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Novia Fugitiva busca venganza - Capítulo 29

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  4. Capítulo 29 - 29 Otra Hermana Perdida
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29: Otra Hermana Perdida 29: Otra Hermana Perdida Valentina despertó con el sol de París filtrándose por cortinas que Karim había olvidado cerrar.

Su brazo seguía rodeándola.

Pesado.

Posesivo.

Como si incluso dormido temiera que se evaporara.

Por un momento —frágil, perfecto— olvidó la cita con Isabelle.

Olvidó que su padre aparentemente había sembrado hijas por Europa como quien olvida paraguas en diferentes cafés.

Olvidó que Santi seguía suelto en algún rincón de esta ciudad.

Luego su cerebro encendió.

Y recordó todo.

O sea, güey, ya tengo a Amélie en París.

Ahora aparece Isabelle.

¿Cuántas más va a haber?

El reloj del buró marcaba las 9:17 AM.

Se movió con cuidado para no despertarlo.

Inútil.

Los ojos de Karim se abrieron instantáneamente.

Alerta total.

Como depredador que nunca duerme realmente.

—Buenos días, habibti.

—Buenos días.

—¿Dormiste bien?

—Sorprendentemente sí.

Considerando que mi árbol genealógico crece cada semana como plaga de cucarachas.

Sonrisa mínima.

Sus dedos trazaron círculos en su espalda.

—Sobre hoy.

—Karim…

—Déjame terminar.

No voy a prohibirte que vayas a ver a Isabelle.

Valentina parpadeó.

—¿No?

—No.

Porque prohibirte cosas no funciona.

Solo hace que las hagas de todas formas, pero enojada.

—Me conoces bien.

—Estoy aprendiendo.

Se incorporó.

La sábana cayó revelando torso que definitivamente había sido esculpido por dioses mediterráneos con demasiado tiempo libre.

—Pero voy contigo.

No negociable.

Mis hombres cubrirán perímetro.

Y si algo se siente mal…

—Nos vamos inmediatamente.

Lo sé.

—¿Lo sabes?

—Lo intuía.

Eres predecible en tu sobreprotección.

—Prefiero “consistente”.

Se inclinó.

La besó.

Profundo.

Con sabor a promesas y café que todavía no habían tomado.

—Ahora levántate.

Tenemos reunión con mis investigadores en una hora.

—¿Quieres investigar a Isabelle antes de que la conozca?

—Quiero saber si es real o trampa de Santi.

Ya me engañaron una vez con el impostor de la gala.

No va a pasar dos veces.

La lógica era irritantemente correcta.

Valentina se duchó intentando organizar sus pensamientos.

No funcionó.

Cada vez que cerraba los ojos, veía el mensaje de anoche.

“Soy Isabelle Moreau.

Tu media hermana.

La hija de la mujer de las fotos.” La mujer de las fotos.

La misteriosa visitante del hospital que Eric había descubierto.

¿Esa mujer era la madre de Isabelle?

¿O la propia Isabelle?

Las preguntas se multiplicaban.

Se vistió con jeans y blusa color crema.

Nada ostentoso.

Quería verse como ella misma, no como la novia del magnate egipcio.

Karim la esperaba en el salón de la suite.

Impecable como siempre.

Traje gris oscuro.

Olor a oud que hacía cosas ilegales a su sistema nervioso.

—Mis investigadores tienen información preliminar.

—Eso fue rápido.

—Pagué extra por urgencia.

Se sentaron en el sofá.

Karim abrió un folder.

—Isabelle Moreau.

Treinta y dos años.

Nacida en Marsella.

Pausa.

—Y aquí viene lo interesante: es hermana de Amélie.

—¿Qué?

—Hermana mayor.

Misma madre: Claire Moreau.

Pero diferente padre.

Valentina procesó esto.

—Entonces Isabelle no es hija de mi padre.

—No directamente.

Pero creció en la misma casa donde tu padre visitaba a Claire.

Conoció a tu padre durante años.

Era adolescente cuando Amélie nació.

—¿Por qué Amélie nunca la mencionó?

—Porque Isabelle desapareció hace tres años.

Cambió de nombre.

Se mudó a Lyon.

Cortó contacto con todos.

—¿Por qué?

—Eso es lo que me preocupa.

Karim pasó página.

—Hace tres años, hubo incendio en su departamento de Marsella.

Perdió todo.

Oficialmente fue “accidente eléctrico”.

El estómago de Valentina se contrajo.

—¿Santi?

—Sin pruebas directas.

Pero el timing coincide con cuando empezó a buscarte más agresivamente.

—Entonces Isabelle huyó porque Santi la atacó.

—Probablemente.

Y ahora reaparece justo cuando tienes documentos que pueden destruirlo.

Pausa.

—Puede ser aliada.

O puede ser trampa.

—Solo hay una forma de saberlo.

—Lo sé.

Por eso vamos.

El Café Le Procope era exactamente lo que esperaba de un lugar donde los intelectuales franceses habían debatido revoluciones durante trescientos años.

Madera oscura.

Espejos antiguos.

Meseros que caminaban como si llevaran la Ilustración en las charolas.

Valentina entró primero.

Sola.

Como Isabelle había pedido.

Karim esperaba afuera con cuatro de sus hombres distribuidos en puntos estratégicos.

Romántico de una forma muy perturbadora.

Escaneó el lugar.

Mesas ocupadas por turistas y estudiantes con MacBooks.

Y ahí.

Esquina del fondo.

Mujer sola.

Cabello castaño recogido en moño severo.

Vestido negro simple.

Sin joyería excepto reloj modesto.

Ojos grises.

No verdes como los de Amélie.

Diferentes padres.

Obviamente.

Caminó hacia ella.

—¿Isabelle?

La mujer levantó la vista.

La evaluó completamente en tres segundos.

—Valentina.

Te pareces a Amélie.

Pero con algo más…

peligroso.

—Tú no te pareces a ella.

—Diferentes padres.

Misma madre.

Misma desgracia de conocer al tuyo.

Se sentó frente a ella.

—Tu mensaje decía que tenías algo importante.

Algo que Santi no sabe.

—Directo.

Me gusta.

Isabelle sacó folder de su bolso.

Lo dejó sobre la mesa.

—Hace un mes, tu padre me contactó.

Después de tres años de silencio.

Dijo que estaba muriendo y que necesitaba entregarle algo a alguien que pudiera protegerlo.

—¿Por qué tú y no Amélie?

—Porque Amélie confía en la gente.

Y tu padre sabía que yo no confío en nadie.

Especialmente después de lo que Santi me hizo.

—El incendio.

Isabelle no mostró sorpresa.

—Tu novio investiga bien.

—¿Qué pasó realmente?

—Lo que crees que pasó.

Santi mandó gente a asustarme.

Se les fue la mano.

Perdí mi departamento.

Mis gatos.

Mi nombre.

Pausa.

—Pero no perdí esto.

Empujó el folder hacia Valentina.

—Tu padre me lo dio hace tres semanas.

En el hospital.

Justo antes de que el cáncer le comiera lo que quedaba de cerebro funcional.

Adentro: documentos legales.

Testamento.

Contratos.

Y una carta escrita a mano.

“Valentina: Sé que no merezco tu perdón…” Las manos le temblaron.

—¿Qué es esto?

—La confesión de tu padre.

Sobre cómo conoció al padre de Santi.

Sobre el negocio que los unió.

Y sobre por qué tu ex te quiere muerta.

—¿Qué negocio?

Isabelle la miró directamente.

—Lavado de dinero.

Tu padre ayudó a construir la red financiera del cártel García durante veinte años.

Y estos documentos lo prueban todo.

El café de pronto olía diferente.

A peligro.

A secretos que podían matar.

—¿Por qué darme esto?

—Porque tu padre no pudo protegerte en vida.

Pero quiso darte armas para después.

Pausa.

—Y porque Amélie es mi hermana.

Mi única familia real.

Y si Santi te destruye a ti, eventualmente irá por ella también.

—¿Amélie sabe que estás aquí?

—No.

Y prefiero que no lo sepa.

Si cree que estoy muerta, está más segura.

El peso de esas palabras cayó como piedra.

Tres años sin ver a su hermana.

Para protegerla.

—¿Por qué no usaste estos documentos tú misma?

—Porque no tengo ejército de guardaespaldas egipcios.

Ni novio millonario dispuesto a declararle guerra a un cártel.

Sonrisa amarga.

—Pero tú sí.

Valentina tomó los documentos.

La carta.

La prueba de que su padre no solo había sido ausente.

Había sido cómplice.

El teléfono vibró.

Karim.

“Movimiento sospechoso.

Hora de irnos.” —Tengo que irme.

—Lo sé.

Tu guardián tiene buenos instintos.

Isabelle se levantó.

—Valentina.

Una última cosa.

—¿Sí?

—Cuida a mi hermana.

A Amélie.

Ella es buena.

Demasiado buena para este mundo de mierda que tu padre y el mío crearon.

—Lo haré.

—Y cuídate tú.

Esos documentos son poder.

Pero también son sentencia de muerte si caen en manos equivocadas.

Se inclinó.

Besó su mejilla.

—Suerte.

Salió por puerta lateral.

Desapareció como fantasma.

Valentina guardó el folder.

Caminó hacia la salida.

Karim la esperaba afuera.

Expresión tensa.

—Nos vamos.

Ahora.

—¿Qué pasó?

—Vehículo siguiéndonos desde el hotel.

Apareció otra vez hace cinco minutos.

La guió hacia el Mercedes.

—¿Conseguiste lo que necesitabas?

—Conseguí más de lo que imaginaba.

—¿Bueno o malo?

—Aterrador.

—Entonces hablaremos en el coche.

Subieron.

El chofer arrancó antes de que cerraran las puertas.

Y mientras París pasaba como borrón por las ventanas, Valentina abrió el folder.

Empezó a leer la carta de su padre.

Y entendió por fin por qué Santi nunca la dejaría ir.

No era obsesión.

Era supervivencia.

Porque si ella hablaba…

El imperio García se derrumbaría.

Y Santi caería con él.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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