Novia Fugitiva busca venganza - Capítulo 32
- Inicio
- Todas las novelas
- Novia Fugitiva busca venganza
- Capítulo 32 - 32 El Tablero Se Complica
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo
32: El Tablero Se Complica 32: El Tablero Se Complica Valentina corrió al cuarto de Karim sin pensar.
Golpeó la puerta.
Una vez.
Dos.
Él abrió antes de la tercera.
Camisa a medio desabotonar.
Teléfono en mano.
Expresión que pasó de alerta a alarma en fracción de segundo.
—¿Qué pasó?
Le mostró el mensaje.
La foto satelital.
Karim la tomó del brazo.
La jaló adentro.
Cerró la puerta.
—Eric, fuera.
—¿Disculpa?
Eric había seguido a Valentina.
Estaba parado en el umbral con expresión que mezclaba confusión y desafío.
—Esto es mi casa, Karim.
—Y esto es asunto de seguridad.
Fuera.
—Si hay amenaza contra mi propiedad, tengo derecho a— —Tienes derecho a dejarnos trabajar sin interferencias.
La tensión entre ellos crujió como electricidad estática.
Valentina intervino.
—Eric, por favor.
Dame cinco minutos.
Él la miró.
Luego a Karim.
Luego otra vez a ella.
—Cinco minutos.
Estaré en la biblioteca.
Se fue.
Sin cerrar la puerta.
Punto demostrado.
Karim la cerró con más fuerza de la necesaria.
—¿Cuándo llegó?
—Hace tres minutos.
Estaba con Eric cuando…
—Por supuesto que estabas con Eric.
—No empieces.
—No estoy empezando nada.
Estoy señalando que cada vez que bajo la guardia, ese hombre aparece.
—Karim.
Concéntrate.
Santi sabe dónde estoy.
Eso lo devolvió al presente.
Miró la foto.
La analizó con esos ojos que procesaban información como computadora.
—Imagen satelital comercial.
Cualquiera con dinero puede comprar acceso a este nivel de resolución.
—¿Eso significa que no tiene gente aquí?
—Significa que sabe nuestra ubicación pero probablemente no tiene recursos para actuar en suelo francés.
Sus contactos están en México y Costa Rica.
No en Europa.
—¿Probablemente?
—Voy a reforzar seguridad de todas formas.
Mi equipo tiene gente en Marsella que puede llegar en dos horas.
Marcó número.
Conversación rápida en árabe.
Mientras hablaba, Valentina miró por la ventana.
Los viñedos se extendían bajo la luz menguante.
Pacíficos.
Ajenos al caos que ella traía consigo como equipaje maldito.
¿Cuántas veces más voy a poner en peligro a la gente que me rodea?
—Listo.
Karim colgó.
—Doce hombres llegarán antes de medianoche.
Más equipo de vigilancia electrónica.
Nadie entra o sale sin que lo sepamos.
—¿Y Mónica?
—Actualización hace veinte minutos.
Mi equipo está en posición.
Esperando señal.
—¿Cuándo?
—Dos horas.
Máximo tres.
Dos horas.
Ciento veinte minutos.
Siete mil doscientos segundos de terror concentrado.
—¿Puedo hacer algo?
—Puedes quedarte aquí.
Segura.
Lejos de ventanas y definitivamente lejos de Eric.
—Karim…
—No estoy celoso.
Estoy siendo práctico.
Cada vez que estás con él, algo malo pasa.
Es patrón estadístico.
—Es coincidencia.
—Las coincidencias no existen en mi mundo.
Se acercó.
Le tomó el rostro entre las manos.
—Escúchame.
Sé que esto es difícil.
Sé que estás aterrorizada por tu hermana.
Sé que este lugar te hace sentir cosas que mi mundo no puede ofrecerte.
—Karim…
—Pero necesito que confíes en mí.
Solo un poco más.
Déjame traer a Mónica de vuelta.
Déjame neutralizar a Santi.
Y después podemos hablar de todo lo demás.
Sus ojos negros brillaban con algo que raramente mostraba.
Vulnerabilidad.
Miedo de perderla.
No por Santi.
Por ella misma.
—Confío en ti.
—¿De verdad?
—De verdad.
Lo besó.
Breve pero real.
—Ahora ve a coordinar tu operación militar mientras yo finjo que soy una invitada normal en un château francés.
Sonrisa mínima.
—¿Puedes fingir eso?
—Puedo fingir cualquier cosa.
Es lo que hago desde que empezó todo esto.
Salió del cuarto antes de que él pudiera responder.
Eric esperaba en el pasillo.
Como había prometido.
Pero su expresión había cambiado.
Ya no era el aristócrata despreocupado.
Era algo más serio.
—¿Todo bien?
—Define “bien”.
—Punto válido.
Ven.
La guió escaleras abajo.
Hacia parte de la casa que no había visto.
Sótano convertido en bodega de vinos.
Barricas alineadas como soldados dormidos.
Olor a roble y fermentación.
Temperatura perfecta que contrastaba con el calor de afuera.
—Mi refugio —dijo Eric—.
Cuando todo es demasiado, vengo aquí.
El vino no juzga.
Solo envejece.
Se sentó en barrica volteada.
Palmeó espacio junto a él.
Valentina se sentó.
Porque las piernas ya no la sostenían.
—¿Qué tan malo es?
—Santi sabe dónde estoy.
Mi hermana sigue secuestrada.
Y estoy atrapada entre dos hombres que se odian mientras el mundo se cae a pedazos.
—Suena como ópera italiana.
Solo faltan los puñales y el veneno.
A pesar de todo, Valentina rio.
Breve.
Histérica.
—¿Siempre haces chistes en momentos de crisis?
—Es mi mecanismo de defensa.
Mejor que el de Karim, que es controlar todo hasta que el universo colapsa bajo su voluntad.
Pausa.
—O el tuyo, que es correr hasta que no quede a dónde ir.
—No estoy corriendo.
—No.
Ya no.
Y eso es nuevo.
Eric la miró de forma diferente.
Sin el coqueteo habitual.
Con algo parecido a respeto.
—¿Por qué sigues ayudándome?
—preguntó Valentina—.
Ya te rechacé.
Ya elegí a Karim.
Podrías simplemente dejarme a mi suerte.
—Podría.
—¿Entonces por qué no lo haces?
—Porque hay pocas cosas en este mundo que valen la pena, chérie.
El buen vino.
El arte honesto.
Y las personas que se niegan a rendirse aunque todo esté en su contra.
Levantó copa que había servido sin que ella notara.
—Tú eres las tres cosas.
Y yo colecciono cosas valiosas.
Brindaron.
El vino sabía diferente aquí abajo.
Más profundo.
Como si la bodega le añadiera capas de complejidad.
El teléfono de Valentina vibró.
Karim.
“Operación en marcha.
Radio silencio hasta que termine.
No te muevas.” “Entendido.” “Te amo.” Dos palabras que él raramente escribía.
“Yo también.” Guardó el teléfono.
Miró a Eric.
—¿Ahora qué?
—Ahora esperamos.
Y yo te cuento historias sobre cada barrica de esta bodega para distraerte del hecho de que tu novio está dirigiendo operación militar desde mi casa de huéspedes.
—¿Historias de barricas?
—Cada una tiene nombre.
Esa de allá es Marguerite.
Me recuerda a mi abuela.
Terca, compleja, y mejora con los años.
Valentina casi sonrió.
—Estás loco.
—Completamente.
Pero al menos soy entretenido mientras el mundo se quema.
Empezó a hablar.
Sobre vinos.
Sobre su familia.
Sobre el château que heredó de abuelo que lo entendía mejor que sus propios padres.
Y mientras Eric hablaba, Valentina sintió algo extraño.
No era atracción.
No exactamente.
Era gratitud.
Por alguien que podía hacer que el terror fuera soportable.
Aunque fuera solo por unas horas.
Aunque fuera solo con historias sobre barricas con nombre de abuelas muertas.
A las 11:47 PM, el teléfono de Valentina explotó con mensajes.
Karim.
“Extracción exitosa.” “Mónica está a salvo.” “Santi escapó.
Pero tu hermana está viva.” Las lágrimas llegaron antes de que pudiera detenerlas.
—¿Qué pasó?
—Eric se levantó de inmediato.
—La rescataron.
Mónica está viva.
El alivio fue tan violento que casi vomita.
Eric la abrazó.
Sin intención.
Sin agenda.
Solo sostuvo mientras ella lloraba contra su camisa de lino arrugado.
Cuando Karim apareció en la puerta de la bodega cinco minutos después, eso fue exactamente lo que encontró.
Su prometida.
En brazos de Eric.
Llorando.
Y su expresión.
Su expresión fue tormenta contenida que prometía destrucción.
—Suéltala.
Eric obedeció inmediatamente.
Levantó las manos.
—Solo la estaba consolando.
Buenas noticias tienden a— —Fuera.
—Karim, ella estaba— —FUERA.
Eric se fue.
Rápido.
Inteligente.
Karim cruzó la bodega.
Tomó a Valentina de los hombros.
—¿Estás bien?
—Sí.
Solo…
el alivio fue demasiado.
—Lo sé.
—Karim, él no estaba— —Lo sé.
Pero no quiero que otro hombre te sostenga cuando lloras.
Especialmente ese hombre.
Posesivo.
Irracional.
Pero en ese momento, Valentina no tenía energía para pelear.
—¿Mónica está realmente bien?
—Asustada.
Deshidratada.
Algunos moretones.
Pero viva.
La están llevando a hospital para evaluación.
—¿Y Santi?
La expresión de Karim se oscureció.
—Escapó.
Tenía túnel de salida que no detectamos.
Pero dejó pistas.
Lo encontraremos.
—¿Cuándo?
—Pronto.
No era respuesta.
Pero era promesa.
Y por ahora, tenía que bastar.
—Quiero hablar con Mónica.
—Mañana.
Cuando esté estable.
—Karim…
—Mañana.
Ahora necesitas dormir.
Y yo necesito terminar de asegurar este lugar antes de que Santi decida que perdió una batalla pero no la guerra.
Tenía razón.
Lo odiaba por tener razón.
Pero la tenía.
—Llévame a mi cuarto.
La guió escaleras arriba.
Pasaron por la biblioteca donde Eric pretendía leer un libro.
Sus ojos los siguieron.
Pero no dijo nada.
Inteligente otra vez.
En la puerta de su habitación, Karim se detuvo.
—¿Quieres que me quede?
—No.
Tienes trabajo.
Ve.
—Valentina…
—Estoy bien.
De verdad.
Aliviada.
Exhausta.
Pero bien.
Lo besó.
Largo esta vez.
Con todo lo que no podía decir.
—Gracias.
Por traerla de vuelta.
—Haría cualquier cosa por ti.
Deberías saberlo ya.
—Lo sé.
Se metió al cuarto.
Cerró la puerta.
Se dejó caer en la cama.
Y mientras el château crujía a su alrededor con sonidos de siglos, Valentina finalmente permitió que el agotamiento la reclamara.
Mónica estaba viva.
Santi seguía suelto.
Y ella estaba atrapada en château francés entre dos hombres que la querían de formas completamente diferentes.
Normal.
Completamente normal.
Cerró los ojos.
Y durmió.
Por primera vez en días.
Sin pesadillas.
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com