Novia Fugitiva busca venganza - Capítulo 21
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- Capítulo 21 - 21 CAPÍTULO 21 La Transformación
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21: CAPÍTULO 21: La Transformación 21: CAPÍTULO 21: La Transformación Valentina despertó con el sol del desierto filtrándose por las celosías de madera tallada.
Por un segundo, no supo dónde estaba.
Luego lo recordó.
La fortaleza.
La amenaza de Santi.
El casi-beso.
La Gala que empezaba en exactamente en catorce horas.
Se duchó con agua que olía ligeramente a azufre mineral.
Se vistió con lo primero que encontró.
Bajó las escaleras siguiendo el olor a café árabe y algo más.
Pan recién horneado.
El comedor era completamente diferente al del Four Seasons.
Mesa de madera antigua rodeada de sillas que no hacían juego.
Ventanas abiertas dejando entrar brisa del jardín.
Y Karim.
Sentado con laptop cerrada.
Taza de café en la mano.
Mirando el jardín como si contuviera respuestas que llevaba años buscando.
—Buenos días.
Levantó la vista.
La recorrió con la mirada de manera que hizo que su piel hormigueara.
—Buenos días, habibti.
¿Dormiste bien?
—Como tronco.
Esta casa tiene algo…
tranquilo.
—Es porque aquí no tengo que fingir.
La honestidad la tomó por sorpresa.
Se sentó frente a él.
Una mujer mayor apareció desde la cocina.
Sesenta y tantos años.
Hijab color crema.
Sonrisa que arrugaba sus ojos de forma hermosa.
—Esta es Um Khaled —dijo Karim en árabe, luego cambió al español—.
Ha trabajado para mi familia desde que yo nací.
Prácticamente me crió.
Um Khaled dijo algo en árabe mientras dejaba los platos de comida sobre la mesa.
—Dice que eres muy hermosa y que es bueno que finalmente trajera una mujer a casa —tradujo Karim.
Valentina se sonrojó.
—Shukran —murmuró.
Gracias.
La única palabra en árabe que dominaba completamente.
Um Khaled se rio.
Dijo algo más.
—Ahora dice que tu acento es terrible pero que tu corazón es bueno.
Puede verlo en tus ojos.
Cuando Um Khaled desapareció de regreso a la cocina, Valentina atacó el desayuno.
Pan caliente.
Queso blanco salado.
Aceitunas.
Tomates frescos.
Miel espesa como oro líquido.
—Esto es mejor que cualquier desayuno del Four Seasons.
—Porque es real.
Sin pretensiones.
Karim tomó un sorbo de café.
—Como esta casa.
Mi padre la odia porque le recuerda de dónde venimos.
Antes del dinero.
Antes del imperio.
—¿De dónde venían?
—De aquí.
Literalmente.
Esta casa fue de mi abuelo.
Él era comerciante de especias.
No rico.
Solo…
cómodo.
Honesto.
Pausa.
—Mi padre construyó su fortuna siendo exactamente lo opuesto.
Valentina dejó el pan.
—Cuéntame.
—¿Por qué?
—Porque quiero conocerte.
Al Karim real.
No al que actúa para el mundo.
Karim la estudió durante largo silencio.
Como si estuviera decidiendo si podía confiarle algo precioso.
—Mi padre empezó en construcción.
Contratos gubernamentales.
Sobornos estratégicos disfrazados de ‘consultoría’.
En Egipto, si quieres construir algo, necesitas pagar a personas correctas.
—Como en México.
—Exactamente.
Él era maestro en eso.
Construyó imperios sobre sobornos.
Y esperaba que yo hiciera lo mismo.
—Pero tú no quisiste.
—No.
Intenté hacer negocios de forma…
si no limpia, al menos transparente.
Y por eso me destruyó.
Porque mi éxito habría expuesto sus métodos como innecesarios.
Se levantó.
Caminó hacia la ventana que daba al jardín.
—Por eso necesito recuperar su aprobación.
No por el dinero.
Por los contratos.
Las conexiones.
El acceso a proyectos que solo su nombre puede abrir.
—¿Y después?
Cuando lo consigas.
—Después construyo mi propio imperio.
Uno que no dependa de corrupción.
Y me aseguro de que nunca más pueda destruir lo que construyo.
Valentina se acercó.
Se paró junto a él en la ventana.
El jardín era un oasis de verde imposible en medio del desierto.
—¿Qué pasa conmigo cuando todo eso termine?
La pregunta flotó entre ellos como humo.
Karim se giró hacia ella.
—Eso depende de ti.
—¿De mí?
—De si decides que quieres ser parte de ese futuro.
O si prefieres tu libertad con Eric.
O si prefieres construir algo completamente tuyo.
Se acercó un paso.
Ahora estaban tan cerca que ella podía ver cada detalle de su rostro.
La pequeña cicatriz sobre su ceja izquierda.
Las líneas finas alrededor de sus ojos que aparecían cuando pensaba demasiado.
La forma en que sus labios se tensaban cuando contenía algo que quería decir.
—Anoche —dijo Karim con voz baja—, casi cometí un error.
—¿Qué error?
—Besarte sin preguntarte si querías ser besada.
El corazón le dio un vuelco.
—¿Y ahora?
—Ahora te pregunto.
Sus ojos negros la taladraban con intensidad que robaba oxígeno.
—¿Quieres que te bese, Valentina?
La pregunta directa la desarmó completamente.
—Sí.
La palabra salió sin filtro.
Sin cálculo.
Pura verdad.
Karim levantó la mano.
Dedos rozando su mejilla con gentileza que contrastaba violentamente con todo lo demás sobre él.
Se inclinó.
Lentamente.
Dándole tiempo para retroceder.
Pero ella no retrocedió.
Sus labios se encontraron.
Suave al principio.
Exploratorio.
Luego más profundo.
Más urgente.
Sus manos encontraron su cintura.
Las de ella su cuello.
El mundo se redujo a ese punto de contacto.
Al sabor a café y algo más oscuro.
Al olor a oud mezclándose con su propio perfume.
A la forma en que su cuerpo encajaba contra el de él como si hubieran sido diseñados específicamente para esto.
Cuando finalmente se separaron, ambos respiraban demasiado rápido.
—Llevaba semanas queriendo hacer eso —admitió Karim.
—Yo también.
—¿Desde cuándo?
—Desde el baile.
Quizás antes.
No lo sé exactamente.
Él sonrió.
Genuinamente.
Sin filtros ni máscaras.
—Pésimo timing.
—El peor.
—Literalmente tenemos una gala en catorce horas donde debo presentarte ante mi familia como prometida falsa.
—Que ahora es menos falsa que hace cinco minutos.
—Considerablemente menos falsa.
La besó otra vez.
Más breve esta vez.
Como sellando pacto silencioso.
—Pero no podemos procesar esto ahora.
—Lo sé.
—Después de la gala.
Cuando tengamos tiempo para complicar esto apropiadamente.
—¿Prometido?
—Prometido.
Las siguientes ocho horas fueron tornado de preparación final.
Layla llegó a las 2 PM con equipo completo.
Maquillador.
Estilista.
Manicurista.
Una mujer cuyo trabajo era específicamente “asegurar que el vestido se ajuste perfectamente”.
Valentina fue tratada como auto de carrera antes de competencia.
Cada detalle inspeccionado.
Cada imperfección corregida.
A las 6 PM, el vestido llegó.
No el verde esmeralda de la prueba.
Este era diferente.
Color azul medianoche tan oscuro que parecía negro hasta que la luz lo tocaba.
Entonces brillaba como cielo nocturno lleno de estrellas.
Escote en V profundo pero elegante.
Espalda completamente descubierta.
Falda que caía como agua de seda hasta el piso.
—Ya Allah —susurró Layla cuando Valentina salió del vestidor.
Luego en español: —Vas a causar infartos esta noche.
El maquillador había hecho magia.
Ojos ahumados que hacían sus ojos verdes parecer felinos.
Labios color vino oscuro.
Piel que brillaba como si tuviera luz propia.
El cabello había sido peinado en ondas suaves que caían sobre su espalda desnuda.
Las joyas llegaron en caja de terciopelo negro.
Diamantes.
Pero no el tipo de diamantes de joyería comercial.
Estos tenían historia.
—Pertenecieron a mi abuela —dijo Karim desde la puerta.
Valentina se giró.
Y casi se cae de los tacones Louboutin de doce centímetros.
Porque Karim con traje normal ya era peligroso.
Karim con esmoquin hecho a medida era arma letal.
Negro completo.
Camisa blanca.
Corbata de moño.
Pelo peinado hacia atrás con gel que hacía que sus rasgos parecieran tallados en mármol.
—Estás…
—empezó ella.
—Tú también.
Se acercó.
Sacó el collar de la caja.
Diamantes en configuración que parecía constelación.
—Mi abuela los usó en su boda.
Mi madre se negó a usarlos porque decía que eran anticuados.
Se paró detrás de Valentina.
Sus dedos rozaron su nuca mientras colocaba el collar.
El contacto le erizó la piel.
—Pero yo siempre pensé que eran perfectos.
Solo esperando a persona correcta.
El cierre hizo clic.
Los diamantes descansaban fríos contra su piel.
Valentina se miró en el espejo.
No reconoció a la mujer que la miraba de vuelta.
Elegante.
Sofisticada.
Poderosa.
—No parezco yo.
—Pareces la versión de ti que siempre estuvo ahí.
Solo necesitaba plataforma correcta para emerger.
Karim le ofreció el brazo.
—¿Lista?
—No.
—Bien.
El miedo significa que te importa.
Bajaron las escaleras.
El auto lujoso esperaba afuera.
No el blindado habitual.
Un Rolls-Royce Phantom que brillaba bajo las luces como joya líquida.
El chofer abrió la puerta.
Valentina subió con cuidado de no enredarse en la falda.
Karim se deslizó a su lado.
El coche arrancó hacia el Cairo.
Hacia la gala.
Hacia el momento que definiría todo.
—Karim.
—¿Sí?
—Pase lo que pase esta noche…
gracias.
Por todo.
Él tomó su mano.
La entrelazó con la suya.
—No me agradezcas todavía.
La noche apenas empieza.
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