Novia Fugitiva busca venganza - Capítulo 2
- Inicio
- Todas las novelas
- Novia Fugitiva busca venganza
- Capítulo 2 - 2 Capítulo 2 El Encuentro
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo
2: Capítulo 2: El Encuentro 2: Capítulo 2: El Encuentro El lobby del Grand Palladium olía a dinero viejo y aire acondicionado nuevo.
Valentina entró arrastrando su maleta barata —la de rueditas que compraron en el tianguis de Tepito hace mil años— por el piso de mármol que brillaba como espejo.
El labio ya no sangraba, pero la hinchazón le daba un aspecto de boxeadora amateur después de perder por nocaut.
Las ojeras moradas completaban el cuadro patético.
Dieciocho horas de autobús sin dormir hacían milagros con la autoestima.
La recepcionista —rubia teñida, uñas de gel, sonrisa de catálogo— la miró como quien examina una cucaracha flotando en su champagne matutino.
—¿Tiene reservación?
No.
No tenía reservación.
No tenía plan.
No tenía idea de qué estaba haciendo en un resort cinco estrellas cuando su cuenta bancaria gritaba que debería estar buscando un hostal de mochileros.
Había bajado del autobús a las seis de la mañana con la idea vaga de esconderse en algún lugar donde Santi jamás la buscaría.
Porque Santiago despreciaba Cancún.
“Muy naco”, decía.
“Puro gringo borracho y mexicano aspiracional”.
—Yo…
quería preguntar si tienen trabajo.
De lo que sea.
Recamarera, mesera, lo que necesiten.
La risa contenida de la recepcionista dolió más que la bofetada de Santi.
Más que el video.
Más que las doscientas mil personas que ahora conocían su cara dormida y babeante.
—Me temo que no estamos contratando personal en este momento, señorita.
El “señorita” sonó a insulto.
—¿Puedo ayudarle en algo más?
¿Quizás indicarle la salida?
Claro que no estaban contratando.
No a una mujer con cara de haber dormido en un autobús, ropa arrugada que gritaba “crisis existencial de clase media”, y un labio hinchado que sugería historias que nadie quería escuchar.
Valentina se dio la vuelta.
El orgullo —lo poco que le quedaba— le impedía rogar.
Su mamá siempre decía que los García no rogaban.
Morían de hambre con dignidad, pero no rogaban.
Y entonces chocó con él.
El impacto fue como estrellarse contra una pared de ladrillos envuelta en lana fina.
La hizo retroceder tres pasos.
Su maleta barata se abrió como flor marchita, vomitando ropa interior, productos de higiene y —por supuesto, porque el universo la odiaba— su colección completa de calzones de encaje que había empacado por pura costumbre.
—Oh, no, no, no, no…
Cayó de rodillas sobre el mármol frío, recogiendo sus chones frente a todo el lobby del hotel más elegante de la Riviera Maya.
Un calzón rosa con moño.
Uno negro de encaje que Santi le había regalado en su aniversario.
Uno de abuelita que usaba cuando tenía cólicos.
Quería morirse.
Literalmente.
Que el piso se abriera y se la tragara.
Una mano morena apareció en su campo de visión.
Dedos largos.
Elegantes.
Uñas perfectamente recortadas.
Un reloj en la muñeca que reconoció vagamente como Patek Philippe porque Santi babeaba por uno igual pero “aún no llegaba a ese nivel”.
Ese reloj costaba más que el departamento de su mamá.
Más que su educación universitaria.
Más que todas sus malas decisiones juntas.
—Permítame ayudarla.
La voz era grave.
Profunda como pozo sin fondo.
Con un acento que no lograba ubicar.
El español era perfecto, casi demasiado perfecto, pero las consonantes tenían algo…
extranjero.
Árabe, quizás.
O algo del Medio Oriente.
Levantó la vista.
El hombre era alto.
Muy alto.
Metro noventa, calculó su cerebro automáticamente.
Usaba traje de tres piezas en un clima de treinta y cinco grados con humedad del demonio, y ni una gota de sudor manchaba su frente.
La tela era de un azul tan oscuro que parecía negro, y se ajustaba a sus hombros como si hubiera nacido con él puesto.
Piel del color del café con leche.
Ojos negros como pozos de petróleo.
Mandíbula que parecía esculpida por alguien con demasiado tiempo libre y un cincel divino.
Y una expresión de absoluto control que contrastaba grotescamente con el calzón rosa con moño que sostenía delicadamente entre el pulgar y el índice.
Valentina quiso que un meteorito cayera sobre Cancún en ese preciso instante.
—Gracias.
Ya puedo…
Deme eso, por favor.
Arrancó el calzón de sus dedos con más fuerza de la necesaria.
El hombre no se inmutó.
Ni siquiera parpadeó.
Como si mujeres histéricas le arrebataran ropa interior todos los días.
—Está lastimada.
No era pregunta.
Su mirada se detuvo en el labio hinchado con la precisión de un cirujano evaluando daño.
Clínico.
Calculador.
Sin un gramo de lástima, lo cual, extrañamente, fue un alivio.
—Me caí.
—No se cayó.
El silencio entre ellos pesó toneladas.
La recepcionista rubia los miraba con la boca abierta.
Un botones se había detenido a medio camino con las maletas de alguien más.
Todo el lobby parecía contener el aliento.
—¿Quién es usted para decidir cómo me lastimé?
—Karim Al-Fayed.
Se llevó una mano al pecho con un gesto que parecía automático, cultural, arraigado.
—Y usted acaba de robarme la tarde entera.
—¿Perdón?
—Tenía una reunión importante.
Ahora voy a llegar tarde porque resulta que mi educación no me permite dejar a una mujer llorando en el suelo de un lobby mientras recoge su ropa interior.
Valentina parpadeó.
La audacia de este tipo era casi admirable.
—No estoy llorando.
—Está a punto de hacerlo.
Puedo verlo en la forma en que se le dilatan las pupilas y se le tensa la mandíbula.
Es cuestión de treinta segundos, máximo.
O sea, güey, ¿qué le pasa a este tipo?
¿Es psíquico o nomás muy metiche?
—Mire, señor Al-lo-que-sea, le agradezco mucho la ayuda con mi…
situación de ropa interior.
De verdad.
Pero no necesito su caridad, su análisis psicológico, ni su agenda apretada.
Estoy perfectamente bien.
Cerró la maleta de un golpe.
Se levantó con toda la dignidad que le quedaba, que cabía en un dedal.
—No es caridad.
Karim la estudió como si fuera un problema matemático particularmente interesante.
—Es curiosidad profesional.
Las mujeres que huyen de noche con maletas a medio cerrar suelen tener historias que valen la pena escuchar.
—¿Cómo sabe que huí de noche?
—Tiene pasta de dientes en el pelo.
Del lado izquierdo.
Y residuos de lo que parece ser salsa de los tacos de la terminal de autobuses en el cuello de su blusa.
La mano de Valentina voló a su cabeza.
Efectivamente.
Un pegote blanco decoraba su sien izquierda como medalla de la vergüenza.
Quedó como payaso.
Otra vez.
Historia de su vida.
—Mire, mi oferta es simple.
Karim sacó una tarjeta del bolsillo interior de su saco con un movimiento fluido.
Papel grueso.
Letras doradas.
Nada de direcciones ni títulos, solo un nombre y un número de teléfono.
—Necesito una asistente para un evento importante en Dubái.
Temporal.
Tres semanas.
Extremadamente bien pagado.
Discreción garantizada por contrato.
—¿Una asistente?
Valentina miró la tarjeta como si fuera una serpiente venenosa.
—Alguien que hable español con fluidez, que sepa comportarse en sociedad cuando sea necesario, y que no haga preguntas innecesarias sobre mis negocios.
Mi asistente anterior…
digamos que tuvo un problema con ciertos límites profesionales que no debió cruzar.
El olor a oud y cuero la envolvió cuando él se acercó un paso para entregarle la tarjeta.
Intenso.
Penetrante.
Masculino.
—¿Y qué le hace pensar que yo sé comportarme en sociedad?
Me acaba de conocer recogiendo mis calzones del piso.
—Su postura.
Su forma de hablar, incluso estando claramente al borde de un colapso nervioso.
La calidad de su ropa interior, que aunque arrugada, es de marca y bien elegida.
Una pausa casi imperceptible.
—Y la forma en que me está mirando ahora mismo.
Con desconfianza calculada, no con miedo irracional.
Eso requiere entrenamiento o inteligencia natural.
Valentina se sonrojó hasta las orejas.
—Era cara antes de que la comprara en outlet.
El encaje, digo.
No yo.
Por primera vez, algo parecido a una sonrisa cruzó los labios de Karim.
No completa.
Solo una sombra.
—Hábleme de usted.
Tiene cinco minutos antes de que mi tolerancia por las coincidencias del destino se agote.
—¿Aquí?
¿En medio del lobby?
¿Con la recepcionista grabándonos con el celular?
Karim giró la cabeza.
Una mirada.
Solo una.
La recepcionista guardó el teléfono tan rápido que casi se le cae.
—¿Tiene un lugar mejor que estar?
No.
No lo tenía.
No tenía absolutamente nada.
Veinte minutos después, estaban sentados en el restaurante del hotel.
Valentina con un café que no había pedido, un croissant que se moría por devorar pero no se atrevía a tocar por miedo a parecer desesperada, y una sensación de irrealidad que rivalizaba con sus peores resacas universitarias.
Le contó todo.
O casi todo.
El video.
La humillación viral.
La trampa legal del testaferro.
El golpe.
La amenaza.
—Entonces es una fugitiva de la justicia mexicana.
—Una fugitiva inocente que fue usada como pantalla por un narcotraficante de medio pelo con delirios de grandeza.
—Eso dicen todos los que están en su posición.
Bebió su té sin azúcar —el muy psicópata— con la calma de quien tiene todo el tiempo del mundo.
—Pero me parece que usted dice la verdad.
O al menos una versión de ella que se siente auténtica.
—¿Por qué me creería?
No me conoce.
—Porque las mentirosas profesionales no lloran cuando piensan que nadie las ve.
Valentina se limpió la mejilla con el dorso de la mano.
Efectivamente.
—Mi propuesta es la siguiente.
Karim dejó la taza sobre el plato con precisión milimétrica.
—Viaja conmigo a Dubái mañana.
Actúa como mi prometida durante tres semanas frente a ciertos socios comerciales.
A cambio, le pago doscientos mil dólares americanos en una cuenta que su ex novio jamás podrá rastrear, y le proporciono protección legal internacional contra cualquier…
inconveniente mexicano que pueda surgir.
El aire abandonó sus pulmones.
—¿Prometida?
—Falsa, por supuesto.
Un arreglo de negocios.
Accesorio decorativo.
Exactamente lo que había sido para Santi durante tres años.
—¿Y por qué yo?
—Porque las modelos profesionales son predecibles.
—¿Eso es un cumplido o un insulto?
—Es una observación de hechos.
Interprete lo que prefiera.
El teléfono de Valentina vibró sobre la mesa.
Número desconocido.
El corazón se le detuvo.
—Tiene aproximadamente treinta y dos horas antes de que la localicen.
—Mi avión sale en cuatro horas.
¿Viene o no?
El peligro conocido era Santi.
Y Santi era muerte segura.
—¿Cómo sé que no es usted otro monstruo disfrazado de salvador?
—No lo sabe.
—Pero yo no le hice eso en el labio.
La dejó con la tarjeta en la mano.
Afuera, el sol del Caribe brillaba obsceno.
Valentina miró el teléfono.
“30 horas, mi amor.
Tick tock.” Tomó la tarjeta.
Marcó el número.
—Señor Al-Fayed.
¿Sigue en pie su oferta?
—Lobby del hotel en una hora exacta.
No llegue tarde.
Detesto la impuntualidad.
Colgó.
Valentina soltó una risa histérica.
O sea, güey, ¿qué acabo de hacer?
Pero ya no había vuelta atrás.
Solo hacia adelante.
Hacia lo desconocido.
Hacia un hombre que olía a cuero y secretos y que acababa de comprar su libertad por el precio de una mentira.
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com