Novia Fugitiva busca venganza - Capítulo 22
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- Capítulo 22 - 22 CAPÍTULO 22 El Baile de las Máscaras
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22: CAPÍTULO 22: El Baile de las Máscaras 22: CAPÍTULO 22: El Baile de las Máscaras El salón de eventos del Museo Egipcio había sido transformado en un palacio de otra época.
Luces doradas.
Telas colgando del techo como un cielo de seda.
Mesas decoradas con flores que probablemente costaban más que el PIB de algunos países pequeños.
Y gente.
Cientos de personas en smokings y vestidos de alta costura.
Todas girándose cuando Valentina y Karim entraron.
El silencio fue instantáneo.
Absoluto.
Como si alguien hubiera presionado el pausa en una película de la vida real.
—Respira —murmuró Karim sin mover los labios—.
Y sonríe como si este fuera tu reino.
Valentina levantó la barbilla.
Sonrió.
Y caminó por el pasillo central con la mano de Karim en su espalda baja.
El murmullo empezó.
Bajo.
En árabe.
No entendía las palabras, pero entendía el tono.
Sorpresa.
Curiosidad.
Algunos juicios.
Al final del pasillo, en la mesa principal elevada, estaba Tarek Al-Fayed.
Esmoquin blanco.
Barba perfectamente recortada.
Ojos evaluando cada milímetro de ella.
—Padre —dijo Karim con una reverencia formal.
—Karim.
Y tu…
prometida.
Tarek se levantó.
Tomó la mano de Valentina.
La besó con una cortesía que no tocaba sus ojos.
—Valentina.
Qué transformación.
Casi no te reconozco de nuestro primer encuentro.
—La belleza estaba ahí, padre.
Solo necesitaba un marco apropiado.
La defensa de Karim fue sutil pero clara.
Tarek sonrió.
—Por supuesto.
Por favor, siéntense.
Los siguientes veinte minutos fueron un desfile de presentaciones.
La tía Salma con una sonrisa de complicidad.
Las primas (Nadia, Yasmin, Hana) con una aprobación medida.
Los tíos cuyos nombres Valentina olvidó inmediatamente.
Los primos que la miraban como si fuera un experimento científico.
Y entonces llegó ella.
Una mujer de unos treinta años.
Un vestido rojo que gritaba “mírame”.
Hermosa de forma agresiva.
Pelo negro perfecto.
Maquillaje de editorial de revista.
Y ojos que miraban a Valentina con odio puro.
—Karim, habibi.
Su voz era miel con veneno.
—No me dijiste que finalmente trajiste a tu…
proyecto mexicano.
Se acercó.
Besó las mejillas de Karim con una familiaridad que hizo que algo se retorciera en el estómago de Valentina.
—Valentina, te presento a Salma Rashid.
La sobrina de Abbas Rashid.
Pausa cargada.
—Y mi ex prometida.
La que mi padre eligió hace tres años.
Oh.
Mierda.
Salma le ofreció la mano con una sonrisa de tiburón.
—Encantada.
Karim me ha contado tanto sobre ti.
Mentira.
Absoluta mentira.
Pero Valentina estrechó su mano.
—Qué amable.
Él no me ha contado nada sobre ti.
El golpe fue sutil pero efectivo.
Algo brilló en los ojos de Salma.
Furia contenida.
—Por supuesto.
El pasado es irrelevante cuando tienes un futuro tan…
incierto.
—Mi futuro nunca ha sido más claro.
Karim intervino con una mano posesiva en la cintura de Valentina.
—Si nos disculpas, Salma.
Mi prometida y yo tenemos personas que saludar.
La alejó antes de que Salma pudiera responder.
—Esa es tu ex —siseó Valentina cuando estuvieron fuera del alcance auditivo.
—Esa es la mujer con la que mi padre intentó obligarme a casar.
Nunca fuimos realmente prometidos.
Solo un arreglo comercial que rechacé.
—Ella te odia.
—Ella odia que dije que no.
Su ego nunca lo superó.
—Y yo soy la que se interpone en su camino de regreso a ti.
—No hay camino de regreso.
Nunca lo hubo.
Pero Valentina sintió los ojos de Salma quemándole la espalda toda la noche.
La cena fue un combate social disfrazado de cortesía.
Cada pregunta era una trampa potencial.
—¿Y tu familia, Valentina?
¿A qué se dedican?
—Mi madre es ama de casa.
Mi familia es privada.
—¿Estudiaste en México?
—En la universidad pública.
Con honores.
—¿Y tu experiencia laboral?
—Variada.
Principalmente en comunicación organizacional.
Las respuestas eran verdades parciales.
Bailando en la línea entre la honestidad y la supervivencia.
Después de la cena, la música empezó.
Una orquesta en vivo.
Un vals clásico.
Karim se levantó.
Le ofreció la mano.
—Primer baile.
Como practicamos.
El salón se despejó.
Todos observando.
Valentina tomó su mano.
Caminaron al centro de la pista.
La música comenzó.
Y bailaron.
Esta vez, sus pies no vacilaron.
Esta vez, se movieron como si llevaran años haciéndolo.
Karim la guiaba con una presión sutil en su espalda.
Ella lo seguía sin pensar.
—Lo estás haciendo perfecto —murmuró él.
—Tengo un buen maestro.
—Tienes un talento natural que yo solo pulí.
La hizo girar.
Cuando volvió a sus brazos, estaban más cerca.
—Valentina.
—¿Sí?
—Pase lo que pase después de esta noche, quiero que sepas algo.
—¿Qué?
—Que esto dejó de ser una actuación para mí hace semanas.
El corazón le dio un vuelco.
—Karim…
—No necesitas responder ahora.
Solo necesitas saberlo.
La música cambió.
Más rápida.
Otras parejas se unieron a la pista.
Pero Valentina solo tenía ojos para el hombre que la sostenía.
El hombre que había pasado de ser su salvador a su carcelero a su…
¿Qué exactamente?
La canción terminó.
Aplausos.
Karim la llevó de regreso a la mesa.
Pero antes de que pudieran sentarse, Tarek se levantó.
Copa de champán en la mano.
—Familia.
Amigos.
Esta noche celebramos no solo negocios.
Celebramos la unión.
Todas las miradas estaban en ellos.
—Mi hijo ha elegido una compañera.
Y aunque no es la elección que yo habría hecho…
Pausa dramática.
—…reconozco que tiene cualidades que no anticipé.
Se giró hacia Valentina.
—Valentina García.
Has demostrado esta noche que puedes caminar entre nosotros con gracia.
Que entiendes el valor de la discreción y la presentación.
Otra pausa.
—Por lo tanto, oficialmente apruebo tu compromiso con mi hijo.
Con una condición.
El estómago se le contrajo.
—¿Qué condición?
—Que dentro de tres meses, me des evidencia de que este compromiso es serio.
No una actuación para recuperar mi favor.
—¿Qué tipo de evidencia?
Tarek sonrió.
—Sorpréndeme.
Se sentó.
Las conversaciones se reanudaron.
Pero Valentina sabía.
Esto no era una aprobación.
Era una prueba.
Una más cruel que las anteriores.
Karim la tomó del brazo.
—Necesitamos aire.
La llevó a la terraza.
El Nilo brillaba abajo.
El Cairo rugía en la distancia.
—¿Qué acaba de pasar?
—preguntó Valentina.
—Mi padre te puso en jaque.
—¿Qué tipo de evidencia quiere?
Karim no respondió inmediatamente.
Cuando lo hizo, su voz era pesada.
—Probablemente una boda real.
O un embarazo.
Algo permanente que no puedas fingir.
El aire abandonó sus pulmones.
—Eso no estaba en el contrato.
—Lo sé.
—Karim, yo no puedo— —Lo sé.
Se giró hacia ella.
—Pero tenemos tres meses para decidir.
Tres meses para descubrir qué es esto realmente entre nosotros.
—¿Y si no es suficiente?
—Entonces improvisamos.
Como siempre.
El teléfono de Valentina vibró.
Un número desconocido.
Un mensaje: “Hermoso vestido, princesa.
El azul es tu color.
Especialmente cuando bailas con hombres muertos.
Disfruta tu última noche de libertad.
Mañana, vienes a casa.
O tu madre paga el precio.
Adjunto una foto para motivarte.
—S” Foto adjunta.
La casa de su madre en Costa Rica.
Tomada desde afuera.
Un ángulo que mostraba la ventana de su habitación.
Valentina dejó caer el teléfono.
Las piernas le fallaron.
Karim la atrapó antes de que cayera.
—¿Qué pasó?
Le mostró el mensaje.
Su expresión se endureció hasta convertirse en piedra.
—Cómo encontró Costa Rica.
—No lo sé.
Pero no importa.
La encontró.
Levantó la vista.
Con las lágrimas quemando.
—Karim, tengo que irme.
Tengo que volver a protegerla antes de que— —No vas a ningún lado.
La voz era de acero.
—Yo me encargo de esto.
—¿Cómo?
—Terminándolo.
Esta noche.
De una vez por todas.
Sacó su teléfono.
Marcó.
Una conversación en árabe.
Rápida.
Letal.
Cuando colgó, la miró con ojos que prometían guerra.
—Santiago García cometió su último error.
Amenazarte en mi ciudad.
En mi gala.
Frente a mi familia.
Pausa.
—Ahora es personal.
Las puertas de la terraza se abrieron.
Salma Rashid apareció con una sonrisa venenosa.
—Karim, tu padre te busca.
Hay un problema con uno de los invitados.
Dice que es urgente.
Karim miró a Valentina.
Luego a Salma.
—Vuelvo en cinco minutos.
No te muevas de aquí.
Desapareció adentro.
Valentina quedó sola con Salma, quien se acercó con la gracia de una serpiente.
—Entonces.
El mexicano finalmente te encontró.
—¿Cómo sabes…?
—Por favor.
¿Crees que eres la única con un pasado oscuro?
Todos aquí tenemos secretos, querida.
Se recargó contra el barandal.
—La diferencia es que nosotros sabemos cómo manejarlos.
Tú solo huyes.
—No sabes nada de mí.
—Sé que Karim te está usando.
Sé que este compromiso es una farsa.
Y sé que cuando mi tío termine su evaluación, descubrirá la verdad.
Sonrisa de tiburón.
—Y entonces estarás exactamente donde empezaste.
Sola.
Perseguida.
Sin valor para nadie.
Valentina sintió una rabia familiar subiendo.
Pero antes de que pudiera responder, hubo una explosión de gritos adentro.
Corrieron hacia el salón.
Caos.
Gente corriendo.
Guardias de seguridad bloqueando las entradas.
Y en medio del salón, un hombre.
Alto.
Camisa de seda arrugada.
Cadena de oro.
Sonrisa de psicópata.
Santiago.
Había entrado a la gala.
Con un arma en la mano.
Y los ojos fijos directamente en Valentina.
—Hola, mi amor.
Vine por lo que es mío.
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