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Novia Fugitiva busca venganza - Capítulo 136

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Capítulo 136: Las Conclusiones

El jueves fue el día de las conclusiones.

No de los testimonios. No de los hechos nuevos. De las interpretaciones.

Era la jornada en que los abogados tomaban todo el material acumulado durante tres días de sala y lo convertían en argumento. En narrativa. En la versión del mundo que cada uno necesitaba que el juez Moreau eligiera creer.

Valentina llegó diez minutos antes de la hora.

El Palais de Justice a las nueve y media de la mañana tenía un silencio diferente al de los días anteriores. Menos movimiento en los pasillos. Los guardas en sus puestos con la calma de quien sabe que hoy no entra gente nueva, solo la misma gente de los días anteriores que ya conoce el camino.

Mercier estaba en el pasillo con Thomas. Los dos de pie, sin sentarse, con los abrigos todavía puestos. Conversaban en voz baja y revisaban documentos con la concentración de dos hombres que habían pasado la noche refinando cada frase de una presentación que no podían permitirse que sonara ensayada aunque lo estuviera.

—Buenos días. —Mercier la vio llegar.— Aubert solicitó anoche un aplazamiento de la sesión de conclusiones. El juez lo denegó. Empezamos a las diez en punto.

—¿Por qué lo solicitó?

—Alegó tiempo insuficiente de preparación dado el poco margen que tuvo desde la asignación. —Una pausa.— El juez consideró que nueve días eran suficientes para un expediente de esta naturaleza.

Nueve días. Aubert había tenido nueve días con un expediente que la acusación había construido durante meses. La matemática no favorecía a la defensa desde el principio y todos en esa sala lo sabían.

Isabelle llegó a las nueve cuarenta y cinco con dos cafés de la máquina del pasillo.

—El peor café de París —dijo mientras le daba uno a Valentina.

—Ya me lo sé.

El calor a través del cartón. El olor a café quemado que no tenía nada que ver con el café de moka de la trastienda del taller pero que en este momento era exactamente suficiente para darle a las manos algo concreto a lo que aferrarse mientras el reloj avanzaba hacia las diez.

Karim llegó a las diez menos cinco.

Solo, como los días anteriores. Con el abrigo oscuro y la manga izquierda que caía sobre la cicatriz del brazo con la naturalidad de quien ha decidido dejar de usar esa herida como señal de nada.

Se pusieron de pie junto a la ventana del patio interior.

El árbol sin hojas.

—¿Cómo estás? —preguntó él.

—Lista para que esto termine.

—Falta hoy y el fallo.

—Mañana como muy tarde, según Mercier.

Valentina asintió y miró el árbol.

En noviembre los árboles sin hojas mostraban la arquitectura real de sus ramas, la estructura que en verano quedaba oculta bajo el follaje. Siempre había pensado que era lo más honesto que hacían los árboles: en el momento en que todo lo decorativo desaparece, lo que queda es la forma verdadera.

Las puertas de la sala se abrieron.

Entraron.

Mercier presentó primero.

Lo hizo con la misma economía de movimientos que definía todo lo que hacía: de pie, sin gesticulación innecesaria, con la mirada alternando entre sus notas y el juez Moreau con la regularidad de un péndulo que sabía exactamente su propio ritmo. Sin la teatralidad que algunos abogados usaban para llenar el espacio, y que Valentina había aprendido a identificar como señal de que el argumento no era suficientemente sólido para sostenerse solo.

Cuarenta y dos minutos.

Valentina los contó.

No porque tuviera prisa sino porque el conteo le daba algo concreto en qué anclar la atención mientras Mercier construía el argumento que ella había visto construirse durante semanas, pieza a pieza, como una colección que empieza como retazos separados y termina siendo algo que tiene coherencia propia.

El patrón de conducta. Eso era el centro.

No el ataque en el puente solo. No el incendio solo. No el sabotaje del taller solo. Sino la secuencia completa, que solo podía leerse como intención sostenida a lo largo del tiempo: un hombre que durante meses planeó, ejecutó, y escaló sus acciones contra una persona específica con el objetivo de destruir lo que esa persona estaba construyendo.

No era una crisis de un momento. Era un proyecto.

Y los proyectos, en el lenguaje del derecho penal francés, tenían nombre específico: conducta premeditada con agravante de reincidencia.

Mercier lo construyó sin prisa. Sin adorno emocional. Solo la lógica interna de una secuencia de hechos que se respondían entre sí con la coherencia de algo diseñado, no improvisado. Que era exactamente lo que había sido.

El juez escuchaba.

Tomaba notas.

No interrumpió a Mercier una sola vez en cuarenta y dos minutos. Lo que, en el vocabulario no verbal de los juicios que Valentina había aprendido a leer en estos días, significaba que el argumento era suficientemente sólido para no requerir preguntas de clarificación.

Aubert presentó a continuación.

Treinta y un minutos.

La abogada de la defensa había pasado la noche reescribiendo su conclusión. Era visible en el ritmo ligeramente desigual de alguien que ha armado y desarmado el mismo argumento varias veces en pocas horas, buscando el ángulo que le faltaba y que finalmente ha aceptado que con el material disponible ese ángulo no existe.

Había abandonado la línea de la motivación alternativa.

Sin Baert. Sin las grabaciones. Sin Volkov. El terreno de la conspiración corporativa era arena y Aubert era demasiado profesional para construir sobre arena cuando el juez llevaría treinta años viendo exactamente esa clase de estructura desmoronarse.

Lo que le quedaba era la humanización.

No la justificación: Santiago Domínguez había hecho lo que hizo. Eso no estaba en disputa. Aubert no lo disputaba.

La pregunta que planteaba era la de la proporcionalidad de la pena. Un hombre con historial de violencia doméstica que no había sido procesado en su momento. Un hombre que había actuado bajo influencia de terceros con agenda propia. Un hombre que, según su abogada, mostraba indicadores de haber procesado la gravedad de sus actos durante el tiempo de detención.

Valentina escuchó esa última parte con atención particular.

Indicadores de haber procesado la gravedad.

Pensó en la carta que Aubert había transmitido. Las seis líneas que todavía estaban dobladas en el cajón del Marais, sin abrir. Que quizás eran exactamente eso: evidencia de que algo se había movido dentro de un hombre que durante años había sido incapaz de verse desde fuera de sí mismo.

No era su trabajo evaluar eso hoy.

Hoy su trabajo era estar sentada en esa silla con la espalda recta.

Lo que estaba en el cajón del Marais era de otro momento.

Santi, en la silla de la defensa, no la miraba.

Llevaba los tres días del juicio con los ojos en el suelo, en la mesa, en el juez, en sus propias manos. Miraba cualquier cosa menos a Valentina García. Que era, en la geometría específica de este caso, la única persona cuya mirada importaba de verdad.

A veces los cambios reales tenían esa forma.

No dramática. Solo el movimiento pequeño de alguien que ya no puede hacer lo que antes hacía porque lo que hacía era parte de una versión de sí mismo que ya no existe de la misma manera.

No le daba crédito por eso.

Solo lo notaba.

El juez Moreau cerró la sesión de conclusiones a las tres y cuarto de la tarde.

—El tribunal deliberará y emitirá resolución. Dada la solidez y completitud del expediente disponible, el tribunal estima que la resolución podrá ser comunicada mañana viernes a partir de las diez de la mañana. Las partes serán notificadas antes de las nueve.

Todos de pie cuando se retiró.

Luego la sala volvió a ser una sala.

En el pasillo, Isabelle le dio el teléfono a Valentina.

Un mensaje de Guillaume.

La investigación sobre Morozov había avanzado esa tarde. El fiscal de Varsovia había emitido orden de localización. Interpol involucrada. Un proceso independiente del juicio de Santi pero que venía de la misma raíz, del mismo tejido que Isabelle había empezado a destejer sentada en L’Entrepôt con treinta y seis minutos de grabación en el bolso.

El dominó seguía cayendo.

—¿Cómo estás? —preguntó Isabelle mientras Valentina le devolvía el teléfono.

—Mañana sabremos.

—Eso no es respuesta a lo que pregunté.

Valentina se puso el abrigo.

El frío del Palais de Justice al atardecer. Las columnas. El suelo de mármol que ya no olía a amenaza sino solo a piedra y a siglos de deudas saldadas.

—Estoy en el lugar que tiene que ser. —La sencillez de lo que era exactamente verdad, sin adorno.— Hice lo que podía hacer. Dije lo que era verdad. Puse el expediente en orden y lo entregué a las personas con autoridad para hacer algo con él. Lo demás es de mañana.

Karim esperaba en la acera.

Sin equipo de seguridad visible. Con el abrigo y la paciencia de quien ha aprendido que esperar en el exterior es distinto a esperar dentro porque afuera la ciudad sigue y eso le da a la espera una escala correcta.

—¿Cómo terminó? —preguntó cuando Valentina salió.

—Mercier bien. Aubert con lo que tenía. Moreau delibera mañana.

—¿Quieres cenar?

—No. —Una pausa.— Mañana temprano voy al taller. Quiero ver la pieza de primavera con luz de la mañana antes de que llegue la notificación.

—¿A qué hora?

—Siete y media. El café está en la trastienda, segunda alacena a la izquierda.

Karim la miró.

—Lo pongo yo.

Valentina caminó hacia el metro.

Él se quedó en la acera.

No la llamó. No añadió nada.

Solo la vio alejarse con esa forma suya de caminar que no tenía prisa ni duda y que miraba hacia adelante como si el destino fuera siempre exactamente donde estaban los pies en este momento.

El viernes llegaba.

La resolución llegaría con él.

Y entre hoy y mañana: la Singer en el taller. La luz de la mañana sobre el lino crudo. Las manos en algo que dolía de otra forma, del tipo de forma que después se convertía en pieza terminada y no en cicatriz que nunca cerraba.

Valentina lo había tardado años en aprender.

Pero ya lo sabía.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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