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Novia Fugitiva busca venganza - Capítulo 27

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  4. Capítulo 27 - 27 Operativo Nocturno
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27: Operativo Nocturno 27: Operativo Nocturno El Mercedes blindado que Karim había “conseguido en menos de diez minutos” atravesaba París como bala negra.

3:17 AM.

Las calles vacías excepto por camiones de basura y ocasional borracho tambaleándose hacia casa.

Valentina iba en el asiento trasero con ropa que había agarrado sin mirar.

Jeans.

Sudadera de Karim que le quedaba tres tallas grande.

Tenis sin calcetines.

El glamour había muerto hace exactamente cuarenta y tres minutos.

Ahora solo quedaba adrenalina pura.

Karim hablaba por teléfono en árabe.

Tercera llamada consecutiva.

Coordinando algo que sonaba militar.

Cuando colgó, la miró directamente.

—Mi equipo llegó al edificio de Amélie hace cinco minutos.

Santi ya no está.

El alivio y la frustración chocaron en su pecho.

—¿Está ella bien?

—Asustada pero ilesa.

Mis hombres están con ella.

La están moviendo a ubicación segura.

—Quiero verla.

—Lo sé.

Por eso vamos directo allá.

El chofer —no el habitual, este parecía ex-militar con cicatriz que cruzaba su cuello— tomó curva cerrada sin reducir velocidad.

Valentina se aferró al asiento.

O sea, güey, ¿desde cuándo mi vida es película de acción?

Hace tres meses estaba durmiendo hasta las tres de la tarde.

Ahora perseguía narcotraficantes por París a las tres de la mañana.

El edificio de Amélie estaba en Belleville.

Barrio que mezclaba artistas pobres con inmigrantes y gentrificación incipiente.

Nada que ver con los arrondissements elegantes del centro.

Dos camionetas negras bloqueaban la entrada.

Hombres con auriculares y bultos sospechosos bajo chaquetas.

El equipo de Karim no jugaba.

—Quédate cerca de mí —dijo mientras bajaban del coche.

—¿O qué?

¿Me vas a encerrar en el coche?

—O me obligas a cargarte estilo bombero.

Y créeme, habibti, no es dignificante para ninguno.

A pesar del terror, Valentina casi sonrió.

Subieron cinco pisos por escaleras estrechas que olían a comida de ayer y marihuana de hoy.

El departamento de Amélie era exactamente lo que esperaba.

Pequeño.

Bohemio.

Lleno de arte que probablemente ella misma había creado.

Y su hermana.

Parada en medio de la sala con bata de seda y expresión de shock absoluto.

Rodeada por tres hombres armados que parecían sacados de videojuego de guerra.

Cuando vio a Valentina, corrió.

Se abrazaron.

Por primera vez como hermanas reales.

No desconocidas conectadas por ADN defectuoso.

—Je suis désolée.

Lo siento, lo siento, lo siento —sollozaba Amélie contra su hombroー.

No sabía.

No pensé que vendría aquí.

Que me encontraría.

—No es tu culpa.

Nada de esto es tu culpa.

Valentina la sostuvo mientras temblaba.

Esta mujer que compartía sus ojos verdes y su mandíbula cuadrada y su padre ausente.

Esta extraña que era familia de la forma más real posible.

Karim les dio espacio.

Se movió hacia la ventana donde uno de sus hombres señalaba algo en la calle.

Cinco minutos después, Amélie se calmó lo suficiente para hablar coherentemente.

—Llegó como a las once.

Al principio pensé que era…

no sé.

Turista perdido.

Pero se quedó.

Solo…

mirando hacia mi ventana.

Pausa.

—Intenté llamar a policía pero mi teléfono…

se cayó y se rompió la pantalla.

Entonces recordé tu número.

Lo había memorizado por si acaso.

—Hiciste perfecto.

Valentina le apartó cabello de la cara.

—¿Dijo algo?

¿Intentó subir?

—No.

Solo…

esperaba.

Como si supiera que yo sabría que estaba ahí.

Como mensaje.

—Exactamente eso era —dijo Karim, regresando—.

Mensaje.

No ataque.

Se agachó frente a Amélie con movimiento fluido.

—Amélie, soy Karim.

El…

complicado de Valentina.

A pesar de todo, Amélie soltó risa nerviosa.

—Le compliqué.

Encantée.

—Necesito que empaques una maleta.

Esenciales para tres días.

Mi equipo te llevará a lugar seguro hasta que neutralicemos amenaza.

—¿Neutralicemos?

Eso suena muy…

violento.

—Es realista.

Valentina intervino antes de que Karim asustara más a su hermana.

—Amélie, confía en él.

Yo confío en él.

Y créeme, no confío fácilmente.

Diez minutos después, Amélie tenía maleta empacada.

Uno de los guardias —se presentó como Rashid, primo lejano de Karim que “casualmente” trabajaba en seguridad privada— la escoltaba hacia la segunda camioneta.

—Espera —dijo Valentina antes de que saliera—.

¿Mónica?

¿Alguien verificó que esté bien?

Karim ya tenía teléfono en la mano.

—Mi equipo en Costa Rica confirmó hace veinte minutos.

Ella y tu madre están seguras.

Aumentamos seguridad después del mensaje.

—¿Y Sofía?

La niña.

—También.

Nadie toca a tu familia, Valentina.

Nadie.

El peso en su pecho se alivió marginalmente.

Cuando Amélie se fue, el departamento quedó extrañamente vacío.

Solo Valentina, Karim y dos guardias revisando cada rincón.

—Encontramos algo —dijo uno, saliendo del pequeño baño.

Tenía sobre de manila.

Sin dirección.

Solo nombre escrito en marcador negro: VALENTINA El estómago se le contrajo.

—No lo toques —ordenó Karim inmediatamente—.

Podría tener algo.

Polvo.

Veneno.

Lo que sea.

El guardia usó guantes.

Abrió el sobre con cuchillo.

Dentro: documento legal.

Tres páginas.

Francés formal con sellos oficiales.

Y la firma de su padre al final.

Karim lo leyó primero.

Su expresión se oscureció con cada línea.

—Mierda.

—¿Qué dice?

—Es testamento.

Dejándote todo: el departamento en Le Marais, la casa en Provenza, las cuentas bancarias.

—Eso no suena tan mal.

—Excepto que según cláusula escondida en página dos, aceptar herencia te hace responsable legal de todas las deudas asociadas.

Incluyendo préstamos que tu padre tomó hace tres semanas.

Pausa cargada.

—Préstamos de banco en Islas Caimán.

Por doscientos mil euros.

Con aval de propiedades que no existen.

Valentina agarró el documento.

Lo leyó aunque su francés era terrible.

Pero los números eran universales.

€200,000 Garantía: Valentina García (heredera designada) —Me hizo responsable de deuda que nunca tomé.

—Peor.

Te hizo cómplice de fraude bancario internacional.

Porque ese préstamo fue procesado con documentos falsificados.

Y tu firma —falsificada también— está en los papeles originales del banco.

El mundo se inclinó.

—Santi hizo esto.

Convenció a mi padre moribundo de firmar esto.

De vincularme legalmente a fraude.

—Exactamente.

Y ahora si intentas reclamar herencia, automáticamente activas investigación que te señala como criminal.

Karim dejó el documento sobre mesa de Amélie.

—Es trampa perfecta.

Heredas y te arrestan.

Rechazas herencia y pierdes cualquier recurso legal que las propiedades pudieran darte.

—¿Y mis hermanas?

¿También están en esto?

—No veo sus nombres.

Solo el tuyo.

Por supuesto.

Porque Santi no quería destruir a Amélie o Mónica.

Solo a ella.

La que escapó.

La que lo humilló.

—¿Qué hago?

La pregunta salió pequeña.

Rota.

Karim se acercó.

Le tomó el rostro entre las manos.

—Nada.

Por ahora haces absolutamente nada.

No firmas.

No aceptas.

No rechazas.

Dejas que mis abogados desmantelen esto pieza por pieza.

—¿Tus abogados pueden hacer eso?

—Mis abogados pueden hacer cualquier cosa si les pago suficiente.

Y créeme, esto vale cada euro.

La besó.

Suave.

Reconfortante.

Promesa silenciosa.

—Vamos.

Necesitas dormir.

—No puedo dormir sabiendo que Santi estuvo aquí.

Que tocó este sobre.

Que está…

—En algún lugar de París planeando su próximo movimiento.

Lo sé.

Por eso tengo gente buscándolo en cada hotel, cada apartamento de renta corta, cada maldito café internet.

Pausa.

—Pero tú necesitas descansar.

Porque mañana empezamos contraataque.

Bajaban las escaleras cuando teléfono de Valentina vibró.

Número francés.

Eric.

Por supuesto.

Contestó porque ignorarlo solo haría que apareciera físicamente.

—¿Hola?

—Chérie, escuché sirenas cerca de Belleville.

¿Todo bien?

—¿Cómo sabes que estoy en Belleville?

Silencio culpable.

—Eric.

—Está bien, está bien.

Puede que tenga…

amigo que trabaja en sistema de cámaras de tráfico.

Y puede que haya rastreado el Mercedes de Karim.

Solo para asegurarme de que estuvieras bien.

Karim extendió la mano.

Pidiendo teléfono.

Valentina se lo dio.

Porque honestamente estaba demasiado cansada para mediar entre testosterone competitivo.

—Eric, soy Karim.

Deja de rastrearla.

Deja de aparecer mágicamente.

Y definitivamente deja de hackear sistemas de seguridad francesa.

La voz de Eric salió del speaker: —Mon ami, solo me preocupo por ella.

A diferencia de ti que la encierras en hoteles cinco estrellas como princesa de torre.

—Mejor princesa protegida que cadáver libre.

—Qué romántico.

Deberías escribir tarjetas de San Valentín.

Karim colgó.

Le devolvió el teléfono.

—Ese hombre es…

—Molesto pero bien intencionado.

Lo sé.

Subieron al Mercedes.

El chofer arrancó hacia el hotel.

París comenzaba a despertar.

Primeras luces del amanecer pintando cielo de rosa y oro.

Hermoso.

Completamente indiferente al drama humano abajo.

Valentina recostó la cabeza contra la ventana fría.

—Karim.

—¿Sí?

—Gracias.

Por movilizar tu ejército privado a las tres de la mañana.

Por proteger a Amélie.

Por…

todo.

—No me agradezcas todavía.

Esto apenas empieza.

Pero su mano encontró la de ella.

La entrelazó.

Pulgar trazando círculos reconfortantes en su palma.

Y por primera vez en horas, Valentina respiró.

Llegaron al hotel cuando el sol ya pintaba fachadas de dorado.

Subieron directo a la suite.

Valentina fue directo a su habitación.

Se dejó caer en la cama sin quitarse la ropa.

El agotamiento la golpeó como ola.

Pero justo cuando cerraba los ojos, golpe suave en la puerta.

—¿Sí?

Karim entró.

Con dos tazas humeantes.

—Té.

Con miel.

Como le gusta a Um Khaled prepararlo cuando alguien tiene mala noche.

Se sentó en el borde de la cama.

Le ofreció una taza.

Valentina se incorporó.

Tomó sorbo.

Dulce.

Caliente.

Reconfortante.

—¿Karim?

—¿Sí?

—Cuando todo esto termine.

Cuando Santi ya no sea amenaza.

Cuando pueda pensar sin miedo constante.

Pausa.

—Pregúntame otra vez.

Sus ojos negros brillaron.

—¿La propuesta?

—Sí.

Porque creo…

creo que mi respuesta será diferente cuando no esté sobreviviendo.

Karim dejó su taza.

Le tomó el rostro entre las manos.

—Puedo esperar.

He esperado toda mi vida por algo real.

Puedo esperar un poco más.

La besó.

Profundo.

Prometedor.

Cuando se separaron, ambos respiraban irregular.

—Duerme, habibti.

Yo vigilo.

—¿No vas a dormir?

—Alguien tiene que asegurar que el monstruo no regrese.

Se levantó.

Caminó hacia la puerta.

—Karim.

Se detuvo.

—Quédate.

Por favor.

No quiero estar sola.

Algo cruzó su rostro.

Sorpresa, quizás.

O simplemente alivio de que ella pidiera lo que él ya quería dar.

Regresó.

Se acostó sobre las cobijas.

A su lado.

Sin tocarla.

Solo presente.

Valentina se acurrucó contra él.

Cabeza en su pecho.

Escuchando latido constante de su corazón.

—Te amo —murmuró contra su camisa.

—Yo también te amo.

Dedos acariciando su cabello.

—Ahora duerme.

Mañana destruimos el legado de tu padre y cazamos al monstruo.

—Suena a buen plan.

Cerró los ojos.

Y por primera vez desde que llegaron a París, durmió sin pesadillas.

Porque incluso en medio del caos.

Incluso con trampa legal esperando.

Incluso con Santi acechando en las sombras.

Estaba exactamente donde necesitaba estar.

Segura.

Protegida.

Amada.

Al menos por ahora.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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