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Novia Fugitiva busca venganza - Capítulo 138

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Capítulo 138: El Primer Día

Había una botella de champán en el taller cuando llegaron.

Margaux la había puesto en el centro de la mesa de bocetos con dos copas de cristal que no hacían juego entre sí porque nadie en “Cicatrices” había tenido tiempo de comprarse una vajilla consistente y eso era exactamente el tipo de detalle que Valentina había aprendido a considerar correcto.

Un cartel escrito a mano en papel de boceto.

Con rotulador negro. La letra de Margaux: directa, sin el adorno de quien escribe para que lo vean sino para que se entienda.

Ganamos. Ahora a trabajar.

Valentina lo leyó.

Sintió que algo en la garganta se cerraba de esa forma que no tiene que ver con tristeza sino con el reconocimiento de que las personas correctas en el momento correcto son una forma de fortuna que no se puede planear.

—Margaux. —La llamó.

Margaux asomó desde el fondo del taller donde estaba revisando el pedido de Flandes con la parsimonia de quien tiene muy claro cuáles son sus prioridades y en qué orden van.

—¿Qué tal? —preguntó, como si preguntara por el tiempo.

—Cinco años y medio.

Margaux asintió.

—El mínimo que merecía. —Volvió a las telas.— Abre el champán, que tenemos reunión con Harrods el lunes y la pieza siete no está terminada.

Valentina abrió el champán.

Isabelle, que había entrado detrás, tomó una de las copas sin esperar que nadie se la ofreciera. Karim la otra. Valentina se quedó con la botella un momento antes de servirse en la taza de café que era lo único disponible porque las dos copas estaban ocupadas.

Se rieron.

Los tres.

Fue una risa genuina y breve, del tipo que llega sin que uno la planee porque algo pequeño e incongruente —una taza de café con champán de Margaux que probablemente había costado cuarenta euros porque era Margaux— resulta ser exactamente la escala correcta para el momento.

Los grandes momentos a veces se resuelven en cosas pequeñas.

Bebieron.

El champán sabía a burbujas y a alivio y a algo que no tenía nombre pero que tenía la temperatura de las cosas que se construyen sin garantías y que llegan a buen puerto no por suerte sino por trabajo sostenido en la dirección correcta.

Isabelle se fue a la una.

Tenía una reunión de la ONG que había aplazado dos días y que ya no podía aplazar más. La abrazó en la puerta del taller con la firmeza específica de las personas que no abrazan fácilmente pero que cuando lo hacen lo dicen todo.

—Eres la persona más tenaz que conozco —dijo Isabelle en voz baja.

—Lo aprendí de una hermana que se sentó frente a Hendrik Baert con treinta y seis minutos de grabación en el bolso.

Isabelle se rió.

Y se fue.

Karim se quedó.

No porque nadie se lo pidiera. Sino porque había un acuerdo tácito del que ambos eran conscientes: la conversación que Valentina había mencionado en el pasillo del Palais de Justice dos días atrás. La de sin abogados, sin juicio de fondo, solo ellos.

Margaux se fue a las dos.

Con el taco de notas de la pieza siete bajo el brazo y la expresión de quien tiene la mente en el hilo y en el bastidor y en el ángulo del corte.

—Lunes a las ocho —dijo en la puerta.

—Lunes a las ocho —confirmó Valentina.

Y entonces estuvieron solos.

El taller a las dos de la tarde. La Singer en su esquina. Los bocetos de primavera en la pared. El lino crudo todavía doblado sobre la mesa larga, esperando el primer corte que hoy no había llegado pero que mañana llegaría.

Valentina preparó café.

Dos tazas. Las mismas de siempre, las de la alacena de la trastienda que no hacían juego tampoco.

Se sentaron en los taburetes de la mesa de bocetos.

El café entre los dos.

Un momento en que ninguno habló primero.

Era la primera vez en meses que estaban solos sin que hubiera algo urgente que resolver. Sin el juicio. Sin la estrategia. Sin el perímetro de seguridad o los abogados o la estructura de la crisis que los había mantenido en movimiento constante.

Solo el taller.

Solo el café.

Solo lo que había debajo de todo eso.

—Quiero preguntarte algo. —Valentina fue la primera.

—Pregunta.

—Cuatro meses de terapia. —Directa.— ¿Qué cambió?

Karim sostuvo la taza entre las manos.

Lo pensó de verdad. No la respuesta que sonaba bien. La que era exacta.

—Entendí que el miedo no se ve como miedo cuando lleva suficiente tiempo disfrazado de otra cosa. —Pausó.— Lo que yo llamaba protección era miedo. El de perder lo único que me hacía sentir real.

—¿Y ahora?

—Ahora sé la diferencia. Entre querer a alguien y necesitar poseerla para no tener miedo.

Valentina lo miró.

—¿Y si lo olvidas?

—Tengo a Hassan para recordármelo.

—¿Sigues yendo?

—Una vez a la semana.

Una pausa.

—¿Vas a seguir yendo?

—Sí. —Sin vacilación.— No porque lo necesite de la misma forma que al principio. Sino porque aprendí que los mecanismos que uno construye cuando tiene miedo son muy eficientes. Y que sin mantenimiento se vuelven a instalar solos.

Valentina procesó eso.

Era la respuesta más honesta que Karim Al-Fayed le había dado sobre sí mismo en dos años de conocerse. Más honesta que cualquier cosa del tiempo en El Cairo, donde todo lo que decía llevaba la capa de control que no podía ver porque era el aire en que respiraba.

—Yo vivo en el Marais —dijo ella eventualmente.

—Lo sé.

—”Cicatrices” es mía. Mis decisiones, mis errores, mi ritmo.

—Lo sé.

—No cambia.

—No esperaba que cambiara.

Valentina bebió el café.

La Singer en su esquina. La luz de noviembre entrando por las claraboyas.

—No sé lo que es esto todavía. —Lo dijo con precisión.— No lo sé y no quiero nombrarlo antes de que tenga forma propia.

—De acuerdo.

—¿Puedes vivir con eso?

Karim la miró.

La ausencia de la urgencia. El hombre que se había pasado dos años necesitando que todo tuviera forma ya, ahora mismo, bajo su control, sentado frente a ella diciéndole que podía vivir con no saber.

—Sí —dijo.— Puedo.

—¿Lo dices o lo sabes?

—Lo sé. —Su voz era firme y baja.— Y si en algún momento empiezo a solo decirlo, me lo dices.

Valentina asintió.

Sencillo.

Sin ceremonia.

Los dos en el taller con el café que ya se enfriaba y la Singer esperando y los bocetos de primavera en la pared con sus costuras doradas sobre tela oscura, cada pieza una historia de ruptura que había encontrado la forma de convertirse en algo que brillaba.

No era el final.

Era el primer día de algo que todavía no tenía nombre.

Y eso, pensó Valentina mientras miraba el lino crudo esperando en la mesa larga, era exactamente suficiente.

El primer corte podía ser mañana.

Hoy: el café. La luz. El silencio compartido de dos personas que han atravesado algo muy grande y que al otro lado, por primera vez, no tienen prisa.

La restricción de acercamiento contra Santiago Domínguez firmada y en el expediente.

“Cicatrices” con reunión de Harrods el lunes.

El lino crudo esperando su nombre.

Y afuera, el París de noviembre indiferente y vivo, con sus calles mojadas y sus luces encendiéndose a las cuatro de la tarde y su ruido constante de ciudad que no necesita que nadie la entienda para seguir siendo exactamente lo que es.

Igual que ella.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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