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Novia Fugitiva busca venganza - Capítulo 20

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  4. Capítulo 20 - 20 CAPÍTULO 20 La Víspera
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20: CAPÍTULO 20: La Víspera 20: CAPÍTULO 20: La Víspera Los siguientes treinta y seis horas fueron montaña rusa de entrenamiento intensivo.

Layla apareció a las 6 AM del día siguiente con maleta llena de vestidos, zapatos y expresión de general preparando tropas para batalla.

—Tienes exactamente cuarenta y ocho horas para convertirte en versión presentable de ti misma.

—Buenos días para ti también.

—No hay tiempo para cortesías.

Pruébate esto.

El “esto” era vestido verde esmeralda.

Largo hasta el piso.

Con escote asimétrico que dejaba un hombro descubierto.

Tela que brillaba como agua bajo luz.

Valentina se lo probó en su habitación.

Cuando salió, Layla asintió con aprobación.

—Perfecto.

El verde es tu color.

Resalta tus ojos y contrasta con tu piel sin ser demasiado obvio.

—¿Demasiado obvio es malo?

—En nuestra cultura, la elegancia es sutil.

Llamas atención sin gritar por ella.

Karim apareció desde su estudio.

Se detuvo en seco cuando la vio.

Sus ojos la recorrieron desde el cabello hasta los pies descalzos.

Lento.

Deliberado.

—¿Y?

—preguntó Valentina cuando el silencio se extendió demasiado.

—Perfecto —dijo con voz que sonaba ligeramente ronca—.

Es perfecto.

Algo en su mirada hizo que el aire se sintiera demasiado denso.

Layla carraspeó.

—Bien.

Ahora los zapatos.

El resto del día fue ciclo infinito de: Lección de árabe con Youssef (frases de supervivencia social).

Práctica de baile con Karim (esta vez sin pisar tanto).

Ensayo de conversaciones con Layla haciendo de familiar entrometida.

Memorización de nombres y posiciones de treinta miembros de la familia Al-Fayed.

A las 8 PM, Valentina estaba exhausta.

Se dejó caer en el sofá del salón con la elegancia de saco de papas.

—No puedo más.

Mi cerebro está saturado.

Karim apareció con dos copas de vino.

Le ofreció una.

—Descansa.

Ya hiciste suficiente por hoy.

—No se siente suficiente.

—Nunca se siente suficiente.

Pero lo es.

Se sentó a su lado.

Más cerca de lo estrictamente necesario.

Bebieron en silencio cómodo.

El Cairo brillaba abajo como constelación terrestre.

—¿Puedo preguntarte algo?

—dijo Valentina después de un rato.

—Siempre.

—¿Por qué realmente haces esto?

Todo esto.

El entrenamiento, la protección, aguantar mi caos.

Karim giró la copa entre sus dedos.

Observando el vino moverse.

—Al principio era puramente transaccional.

Necesitaba prometida presentable.

Tú necesitabas protección.

—¿Y ahora?

—Ahora es más complicado.

La miró directamente.

—Ahora me importas.

Como persona.

No como pieza de ajedrez.

El corazón le dio un vuelco.

—Karim…

—No estoy pidiendo nada.

Solo siendo honesto.

Dejó la copa sobre la mesa.

—Pero necesitas saber que pasado mañana, cuando entres a esa gala, no estarás sola.

Voy a estar a tu lado.

Y si alguien te trata con algo menos que respeto absoluto, van a tener que responderme a mí.

Valentina dejó su copa también.

Se giró en el sofá para enfrentarlo completamente.

Estaban tan cerca que podía ver las motas doradas en sus ojos negros.

—¿Qué pasará después de la gala?

Cuando tu padre te acepte de nuevo.

Cuando ya no necesites prometida falsa.

La pregunta había estado ahí desde el principio.

Pero ahora tenía peso diferente.

—No lo sé —admitió Karim—.

No he pensado tan adelante.

—Mentiroso.

Una sonrisa pequeña.

—Está bien.

Sí he pensado adelante.

Pero las variables cambiaron.

—¿Qué variables?

—Tú.

Se acercó un centímetro.

—Al principio eras variable controlable.

Ahora eres…

otra cosa.

—¿Qué cosa?

—Algo que no puedo predecir.

Ni controlar.

Ni categorizar fácilmente.

Pausa.

—Y eso me aterroriza tanto como me fascina.

Valentina podía sentir su respiración.

Ver cómo sus ojos bajaban a sus labios.

El espacio entre ellos se redujo.

Milímetro a milímetro.

Como gravedad inevitable.

Los labios de Karim estaban a centímetros de los suyos cuando su teléfono explotó con notificaciones.

Cinco.

Diez.

Veinte seguidas.

Se separaron como electrochocados.

Karim revisó la pantalla.

Su expresión cambió inmediatamente.

—¿Qué?

—preguntó Valentina.

—Santi acaba de publicar algo.

En todas sus redes.

Le mostró el teléfono.

Post de Instagram.

Foto de Valentina en el Marriott con Eric.

Ángulo que sugería intimidad que no existió.

Caption: “Mi amor, sé que estás jugando a la casita con millonarios.

Pero recuerda: lo que es mío, sigue siendo mío.

Disfruta tu último baile, princesa.

Ya sé exactamente dónde encontrarte.

💀” Miles de comentarios.

Compartido cientos de veces.

Etiquetado con ubicación: El Cairo, Egipto.

—Mierda —susurró Valentina.

—Exactamente.

Karim ya estaba marcando números.

Órdenes en árabe.

Rápidas.

Urgentes.

Cuando colgó, la miró con expresión de comandante militar.

—Cambio de planes.

La gala sigue siendo pasado mañana.

Pero esta noche nos mudamos a otra ubicación.

Más segura.

—¿A dónde?

—A la propiedad de mi familia en las afueras.

Compound privado.

Seguridad militar.

Nadie entra sin autorización de nivel cinco.

—¿Nivel cinco?

—Significa que ni siquiera el presidente podría entrar sin permiso.

Empezó a empacar documentos en su laptop.

—Tienes treinta minutos para meter lo esencial en una maleta.

El resto lo enviamos después.

Valentina se levantó del sofá.

Las piernas entumecidas.

El momento entre ellos completamente destruido por la realidad de su situación.

—Karim.

Se detuvo.

—¿Sí?

—Lo que casi pasó hace un momento…

—Lo sé.

Pero ahora no es el momento de procesarlo.

—¿Cuándo será el momento?

La miró con intensidad que la dejó sin aliento.

—Cuando no haya narcotraficantes amenazándote.

Cuando no haya galas que determinen tu futuro.

Cuando podamos permitirnos el lujo de complicar esto aún más.

—¿Y si nunca llega ese momento?

—Entonces improvisamos.

Media sonrisa.

—Al fin y al cabo, eres experta en caos, ¿no?

A pesar de todo, Valentina se rio.

—El caos es mi superpoder.

—Exactamente.

Ahora usa ese superpoder para empacar en tiempo récord.

Treinta minutos después, estaban en el Mercedes blindado.

Valentina con maleta pequeña.

Karim con laptop y expresión de general movilizando tropas.

El Cairo de noche pasaba por la ventana como película en velocidad rápida.

—¿A dónde exactamente vamos?

—preguntó.

—Al lugar donde crecí.

La casa familiar original.

Antes del dinero obsceno.

Antes del imperio.

Pausa.

—El único lugar en Egipto donde mi padre no tiene control absoluto.

Cuarenta minutos después, las puertas de hierro se abrieron.

El compound era fortaleza moderna.

Muros altos.

Cámaras por todas partes.

Guardias con armas que definitivamente no eran de utilería.

Pero la casa en el centro era diferente.

Vieja.

De piedra beige que parecía haber estado ahí siglos.

Con jardín interior lleno de palmeras y fuente antigua.

—Bienvenida a Bait Al-Asal —dijo Karim mientras bajaban del coche—.

La Casa de la Miel.

—¿Por qué ese nombre?

—Porque mi abuela decía que este lugar era tan dulce que atraía a todos los que la probaban.

Y que nunca querían irse.

La llevó adentro.

El interior olía a incienso y historia.

Muebles antiguos.

Alfombras persas desgastadas.

Fotos de familia en marcos de plata empañados.

—Tu habitación está arriba.

Primera puerta a la derecha.

—¿Y tú?

—Segunda puerta.

Justo al lado.

Sus ojos se encontraron.

El momento entre ellos todavía flotaba sin resolver.

—Descansa, Valentina.

Mañana empieza el entrenamiento final.

—¿Más entrenamiento?

—El más importante.

Sonrisa misteriosa.

—Mañana te enseño a sobrevivir a mi familia sin perder tu alma en el proceso.

Subió las escaleras.

Desapareció en su habitación.

Valentina se quedó sola en el salón de una casa que olía a secretos antiguos.

Su teléfono vibró.

Mensaje de Eric: “Vi el post de tu ex.

Estoy preocupado.

¿Estás segura con Karim?

La oferta de Francia sigue en pie.

Solo di la palabra.

—E” Borró el mensaje sin responder.

Porque por primera vez en semanas, sabía exactamente dónde quería estar.

Y no era en viñedo francés con hombre que prometía libertad sin ataduras.

Era aquí.

En fortaleza egipcia.

Con hombre que prometía protección con demasiadas ataduras.

Pero que acababa de casi besarla.

Y que la miraba como si fuera más que proyecto.

Como si fuera…

No.

No iba a pensar eso ahora.

Subió a su habitación.

Se cambió a pijama de Hello Kitty.

Se metió en cama que olía a lavanda antigua.

Y trató de no pensar en el hecho de que Karim dormía exactamente a tres metros de distancia.

Con solo una pared entre ellos.

Y todo el peso del mundo descansando sobre lo que pasaría mañana.

En la gala.

Donde todo se decidiría.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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