nunca había desaparecido.

Sus ojos buscaron a Valentina al cruzar el umbral.

La encontraron.

Se detuvieron.

Valentina sostuvo la mirada.

Sin parpadear. Sin el endurecimiento que habría sido reacción de miedo. Solo la mirada directa de alguien que está exactamente donde tiene que estar y lo sabe con una claridad que no necesita demostración.

Santi fue el primero en apartar los ojos.

Ese fue el primer momento del juicio.

Antes de que el juez Moreau abriera la sesión. Antes de que Mercier presentara su primera frase. Antes de cualquier cosa formal o documentada o registrada por el taquígrafo.

El primer momento fue ese.

Y ya lo dijo todo.

El juez Moreau abrió la sesión a las diez y cuatro minutos.

Procedimiento estándar. Presentación de las partes. Lectura de los cargos en el lenguaje específico del derecho penal francés que convertía el ataque en el puente en “agresión con arma blanca con resultado de lesiones y amenazas a la integridad física de la víctima” y el sabotaje en “daño doloso a propiedad empresarial con demostración de patrón de conducta criminal”.

Las palabras legales tenían su propia distancia.

Valentina escuchó sin moverse.

A su derecha, Karim en la fila de detrás con Mercier.

A su izquierda, Isabelle con una libreta donde tomaba notas con la precisión de alguien que lleva años en procesos legales desde el lado de los derechos humanos y sabe que la documentación propia es siempre más exacta que la del tribunal.

Aubert presentó la posición de la defensa.

La abogada joven era competente en lo que hacía. Valentina se lo reconoció internamente, sin que eso cambiara nada.

El problema era que lo que hacía no tenía material con qué trabajar.

Sin las grabaciones de Lefebvre. Sin Baert. Sin Volkov. Solo los hechos del expediente y la versión de Santi que era, en su estructura más favorable posible, la de un hombre que había tomado decisiones en el contexto de una situación emocional de alta presión.

Valentina escuchó esa frase sin reacción visible.

Situación emocional de alta presión.

El sabotaje del taller: situación emocional. El incendio de la fábrica: situación emocional. La navaja en el Pont des Arts a las once de la noche: situación emocional.

Diez años de obsesión destructiva reducidos a fenómeno del momento. Era lo que Aubert podía hacer con el material que tenía. No era su culpa. Era el material.

Mercier respondió sin prisa ni calor.

Cronología. Pruebas. El expediente mexicano que el courier había entregado la semana anterior. Las cámaras del taller con sus marcas de tiempo. La declaración voluntaria de Amélie Fontaine. El informe de la Brigada sobre el incendio. Los ocho puntos de sutura documentados por el hospital Saint-Louis con nombre del médico, hora de atención, y fotografía de la herida.

Todo en orden. Todo con fecha y sello y nombre de testigo.

El juez Moreau tomaba notas con la concentración específica de alguien que lleva treinta años leyendo expedientes y que ya sabe, a las once de la mañana de la primera jornada, aproximadamente hacia dónde va el caso.

Valentina lo observó.

El juez Moreau era de esos hombres que no ofrecían pistas en la expresión. El granito educado de su cara no movía un músculo mientras escuchaba a los dos abogados. Pero había algo en la forma en que revisaba el expediente mexicano, en el tiempo que le dedicaba, en el momento en que bajó las páginas y miró al techo un segundo antes de volver a los documentos, que no era la atención genérica de alguien completando un procedimiento.

Era la atención de alguien que estaba viendo un patrón.

Y que reconocía el patrón porque llevaba treinta años viéndolo con formas diferentes y el mismo fondo.

A las doce y media, el juez declaró un receso hasta las tres de la tarde.

En el pasillo, Valentina comió un sándwich que Isabelle había traído en el bolso, de pie, mirando el patio con el árbol sin hojas. El sándwich sabía a pan de molde y mostaza y a la normalidad específica de comer algo ordinario en el medio de un día que no lo era.

—¿Primera impresión? —dijo Karim en voz baja a su lado.

—Aubert lo está intentando con lo que tiene. —Valentina bebió agua.— No es suficiente.

—¿El juez?

—Lee el expediente de verdad. No por protocolo. Ese es el tipo de juez que necesitamos.

Una pausa donde el patio y el árbol y el ruido suave del Palais de Justice a mediodía llenaron el espacio sin que ninguno de los dos buscara llenarlo de otra forma.

—Esta tarde declaro yo. —Valentina lo dijo sin énfasis, como se dice el pronóstico del tiempo o el nombre de la próxima calle.

Karim la miró.

—¿Estás lista?

Valentina terminó el sándwich.

Dobló el papel en cuatro y lo dejó en el cubo de basura del pasillo con el mismo gesto limpio con que ponía un boceto terminado en la carpeta de archivos: sin ceremonias, sin el peso adicional que la mente querría darle.

—Llevo ocho meses lista.

Valentina fue llamada a las tres y diecisiete minutos de la tarde.

El estrado era una silla elevada media cuadra más al frente que el resto de los asientos, bajo una luz que iluminaba sin miramientos: ni sombras que ocultaran, ni ángulo favorable que suavizara. Solo la cara de quien hablaba y los ojos del juez que escuchaba.

Se sentó.

Mercier la había preparado para esa silla.

—No la mires como el lugar donde te atacan —le había dicho el jueves anterior, con su estilo específico de decir las cosas importantes como si fueran notas técnicas.— Mírala como el lugar donde tú dices lo que es verdad delante de alguien con autoridad para hacer algo con esa verdad. Es una diferencia de postura. Que el cuerpo lo sepa antes de que la mente lo procese.

Valentina lo había escuchado.

Y ahora lo sabía: no era el lugar donde la atacaban.

Era el lugar donde ella hablaba.

El fiscal comenzó.

Preguntas directas, en el orden que habían acordado. Cronología. Primer sabotaje. Segundo. Tercero. La costurera Amélie. El incendio. El puente.

Valentina respondió en el orden que correspondía.

Sin decoración. Sin el desvío emocional que habría dado a Aubert puntos de entrada. Solo los hechos, con el detalle específico que los hacía irrefutables: no “algo dañó el taller” sino “a las cuatro diecisiete de la mañana del día quince, las cámaras instaladas en el taller de Cicatrices captaron a un individuo cuya forma de caminar identifiqué como la de Santiago Domínguez, con quien mantuve una relación de pareja en México entre 2014 y 2017”.

La forma de caminar.

Ese detalle lo había pensado mucho.

No era la cara lo que reconocía en la cámara granulada. Era el movimiento. El ritmo específico de los pasos de Santi, que inclinaba el peso ligeramente hacia la derecha cuando caminaba a paso lento, un tic que venía de una lesión de rodilla de adolescente y que nunca había desaparecido del todo.

Diez años de convivir con alguien dejan esas cosas en el cuerpo aunque uno no las haya buscado conscientemente.

El juez Moreau escuchaba.

No tomaba notas en ese momento. Las tomaba en los momentos entre preguntas, cuando Valentina pausaba para dar tiempo al taquígrafo. Pero mientras ella hablaba, su atención era completa y sin el filtro de quien ya ha decidido y solo espera que el procedimiento confirme lo que sabe.

Aubert intervino con tres objeciones.

Las tres fueron sostenidas por el juez pero no de la forma que Aubert necesitaba: el juez las admitió como observaciones de procedimiento pero no como evidencia de problema con el fondo del testimonio.

Luego llegó el turno de la defensa.

Aubert se puso de pie.

Era buena abogada. Valentina lo reconoció en la forma en que construyó sus preguntas: no ataques frontales, que con el testimonio que tenía sobre la mesa habrían sido suicidas, sino intentos de generar duda lateral. No sobre lo que ocurrió sino sobre el contexto.

—¿Podría describir la naturaleza de su relación anterior con el señor Domínguez?

—Fue una relación de pareja que duró aproximadamente tres años, entre 2014 y 2017. Terminó cuando me fui de México en circunstancias de seguridad personal que están documentadas en el expediente de la causa.

—¿Hubo en algún momento durante esa relación episodios de violencia documentados?

Valentina miró a Aubert.

Sin parpadear.

—En 2016, el señor Domínguez me sujetó del brazo con suficiente fuerza para dejar una marca visible. Interpuse una denuncia que fue archivada por falta de seguimiento de las autoridades locales. Si quiere el número de expediente, está en la documentación que presentó el señor Mercier.

Aubert asintió sin mostrar que esa respuesta la había dejado sin el ángulo que buscaba.

—¿Considera que su participación activa en la investigación de las actividades del señor Domínguez pudo haberlo provocado a actuar de forma más extrema?

El silencio que siguió duró exactamente dos segundos.

El tiempo suficiente para que la pregunta mostrara su forma.

—No. —Valentina habló con una calma que no era distancia sino la temperatura exacta de quien conoce el terreno sobre el que camina.— Documentar actos ilegales en mi contra no es provocación. Es el ejercicio del derecho que tiene cualquier ciudadana a defenderse dentro del marco legal establecido. La pregunta invierte la responsabilidad en una dirección que el expediente no sostiene.

En la fila detrás, Thomas se inclinó hacia Mercier y escribió algo en el margen de su libreta.

Aubert cambió de ángulo.

Intentó el de la relación con Karim. La deuda. Faucon Investments. Si había una relación de dependencia económica que ponía en cuestión la autonomía de sus decisiones durante la investigación.

Valentina desmontó cada pregunta con la misma frialdad precisa.

No con rabia.

La rabia habría sido útil para Aubert. La rabia tiene costuras que se pueden jalar.

La calma no.

A las cinco menos cuarto, el juez Moreau hizo una pausa.

Revisó sus notas.

Miró a Aubert.

—Maître Aubert, ¿tiene preguntas adicionales sustanciales para el testimonio de la señorita García o hemos cubierto el alcance de su línea de interrogatorio?

Aubert sostuvo la mirada del juez un momento.

—No tengo más preguntas, Su Señoría.

Moreau asintió.

—El testimonio de la señorita García queda registrado. —Miró a Valentina.— Puede retirarse al área de las partes.

Valentina se levantó de la silla del estrado.

Caminó de vuelta a su lugar.

Seis pasos sobre el suelo de mármol.

No miró a Santi.

No porque no pudiera. Sino porque en esos seis pasos ya no era necesario. Lo que había que decir estaba dicho, registrado, en el expediente con sello y firma de taquígrafo. No necesitaba que él la viera caminar de vuelta a su silla para que fuera real.

Ya era real.

Karim estaba de pie cuando llegó a la fila.

Hizo un gesto de sentarse. Ella no necesitaba que se pusiera de pie por ella. Pero el gesto venía de un lugar que ya no era protocolo ni territorio marcado. Era simplemente que él había estado en esa sala los últimos noventa minutos con el pulso acelerado y escuchar a Valentina García demoler cada ángulo de Aubert con la misma precisión con que cortaba la tela en el estrado de Claire Dubois seis meses atrás necesitaba algún lugar donde instalarse físicamente.

Ponerse de pie era lo más pequeño que podía hacer.

Isabelle le apretó el brazo cuando se sentó.

Un segundo. Solo eso.

El juez Moreau anunció el cierre de la jornada.

Mañana, segunda jornada. Testimonio adicional de la acusación. El señor Al-Fayed para las once de la mañana.

En el pasillo, Mercier fue el primero en hablar.

—Bien. —Solo eso. En el vocabulario de Mercier, “bien” era el equivalente de un aplauso de pie.

Thomas lo expresó de forma más directa.

—Aubert no encontró nada que pudiera usar. Eso no estaba garantizado. Tengo que decirlo.

Afuera, el París del atardecer de noviembre era frío y sin espectacularidad. Las farolas encendiéndose a las cinco de la tarde como siempre.

Valentina se puso el abrigo.

Sintió que el cuerpo empezaba a acusar el esfuerzo de las últimas horas: la tensión sostenida en los hombros, la concentración exacta que había mantenido en el estrado durante noventa minutos sin soltar un solo músculo que no debía soltarse.

La fatiga honesta de haber hecho algo difícil bien.

Karim apareció a su lado en la acera.

—¿Cenas?

Valentina lo miró.

—No hoy. —Lo dijo sin crueldad.— Necesito estar sola esta noche.

Karim asintió.

Sin presión. Sin el reajuste de quien espera algo diferente.

—De acuerdo. —Una pausa.— Mañana a las once.

—Mañana a las once. —Valentina.— Y Karim.

Se giró.

—Deja que Mercier hable por ti cuando no sea tu turno. No intervengas.

—Lo sé.

—Solo quería asegurarme.

Él sonrió.

Apenas. La versión contenida.

—Lo sé, Valentina.

Tomó un taxi.

Ella caminó hacia el metro con Isabelle que le hablaba de cosas concretas y presentes: el pedido de Harrods, la reunión del lunes, las piezas de primavera.

Valentina escuchó.

Respondió.

Y en algún punto del trayecto, entre la boca del metro y el apartamento del Marais, sintió que la presión en los hombros se soltaba un milímetro.

Solo un milímetro.

Pero era el milímetro de hoy.

Mañana tendría los suyos propios.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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