Novia Fugitiva busca venganza - Capítulo 18
- Inicio
- Todas las novelas
- Novia Fugitiva busca venganza
- Capítulo 18 - 18 CAPÍTULO 18 Límites
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo
18: CAPÍTULO 18: Límites 18: CAPÍTULO 18: Límites Valentina no durmió.
Pasó la noche mirando el techo de su habitación mientras su cerebro reproducía la expresión de Karim en loop.
No había sido enojo.
Había sido decepción.
Y de alguna manera, eso era peor.
A las 6 AM, se rindió.
Se duchó.
Se vistió con el primer vestido que encontró.
Salió de su habitación esperando encontrar el penthouse vacío.
Pero Karim estaba en el comedor.
Con laptop.
Tres tazas de café vacías.
Y expresión de alguien que tampoco había dormido.
—Buenos días —dijo Valentina con voz pequeña.
—Buenos días.
No levantó la vista de la pantalla.
El tono era profesional.
Cortés.
Completamente desprovisto de emoción.
De alguna manera, eso fue peor que un grito.
—Karim, sobre anoche— —No necesitas explicar nada.
Cerró la laptop.
Finalmente la miró.
—Tienes razón.
No eres mi prisionera.
Puedes ir a donde quieras, cuando quieras, con quien quieras.
—Entonces ¿por qué siento que estás enojado?
—No estoy enojado.
Se levantó.
Sirvió café en una taza limpia.
Se lo ofreció.
—Estoy recalibrando expectativas.
—¿Qué significa eso?
—Significa que asumí un nivel de confianza que evidentemente no existe.
Valentina tomó el café solo para tener algo que hacer con las manos.
—No es sobre confianza.
—¿No?
Se recargó contra el mueble del minibar.
—Saliste sin decirme.
Ignoraste mis mensajes durante cuarenta minutos.
Te reuniste con alguien que sabes perfectamente que no apruebo.
Y lo hiciste sabiendo que Santi te está buscando activamente.
—Necesitaba aire.
—Hay una terraza en este penthouse.
Tiene aire ilimitado.
—Necesitaba aire sin supervisión.
—¿Y lo conseguiste?
La pregunta fue genuina.
Valentina lo pensó honestamente.
—Por una hora.
Sí.
—Bien.
Me alegro.
Pero el tono decía lo contrario.
—Karim, no pasó nada con Eric.
Solo hablamos.
—Lo sé.
—¿Lo sabes?
—Tengo grabación de audio de toda la cena.
Uno de mis hombres estaba en la terraza.
La rabia subió por su pecho como lava.
—¿Me hiciste seguir?
—Te hice proteger.
Hay diferencia.
—¡No pedí protección!
—No.
Pediste libertad.
Y te la di.
Pero no voy a disculparme por asegurarme de que no termines muerta en el proceso.
Se acercó dos pasos.
Ahora estaban a menos de un metro de distancia.
—Escucha bien, Valentina, porque solo lo voy a decir una vez.
La voz cambió.
Ya no era profesional.
Era peligrosa.
—Puedes odiarme por ser controlador.
Puedes buscar tu libertad con Eric o con quien quieras.
Puedes incluso romper nuestro contrato si decides que no puedes soportar mi presencia.
Pausa.
—Pero mientras estés bajo mi protección, mientras Santi te esté cazando, mientras tu familia dependa de los recursos que yo proveo, NO vas a poner tu vida en riesgo por un capricho romántico de libertad bohemia.
—No fue capricho romántico.
—Entonces ¿qué fue?
—Fue…
necesidad de recordar quién soy.
Sin ti diciéndome cómo comportarme.
Sin Layla corrigiendo cada gesto.
Sin tu familia evaluándome como mercancía defectuosa.
Las lágrimas quemaban pero se negaban a caer.
—Necesitaba sentirme como Valentina.
No como tu proyecto de transformación.
Algo en el rostro de Karim se suavizó.
Microscópicamente.
Pero lo suficiente para ser notable.
—¿Eso es lo que crees que eres?
¿Mi proyecto?
—¿No lo soy?
Silencio largo.
Karim se pasó la mano por el cabello.
Primer gesto de frustración que le había visto.
—Si quisiera un proyecto, contrataría una actriz profesional.
Alguien entrenada para fingir.
Alguien que no me discutiera cada decisión ni me pisara los pies durante lecciones de baile.
—Entonces ¿qué soy?
—Eres…
Se detuvo.
Como si las palabras se hubieran atorado en algún lugar entre su cerebro y su boca.
—Eres alguien que me recuerda que el control absoluto es ilusión.
Y que confiar en alguien es aterrador precisamente porque no puedes controlarlo.
Se giró hacia la ventana.
—Mi padre me enseñó que la confianza es debilidad.
Que la única persona en quien puedes confiar es en ti mismo.
Y durante ocho años, viví exactamente así.
—¿Y ahora?
—Ahora estoy tratando de confiar en ti.
Y descubriendo que es más difícil que construir un imperio desde cero.
Valentina se acercó.
Hasta quedar junto a él frente a la ventana del piso 25 con vista al Cairo despertando.
—No te pedí que confiaras en mí.
—Lo sé.
Pero lo necesito.
La miró directamente.
—Porque si no puedo confiar en que no vas a ponerte en peligro innecesario, entonces tengo que controlarte completamente.
Y ambos sabemos cómo termina eso.
—Con una jaula.
—Exactamente.
El teléfono de Karim vibró.
Lo revisó.
Su expresión cambió a algo parecido a alarma contenida.
—¿Qué pasó?
—Tu hermana.
La francesa.
Amélie.
—¿Qué pasa con ella?
—Mi equipo investigó su historia.
Es real.
El corazón le dio un vuelco.
—¿Real cómo?
—Real como en que efectivamente es hija de tu padre.
Nacida en París hace veintinueve años.
Madre murió cuando ella tenía doce.
Tu padre la visitaba ocasionalmente pero nunca la reconoció legalmente.
—¿Y la herencia que mencionó?
—También real.
Tu padre tiene propiedades en Francia valuadas en aproximadamente dos millones de euros.
Sin testamento.
Sin herederos legales reconocidos.
Pausa.
—Excepto ustedes.
Las tres hijas.
Valentina se dejó caer en el sofá.
—Entonces no es trampa.
—No.
Pero hay un problema.
Por supuesto que lo había.
—¿Cuál?
—Tu padre está muriendo.
Cáncer terminal.
Le dan menos de seis meses.
—¿Y?
La palabra salió más fría de lo que pretendía.
—Y está usando la herencia como carnada para reunir a sus tres hijas antes de morir.
Culpa mal manejada disfrazada de reconciliación familiar.
—No voy a ir.
—No te estoy pidiendo que vayas.
Karim se sentó frente a ella.
—Te estoy dando información para que decidas.
Con todos los datos.
No con esperanzas románticas de familia perfecta.
—¿Qué harías tú?
La pregunta lo tomó por sorpresa.
—¿Qué haría yo?
—Si tu padre estuviera muriendo y te llamara después de años de desheredarte.
¿Irías?
Karim lo pensó honestamente.
—No lo sé.
Pero tampoco soy tú.
—¿Qué se supone que significa eso?
—Significa que yo tengo la ventaja del odio puro.
Tú todavía tienes esperanza.
Y la esperanza es más peligrosa que cualquier enemigo.
El teléfono de Valentina vibró.
Mensaje de Amélie: “Did you receive the documents?
Can we talk?
I really want to know you.
— A” —¿Qué vas a hacer?
—preguntó Karim.
Valentina miró el mensaje durante largos segundos.
—Voy a contestarle.
Pero en mis términos.
—¿Cuáles son tus términos?
—Videollamada.
Hoy.
Con tu equipo verificando todo en tiempo real.
Algo parecido a orgullo cruzó el rostro de Karim.
—Eso puedo arreglarlo.
Se levantó.
Extendió la mano.
—Tregua.
Yo bajo el nivel de control obsesivo.
Tú subes el nivel de comunicación honesta.
Valentina tomó su mano.
—Tregua.
—Y Valentina.
—¿Sí?
—La próxima vez que necesites aire, dime.
Puedo darte libertad sin ponerte en peligro.
Pero necesito saberlo.
—Está bien.
No soltó su mano inmediatamente.
Se quedó mirándola con expresión indescifrable.
—¿En qué piensas?
—preguntó ella.
—En que Eric tiene razón en algo.
—¿En qué?
—En que te mereces libertad real.
No solo la versión que yo puedo controlar.
Pausa.
—Pero primero necesitamos mantenerte viva.
Y para eso, necesito que confíes en mí tanto como yo estoy tratando de confiar en ti.
La soltó.
—La videollamada con tu hermana es en tres horas.
Youssef vendrá a ayudarte con el francés básico.
Por si acaso.
Desapareció en su estudio.
Y Valentina se quedó sola con el peso de la conversación cayéndole encima.
Porque acababan de establecer límites.
Pero también acababan de cruzar una línea.
De socio comercial y cliente.
A algo peligrosamente cercano a real.
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com