Novia Fugitiva busca venganza - Capítulo 25
- Inicio
- Todas las novelas
- Novia Fugitiva busca venganza
- Capítulo 25 - 25 La Ciudad de las Luces
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo
25: La Ciudad de las Luces 25: La Ciudad de las Luces El jet privado despegó de El Cairo a las 8:07 AM.
Siete minutos tarde porque Valentina había tardado demasiado eligiendo qué empacar para un viaje que duraba solo tres días pero que se sentía como cruzar dimensión a universo paralelo.
Karim no había dicho nada sobre el retraso.
Solo esperó con paciencia infinita mientras ella metía y sacaba ropa de la maleta como si la vida dependiera de llevar el suéter correcto.
Ahora estaban a 35,000 pies de altura.
El Mediterráneo brillaba azul imposible abajo.
Valentina miraba por la ventana con café que no había tocado enfriándose en su mano.
—¿En qué piensas?
—preguntó Karim desde su laptop.
Trabajaba incluso a esta altura.
Porque aparentemente los imperios no se construían solos ni siquiera durante viajes internacionales.
—En que la última vez que estuve en avión estaba huyendo de México con tres mil pesos y terror absoluto.
—Y ahora viajas en jet privado con guardaespaldas y novio que se rehúsa a llamarse novio porque técnicamente todavía no has aceptado su propuesta.
Lo dijo con tono ligero.
Pero había peso detrás de las palabras.
Valentina dejó el café.
Se giró hacia él.
—¿Es eso lo que eres?
¿Mi novio?
—No lo sé.
¿Qué soy?
—Alguien que amo.
Alguien en quien confío.
Alguien que me hace sentir segura y aterrorizada al mismo tiempo.
Pausa.
—Pero todavía no sé si puedo casarme contigo.
—¿Por qué no?
La pregunta fue genuina.
Sin juicio.
Solo curiosidad.
—Porque cada persona con quien he construido futuro me lo ha destruido.
Mi padre.
Santi.
Incluso mi mamá a su manera al quedarse callada sobre tantas cosas.
Se levantó.
Necesitaba moverse.
—Y tú eres…
perfecto en papel.
Rico.
Protector.
Inteligente.
Pero también eres controlador y obsesivo y no sé si puedo vivir siendo vigilada constantemente.
Karim cerró la laptop.
—No soy perfecto.
Ni remotamente.
Se levantó también.
Cruzó el pequeño espacio del jet hasta quedar frente a ella.
—Soy hombre que fue traicionado y decidió que nunca más confiaría completamente.
Soy hijo de padre tóxico que me enseñó que amor es debilidad.
Soy persona que controla todo porque la alternativa es caos absoluto.
Pausa.
—Pero contigo estoy tratando de ser diferente.
De confiar.
De soltar control cuando puedo.
No es fácil.
Probablemente nunca será natural.
Pero lo intento.
—¿Y si no es suficiente?
—Entonces no es suficiente.
Y ambos seguimos adelante.
Pero al menos lo intenté.
Valentina lo miró.
Este hombre que había demolido todas sus defensas con paciencia de monje y determinación de general.
—¿Karim?
—¿Sí?
—Cuando esto termine.
Cuando Santi ya no sea amenaza y mi padre ya no sea problema.
Pregúntame otra vez.
—¿La propuesta?
—Sí.
Pregúntame cuando mi respuesta sea sobre nosotros.
No sobre supervivencia.
Algo brilló en sus ojos.
Esperanza, quizás.
O simplemente alivio de que no era “no” absoluto.
—Puedo vivir con eso.
La besó.
Suave.
Prometedor.
Y por primera vez en días, Valentina sintió que podía respirar.
Aterrizaron en Charles de Gaulle a las 2 PM hora local.
El contraste con El Cairo fue inmediato.
No más calor seco del desierto.
Aquí todo era gris suave.
Lluvia ligera.
Frío que se metía en los huesos de forma casi reconfortante.
El Mercedes que los esperaba era diferente también.
No blindado obviamente.
Solo coche negro elegante con chofer que hablaba francés fluido y los llevó directamente a hotel.
—¿Dónde nos quedamos?
—preguntó Valentina mientras París pasaba por la ventana.
Edificios color crema.
Cafés con terrazas.
Gente con abrigos largos y bufandas perfectamente anudadas.
—Le Meurice.
En el primer arrondissement.
—¿Es bueno?
Karim sonrió.
—Es donde se quedan reyes cuando visitan París.
Por supuesto.
El hotel era exactamente lo que esperaba.
Elegancia clásica francesa.
Nada del oro excesivo de Dubai.
Aquí todo era refinamiento silencioso.
Techos pintados.
Candelabros de cristal.
Muebles que probablemente valían más que casas completas.
La suite tenía dos habitaciones.
Automáticamente.
Porque Karim nunca asumía.
—¿Necesitas descansar?
—preguntó mientras el botones dejaba las maletas.
—No.
Necesito ver a Eric.
Averiguar qué sabe sobre el documento.
—¿Quieres que vaya contigo?
La pregunta era trampa.
Decir “sí” significaba que no confiaba en estar sola con Eric.
Decir “no” significaba que quería privacidad con otro hombre.
—Ven conmigo.
Pero déjanos hablar a solas cuando sea necesario.
—Puedo vivir con eso.
Eric había sugerido encontrarse en café cerca del Panthéon.
Lugar público.
Neutral.
Llegaron veinte minutos después.
Y ahí estaba.
Sentado en terraza cubierta.
Abrigo de lana color camello.
Bufanda de cachemira.
Cabello despeinado de forma que probablemente le tomó media hora lograr.
Fumando cigarrillo como si fuera 1950 y cáncer de pulmón no se hubiera inventado todavía.
Cuando los vio, se levantó.
Besó las mejillas de Valentina con familiaridad que hizo que Karim se tensara visiblemente.
—Ma belle.
Te ves cansada.
El amor del faraón te está agotando, ¿no?
—Hola, Eric.
Te ves igual que siempre.
Dramático y molesto.
—Charmant.
Y Karim, mon ami.
Gracias por traerla.
Sé que debe haberte costado cada fibra de tu ser controlador.
—Eric.
El saludo de Karim fue glacial.
Se sentaron.
Camarero tomó orden.
Café para todos.
Cuando se fue, Eric sacó folder de su bolso de mensajero.
—Entonces.
Tu padre.
Déjame empezar diciendo que es un connard absoluto y no merece ni tu tiempo ni tu compasión.
—Ya lo sé.
Continúa.
—Está en Hôpital Cochin.
Cuidados paliativos.
Le dan máximo dos meses según enfermera con quien salí brevemente y que me debe favor.
Por supuesto que salió con la enfermera.
—Hace tres semanas recibió visita.
Hombre mexicano.
Alto, treintañero, mucha joyería de oro.
Se hizo pasar por “sobrino” pero claramente no lo era.
—Santi.
—Probablemente.
Estuvieron juntos cuarenta minutos.
Cuando el mexicano se fue, tu padre llamó a notario.
Firmó algo.
Mi contacto no vio exactamente qué pero era documento legal oficial con sellos y todo.
Eric empujó el folder hacia Valentina.
—Esto es copia del registro de visitantes del hospital.
Con fecha y hora.
Y foto de cámara de seguridad del “sobrino”.
Valentina abrió el folder.
Foto borrosa pero inconfundible.
Santiago García.
En París.
Visitando a su padre moribundo.
El estómago se le retorció.
—¿Por qué?
¿Qué gana Santi visitando a mi padre?
—Información —dijo Karim, estudiando la foto—.
O chantaje.
O ambas.
—¿Qué tipo de información?
—Dónde están tus otras hermanas.
Tus debilidades.
Cualquier secreto familiar que pueda usar como arma.
Eric encendió otro cigarrillo.
—O peor.
Convenció a tu padre de dejarte herencia que en realidad es trampa legal.
Propiedades con deudas ocultas.
Cuentas vinculadas a lavado de dinero.
Cualquier cosa que te ate legalmente a sus negocios sucios.
Valentina cerró el folder.
Las manos le temblaban.
—Necesito verlo.
A mi padre.
Preguntarle directamente.
—No es buena idea —dijo Karim inmediatamente.
—No me importa si es buena idea.
Es mi padre.
Y si está usando sus últimos días para destruirme, necesito saberlo de su boca.
—Valentina…
—No.
Vine a París por esto.
No voy a quedarme en hotel mientras ustedes dos deciden qué es mejor para mí.
Se levantó.
—Eric, ¿puedes llevarme al hospital?
—Bien sûr.
Mi coche está cerca.
Karim se levantó también.
—Si vas, yo voy.
—No.
Esto es entre mi padre y yo.
—Valentina, no sabes qué más hizo Santi.
Podría haber dejado gente vigilando.
Podría ser trampa.
—Entonces Eric me protegerá.
¿Verdad, Eric?
Eric sonrió.
Disfrutando demasiado esto.
—Con mi vida, chérie.
La mandíbula de Karim se tensó hasta convertirse en piedra.
—Tienes dos horas.
Si no contestas el teléfono cada treinta minutos, envío seguridad completa.
—Tres horas.
Y cada cuarenta y cinco minutos.
—Dos horas y media.
Cada treinta.
—Trato.
Valentina le besó la mejilla.
—Confía en mí.
—Confío en ti.
En él no.
Eric soltó risa.
—Mon Dieu, qué romántico.
El amor verdadero con amenazas de seguridad incluidas.
Karim lo ignoró.
Miró solo a Valentina.
—Si algo se siente mal.
Si tu padre dice algo que te alarme.
Llámame.
Inmediatamente.
—Lo haré.
Prometido.
El coche de Eric era exactamente lo que esperaba.
Citroën vintage.
Azul gastado.
Interior que olía a cigarrillos y libertad.
Completamente opuesto al Mercedes impecable de Karim.
Manejaba con una mano.
La otra con cigarrillo colgando por la ventana.
—Entonces —dijo mientras navegaban calles parisinas—, ¿vas a casarte con él?
—¿Perdón?
—Karim.
Te propuso, ¿no?
Puedo verlo en cómo te mira.
Como si fueras tesoro que finalmente encontró después de años buscando.
—No es tu problema.
—Tienes razón.
No lo es.
Pero me importas.
Y no quiero que te cases con alguien por obligación.
—No sería por obligación.
—¿No?
Entonces ¿por qué no has respondido todavía?
Valentina miró por la ventana.
París era hermosa.
Incluso bajo lluvia gris.
Especialmente bajo lluvia gris.
—Porque no sé si puedo vivir siendo vigilada constantemente.
Sabiendo que cada decisión que tome será evaluada.
Que cada error será anticipado y prevenido.
—Porque Karim no te deja ser libre.
—Porque Karim me ama de forma que asusta.
Tipo de amor que consume.
Que protege hasta asfixiar.
Se giró hacia Eric.
—¿Y tú?
¿Qué tipo de amor ofreces?
Eric no respondió inmediatamente.
Fumó en silencio durante dos cuadras completas.
—Yo ofrezco tipo de amor que te deja cometer errores.
Que te deja caer y levantarte sola.
Que no trata de salvarte porque confía en que puedes salvarte a ti misma.
Pausa.
—Pero también es amor sin red de seguridad.
Sin garantías.
Sin promesas de que funcionará.
—¿Y eso es mejor?
—No sé si es mejor.
Solo sé que es diferente.
Llegaron al hospital.
Edificio blanco.
Austero.
Institucional.
Eric apagó el motor.
—¿Quieres que entre contigo?
—No.
Esto necesito hacerlo sola.
—Estaré aquí.
Fumando y juzgando el sistema de salud francés.
Valentina se rio a pesar de todo.
—Gracias, Eric.
Por ayudar.
Por no presionar.
—De nada, chérie.
Le tomó la mano.
—Pero cuando todo esto termine.
Cuando ya no tengas padre moribundo ni ex persiguiéndote ni faraón protegiéndote.
Si decides que quieres algo diferente.
Ya sabes dónde encontrarme.
La soltó antes de que pudiera responder.
Valentina bajó del coche.
Caminó hacia la entrada del hospital.
El corazón le latía demasiado rápido.
Porque estaba a punto de enfrentar fantasma que la había perseguido toda su vida.
Y no tenía idea de si el fantasma venía a pedir perdón.
O a darle la última puñalada.
El cuarto 412 estaba al final del pasillo silencioso.
Cuidados paliativos.
Donde la gente venía a morir con dignidad y morfina.
Valentina se detuvo frente a la puerta.
La mano le temblaba sobre el picaporte.
Adentro, escuchaba respiración asistida por máquinas.
Beep constante de monitor cardíaco.
Telenovela en francés sonando bajito en TV.
Respiró profundo.
Abrió la puerta.
Y ahí estaba.
Su padre.
No había visto foto suya en dieciocho años.
Pero lo reconoció instantáneamente.
Aunque ahora era sombra del hombre que recordaba.
Delgado hasta los huesos.
Piel amarilla por fallo hepático.
Cabello completamente blanco.
Pero los ojos.
Los ojos eran iguales.
Cafés.
Cansados.
Culpables.
Se giraron hacia ella.
Y por primera vez en casi dos décadas, padre e hija se miraron directamente.
—Valentina —dijo con voz que era apenas susurro—.
Viniste.
—Vine.
Pero no por ti.
Cerró la puerta detrás de ella.
—Vine porque necesito saber qué le dijiste a Santiago García.
Y qué firmaste.
Una sonrisa triste cruzó el rostro demacrado.
—Directo al punto.
Igual que tu madre.
—No me compares con ella.
Tú no tienes derecho.
—Tienes razón.
No lo tengo.
Hizo gesto débil hacia la silla junto a la cama.
—Siéntate.
Por favor.
Esto va a tomar tiempo explicar.
Valentina no se sentó.
—Tienes cinco minutos.
Después me voy.
—Está bien.
Cinco minutos.
Respiración trabajosa.
—Tu novio…
Santiago…
vino hace tres semanas.
Me ofreció cincuenta mil euros.
A cambio de información sobre ti y tus hermanas.
—¿Y aceptaste?
—No inmediatamente.
Pero luego me dijo algo.
Algo que me hizo cambiar de opinión.
Pausa larga.
—Me dijo que si no lo ayudaba, iba a matar a Amélie primero.
Para enviarte mensaje.
El aire abandonó los pulmones de Valentina.
—Entonces lo traicionaste para salvarla.
—La traicioné a ti para salvar a ella.
Y odio haberlo hecho.
Pero no podía…
Tos violenta.
Sangre en el pañuelo.
—No podía dejar que lastimara a otra de mis hijas por mi cobardía.
Valentina sintió rabia y compasión simultáneamente.
Una mezcla que la desgarraba por dentro.
—¿Qué le dijiste?
—Dónde estabas.
Con quién.
Que Amélie trabajaba en galería en Le Marais.
Que Mónica estaba en Costa Rica con tu madre.
Otra pausa.
—Y firmé algo.
Testamento.
Dejándote mi herencia.
Pero él escribió las palabras.
Yo solo firmé.
—¿Qué decía?
—No lo sé.
Estaba muy medicado.
Pero tu nombre estaba ahí.
Y algunas propiedades en Francia que tengo.
—¿Propiedades limpias o con problemas?
—No lo sé ya, mija.
He perdido track de todo.
Valentina se sentó finalmente.
Las piernas no la sostenían.
—¿Por qué?
¿Por qué nos abandonaste a todas?
¿Qué hicimos para que no nos quisieras?
La pregunta que había cargado dieciocho años finalmente salió.
Su padre cerró los ojos.
Lágrimas escapando por las comisuras.
—No fue porque no las quería.
Fue porque no sabía cómo quedarme.
Mi padre me abandonó.
Su padre lo abandonó a él.
Es lo único que sabíamos hacer los hombres de mi familia.
—Esa no es excusa.
—No.
No lo es.
Es explicación.
Pero no excusa.
Abrió los ojos.
—Valentina, si pudiera volver atrás.
Si pudiera ser padre que merecías.
Lo haría.
Pero no puedo.
Solo puedo morir sabiendo que arruiné cuatro vidas.
La tuya, la de Amélie, la de Mónica, y la mía.
—Cinco.
También la de mamá.
—Cinco.
Tienes razón.
El monitor cardíaco aceleraba.
Una enfermera asomó la cabeza.
—Monsieur, necesita descansar.
—Un minuto más.
Por favor.
La enfermera dudó pero se retiró.
—Valentina.
Una cosa más.
Muy importante.
—¿Qué?
—El documento que firmé.
No lo aceptes.
No importa lo que diga.
No importa cuánto valga.
Es trampa.
Puedo sentirlo.
—¿Por qué no dijiste que no?
—Porque amenazó a Amélie.
Y porque soy cobarde hasta el final.
Extendió mano temblorosa.
Valentina no la tomó.
—No espero perdón.
Solo quiero que sepas que…
que te amé.
De la forma rota que podía amar.
Pero te amé.
Valentina se levantó.
Caminó hacia la puerta.
Se detuvo con la mano en el picaporte.
Sin girarse.
—Adiós, papá.
Espero que encuentres paz.
—Valentina…
—No hay nada más que decir.
Salió.
Cerró la puerta.
Y caminó por el pasillo con visión borrosa por lágrimas que se negaban a caer.
Porque no iba a llorar por hombre que nunca estuvo ahí para secarlas.
Eric esperaba abajo.
Fumando tercero o cuarto cigarrillo.
—¿Cómo estuvo?
—Terrible.
Esclarecedor.
Final.
—¿Quieres hablar de eso?
—No.
—¿Quieres emborracharte irresponsablemente?
—Sí.
—Parfait.
Conozco lugar perfecto.
Le ofreció el brazo.
Valentina lo tomó.
Y mientras salían del hospital hacia noche parisina, solo un pensamiento cruzó su mente: Había cerrado puerta con padre.
Pero acababa de abrir otra con hombre que ofrecía todo lo que Karim no podía.
Libertad.
Sin garantías.
Sin red de seguridad.
Y parte de ella —pequeña, rebelde, cansada de ser protegida— quería saltar.
Solo para ver si podía volar.
O al menos caer con estilo
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com