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Novia Fugitiva busca venganza - Capítulo 137

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Capítulo 137: La Sentencia

La notificación llegó a las nueve y ocho minutos.

Valentina estaba en el taller.

Tenía las manos sobre el lino crudo, los dedos siguiendo la dirección del tejido, ese movimiento de evaluación que hacía antes de marcar el primer corte y que era mitad técnica y mitad conversación: la tela diciéndole cómo quería ser cortada y ella escuchando antes de decidir si estaba de acuerdo.

El teléfono vibró sobre la mesa de bocetos.

Lo vio desde donde estaba.

Thomas.

“Resolución emitida. Palais de Justice. Diez en punto.”

Karim estaba en el taburete del fondo con el café que había preparado sin que nadie le supervisara. Levantó la vista cuando la vio leer el mensaje.

—¿Vamos? —preguntó.

—Vamos.

Dejó el lino doblado sobre la mesa. El primer corte podía esperar.

Esta no.

El trayecto en taxi duró diecisiete minutos. Noviembre en París a las nueve y media de la mañana: el tráfico del mercado y los colegios y la ciudad entera moviéndose con la urgencia de los días de semana que nadie ha elegido pero en los que todos participan.

Valentina miró por la ventana sin hablar.

Karim tampoco habló.

Era el silencio de dos personas que han aprendido que no todo espacio necesita ser llenado y que el trayecto antes de algo importante tiene su propio peso que se lleva mejor en quietud.

Llegaron al Palais de Justice a las nueve cincuenta y dos.

Isabelle ya estaba en el pasillo. Mercier y Thomas también, con sus carpetas y sus expresiones de profesionales que han visto muchas resoluciones y que por eso mismo no especulan sobre el resultado hasta que está en papel.

—¿Tienes alguna indicación? —preguntó Valentina a Mercier.

—Ninguna. Moreau no anticipa. —Una pausa.— Lo que sí tengo es que la deliberación duró menos de tres horas. En casos con el volumen de expediente que tenemos, eso es señal de que el argumento central estaba suficientemente claro para no requerir debate extenso entre el tribunal.

—¿En qué dirección?

—En la dirección que indica que el expediente era sólido. —Mercier.— Que ya lo sabíamos.

Las puertas de la sala se abrieron.

Santi ya estaba en su lugar con Aubert a su lado. La abogada joven tenía los labios apretados con la presión específica de quien ha llegado al final de un caso que sabía que no podía ganar y que está esperando que el proceso confirme lo que la profesionalidad no le permitía decir en voz alta.

El juez Moreau entró a las diez en punto.

Todos de pie.

Luego sentados.

La sala en el silencio que precede a las cosas que no se pueden deshacer.

Moreau abrió la carpeta frente a él.

—En el caso de la República Francesa contra Santiago Domínguez, ciudadano mexicano, por los cargos de agresión agravada con arma blanca, portación ilegal de arma blanca, y daño doloso a propiedad empresarial con patrón de conducta demostrado, el tribunal ha deliberado y emite la siguiente resolución.

Pausa.

El reloj en la pared.

La respiración de doce personas en una sala pequeña.

—El tribunal declara al acusado Santiago Domínguez culpable de los tres cargos presentados.

El aire en la sala cambió.

No dramáticamente. No con el estruendo que se ve en las películas donde alguien grita y alguien llora y los periódicos capturan el momento con flash. Solo el cambio suave y total de la temperatura de un espacio cuando algo que estaba suspendido en el aire finalmente toca el suelo.

Valentina no se movió.

No lo había decidido. Su cuerpo simplemente se quedó donde estaba: espalda recta, manos sobre la mesa, los ojos en el juez Moreau que seguía leyendo.

—Cargo uno: agresión agravada con arma blanca. Condena de cuatro años de prisión efectiva, sin posibilidad de suspensión, conforme al artículo 222-8 del Código Penal francés con agravante de premeditación.

—Cargo dos: portación ilegal de arma blanca. Condena adicional de dieciocho meses, a cumplirse de forma consecutiva.

—Cargo tres: daño doloso a propiedad empresarial con patrón de conducta demostrado. Condena de dos años de prisión con posibilidad de suspensión parcial condicionada a indemnización por daños cuantificados, más restricción permanente de acercamiento a la señorita Valentina García García y a los establecimientos de la marca Cicatrices.

—La suma total de la condena efectiva: cinco años y seis meses de prisión. La sentencia es ejecutable de forma inmediata. El acusado permanece bajo custodia hasta el inicio del traslado al establecimiento penitenciario designado.

Moreau cerró la carpeta.

—Sesión levantada.

Se puso de pie.

Todos de pie.

Luego Moreau se retiró y la sala volvió a ser una sala.

Valentina escuchó a Aubert hablar con su cliente en voz baja. Las palabras de la abogada eran profesionales y directas: el proceso de apelación, los plazos, los pasos siguientes. La voz de Santi no llegaba desde donde estaba. Solo su perfil. Los hombros levemente caídos hacia adelante. Las manos juntas sobre la mesa.

No la miraba.

Ni una vez durante la lectura de la sentencia.

Valentina lo observó ponerse de pie.

Dio la vuelta hacia la puerta de servicio que llevaba a la custodia.

Y en ese momento, justo cuando estaba cruzando el umbral, se detuvo.

Se giró.

Y la miró.

Solo un segundo.

Sin que Valentina pudiera leer en ese segundo qué había exactamente: arrepentimiento o rabia o el reconocimiento de que algo había llegado a su fin real y definitivo. Quizás las tres cosas al mismo tiempo, mezcladas de la forma en que solo se mezclan las cosas que llevan años acumulándose sin nombre.

Luego la puerta se cerró.

Y Santiago Domínguez desapareció del otro lado.

Valentina respiró.

Lento.

El pecho expandiéndose y contrayéndose con la normalidad de los pulmones que simplemente hacen lo que saben hacer independientemente de lo que pase alrededor.

Isabelle le puso la mano en el hombro.

Valentina puso su mano encima de la de ella por un momento.

Nada más.

En el pasillo, Mercier fue parco como siempre.

—Condena máxima en el cargo principal. El juez tomó en cuenta el patrón de conducta. —Una pausa brevísima.— Bien trabajado.

Thomas extendió la mano.

Valentina se la estrechó.

Karim estaba de pie junto a la ventana del patio interior.

El árbol sin hojas.

La luz de noviembre llegando horizontal.

Valentina caminó hasta él.

Se quedaron de pie sin hablar durante un momento que tenía el peso específico de las cosas que no necesitan palabras porque ya han sido dichas de todas las formas posibles durante meses y lo que queda es solo estar ahí, en ese pasillo, con esa luz.

—Cinco años y medio —dijo Valentina eventualmente.

—Seis con los cargos acumulados. —Karim.

—Más la restricción de acercamiento.

—Permanente.

Una pausa.

—¿Cómo estás? —preguntó él.

Valentina lo pensó de verdad.

—Libre —dijo.

La palabra cayó sencilla.

Sin ornamento.

Karim la miró.

—Libre —repitió él.

Y en la voz de él, en cómo la pronunció, había algo que no era eco sino confirmación. La de alguien que entendía exactamente lo que esa palabra significaba en la boca de una mujer que llevaba años cargando el peso de lo que ese nombre representaba.

Caminó hacia la salida.

Afuera, el París de las diez y media de la mañana del viernes era frío e indiferente y completamente desconocedor de que adentro acababa de cerrarse algo que había empezado hacía mucho, en otro país, en otra vida, con otra versión de ella que ya no existía de la misma forma.

Eso también era parte del resultado.

No solo la sentencia.

También eso.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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