Novia Fugitiva busca venganza - Capítulo 15
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15: El Vals del Control 15: El Vals del Control La “lección de baile” empezó con Valentina pisando a Karim tres veces en los primeros cinco minutos.
—Perdón.
—No te disculpes.
Concéntrate.
—Me estoy concentrando.
Pero tus pies siguen apareciendo donde no deberían.
—Mis pies están exactamente donde deben estar.
Los tuyos son los que improvisan coreografía de batalla.
Estaban en el salón privado del penthouse que Karim había convertido mágicamente en estudio de baile.
Las cortinas cerradas.
El piso de mármol despejado.
Una bocina portátil reproduciendo vals clásico.
Y Karim con las mangas de su camisa blanca arremangadas hasta los codos, sosteniéndola como si fuera cristal antiguo que pudiera romperse en cualquier momento.
—En la Gala de Primavera, el primer baile es protocolo —explicó con esa paciencia infinita que usaba cuando le enseñaba cualquier cosa—.
Tú y yo abrimos la pista.
Todos nos observan.
Si tropiezas, lo notarán.
—Sin presión entonces.
—Exactamente.
Volvieron a la posición inicial.
Su mano en la cintura de ella.
La de ella en su hombro.
Las otras manos entrelazadas a la altura del pecho.
Demasiado cerca.
Todo su cuerpo era demasiado cerca.
Olía a oud y algo más.
Algo limpio y masculino que probablemente era solo jabón caro pero que la estaba volviendo loca.
—Uno, dos, tres.
Uno, dos, tres.
Karim marcaba el ritmo con voz baja.
—No mires tus pies.
Mírame a mí.
Valentina levantó la vista.
Error.
Porque mirarlo directamente era peor que mirar el piso.
Sus ojos negros la estudiaban con esa intensidad quirúrgica.
Como si pudiera leer cada pensamiento que cruzaba su cerebro.
—Mejor.
Ahora relaja los hombros.
—Están relajados.
—Están tan tensos que parecen de madera.
Su mano se deslizó desde su cintura hasta su espalda.
Presión suave pero firme entre sus omóplatos.
—Respira conmigo.
Inhala en tres tiempos.
Exhala en tres.
Obedeció porque no tenía opción.
Y porque cuando Karim hablaba con esa voz —grave, controlada, absolutamente segura— su cerebro simplemente se rendía.
La música cambió.
Algo más lento.
Más íntimo.
—Este es el segundo baile de la noche.
Menos formal.
Más…
personal.
La acercó un centímetro más.
Ahora sus cuerpos casi se tocaban.
Valentina podía sentir el calor que emanaba de él a través de la tela de su camisa.
—¿Por qué siento que me estás preparando para más que solo una gala?
La pregunta salió antes de que pudiera detenerla.
Karim no respondió inmediatamente.
Solo siguió moviéndola por el espacio con gracia de depredador que conocía cada centímetro de su territorio.
—Porque lo estoy haciendo.
—¿Para qué?
—Para sobrevivir en un mundo donde cada movimiento es evaluado.
Cada palabra es recordada.
Cada error es usado contra ti.
Giró.
Ella lo siguió sin pensarlo.
Los pies finalmente cooperando con el cerebro.
—Suena agotador.
—Lo es.
Pausa.
—Por eso necesitas convertirlo en segunda naturaleza.
Para que no tengas que pensar.
Solo hacer.
La hizo girar bajo su brazo.
Cuando volvió a su posición, estaban aún más cerca.
Pecho contra pecho.
Respiraciones sincronizadas.
—Karim.
—¿Sí?
—¿Alguna vez te cansas de controlarlo todo?
Algo cruzó su rostro.
Tan rápido que casi lo imaginó.
Dolor.
O quizás solo cansancio acumulado de años.
—Todos los días.
La honestidad brutal la golpeó como puñetazo.
—¿Entonces por qué lo haces?
—Porque si dejo de controlar aunque sea por un segundo, todo se derrumba.
La música se detuvo.
Pero ninguno de los dos se movió.
Seguían parados en medio del salón.
Demasiado cerca.
Con las manos todavía entrelazadas.
—¿Qué se derrumba exactamente?
Valentina susurró la pregunta porque algo en el aire se sentía frágil.
Como si hablar muy fuerte rompería el momento.
Karim la soltó.
Retrocedió un paso.
La máscara de control volvió a su lugar con precisión de cirujano.
—Todo.
Se derrumba todo.
Caminó hacia la ventana.
Se quedó mirando el Cairo brillando abajo como constelación de luces doradas.
—Cuando tenía veintitrés años, mi padre me dio el control de una subsidiaria familiar.
Construcción.
Contratos gubernamentales.
Dinero real.
Valentina se acercó pero mantuvo distancia.
Dejándole espacio para hablar.
—Confié en la persona equivocada.
Un socio que parecía honorable.
Un amigo.
Pausa larga.
—Me robó cincuenta millones de dólares y culpó de todo a mi inexperiencia.
Mi padre tuvo que rescatar el desastre.
Me humilló frente al Consejo Familiar.
Me quitó todo.
Dijo que no merecía el apellido Al-Fayed.
Se giró hacia ella.
Los ojos negros brillaban con algo parecido a rabia contenida.
—Así que sí, Valentina.
Controlo todo porque la alternativa es perder todo.
Otra vez.
El corazón se le estrujó.
Porque finalmente entendía.
Karim no era solo controlador por naturaleza.
Era controlador por supervivencia.
Igual que ella.
—Lo siento.
—No quiero tu lástima.
—No es lástima.
Es…
empatía.
Se acercó dos pasos.
—Yo también confié en la persona equivocada.
Y también me quitó todo.
La diferencia es que a mí me lo quitaron con amenazas y violencia.
A ti con traición y humillación.
—No es lo mismo.
—Es exactamente lo mismo.
Solo que con diferente presupuesto.
Por primera vez desde que lo conocía, Karim soltó algo parecido a una risa genuina.
Breve.
Amarga.
Pero real.
—Tienes una forma muy particular de ver el mundo.
—Es mi superpoder.
Reducir trauma a punchlines.
El teléfono de Karim vibró.
Y vibró.
Y vibró.
Cinco veces seguidas.
Lo revisó con expresión que rápidamente se transformó en algo parecido a alarma controlada.
—¿Qué pasó?
—Tu madre.
Está tratando de llamarte.
Doce veces en los últimos veinte minutos.
El pánico la golpeó como ola.
—Dame el teléfono.
—Espera.
Déjame verificar— —Dame el maldito teléfono, Karim.
Se lo arrancó de las manos.
Llamada perdida.
Otra.
Otra.
Mensaje de voz.
Presionó play con dedos que temblaban.
La voz de su madre llenó el espacio: “Mija, estoy bien.
Todos estamos bien.
Pero necesito hablar contigo.
Es urgente.
Es sobre tu papá.
Mija, tu papá apareció.
Aquí en Costa Rica.
No sé cómo nos encontró pero está aquí y dice que necesita verte.
Por favor llámame.
Por favor.” El teléfono cayó de sus manos.
Karim lo atrapó antes de que golpeara el piso.
—¿Tu padre?
—Mi padre está muerto para mí hace dieciocho años.
—Pero aparentemente no está muerto literal.
—Peor.
Está vivo y buscándome.
El mundo giró otra vez.
Porque aparentemente el universo había decidido que un narcotraficante psicópata persiguiéndola no era suficiente drama.
Ahora tenía que lidiar con el fantasma de un padre que la había abandonado cuando más lo necesitaba.
Perfecto.
Absolutamente perfecto.
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