Novia Fugitiva busca venganza - Capítulo 17
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- Capítulo 17 - 17 CAPÍTULO 17 Aire
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17: CAPÍTULO 17: Aire 17: CAPÍTULO 17: Aire La decisión de ir a ver a Eric no fue racional.
Fue visceral.
Como cuando tu cerebro grita “¡CORRE!” y tus piernas obedecen antes de que puedas cuestionarlo.
Valentina esperó hasta las 10 PM.
Hasta que Karim se encerró en su estudio con tres pantallas y expresión de “voy a trabajar hasta que amanezca”.
Hasta que el penthouse quedó en ese silencio pesado que se siente como jaula invisible.
Se cambió rápido.
Jeans.
Blusa negra simple.
Tenis.
Nada de los vestidos de diseñador que ahora llenaban su clóset como uniformes de otra persona.
Necesitaba sentirse como ella misma.
Aunque ya no estaba segura de quién era esa persona.
Salió por la puerta de servicio.
El mismo elevador que habían usado para escapar de Dubai.
El guardia de seguridad —no Ahmad, otro que no conocía— la miró con expresión de “debería detenerte pero técnicamente no eres prisionera”.
—Voy a dar una vuelta —dijo con voz que sonó más firme de lo que sentía.
—El señor Al-Fayed no— —No necesito permiso del señor Al-Fayed para salir del hotel.
El hombre dudó.
Pero se hizo a un lado.
Porque tenía razón.
Técnicamente.
Afuera, el Cairo nocturno era caos organizado.
Tráfico que parecía no tener reglas.
Bocinas constantes.
Olor a comida callejera mezclado con gasolina y Nilo.
Tomó un Uber.
Le dio la dirección del Marriott que Eric había mencionado.
El conductor la miró por el espejo retrovisor con expresión de “¿estás segura, extranjera sola de noche?”.
Pero arrancó sin preguntas.
Veinte minutos después, estaba frente al hotel.
Completamente diferente al Four Seasons.
Más antiguo.
Más…
real.
Con terraza que daba al río y música de jazz filtrándose desde el bar.
Eric la esperaba en la terraza.
Recostado en una silla de mimbre como si fuera su trono personal.
Camisa de lino blanca arrugada.
Jeans desgastados que probablemente costaban mil euros pero parecían de tianguis.
Una copa de vino tinto en la mano.
Y esa sonrisa de niño malo que hacía que las mujeres sensatas tomaran decisiones estúpidas.
—Sabía que vendrías.
No se levantó.
Solo señaló la silla frente a él.
—¿Cómo lo sabías?
Valentina se sentó porque las piernas ya no la sostenían después de la adrenalina de escaparse.
—Porque tienes esa mirada.
La de animal enjaulado que finalmente encuentra la puerta abierta.
Un mesero apareció como fantasma silencioso.
Eric ordenó algo en francés.
El mesero asintió y desapareció.
—No hablo francés.
—Pedí vino.
Y mezze.
Pequeños platos para compartir.
Porque una señorita que huye de su torre de marfil merece comer algo que no venga en plato de porcelana china.
A pesar de todo, Valentina sonrió.
—¿Siempre eres así?
—¿Así cómo?
—Dramático.
Como si todo fuera escena de película francesa.
—Soy francés, chérie.
El drama es genético.
El vino llegó.
Tinto.
Oscuro.
Servido en copas que no eran perfectamente pulidas.
Eric levantó la suya.
—Por las puertas abiertas.
Y por tener el coraje de cruzarlas.
Brindaron.
El vino era diferente.
No como el champán perfecto del jet privado de Karim.
Este tenía textura.
Sabor complejo que exigía atención.
—Entonces —dijo Eric después de un largo silencio cómodo—, ¿qué te hizo finalmente escapar del faraón?
—No escapé.
Solo…
salí a tomar aire.
—Mentirosa terrible.
Pero lo dijo con cariño.
—Está bien.
Mentir es forma de supervivencia.
Lo respeto.
Se reclinó en su silla.
—Pero conmigo no necesitas mentir.
No te voy a juzgar.
No te voy a encerrar.
Y definitivamente no te voy a decir qué hacer.
—¿Por qué viniste a El Cairo, Eric?
La pregunta salió más directa de lo que pretendía.
Él la estudió con esos ojos azules que parecían ver demasiado.
—Porque me preocupas.
—No me conoces lo suficiente para preocuparte.
—Te conozco suficiente para reconocer a alguien siendo convertida en algo que no es.
Pausa.
—Karim es mi amigo.
Lo quiero como hermano.
Pero es un controlador obsesivo que cree que el amor es protección absoluta y obediencia total.
—No estoy enamorada de Karim.
—Todavía no.
Pero lo estarás.
Porque es imposible no enamorarse del hombre que te salva.
Es psicología básica.
Trauma bonding.
La comida llegó.
Platos pequeños de hummus, baba ganoush, falafel, pan árabe caliente.
Comida que pedía ser comida con las manos.
Sin etiqueta.
Sin reglas.
—¿Y tú?
—preguntó Valentina mientras rompía pan—.
¿También me estás salvando?
—No.
Yo te estoy ofreciendo una alternativa.
—¿Qué tipo de alternativa?
Eric se inclinó hacia adelante.
—Libertad real.
No la versión de Karim donde te da jaula de oro y la llama protección.
Sino libertad de verdad.
De viajar.
De equivocarte.
De no tener que ser perfecta todo el maldito tiempo.
—Suena bien en teoría.
—Pero en práctica es aterrador.
Lo sé.
Tomó otro sorbo de vino.
—Porque la libertad significa que no hay red de seguridad.
No hay guardaespaldas.
No hay cuenta bancaria ilimitada para solucionar problemas.
—Exactamente.
—Pero también significa que tus errores son tuyos.
Tus victorias son tuyas.
Tu vida es tuya.
El Nilo brillaba abajo.
Luces de barcos pequeños flotando como luciérnagas sobre agua negra.
—¿Por qué haces esto, Eric?
Realmente.
¿Qué ganas tú?
La sonrisa desapareció.
Por primera vez, lo vio serio.
—Porque hace cinco años estuve exactamente donde tú estás.
Comprometido con alguien que mi familia eligió.
Una mujer hermosa, inteligente, perfecta en papel.
—¿Qué pasó?
—Me casé con ella.
Duró exactamente dieciocho meses antes de que ambos admitiéramos que éramos miserables.
Que la jaula dorada sigue siendo jaula.
Pausa larga.
—Me divorcié.
Mi familia me desheredó.
Y fue lo mejor que me pasó en la vida.
—¿Y ahora?
—Ahora tengo un viñedo en Provenza que apenas genera dinero.
Una casa llena de arte que probablemente es falso.
Y más libertad de la que supe qué hacer durante mucho tiempo.
Levantó su copa otra vez.
—Pero al menos es mío.
Todo es mío.
Valentina sintió algo apretándole el pecho.
No era atracción.
No exactamente.
Era reconocimiento.
Como verse en espejo que reflejaba futuro posible.
—No puedo dejarlo —dijo en voz baja—.
Karim.
El contrato.
Tengo familia que depende de mí.
Una sobrina.
Mi madre.
Una hermana que apenas conozco.
—Lo sé.
—Y Santi todavía me está buscando.
Si pierdo la protección de Karim…
—También lo sé.
Eric extendió la mano sobre la mesa.
No para tocarla.
Solo para ofrecerla.
—No te estoy pidiendo que elijas ahora, Valentina.
Solo te estoy recordando que existe otra opción.
Cuando todo esto termine.
Cuando Santi ya no sea amenaza.
Cuando tengas tu dinero y tu libertad.
—¿Y qué sería esa opción?
—Venir a Francia.
Vivir en mi casa de huéspedes.
Descubrir quién eres cuando nadie te está mirando.
El teléfono de Valentina vibró.
Una vez.
Dos.
Diez veces seguidas.
Karim.
Por supuesto.
—Necesitas irte —dijo Eric sin mirar el teléfono.
—¿Cómo sabes?
—Porque esa vibración tiene ritmo de hombre que acaba de descubrir que su posesión más valiosa desapareció.
Valentina revisó los mensajes.
“¿Dónde estás?” “Valentina, responde.” “El guardia dijo que saliste.
¿A dónde fuiste?” “Si estás con Eric, responde AHORA.” “Voy a rastrear tu teléfono.” “Ya sé dónde estás.
Voy para allá.” —Mierda.
—Exactamente.
Eric se levantó.
Dejó dinero en efectivo sobre la mesa.
—Él va a llegar en aproximadamente…
cinco minutos.
Tráfico del Cairo siendo lo que es.
—Debería irme.
—Probablemente.
O puedes quedarte.
Enfrentarlo.
Decirle que no eres su propiedad.
La tentación fue real.
Pero algo en el tono de los últimos mensajes de Karim no era solo enojo.
Era pánico.
—Gracias por la cena.
Y por…
todo.
—De nada, chérie.
Eric se inclinó.
Besó su mejilla.
Ligero.
Fraternal.
Pero lo suficientemente cerca para que ella oliera su aroma de higo y tierra.
—Recuerda mi oferta.
Cuando estés lista.
Cuando bajó al lobby, Karim ya estaba ahí.
Parado junto a la entrada con las manos en los bolsillos.
Traje oscuro.
Expresión que podría congelar el Nilo.
Y ojos que brillaban con algo entre furia y alivio.
—Sube al coche.
No era petición.
Era orden.
Valentina subió.
Porque algo en su postura le dijo que no era momento de pelear.
El silencio en el Mercedes blindado era nuclear.
—¿Vas a gritar?
—preguntó finalmente.
—No.
—¿Vas a amenazarme?
—No.
—Entonces ¿qué?
Karim se giró hacia ella.
Y por primera vez desde que lo conocía, la máscara de control se rompió completamente.
—Voy a preguntarte si entiendes lo que acabas de hacer.
—Fui a cenar con un amigo.
—Saliste sola.
De noche.
En una ciudad que no conoces.
Con un hombre que tiene un mensaje de voz de Santi interceptado hace tres horas diciéndole a alguien que te vio en el Marriott.
El aire abandonó sus pulmones.
—¿Qué?
—Santi tiene ojos en El Cairo.
Y ahora sabe exactamente dónde estuviste.
La miró como si fuera extraña.
—Así que no.
No voy a gritar.
Porque no tengo energía para gritar cuando acabo de pasar la peor hora de mi vida pensando que te habían secuestrado.
El coche se detuvo frente al Four Seasons.
Karim bajó sin decir otra palabra.
Y Valentina se quedó sentada en el asiento trasero.
Con el peso de lo que acababa de hacer cayéndole encima como toneladas de cemento.
Porque no había escapado a la libertad.
Había caminado directo hacia la trampa.
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