Novia Fugitiva busca venganza - Capítulo 3
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3: Capítulo 3: Glow Up 3: Capítulo 3: Glow Up El jet privado olía a cuero nuevo y arrogancia milenaria.
Valentina se hundió en el asiento —que era más cómodo que cualquier cama en la que hubiera dormido y probablemente costaba más que su educación universitaria completa— y trató de no tocar nada.
Todo parecía demasiado blanco.
Demasiado limpio.
Demasiado dispuesto a mostrar cualquier mancha de sus dedos de clase media que no sabía comportarse en espacios donde el agua embotellada venía de glaciares noruegos.
—Relájese.
Karim no levantó la vista de su laptop.
Sus dedos se movían sobre el teclado con la velocidad de alguien que probablemente escribía correos que movían millones de dólares.
—El avión no muerde.
—¿Y usted?
La pregunta salió antes de poder detenerla.
Culpa del estrés acumulado de las últimas cuarenta y ocho horas.
Del hambre, porque el croissant del restaurante se había quedado intacto y su estómago rugía como animal herido.
Del hecho de que no había dormido más de dos horas desde que su vida entera se había convertido en un video viral.
Karim la miró por primera vez desde que despegaron de Cancún hace tres horas.
—Solo cuando me provocan deliberadamente.
Una pausa calculada.
—Y usted no parece del tipo que provoca.
Parece del tipo que huye.
Neta que este güey me da un cringe impresionante.
¿Quién habla así?
¿Un villano de telenovela turca?
—Antes de aterrizar en Dubái, necesitamos establecer las reglas de nuestro… arreglo.
Cerró la laptop con un clic suave.
—Primera: usted es mi prometida.
Eso significa que en público me trata con afecto visible pero no exagerado.
Toques sutiles en el brazo.
Miradas de complicidad cuando alguien cuenta un chiste malo.
Sonrisas que sugieran secretos compartidos.
—¿Quiere que lo mire con amor?
—Quiero que lo simule de manera convincente.
Estudió comunicación, ¿no?
Considérelo un ejercicio avanzado de actuación aplicada.
—Estudié comunicación organizacional.
Es diferente.
—En mi mundo, toda comunicación es actuación.
La diferencia es el presupuesto del vestuario.
No podía discutir con eso.
Tres años con Santi le habían enseñado que la gente con dinero vivía en un teatro permanente donde todos fingían todo el tiempo.
—Segunda regla: no hable de mis negocios.
Nunca.
Con nadie.
Si alguien le pregunta sobre mis inversiones, mis propiedades o mis socios, usted sonríe, dice que no se involucra en asuntos de trabajo, y cambia elegantemente de tema hacia algo inofensivo como el clima o la comida.
—¿Qué pasa si insisten?
—No insistirán.
Una mujer hermosa que sonríe y desvía la conversación es el fin natural de cualquier interrogatorio social.
Los hombres de negocios árabes respetan la discreción femenina.
La confunden con sumisión, lo cual trabaja a nuestro favor.
¿La había llamado hermosa?
Con el labio todavía hinchado, ojeras de mapache insomne y el pelo que parecía nido de pájaros después de tantas horas de viaje, lo dudaba sinceramente.
—Tercera regla: su pasado no existe.
Usted nació el día que subió a este avión.
Su vida anterior es completamente irrelevante para cualquiera que pregunte.
—Qué conveniente para todos.
—Qué necesario para su supervivencia.
Por primera vez, algo parecido a compasión cruzó sus facciones perfectamente controladas.
—Los hombres como Santiago no buscan fantasmas, Valentina.
Buscan mujeres de carne y hueso con direcciones rastreables y rutinas predecibles.
Si usted desaparece del radar mexicano, si se convierte en otra persona… —Él busca a la testaferro que tiene su dinero en las cuentas.
No a Valentina García la persona.
—Exactamente.
Y Valentina García murió en ese autobús a Cancún.
Quien está sentada frente a mí es mi prometida.
Una mujer sin pasado y con un futuro que depende enteramente de qué tan bien siga instrucciones.
Un escalofrío la recorrió de la nuca a los pies.
Tenía razón, por mucho que la idea le revolviera el estómago.
Para Santi, ella era un documento legal con patas.
Un nombre en papeles comprometedores.
Si ese nombre desaparecía del mapa… La azafata apareció como por arte de magia con una bandeja de plata.
Champán Dom Pérignon —Valentina reconoció la etiqueta de tantas telenovelas y revistas de chismes— en copas de cristal que probablemente eran Baccarat.
—No, gracias.
Karim rechazó la copa con un gesto mínimo.
—Ella tampoco bebe.
—Yo sí bebo.
Valentina extendió la mano hacia la copa.
—No en mi avión.
No hasta que hayamos terminado de establecer los parámetros de nuestra relación profesional.
—¿También va a controlar lo que como, lo que visto y cuándo voy al baño?
—Solo lo que come y viste frente a mis socios.
En privado puede devorar hamburguesas con las manos y usar pijamas de Hello Kitty si eso la hace feliz.
La sombra de una sonrisa.
—De hecho, le recomiendo encarecidamente que lo haga.
Los próximos días van a ser intensos.
Necesitará momentos de normalidad para mantener la cordura.
Aterrizaron en Dubái catorce horas después del despegue.
El calor golpeó como bofetada del desierto en cuanto Valentina puso un pie fuera del avión.
Húmedo.
Pesado.
Opresivo.
Como si el sol tuviera algo personal contra cualquiera que se atreviera a existir bajo él.
Pero el coche que los esperaba en la pista privada tenía el aire acondicionado de una morgue nórdica.
Un Rolls-Royce Phantom.
Negro como la medianoche.
Con chofer uniformado que abrió la puerta sin hacer contacto visual.
—Primero iremos al hotel a que descanse una hora.
Karim revisaba mensajes en su teléfono como si el mundo dependiera de cada palabra.
—Después, a vestirla apropiadamente.
—¿Vestirme?
¿Qué tiene de malo mi ropa?
—No puede presentarse ante la familia Rashid con ropa de outlet mexicano.
Sería un insulto que ninguno de los dos puede permitirse.
—Mi ropa no es tan— La mirada de Karim bastó para silenciarla.
Una sola mirada que decía todo lo que sus palabras no: que estaba fuera de su liga, fuera de su elemento, fuera de cualquier realidad que hubiera conocido antes.
El Dubai Mall era un universo completamente aparte de cualquier cosa que Valentina hubiera experimentado.
No era un centro comercial.
Era una catedral del capitalismo.
Una ciudad dentro de una ciudad donde las tiendas parecían templos antiguos dedicados a dioses con nombres italianos y franceses.
Gente que caminaba con la seguridad de quienes sabían que el suelo bajo sus pies les pertenecía.
Y precios que no aparecían en las etiquetas porque si tenías que preguntar, claramente no pertenecías ahí.
—Esta.
Una asistente de Dior —alta, perfecta, con un acento británico que gritaba educación cara— le puso un vestido en las manos.
Negro.
Seda pura.
Sin etiqueta visible porque la etiqueta era para la plebe que necesitaba validación externa.
—Está muy X.
Valentina negó con la cabeza sin pensarlo.
—O sea, muy básico para tanto show.
Si voy a fingir ser alguien importante, al menos que parezca que tengo personalidad propia.
Karim, que había estado revisando correos en un sofá de terciopelo, arqueó una ceja con interés genuino.
—¿Tiene sugerencias específicas, o solo críticas generales?
—Algo con color.
Verde, quizás.
O rojo si quiere que cause impacto.
Si voy a ser la prometida de un billonario egipcio con conexiones en medio mundo, al menos quiero parecer viva y no como fantasma corporativo esperando la siguiente junta de accionistas.
Cuatro horas después, Valentina se miró en el espejo de cuerpo completo del vestidor privado de Oscar de la Renta y no reconoció a la mujer del reflejo.
Vestido verde esmeralda que se ajustaba como segunda piel diseñada específicamente para su cuerpo.
Tacones Louboutin de doce centímetros con la suela roja que había visto mil veces en Instagram pero que nunca imaginó sentir bajo sus propios pies.
Aretes de diamantes que captaban la luz con cada movimiento y que definitivamente, absolutamente, sin duda alguna eran reales.
El maquillador —un genio iraní llamado Darius que trataba su cara como lienzo de museo— había hecho magia con su labio hinchado.
Ya no parecía víctima de violencia doméstica.
Parecía… otra persona.
Una versión de sí misma que existía en dimensión paralela donde nunca había conocido a Santiago y donde las cosas siempre salían bien.
—Aceptable.
Karim asintió desde el sofá donde había pasado cuatro horas en silencio productivo, trabajando mientras ella era transformada.
—Vámonos.
Tenemos otra cita.
—¿Aceptable?
Valentina giró sobre sí misma, el vestido moviéndose como agua verde alrededor de sus piernas.
—Güey, me veo increíble.
Admítelo.
—La modestia es una virtud atractiva, habibti.
—¿Qué significa eso?
¿Habibti?
—Significa que camine hacia la puerta antes de que perdamos la reservación.
Salían de la tienda —con seis bolsas más de ropa que Valentina ni siquiera había visto probarse pero que aparentemente ahora le pertenecían— cuando lo vio.
Recargado contra una columna de mármol como si el mundo entero le debiera dinero y él estuviera considerando perdonar la deuda por puro aburrimiento.
Camisa de lino blanco arrugada con estudiada negligencia.
Cabello rubio que necesitaba un corte profesional hace tres semanas pero que de alguna manera funcionaba perfectamente.
Mandíbula con barba de dos días que sugería que el rasurado era opcional cuando eras dueño de castillos.
Y una sonrisa de niño malo que contrastaba violentamente con todo el lujo quirúrgico que los rodeaba.
—¡Karim!
El hombre se acercó con los brazos abiertos y un acento francés tan grueso que casi parecía parodia deliberada.
—Mon ami, ¿qué haces tú comprando en el mall como turista común?
¡Pensé que tenías gente para eso!
Karim se tensó a su lado.
Imperceptible para cualquiera que no estuviera literalmente pegada a él, pero Valentina lo notó.
Los músculos del brazo que rozaba el suyo se endurecieron como piedra.
—Eric.
No sabía que estabas en Dubái esta semana.
—¡Sorpresa!
El tal Eric le plantó un beso en cada mejilla al estilo europeo, ignorando completamente la rigidez evidente de Karim.
Luego sus ojos —azules, del color del Mediterráneo en postales— se posaron en Valentina con interés que no intentó disimular.
—Y esta belleza latinoamericana… ¿quién es esta maravilla que has estado escondiendo del mundo?
—Mi prometida.
—¿Tu prometida?
Eric se llevó una mano al pecho con drama teatral que habría hecho orgulloso a cualquier actor de telenovela mexicana.
—¿El gran Karim Al-Fayed, atrapado al fin en las redes del matrimonio?
¡Esto merece champán inmediatamente!
¡Botellas para todos!
—Estamos ocupados, Eric.
Tenemos compromisos.
—Tonterías absolutas.
Eric ya había tomado la mano de Valentina y la besaba con reverencia exagerada pero extrañamente encantadora.
—Enchanté, mademoiselle.
Soy Eric de Valois-Saint-Omer.
El único amigo de verdad que tiene este robot con traje caro.
De cerca, olía completamente diferente a Karim.
Higo maduro.
Tierra mojada después de la lluvia.
Tabaco de calidad.
Un aroma orgánico, salvaje, que contrastaba violentamente con la perfección esterilizada de todo lo demás.
—Valentina.
Le temblaba la voz por razones que no quería examinar muy de cerca.
—Valentina.
Eric saboreó cada sílaba de su nombre como si fuera vino caro.
—Como la emperatriz romana.
O la santa mártir.
¿Cuál de las dos eres tú, chérie?
—Ninguna de las dos.
Solo una mexicana perdida que aún no entiende cómo terminó aquí.
La risa de Eric retumbó en el pasillo del mall.
Genuina.
Sin filtros.
Sin la contención calculada que todo lo demás en este mundo parecía requerir.
—¡Me encanta absolutamente!
Karim, ¿de dónde la sacaste?
¿Hay más como ella?
Porque si es así, necesito la dirección inmediatamente.
—De ningún lugar que te incumba, Eric.
Y no, no hay más como ella.
—Tan territorial como siempre.
Eric le guiñó un ojo a Valentina con complicidad instantánea.
—Ten cuidado con este hombre, chérie.
Parece civilizado, pero tiene garras de depredador debajo de los trajes italianos.
—Tenemos una reunión importante.
Karim tomó el brazo de Valentina con firmeza posesiva que la sorprendió.
—Si nos disculpas.
—¡Cenaremos pronto, los tres juntos!
Eric los despidió con la mano mientras se alejaban.
—Tengo un château en Provenza que te encantará, Valentina.
Lejos de todo este oro falso y pretensión árabe.
¡Aire fresco y vino real!
En el coche, el silencio pesó como plomo derretido.
—¿Quién es ese hombre exactamente?
Valentina se atrevió a preguntar cuando el Rolls-Royce se alejaba del mall.
—Nadie importante.
Un aristócrata francés con demasiado tiempo libre y ninguna responsabilidad real.
—No parecía “nadie”.
Parecía alguien que te conoce muy bien.
—Eric de Valois es un bohemio con título nobiliario que vive de provocar reacciones en la gente seria.
Es veneno social disfrazado de encanto.
Ignórelo completamente.
—Me pareció… interesante.
Diferente a todo esto.
La mandíbula de Karim se tensó visiblemente.
—Eso es exactamente lo que él quiere que piense la gente.
Y es exactamente por qué debe evitarlo.
Los hombres como Eric destruyen todo lo que tocan, no porque sean malvados, sino porque están tan aburridos de sus propias vidas que necesitan arruinar las de otros para sentir algo.
Valentina miró por la ventana del coche.
El desierto de los Emiratos brillaba dorado bajo el sol de la tarde, extendiéndose hasta el horizonte como océano de arena.
Dos hombres en menos de veinticuatro horas.
Uno que olía a control absoluto y promesas de seguridad.
Otro que olía a libertad salvaje y peligro delicioso.
Y ella atrapada exactamente en medio, usando diamantes que no eran suyos, un nombre que ya no le pertenecía, y un futuro que dependía de qué tan bien pudiera fingir ser alguien que nunca había sido.
El teléfono nuevo que Karim le había dado —un iPhone último modelo, por supuesto— vibró con mensaje entrante.
Número francés desconocido: Ese vestido verde te queda infinitamente mejor que la pijama del video viral, chérie.
Sí, lo vi.
Todo el mundo lo vio.
Pero yo vi algo más: vi a una mujer que merece escapar.
Llámame cuando Karim te asfixie con sus reglas.
😉 — E ¿Cómo demonios había conseguido su número?
Valentina guardó el teléfono sin responder.
El corazón le latía demasiado rápido para ser normal.
Esto apenas está empezando y ya me metí en un lío de proporciones bíblicas.
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