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Novia Fugitiva busca venganza - Capítulo 142

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Capítulo 142: SIN NOMBRE TODAVÍA

Karim llegó a las siete y veintiséis minutos.

Valentina lo sabía porque miró el reloj cuando escuchó la llave en la cerradura. Había dado a Karim la llave del taller la semana anterior, con la misma economía práctica con que habría dado la llave a un electricista o a Margaux: sin ceremonia, simplemente porque él llegaba antes de que el taller abriera y abrir para él cada vez era una complicación innecesaria.

Una llave no era una declaración.

Era logística.

Pero la forma en que él la había recibido, guardándola sin comentario en el bolsillo interior del abrigo, como si fuera algo frágil que podía romperse si lo nombraban demasiado pronto, había dicho más que cualquier comentario.

Valentina estaba en el extremo del taller revisando la pieza Apertura en el maniquí cuando entró.

La luz de las siete y media de diciembre en París llegaba tarde y horizontal, lo que a esta hora significaba que el taller todavía operaba con la luz artificial de las claraboyas suplementada por los focos de trabajo que Margaux había instalado en los ángulos correctos después de semanas de quejarse de que la luz natural de noviembre no era suficiente para evaluar colores con precisión.

Tenía razón.

Las claraboyas a esta hora mostraban la pieza Apertura en la tonalidad exacta que Valentina necesitaba ver: el lino crudo con el primer corte central ya cosido con hilo dorado, la abertura que daba nombre a la pieza revelando el forro interior de seda color miel que a esta luz específica no parecía adorno sino continuación natural de la tela exterior.

Karim preparó el café en la trastienda sin que nadie le dijera nada.

El sonido de la moka sobre el fuego pequeño.

El olor del café moviéndose por el taller.

Valentina siguió trabajando. Revisó el dobladillo inferior de la pieza Apertura con los dedos, siguiendo la costura centímetro a centímetro, buscando el punto donde la tensión del hilo fuera exacta sin ser visible.

Karim llegó con dos tazas.

Puso la de Valentina en la mesa de bocetos, a su alcance, sin interrumpir lo que estaba haciendo.

—¿Esa es Apertura? —preguntó.

—Sí.

Karim se quedó de pie frente al maniquí.

La misma atención que ponía en los contratos, en los informes de seguridad, en los planos de la residencia Al-Fayed cuando algo no cuadraba. La atención específica de alguien que no sabe exactamente qué está mirando pero que ha aprendido a mirar antes de hablar.

—¿Qué es lo que abre? —preguntó eventualmente.

Valentina terminó de revisar el dobladillo.

Se apartó del maniquí.

—Cuando está cerrada, parece un abrigo. —Señaló la línea exterior, la caída del lino.— Cuando se abre, el forro no está escondido detrás. Está expuesto por diseño. La costura dorada en el corte central es visible desde afuera y desde adentro. Lo que está adentro no es sorpresa. Es información disponible todo el tiempo para quien mire bien.

Karim la miró.

—Como las personas.

—Como algunas personas. —Valentina tomó su taza.— Las que han aprendido que esconder lo de adentro no las protege. Solo las hace más difíciles de conocer.

El taller a las siete y media de la mañana. La Singer en su esquina. Los bocetos de primavera en la pared.

Bebieron el café en silencio durante un momento que tenía la textura específica de las mañanas que ya tienen su propio ritmo porque han ocurrido suficientes veces para que el cuerpo las reconozca aunque la mente no siempre lo nombre.

—Tarek me llamó ayer —dijo Karim eventualmente.

—¿Para decirle qué?

—Que tuvo la mejor reunión de negocios del año con alguien que le rechazó la propuesta. —Una pausa.— Sus palabras exactas.

Valentina no respondió.

—¿Qué le dijiste?

—Lo que era verdad. —Valentina.— Que Cicatrices no es un instrumento de relaciones públicas para ninguna empresa.

—¿Incluyendo la mía?

—Especialmente la tuya. Porque las tuyas son las manos que más fácilmente podrían convertirla en eso sin que pareciera lo que es.

Karim procesó eso.

—¿Te molestó que llamara?

—No. —Honesta.— Me interesó verlo. Hay cosas de ti que entendí mejor después de sentarme frente a tu padre.

—¿Qué cosas?

Valentina lo miró.

—Que los patrones que la Dra. Hassan te ayudó a desmontar no los inventaste tú. —Lo dijo sin crueldad.— Que vinieron de un lugar real. Y que desmontarlos requirió más trabajo del que cualquier persona que no lo haya hecho puede entender.

Karim dejó la taza sobre la mesa.

Se quedó de pie con la mano apoyada en el borde de la mesa de bocetos, mirando la pieza Apertura en el maniquí con la misma expresión que tenía cuando procesaba algo que lo afectaba de una forma que todavía estaba ordenando.

—¿Qué pasa? —preguntó Valentina.

—Nada. —Y luego, antes de que ella pudiera decir que eso no era respuesta:— Me resulta extraño que alguien conozca esas cosas y siga estando aquí.

—¿Por qué sería extraño?

—Porque las mismas cosas que aprendí a desmontar son las que te lastimaron.

—Sí. —Valentina.— Y desmontarlas requirió cuatro meses de terapia semanal y perderme para entender qué querías conservar. —Una pausa.— Eso no es extraño. Eso es lo mínimo que podías hacer.

—Lo sé.

—¿Lo sabes o lo dices?

—Lo sé. —La voz de Karim era baja.— Y sé que la diferencia entre las dos cosas te importa más que cualquier otra cosa que pueda ofrecerte.

Valentina lo miró.

El taller a las siete y media. La pieza Apertura con su costura dorada visible desde afuera y desde adentro. El café que ya se enfriaba en las tazas.

Algo se movió.

No dramáticamente. No con el estruendo que las historias grandes a veces esperan de sus propios momentos importantes. Solo el movimiento suave e inevitable de una cosa que ha estado a punto de ocurrir durante semanas y que en este momento específico, en esta luz específica, con estas palabras exactas sobre la mesa, simplemente ocurre porque ya no tiene ninguna razón para no ocurrir.

Valentina caminó hacia él.

Tres pasos.

No fue ella quien cruzó todo el espacio. Karim la encontró a la mitad. Como correspondía: no que uno llegue al otro sino que los dos lleguen al mismo punto al mismo tiempo.

No hubo palabras antes.

No hicieron falta.

El primer beso fue exactamente lo que los dos sabían que iba a ser: no el comienzo de algo sino el reconocimiento de algo que ya existía y que solo estaba esperando el momento en que ninguno de los dos tuviera una razón válida para seguir postergándolo.

No fue largo.

No fue lo que las películas describen cuando quieren que el espectador entienda que algo grande acaba de ocurrir.

Fue el tipo de beso que solo existe entre personas que se conocen de verdad y que por eso mismo no necesitan demostrar nada con él.

Cuando se separaron, Karim no dijo nada de inmediato.

Valentina tampoco.

Ella fue la primera en hablar.

—Todavía no sé lo que es esto.

—Lo sé. —Karim.— Pero ya tiene forma.

Valentina lo miró.

La luz de diciembre en el taller. La pieza Apertura en el maniquí con su costura visible. El café frío en las tazas.

—Sí —dijo.— Ya tiene forma.

Margaux llegó a las diez.

Encontró el taller con la misma disposición de siempre: bocetos en la pared, la Singer lista, la pieza Apertura en el maniquí y los dos cafés fríos en la mesa de bocetos, que eran exactamente dos más que los que Margaux habría esperado encontrar cuando llegó.

Miró las tazas.

Miró a Valentina que estaba ajustando el hombro de la pieza Apertura con los ojos puestos en el trabajo.

No dijo nada.

Fue directamente a la Singer.

Pero en el ángulo de su boca, mientras encendía la máquina, había algo que era la versión de Margaux de la sonrisa más amplia que no iba a mostrar porque no era su momento y porque las cosas importantes no necesitan testigos para ser reales.

El taller empezó su día.

La pieza Apertura esperando sus últimas dos semanas de trabajo.

Y algo que finalmente tenía forma, aunque todavía no tuviera nombre, instalándose en el espacio con la naturalidad de las cosas que ya pertenecen al lugar donde están.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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