Novia Fugitiva busca venganza - Capítulo 33
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33: Territorios Divididos 33: Territorios Divididos Valentina despertó con olor a café que no era café egipcio.
No tenía las especias oscuras que Karim prefería.
Era café francés.
Suave.
Con mantequilla de alguna forma imposible que solo los franceses lograban.
Abrió los ojos.
Sol de Provenza entrando por ventanas con postigos azules.
Sábanas de lino que olían a lavanda.
Y bandeja sobre la mesa junto a la cama.
Croissant.
Mermelada de higo.
Café con leche en taza de cerámica pintada a mano.
Nota escrita en caligrafía perfecta: “Buenos días.
El desayuno es cortesía de Marie, no mía.
Yo solo traje la bandeja.
Karim está en videollamada con medio Oriente Medio.
Eric está en los viñedos.
Baja cuando estés lista.
—M” Marie.
No Eric.
Algo se relajó en su pecho.
Se duchó rápido.
El baño era antiguo pero funcional.
Bañera con patas de león.
Toallas gruesas que probablemente tenían cien años.
Jabón que olía a romero.
Se vistió con lo poco que había empacado.
Jeans.
Blusa blanca simple.
Tenis.
Nada glamoroso.
Pero sentirse como ella misma valía más que cualquier vestido de diseñador.
Bajó las escaleras que crujían con personalidad.
Voces desde algún lugar.
Karim.
Hablando en árabe con intensidad que hacía vibrar el aire.
Siguió el sonido hasta lo que parecía ser oficina convertida en centro de operaciones.
Tres laptops abiertas.
Mapas en pantallas.
Karim de pie frente a todo eso como general dirigiendo batalla invisible.
La vio pasar por la puerta.
Levantó un dedo.
Un minuto.
Valentina asintió.
No iba a interrumpir cuando estaba trabajando.
Continuó explorando.
La casa era laberinto amable.
Cada habitación revelaba algo nuevo.
Biblioteca con libros en tres idiomas.
Sala de música con piano cubierto de polvo.
Comedor que parecía no haberse usado en décadas.
Y ventanas.
Ventanas por todas partes.
Que dejaban entrar luz dorada y vista de viñedos que se extendían hasta el horizonte.
Salió por puerta lateral.
El calor de Provenza la golpeó.
Diferente al de Egipto.
No era fuego seco del desierto.
Era calor espeso que olía a tomillo salvaje y tierra caliente.
Cigarras cantando canciones que probablemente tenían mil años.
Eric estaba en medio de las vides.
Con camisa blanca arremangada hasta los codos.
Manos en la tierra.
Examinando racimos de uvas con concentración de cirujano.
Completamente diferente al aristócrata pulido de París.
—Buenos días, chérie.
No levantó la vista.
—Buenos días.
¿Qué haces?
—Verificando si este Syrah sobrevivirá la sequía.
No todos tienen la fortaleza para resistir cuando el mundo se calienta.
Se incorporó.
Manos sucias de tierra oscura.
Cara con marca de sudor en la frente.
—¿Dormiste?
—Como tronco.
Primera vez en semanas.
—Provenza tiene ese efecto.
El silencio aquí es diferente.
Limpió sus manos en un trapo que colgaba de su cinturón.
—En París todo grita.
En Egipto todo vigila.
Aquí las cosas simplemente existen.
Valentina caminó entre las hileras.
Las vides estaban perfectamente ordenadas.
Pero no de forma rígida.
Había espacio entre ellas.
Aire.
—¿Cuánto tiempo llevas haciendo esto?
—¿El vino?
Desde que heredé este lugar hace ocho años.
Mi abuelo lo empezó.
Mi padre lo ignoró.
Yo lo rescaté.
Pausa.
—Es lo único que hago bien, realmente.
Todo lo demás es improvisación.
—No creo eso.
—¿No?
Entonces no me conoces bien.
Sonrisa irónica.
—Soy excelente improvisando.
Terrible siguiendo planes.
Por eso Karim y yo somos tan incompatibles.
—No son incompatibles.
Son diferentes.
—Es la misma cosa, chérie.
Siguieron caminando.
Eric explicando cosas sobre las uvas que Valentina no entendía completamente.
Pero su voz era relajante.
Sin urgencia.
Sin agenda oculta.
Solo hombre hablando de algo que amaba.
—¿Por qué vino?
—preguntó después de un rato—.
Podías haber elegido cualquier cosa después del divorcio.
—Porque el vino es honesto.
Si lo tratas mal, te da basura.
Si lo tratas bien, te da algo hermoso.
No hay trucos.
No hay política familiar.
Solo tierra, tiempo y atención.
Pausa.
—Y porque mi abuelo me dijo una vez que un hombre sin raíces es como hoja en el viento.
Bonito de ver pero incapaz de crecer.
Llegaron al final de una hilera.
Donde la propiedad terminaba en un pequeño bosque de robles.
Mesa de madera bajo un árbol.
Con vistas a los viñedos que bajaban hacia el valle.
—Este es mi lugar favorito —dijo Eric—.
Vengo aquí cuando necesito pensar.
O cuando no quiero pensar.
Se sentó.
Palmeó el espacio junto a él.
Valentina se sentó.
El sol filtraba entre las hojas del roble.
Creando patrones de luz y sombra que bailaban con la brisa.
—Gracias —dijo después de un silencio cómodo—.
Por esto.
Por el refugio.
—No me agradezcas todavía.
Karim probablemente me odia más ahora.
—Te odia desde antes.
—Cierto.
Pero ahora tiene mejores razones.
Risas breves.
—Eric, ¿puedo preguntarte algo?
—Siempre.
—¿Por qué sigues ayudándome?
Ya elegí.
Ya te rechacé.
Podrías simplemente dejarme ir.
Eric no respondió inmediatamente.
Miró hacia los viñedos.
—Porque hay pocas cosas en este mundo que valen la pena, chérie.
El buen vino.
El arte honesto.
Y las personas que se niegan a rendirse aunque todo esté en su contra.
Se giró hacia ella.
—Tú eres las tres cosas.
Y yo colecciono cosas valiosas.
—No soy arte, Eric.
—No.
Eres algo mejor.
Eres real.
El teléfono de Valentina vibró.
Karim.
“¿Dónde estás?” “Con Eric.
En los viñedos.” Tres puntos parpadeando.
Luego: “Necesito hablar contigo.
Es sobre Mónica.” El estómago se le contrajo.
—Tengo que ir.
—Lo sé.
Se levantó.
Caminó rápido de regreso a la casa.
El teléfono vibró otra vez.
“Marie te guiará a la oficina.” Como si estuviera rastreando cada movimiento.
Porque probablemente lo estaba.
Marie apareció en la entrada.
—Por aquí, mademoiselle.
La llevó por el laberinto de pasillos.
Hasta la oficina donde Karim seguía rodeado de tecnología.
Pero ahora estaba solo.
Sin llamadas.
Sin videos.
Solo él.
Mirándola con expresión que no podía descifrar.
Marie se retiró.
Cerró la puerta.
—¿Qué pasó con Mónica?
—preguntó inmediatamente.
—Está bien.
Mejor.
Los doctores dicen que puede ser dada de alta mañana.
El alivio fue físico.
—Entonces ¿por qué el mensaje urgente?
—Porque necesito que entiendas algo.
Se acercó.
Demasiado cerca.
Como hacía cuando estaba tratando de controlar algo que sentía que se le escapaba.
—Mónica está segura porque movilicé recursos que la mayoría de la gente no puede.
Satélites.
Equipos tácticos.
Sobornos estratégicos.
—Lo sé.
Y estoy agradecida.
—No quiero tu gratitud.
La voz salió más dura de lo que probablemente pretendía.
—Quiero que entiendas que esto —señaló las pantallas, los mapas— es lo que puedo ofrecerte.
Protección absoluta.
Recursos ilimitados.
Un mundo donde Santi nunca podrá tocarte.
Pausa.
—Eric te ofrece viñedos y conversaciones filosóficas.
Yo te ofrezco supervivencia.
—Karim…
—Y sé que no es romántico.
Sé que no es libertad.
Pero es real.
Y es lo único que sé dar.
Valentina lo miró.
Este hombre que traducía amor en logística.
Que expresaba cariño mediante planes de contingencia.
—No estoy pidiendo romance todo el tiempo.
Lo sabes.
—¿No?
Porque cada vez que estás con él, veo algo en tus ojos.
Algo que yo no puedo darte.
—¿Qué cosa?
—Paz.
La palabra cayó entre ellos como piedra.
—Contigo siempre estoy en guerra.
Contra Santi.
Contra mi padre.
Contra el mundo que quiere destruirte.
Y tú estás cansada de guerras.
—Estoy cansada de huir.
No es lo mismo.
—¿No lo es?
El teléfono de Karim vibró.
Lo ignoró.
Vibró otra vez.
Y otra.
Finalmente lo revisó.
Su expresión cambió.
—Mierda.
—¿Qué?
—Santi publicó video.
En redes.
Hace quince minutos.
Le mostró la pantalla.
Video de Mónica.
En el hospital.
Aparentemente tomado por alguien que se hizo pasar por personal médico.
Y caption: “Gracias por la visita, Valentina.
Tu hermanita está mejor.
Pero Costa Rica es pequeño.
Egipto es lejos.
Provenza es…
interesante.
¿Cuánto tiempo crees que puedes esconderte en viñedos franceses antes de que me aburra de esperar?” Miles de vistas ya.
Cientos de comentarios.
—¿Cómo supo dónde está Mónica exactamente?
—susurró Valentina.
—Alguien en el hospital.
Soborno o amenaza.
Estoy rastreando.
Karim ya estaba marcando números.
Órdenes rápidas en árabe.
—Movemos a Mónica.
Ahora.
A ubicación que solo tres personas conocerán.
—¿Y yo?
—Tú te quedas aquí.
Donde puedo protegerte.
—Karim, no puedes encerrarme cada vez que Santi respira.
—No es encierro.
Es protocolo.
—Es lo mismo.
—No lo es.
La tensión escaló.
Como cuerda tirándose desde ambos extremos.
—Valentina, entiende.
Cada segundo que estás expuesta, estás en peligro.
Santi ya demostró que tiene ojos en lugares que no anticipamos.
—¿Y qué sugieres?
¿Vivir en búnker hasta que envejezca?
—Sugiero que confíes en mí.
—Confío en ti.
Pero no confío en vivir como prisionera disfrazada de novia protegida.
Karim respiró profundo.
Controlando algo que claramente quería explotar.
—No estamos teniendo esta conversación ahora.
Tengo que asegurar a tu hermana.
—Siempre tienes que asegurar algo.
—Porque alguien tiene que hacerlo.
Salió de la oficina.
Dejándola sola con las pantallas parpadeantes.
Y el video de Santi repitiéndose en loop.
Valentina cerró los ojos.
O sea, güey, ¿cuándo dejó de sentirse como protección y empezó a sentirse como jaula?
No tenía respuesta.
Solo sabía que necesitaba aire.
Salió.
Regresó a los viñedos.
Eric seguía allí.
Ahora sentado bajo el roble.
Con copa de vino.
Como si supiera que regresaría.
—¿Todo bien?
—No.
—¿Quieres hablar de ello?
—No.
—¿Quieres vino mediocre y silencio cómplice?
A pesar de todo, sonrió.
—Sí.
Él le sirvió copa.
Se sentaron.
Sin hablar.
Solo el sonido de las cigarras.
Y el viento moviendo las vides.
Y por primera vez en días, Valentina entendió lo que Eric había dicho.
Aquí las cosas simplemente existían.
Sin pedir permiso.
Sin justificarse.
Sin convertirse en operación militar.
Solo…
eran.
Y eso, por ahora, era suficiente.
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