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Novia Fugitiva busca venganza - Capítulo 31

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  4. Capítulo 31 - 31 Territorio Enemigo
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31: Territorio Enemigo 31: Territorio Enemigo El avión aterrizó cuando el sol de Provenza empezaba a teñir los viñedos de naranja.

Desde la ventanilla, Francia lucía exactamente como en las películas.

Hileras de uvas ordenadas hasta el horizonte.

Piedra color miel.

Cipreses recortados contra cielo que parecía pintado por alguien con demasiado tiempo libre y exceso de pigmentos dorados.

O sea, güey, esto es como Toscana pero con más pretensión y menos pasta.

Karim no había soltado su teléfono en las dos horas de vuelo.

Conversaciones en árabe.

Mensajes constantes.

Mapas que ella no entendía pero que claramente mostraban puntos moviéndose en tiempo real.

—Mi equipo aterrizó en San José hace cuarenta minutos.

Su voz cortó el silencio del jet que se detenía en pista privada.

—Ya tienen ubicación aproximada.

Santi está en una finca a cuarenta kilómetros de la ciudad.

—¿Y Mónica?

—Viva.

Según reconocimiento inicial, hay dos guardias externos.

Quizás más dentro.

El alivio fue físico.

Como soltar peso que no sabía que cargaba.

—¿Cuándo van a entrar?

—Tres horas más de reconocimiento.

Luego movemos al anochecer, hora local.

Menos visibilidad.

Mejor cobertura.

—¿Y si Santi la mueve antes?

—Tenemos satélite monitoreando la zona.

Si sale un vehículo, lo seguimos.

Satélite.

Porque aparentemente su novio tenía acceso a tecnología militar como quien tiene Netflix.

Normal.

Completamente normal.

La puerta del avión se abrió.

Olor diferente.

No era el perfume artificial del jet.

Era lavanda.

Tomillo salvaje.

Tierra caliente que había absorbido sol todo el día.

Y debajo de todo eso, algo más.

Higo.

Vetiver.

Eric.

Estaba parado al final de la escalerilla.

Camisa de lino blanca arrugada como si la hubiera dormido puesta.

Jeans que probablemente costaban mil euros pero parecían rescatados de mercadillo.

Mocasines sin calcetines.

Y esa sonrisa.

La de niño que sabe un secreto que nadie más conoce.

—Bienvenidos a mi humilde morada.

“Humilde” era la palabra más incorrecta posible para describir lo que se extendía detrás de él.

El château no era castillo.

Era mansión que había decidido envejecer con gracia en lugar de con botox arquitectónico.

Piedra antigua cubierta de hiedra.

Ventanas con postigos azul deslavado.

Jardines que parecían salvajes pero que probablemente costaban fortuna mantener así de “naturalmente descuidados”.

Y más allá, viñedos hasta donde alcanzaba la vista.

—Eric.

Karim bajó primero.

Su postura era la de siempre: perfecta, controlada, como si cada músculo estuviera en posición calculada.

Pero algo en sus hombros se había tensado más.

—Karim.

Gracias por aceptar mi invitación.

—No fue invitación.

Fue estrategia.

—Puedes llamarlo como quieras.

El resultado es el mismo: estás en mi casa.

La tensión entre ellos era palpable.

Como dos depredadores que accidentalmente se encuentran en el mismo territorio de caza.

Valentina bajó antes de que empezaran a medirse otras cosas.

—Eric.

Gracias por el vuelo.

Él tomó su mano.

La besó con reverencia que era mitad cortesía, mitad provocación deliberada hacia Karim.

—Para ti, chérie, cualquier cosa.

Mi casa es tu casa.

Literalmente.

Mientras la necesites.

—No vamos a necesitarla mucho tiempo —interrumpió Karim—.

Solo hasta que mi equipo resuelva la situación.

—Claro.

La “situación”.

Eric los guió hacia la entrada.

El interior del château era exactamente lo opuesto a todo lo que Valentina había conocido en el mundo de Karim.

Nada brillaba.

Nada era nuevo.

Todo tenía historia.

Sillones de terciopelo desgastado en colores que alguna vez fueron vibrantes.

Tapices antiguos con hilos sueltos que nadie se había molestado en reparar.

Pisos de madera que crujían con personalidad propia.

Y arte.

Dios, el arte.

Cuadros en cada pared.

Esculturas en cada esquina.

Algunos claramente valiosos.

Otros que parecían experimentos fallidos de estudiante de primer año.

—La colección de mi abuelo mezclada con la mía —explicó Eric al notar su mirada—.

Él compraba Monets.

Yo compro a artistas que probablemente nunca serán famosos pero que me hacen sentir algo.

—Es…

diferente.

—¿A los mármoles estériles de los Al-Fayed?

Espero que sí.

Karim no respondió.

Pero su mandíbula se tensó visiblemente.

—Les preparé habitaciones en el ala este.

Separadas, por supuesto.

A menos que prefieran compartir, pero las camas antiguas son bastante estrechas para…

—Separadas está bien —dijo Valentina antes de que Karim explotara.

—Perfecto.

Marie les mostrará el camino.

Yo estaré en la bodega si necesitan algo.

Se fue silbando algo que sonaba a Édith Piaf.

Dejándolos solos en el vestíbulo con una mujer mayor que había aparecido como fantasma silencioso.

—Por aquí, por favor.

Marie tenía el acento provenzal que convertía cada palabra en canción.

Los guió por escaleras que habían visto siglos de pisadas.

Pasillos con más cuadros.

Hasta un ala que olía a lavanda y tiempo detenido.

—Madame.

Abrió puerta para Valentina.

La habitación era…

perfecta.

No perfecta como las suites de cinco estrellas que Karim escogía.

Perfecta como refugio.

Cama con dosel de madera tallada.

Sábanas de lino que invitaban a hundirse y no salir en días.

Ventana que daba a los viñedos.

Y silencio.

Un silencio que no había escuchado en semanas.

—Señor.

Marie abrió puerta contigua para Karim.

Él asintió secamente.

Entró.

Cerró.

Y Valentina quedó sola con el peso de todo lo que no habían dicho.

Se dejó caer en la cama.

El colchón protestó ligeramente.

Como queja amistosa de mueble que llevaba décadas recibiendo cuerpos cansados.

El teléfono vibró.

Mensaje de Karim.

“Voy a hacer llamadas.

¿Estarás bien?” Típico.

Ni siquiera cruzó el pasillo para preguntarle en persona.

“Sí.

Avísame cuando sepas algo de Mónica.” “Lo haré.

Descansa.” “Tú también.” Sabía que no lo haría.

Karim no descansaba cuando había operaciones en curso.

Probablemente estaría despierto toda la noche monitoreando cada movimiento de su equipo.

Valentina cerró los ojos.

El olor a lavanda la envolvía.

El silencio la mecía.

Y a pesar del terror constante por Mónica.

A pesar de la tensión entre los dos hombres que ocupaban demasiado espacio en su vida.

A pesar de todo.

Por primera vez en días, el nudo en su pecho se aflojó.

Solo un poco.

Lo suficiente para respirar.

Aguanta, hermanita.

Ya casi.

Golpe suave en la puerta.

—¿Valentina?

No era Karim.

Era Eric.

—Pasa.

Entró con bandeja.

Vino tinto.

Queso que olía a siglos de perfección.

Pan rústico.

—Pensé que tendrías hambre.

El jet lag combinado con crisis familiar es receta para estómago vacío.

—¿Siempre apareces con comida en momentos convenientes?

—Es mi superpoder secreto.

Se sentó en el sillón junto a la ventana.

Sin pedir permiso.

Como si el espacio le perteneciera.

Que técnicamente le pertenecía.

—¿Cómo estás?

—Aterrorizada.

Exhausta.

Confundida.

—Eso suena bastante normal considerando las circunstancias.

—Nada de esto es normal, Eric.

—No.

Pero tú sigues aquí.

Sigues funcionando.

Eso es más de lo que la mayoría lograría.

Le sirvió copa de vino.

—Bebe.

Es de mis viñedos.

Probablemente el único logro real de mi vida.

Valentina tomó la copa.

Bebió.

El vino era diferente a todo lo que había probado.

Complejo.

Con sabor a tierra y fruta y algo que no podía nombrar.

—¿Karim te odia por traerme aquí?

—Karim me odia por existir.

Esto solo le da excusa para justificarlo.

—Eso no es verdad.

—Chérie, tu novio y yo tenemos historia que precede tu existencia en su vida.

Y la mayor parte de esa historia involucra que yo sea exactamente lo que él no puede ser.

—¿Libre?

—Desordenado.

Impredecible.

Incapaz de seguir las reglas que su familia impone.

Pausa.

—Básicamente, todo lo que él desea pero no se permite.

El teléfono de Valentina vibró.

Número desconocido.

Mexicano.

El corazón se detuvo.

—¿Santi?

Eric se tensó.

Valentina miró el mensaje.

“Sé que estás en Francia, mi amor.

Bonito castillo.

¿Crees que las paredes viejas te protegerán de mí?” Foto adjunta.

Imagen satelital.

Del château.

Tomada hace horas.

Santi sabía exactamente dónde estaba.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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