Novia Fugitiva busca venganza - Capítulo 35
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- Capítulo 35 - 35 El Encierro
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35: El Encierro 35: El Encierro Valentina despertó con dolor de cabeza que venía de llorar dormida.
Los ojos hinchados.
La almohada húmeda.
Y certeza de que algo se había roto anoche.
No entre ella y Karim.
Dentro de ella.
Se duchó largo.
Dejando que agua caliente lavara residuos de la noche.
No funcionó.
Bajó cuando el sol ya estaba alto.
Marie estaba en la cocina.
—Buenos días, mademoiselle.
¿Café?
—Por favor.
—Monsieur Karim salió temprano.
Dijo que regresa mañana.
El estómago se contrajo.
—¿Mañana?
¿A dónde fue?
—París.
Algo urgente con abogados.
Claro.
Porque Karim resolvía conflictos emocionales con distancia física y trabajo obsesivo.
—¿Y Eric?
—En la bodega principal.
Recibió entrega de barricas nuevas.
Estará ahí todo el día.
Valentina tomó el café.
Fuerte.
Amargo.
Perfecto.
Pasó la mañana caminando sin rumbo por la propiedad.
Intentando ordenar pensamientos que se negaban a cooperar.
¿Amo a Karim o amo la seguridad?
¿La oferta de Eric es real o escapismo disfrazado de oportunidad?
¿Puedo construir algo mío o siempre necesitaré que alguien me rescate?
Las preguntas se multiplicaban.
Las respuestas no llegaban.
A media tarde, el cielo cambió.
Nubes oscuras apareciendo de la nada.
Viento que olía a tormenta.
Corrió hacia la casa justo cuando las primeras gotas cayeron.
Pero no fue lluvia normal de Provenza.
Fue diluvio.
Como si el cielo hubiera guardado agua por meses y decidió soltarla toda de golpe.
Marie apareció en la entrada.
—Mademoiselle, Monsieur Eric llamó.
Está atrapado en la bodega principal.
La tormenta inundó el camino.
No puede regresar.
—¿Está bien?
—Oui.
Pero necesita que alguien le lleve provisiones.
Comida.
Agua.
Podría estar allí toda la noche si el agua no baja.
Pausa.
—Normalmente yo iría pero mi rodilla…
el clima la empeora.
Valentina miró por la ventana.
Lluvia horizontal.
Relámpagos iluminando viñedos convertidos en ríos.
—¿Dónde está la bodega principal?
—Diez minutos caminando.
Pero con esta tormenta…
—Iré.
—Mademoiselle, es peligroso.
—Más peligroso dejarlo sin comida toda la noche.
Marie preparó bolsa.
Pan.
Queso.
Vino.
Agua.
Linterna.
Impermeable que probablemente tenía cincuenta años.
—Siga el camino de piedra.
No se desvíe.
El barro puede tragarla.
Salió.
La tormenta la golpeó como pared sólida.
Agua fría.
Viento que empujaba.
Pero siguió el camino.
Piedras que generaciones habían colocado.
Diez minutos se convirtieron en veinte.
Resbalándose.
Cayendo una vez.
Las manos raspadas.
Pero finalmente vio la estructura.
Bodega antigua.
Piedra gruesa.
Techo de tejas rojas.
Puerta de madera maciza.
Tocó.
Golpeó.
—¡Eric!
La puerta se abrió.
Él estaba ahí.
Empapado también.
Camisa pegada al cuerpo.
Cabello goteando.
Ojos enormes de sorpresa.
—¿Valentina?
¿Qué haces aquí?
—Marie dijo que necesitabas provisiones.
—¡Por Dios!
No tenías que venir con esta tormenta.
La jaló adentro.
Cerró la puerta contra el viento.
El interior era diferente a la bodega-refugio del château.
Esta era operativa.
Industrial.
Barricas apiladas hasta el techo.
Tanques de acero inoxidable.
Maquinaria que Valentina no identificaba.
Y frío.
Temperatura controlada para el vino.
Pero sin calefacción para humanos.
—Estás temblando —dijo Eric.
—Estoy bien.
—Mentirosa terrible.
La guió hacia rincón donde había instalado pequeño espacio de trabajo.
Mesa.
Sillas.
Estufa portátil de gas.
—Quítate el impermeable.
Te voy a buscar algo seco.
Desapareció entre las barricas.
Regresó con overol de trabajo y sudadera.
—No es elegante pero es seco.
Se giró.
Dándole privacidad.
Valentina se cambió rápido.
La ropa olía a él.
Higo.
Tierra.
Vino.
—Ya.
Eric se giró.
Encendió la estufa.
Puso tetera encima.
—Té.
Porque el vino con hipotermia es mala idea.
—¿Hablas por experiencia?
—Mi primer invierno aquí intenté calentar la bodega con mi cuerpo y tres botellas de Merlot.
No funcionó.
A pesar de todo, Valentina sonrió.
Se sentaron.
Esperando que el agua hirviera.
El sonido de la lluvia era ensordecedor.
Tambores líquidos sobre techo de tejas.
—¿Cuánto tiempo crees que dure?
—preguntó.
—La tormenta o la incomodidad de estar atrapados juntos?
—La tormenta.
—Horas.
El Meteo dijo que cruzaría rápido pero se equivocaron.
Pausa.
—Lo otro podría durar más.
El té estuvo listo.
Eric sirvió dos tazas.
Menta.
Caliente.
Perfecto.
—Sobre anoche —empezó Valentina.
—No tienes que explicar nada.
—Sí tengo.
Porque tu oferta fue…
es…
generosa.
Y no quiero que pienses que no la valoro.
—Pero la rechazas.
—No la rechazo.
La estoy procesando.
Eric tomó sorbo largo de su té.
—Valentina, puedo leer entre líneas.
Amas a Karim.
Aunque sea complicado.
Aunque sea sofocante.
Lo amas.
—Lo sé.
—Entonces ¿por qué consideras mi oferta?
—Porque no sé si amo al hombre o amo no estar muerta.
La honestidad cayó entre ellos.
Pesada.
Real.
—Y esa es pregunta que solo tú puedes responder —dijo Eric—.
Pero no la responderás escondiéndote en viñedos franceses conmigo.
—¿Entonces para qué ofreciste?
—Porque necesitabas saber que hay opciones.
Que el mundo de Karim no es el único mundo.
Se levantó.
Caminó hacia una de las barricas.
Golpeó suavemente.
—¿Sabes cuánto tiempo toma hacer buen vino?
—No.
—Años.
Paciencia.
Y capacidad de dejar que las cosas se transformen a su propio ritmo.
Se giró.
—Tú no eres vino, chérie.
No necesitas envejecer en barrica.
Necesitas decidir quién eres ahora.
Con toda la información.
—Haces que suene fácil.
—No es fácil.
Es necesario.
Un trueno explotó.
Tan cerca que la bodega vibró.
Las luces parpadearon.
Se apagaron.
Oscuridad total.
—Mierda —murmuró Eric.
—¿Qué pasó?
—Generador.
La tormenta debe haber dañado algo.
Sonido de él moviéndose.
Rebuscando.
Linterna encendiéndose.
Iluminando su rostro desde abajo.
Como escena de película de terror.
—Tengo velas.
Y la estufa de gas funciona independiente.
Encendió tres velas gruesas.
Las colocó alrededor del pequeño espacio.
La luz era cálida.
Íntima.
Completamente inapropiada para la situación.
—¿Deberíamos intentar volver?
—preguntó Valentina.
—Con oscuridad y tormenta así, es suicidio.
El camino está inundado.
Un paso en falso y terminas en zanja.
—Entonces estamos atrapados.
—Hasta que amanezca.
O hasta que la tormenta pare.
Pausa.
—Lo siento.
Sé que esto es…
incómodo.
—No es incómodo.
Es…
No terminó la frase.
Porque no sabía qué era.
Solo sabía que estar aquí.
En bodega antigua.
Con velas.
Y hombre que la miraba como si fuera arte en lugar de problema.
Era peligroso.
De forma completamente diferente a la peligrosidad de Santi.
Se sentaron otra vez.
El frío se intensificaba.
A pesar de la estufa pequeña.
—Ven —dijo Eric después de un rato.
Se levantó.
Trajo frazada que olía a moho y tiempo.
La extendió en el suelo junto a la estufa.
—Vamos a necesitar compartir calor si queremos sobrevivir la noche sin hipotermia.
—Eric…
—No es invitación romántica.
Es física básica.
Dos cuerpos retienen calor mejor que uno.
Tenía razón.
Y Valentina ya temblaba.
Se sentó en la frazada.
Eric se sentó junto a ella.
Espalda contra barrica.
Hombros tocándose.
—¿Mejor?
—Un poco.
Pasaron minutos.
La tormenta no cedía.
—¿Eric?
—¿Sí?
—¿Alguna vez te arrepentiste?
Del divorcio.
De dejar tu matrimonio arreglado.
—Todos los días el primer año.
—¿Y después?
—Después entendí que arrepentirse de libertad es insulto a todos los que nunca la tuvieron.
Pausa.
—¿Por qué preguntas?
—Porque tengo miedo de arrepentirme.
De cualquier decisión que tome.
Con Karim.
Sin Karim.
Aquí.
Allá.
—El arrepentimiento es inevitable, chérie.
La clave es elegir de qué quieres arrepentirte.
—Eso no tiene sentido.
—Claro que sí.
Puedes arrepentirte de haber tomado riesgo.
O puedes arrepentirte de nunca haberlo tomado.
Uno te deja historias.
El otro solo preguntas.
Valentina recostó la cabeza contra su hombro.
No porque fuera romántico.
Porque estaba exhausta.
Y él era cálido.
Y por una noche, solo una, quería no pensar.
Eric no se movió.
Solo puso su brazo alrededor de ella.
Platónico.
Fraternal casi.
—Duerme.
Yo vigilo.
—¿Vigilas qué?
—Que la bodega no colapse.
Que no te congeles.
Que Karim no aparezca mágicamente y me mate.
Pequeña risa.
—No va a aparecer.
Está en París.
—Con tu suerte, encontrará forma.
Cerró los ojos.
El sonido de la lluvia.
El calor de la estufa.
La respiración constante de Eric.
Y por primera vez en días, durmió sin pesadillas.
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