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Novia Fugitiva busca venganza - Capítulo 134

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Capítulo 134: La Declaración

Valentina fue llamada a las tres y diecisiete minutos de la tarde.

El estrado era una silla elevada media cuadra más al frente que el resto de los asientos, bajo una luz que iluminaba sin miramientos: ni sombras que ocultaran, ni ángulo favorable que suavizara. Solo la cara de quien hablaba y los ojos del juez que escuchaba.

Se sentó.

Mercier la había preparado para esa silla.

—No la mires como el lugar donde te atacan —le había dicho el jueves anterior, con su estilo específico de decir las cosas importantes como si fueran notas técnicas.— Mírala como el lugar donde tú dices lo que es verdad delante de alguien con autoridad para hacer algo con esa verdad. Es una diferencia de postura. Que el cuerpo lo sepa antes de que la mente lo procese.

Valentina lo había escuchado.

Y ahora lo sabía: no era el lugar donde la atacaban.

Era el lugar donde ella hablaba.

El fiscal comenzó.

Preguntas directas, en el orden que habían acordado. Cronología. Primer sabotaje. Segundo. Tercero. La costurera Amélie. El incendio. El puente.

Valentina respondió en el orden que correspondía.

Sin decoración. Sin el desvío emocional que habría dado a Aubert puntos de entrada. Solo los hechos, con el detalle específico que los hacía irrefutables: no “algo dañó el taller” sino “a las cuatro diecisiete de la mañana del día quince, las cámaras instaladas en el taller de Cicatrices captaron a un individuo cuya forma de caminar identifiqué como la de Santiago Domínguez, con quien mantuve una relación de pareja en México entre 2014 y 2017”.

La forma de caminar.

Ese detalle lo había pensado mucho.

No era la cara lo que reconocía en la cámara granulada. Era el movimiento. El ritmo específico de los pasos de Santi, que inclinaba el peso ligeramente hacia la derecha cuando caminaba a paso lento, un tic que venía de una lesión de rodilla de adolescente y que nunca había desaparecido del todo.

Diez años de convivir con alguien dejan esas cosas en el cuerpo aunque uno no las haya buscado conscientemente.

El juez Moreau escuchaba.

No tomaba notas en ese momento. Las tomaba en los momentos entre preguntas, cuando Valentina pausaba para dar tiempo al taquígrafo. Pero mientras ella hablaba, su atención era completa y sin el filtro de quien ya ha decidido y solo espera que el procedimiento confirme lo que sabe.

Aubert intervino con tres objeciones.

Las tres fueron sostenidas por el juez pero no de la forma que Aubert necesitaba: el juez las admitió como observaciones de procedimiento pero no como evidencia de problema con el fondo del testimonio.

Luego llegó el turno de la defensa.

Aubert se puso de pie.

Era buena abogada. Valentina lo reconoció en la forma en que construyó sus preguntas: no ataques frontales, que con el testimonio que tenía sobre la mesa habrían sido suicidas, sino intentos de generar duda lateral. No sobre lo que ocurrió sino sobre el contexto.

—¿Podría describir la naturaleza de su relación anterior con el señor Domínguez?

—Fue una relación de pareja que duró aproximadamente tres años, entre 2014 y 2017. Terminó cuando me fui de México en circunstancias de seguridad personal que están documentadas en el expediente de la causa.

—¿Hubo en algún momento durante esa relación episodios de violencia documentados?

Valentina miró a Aubert.

Sin parpadear.

—En 2016, el señor Domínguez me sujetó del brazo con suficiente fuerza para dejar una marca visible. Interpuse una denuncia que fue archivada por falta de seguimiento de las autoridades locales. Si quiere el número de expediente, está en la documentación que presentó el señor Mercier.

Aubert asintió sin mostrar que esa respuesta la había dejado sin el ángulo que buscaba.

—¿Considera que su participación activa en la investigación de las actividades del señor Domínguez pudo haberlo provocado a actuar de forma más extrema?

El silencio que siguió duró exactamente dos segundos.

El tiempo suficiente para que la pregunta mostrara su forma.

—No. —Valentina habló con una calma que no era distancia sino la temperatura exacta de quien conoce el terreno sobre el que camina.— Documentar actos ilegales en mi contra no es provocación. Es el ejercicio del derecho que tiene cualquier ciudadana a defenderse dentro del marco legal establecido. La pregunta invierte la responsabilidad en una dirección que el expediente no sostiene.

En la fila detrás, Thomas se inclinó hacia Mercier y escribió algo en el margen de su libreta.

Aubert cambió de ángulo.

Intentó el de la relación con Karim. La deuda. Faucon Investments. Si había una relación de dependencia económica que ponía en cuestión la autonomía de sus decisiones durante la investigación.

Valentina desmontó cada pregunta con la misma frialdad precisa.

No con rabia.

La rabia habría sido útil para Aubert. La rabia tiene costuras que se pueden jalar.

La calma no.

A las cinco menos cuarto, el juez Moreau hizo una pausa.

Revisó sus notas.

Miró a Aubert.

—Maître Aubert, ¿tiene preguntas adicionales sustanciales para el testimonio de la señorita García o hemos cubierto el alcance de su línea de interrogatorio?

Aubert sostuvo la mirada del juez un momento.

—No tengo más preguntas, Su Señoría.

Moreau asintió.

—El testimonio de la señorita García queda registrado. —Miró a Valentina.— Puede retirarse al área de las partes.

Valentina se levantó de la silla del estrado.

Caminó de vuelta a su lugar.

Seis pasos sobre el suelo de mármol.

No miró a Santi.

No porque no pudiera. Sino porque en esos seis pasos ya no era necesario. Lo que había que decir estaba dicho, registrado, en el expediente con sello y firma de taquígrafo. No necesitaba que él la viera caminar de vuelta a su silla para que fuera real.

Ya era real.

Karim estaba de pie cuando llegó a la fila.

Hizo un gesto de sentarse. Ella no necesitaba que se pusiera de pie por ella. Pero el gesto venía de un lugar que ya no era protocolo ni territorio marcado. Era simplemente que él había estado en esa sala los últimos noventa minutos con el pulso acelerado y escuchar a Valentina García demoler cada ángulo de Aubert con la misma precisión con que cortaba la tela en el estrado de Claire Dubois seis meses atrás necesitaba algún lugar donde instalarse físicamente.

Ponerse de pie era lo más pequeño que podía hacer.

Isabelle le apretó el brazo cuando se sentó.

Un segundo. Solo eso.

El juez Moreau anunció el cierre de la jornada.

Mañana, segunda jornada. Testimonio adicional de la acusación. El señor Al-Fayed para las once de la mañana.

En el pasillo, Mercier fue el primero en hablar.

—Bien. —Solo eso. En el vocabulario de Mercier, “bien” era el equivalente de un aplauso de pie.

Thomas lo expresó de forma más directa.

—Aubert no encontró nada que pudiera usar. Eso no estaba garantizado. Tengo que decirlo.

Afuera, el París del atardecer de noviembre era frío y sin espectacularidad. Las farolas encendiéndose a las cinco de la tarde como siempre.

Valentina se puso el abrigo.

Sintió que el cuerpo empezaba a acusar el esfuerzo de las últimas horas: la tensión sostenida en los hombros, la concentración exacta que había mantenido en el estrado durante noventa minutos sin soltar un solo músculo que no debía soltarse.

La fatiga honesta de haber hecho algo difícil bien.

Karim apareció a su lado en la acera.

—¿Cenas?

Valentina lo miró.

—No hoy. —Lo dijo sin crueldad.— Necesito estar sola esta noche.

Karim asintió.

Sin presión. Sin el reajuste de quien espera algo diferente.

—De acuerdo. —Una pausa.— Mañana a las once.

—Mañana a las once. —Valentina.— Y Karim.

Se giró.

—Deja que Mercier hable por ti cuando no sea tu turno. No intervengas.

—Lo sé.

—Solo quería asegurarme.

Él sonrió.

Apenas. La versión contenida.

—Lo sé, Valentina.

Tomó un taxi.

Ella caminó hacia el metro con Isabelle que le hablaba de cosas concretas y presentes: el pedido de Harrods, la reunión del lunes, las piezas de primavera.

Valentina escuchó.

Respondió.

Y en algún punto del trayecto, entre la boca del metro y el apartamento del Marais, sintió que la presión en los hombros se soltaba un milímetro.

Solo un milímetro.

Pero era el milímetro de hoy.

Mañana tendría los suyos propios.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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