Leer Novelas
  • Completado
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
Avanzado
Iniciar sesión Registrarse
  • Completado
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
  • Configuración de usuario
Iniciar sesión Registrarse
Anterior
Siguiente

Novia Fugitiva busca venganza - Capítulo 37

  1. Inicio
  2. Todas las novelas
  3. Novia Fugitiva busca venganza
  4. Capítulo 37 - Capítulo 37: La Noche Más Larga
Anterior
Siguiente
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo

Capítulo 37: La Noche Más Larga

Valentina subió a su habitación cuando el sol comenzaba a bajar.

Veinticuatro horas.

Mil cuatrocientos cuarenta minutos para decidir el resto de su vida.

No pressure.

Se dejó caer en la cama que olía a lavanda antigua.

Las vigas del techo habían estado ahí doscientos años.

Inmutables. Firmes. Sin crisis existenciales sobre hombres complicados.

O sea, güey, ¿por qué no puedo ser viga de madera?

El teléfono vibró.

Mónica.

Finalmente.

—¿Hermanita?

La voz sonaba cansada pero viva. Gloriosamente viva.

—Mónica. Dios, qué bueno escucharte.

—Estoy bien. Asustada. Pero bien. Los guardias de Karim son… intensos.

—Lo sé. Pero te mantienen segura.

—Valentina, ¿qué está pasando? Mamá dice que todo está bien pero yo sé que miente. ¿Dónde estás tú?

Decisión instantánea. Mentir o no mentir.

—Francia. Escondida en casa de un amigo mientras Karim caza a Santi.

—¿Y vas a quedarte ahí? ¿Con Karim?

La pregunta del millón.

—No lo sé todavía.

—¿Hay alguien más?

Su hermana siempre había sido perceptiva.

—Hay… opciones.

—Valentina García, te conozco. Cuando hay opciones tú huyes. No eliges.

El golpe directo.

—Esta vez no puedo huir. Ya no hay a dónde.

—Entonces elige lo que te haga feliz. No lo que te haga sentir segura.

—¿Y si no sé cuál es cuál?

—Entonces pregúntate: ¿con quién quieres estar cuando ya no tengas miedo?

La línea cortó la respiración.

—Te amo, hermanita. Cuídate.

—Yo también. Y Mónica… lo siento. Por todo.

—No te disculpes. Solo vive. Por las dos.

Colgó.

Valentina se quedó mirando el teléfono.

¿Con quién quieres estar cuando ya no tengas miedo?

No con Eric. Por hermoso que fuera el escape. Por tentadora que fuera la libertad.

Eric era pausa. No destino.

Pero ¿Karim? ¿Karim era destino o era adicción a ser salvada?

Golpe en la puerta.

—¿Valentina?

Marie.

—Pase.

La mujer mayor entró con bandeja. Sopa. Pan. Vino.

—Monsieur Karim pidió que le trajera esto. Dice que probablemente no bajará a cenar.

—Gracias, Marie.

La mujer se quedó parada. Como si quisiera decir algo más.

—¿Sí?

—No es mi lugar, mademoiselle. Pero he trabajado para esta familia treinta años. He visto muchos amores.

Pausa.

—Monsieur Eric es buen hombre. Gentil. Pero no es hombre para quedarse. Es hombre para pasar.

—¿Y Karim?

—Monsieur Karim es hombre que ama una vez. Completamente. Peligrosamente. Si usted es esa una vez… tendrá todo de él. Bueno y malo.

—¿Y si no quiero todo? ¿Si solo quiero partes?

—Entonces no es hombre para usted.

Dejó la bandeja. Salió silenciosa como había llegado.

Valentina comió sin saborear. La sopa estaba perfecta. El pan crujiente. El vino complejo.

Pero todo sabía a decisiones.

A las 11 PM, se rindió con el sueño.

Se levantó. Salió al pasillo.

La casa crujía con personalidad nocturna.

Caminó sin rumbo. Terminó frente a la puerta de Karim.

Luz visible bajo el marco. Seguía despierto.

Levantó la mano para tocar. Se detuvo.

¿Qué le vas a decir? ¿”Perdón por la indecisión, toma mi vida”?

Bajó la mano. Continuó caminando.

Escaleras abajo. Hacia la cocina oscura.

Buscó agua. Encontró vino en su lugar.

Porque era Francia y el agua era opcional.

—No puedes dormir tampoco.

Eric.

Sentado en la mesa de la cocina. Con copa que claramente no era la primera.

—No.

—Únete al club de insomnes existenciales.

Se sentó frente a él.

Eric le sirvió copa sin preguntar.

—¿Ya decidiste?

—Creo que sí.

—¿Puedo adivinar?

—Puedes intentar.

—Vas a quedarte con él. Porque a pesar de todo, lo amas. Y porque la idea de construir algo sin red de seguridad te aterroriza más de lo que admitirás.

La precisión dolió.

—No es solo miedo.

—No dije que lo fuera. Dije que es factor.

Tomó sorbo largo.

—Y está bien, chérie. El miedo es razón válida. Todos elegimos basados en él. Solo algunos lo admitimos.

—¿Tú por qué me ofreciste Provenza? ¿Realmente era altruismo?

Eric rio. Amargo.

—No. Era egoísmo disfrazado de generosidad. Quería que te quedaras porque me haces sentir menos solo en este mausoleo de recuerdos familiares.

Pausa.

—Pero también quería que tuvieras opción. Porque nadie me dio opciones cuando me casaron a los veintitrés. Y desperdicié diez años descubriendo que las paredes doradas siguen siendo paredes.

—Karim no es pared.

—No. Es fortaleza. Con todas las protecciones y todas las limitaciones que eso implica.

Brindaron en silencio. Por futuros no elegidos.

—Seremos amigos, ¿verdad? —preguntó Valentina.

—Los mejores. Te visitaré en tu palacio egipcio. Traeré vino malo. Karim me odiará. Será perfecto.

A pesar de todo, sonrió.

—Suena bien.

—¿Cuándo se lo dirás?

—Mañana. En la mañana. Cuando pueda verlo a los ojos.

—Cobarde. Deberías ir ahora. Terminar con su agonía.

—Su agonía puede esperar ocho horas más.

—Cruel. Me gusta.

Se levantó. Rodeó la mesa. La besó en la frente.

Como había hecho antes. Fraternal. Final.

—Buenas noches, Valentina. Y para lo que vale… creo que estás haciendo la elección correcta. Para ti.

—¿No para ti?

—Para ti. Que es lo único que importa.

Subió las escaleras hacia su ala del château.

Valentina se quedó sola con el vino.

Y la certeza.

Amaba a Karim.

De forma complicada. Obsesiva. Probablemente disfuncional.

Pero real.

Y si iba a estar con él, necesitaba ser en sus propios términos.

No como proyecto. No como responsabilidad.

Como igual.

Subió a su habitación. Se metió en la cama.

El teléfono vibró.

Mensaje de Karim.

“Sé que estás despierta. Veo la luz de tu cuarto desde mi ventana.”

Miró hacia la ventana. Efectivamente, su luz estaba encendida.

Respondió.

“No puedo dormir.”

“Yo tampoco.”

“¿Sigues enojado?”

Tres puntos parpadeando. Largo.

“No estoy enojado. Estoy aterrado.”

La honestidad la desarmó.

“¿De qué?”

“De perderte. De que elijas la libertad sobre mí. De que descubras que puedes vivir sin mi protección y decidas que prefieres eso.”

Las lágrimas llegaron sin permiso.

“Karim…”

“No respondas ahora. Duerme. Mañana hablamos. Solo quería que supieras que si eliges irte, lo entenderé. No feliz. Pero lo entenderé.”

“¿Y si te elijo a ti?”

Los tres puntos aparecieron. Desaparecieron. Volvieron.

“Entonces pasaré el resto de mi vida asegurándome de que no te arrepientas.”

Valentina apagó la luz. Cerró los ojos.

Y por primera vez en días, durmió profundo.

Porque la decisión ya estaba tomada.

Solo faltaba decirla en voz alta.

Valentina despertó con el sol de Provenza entrando por la ventana.

Sin alarma. Sin pesadillas.

Solo luz dorada y certeza.

Se duchó. Se vistió con lo mejor que tenía en su maleta improvisada.

Jeans limpios. Blusa blanca. El collar de diamantes de la abuela de Karim que nunca se había quitado.

Bajó a las 9 AM.

Marie estaba en la cocina preparando café.

—Buenos días, mademoiselle. ¿Dormiste bien?

—Sorprendentemente, sí.

—Monsieur Karim está en la terraza. Monsieur Eric salió temprano a Marsella. Dijo que regresa esta noche.

Claro. Eric se había dado espacio deliberadamente.

Caballero hasta el final.

Tomó taza de café. Respiró profundo.

Salió a la terraza.

Karim estaba de pie. Mirando los viñedos.

Traje gris oscuro a pesar del calor. Como armadura.

Se giró cuando la escuchó. Sus ojos la recorrieron. Buscando respuestas antes de que ella hablara.

—Buenos días, habibti.

—Buenos días.

Silencio.

Ninguno sabía cómo empezar.

Valentina dejó la taza. Se acercó. Se paró frente a él.

—Tomé mi decisión.

Los hombros de Karim se tensaron. Preparándose para impacto.

—Escucho.

—Te elijo a ti.

Algo brilló en sus ojos. Alivio. Triunfo. Miedo de que fuera broma.

—¿De verdad?

—De verdad. Pero con condiciones.

Ahí estaba. La tensión regresando.

—¿Qué condiciones?

—No puedes seguir tratándome como proyecto. O responsabilidad. O activo que proteger.

—Valentina…

—Déjame terminar. Por favor.

Él cerró la boca. Asintió.

—Te amo. Completamente. De forma que probablemente no es sana pero es real.

Pausa.

—Pero si voy a estar contigo, necesito ser tu pareja. No tu salvada. No tu prometida de conveniencia que se convirtió en algo más.

—Nunca fuiste solo conveniencia.

—Lo sé. Pero así empezó. Y necesito que terminemos esa versión. Y empecemos nueva.

—¿Qué propones?

—Propongo que rompamos el contrato original. Formalmente.

Karim parpadeó.

—¿Qué?

—El contrato de matrimonio falso. El que firmamos en Cancún. Quiero romperlo.

—¿Por qué?

—Porque si me caso contigo, quiero que sea porque ambos lo elegimos. No porque un papel firmado bajo presión dice que debemos.

La mandíbula de Karim se aflojó ligeramente.

—¿Estás… estás diciendo que quieres casarte conmigo?

—Estoy diciendo que quiero construir algo real contigo. Y parte de eso es demoler lo falso primero.

Karim dio paso hacia ella. Luego otro.

Hasta quedar tan cerca que ella podía ver cada detalle de su rostro.

—¿Y después de romper el contrato?

—Después empezamos de cero. Tú me cortejas. Yo te doy chance. Nos conocemos como personas. No como salvador y salvada.

—Eso podría tomar meses.

—Probablemente.

—Y mientras tanto, ¿qué somos?

—Somos Valentina y Karim. Aprendiendo a estar juntos sin drama externo forzándonos.

Una sonrisa pequeña apareció en su rostro.

—Excepto que Santi sigue vivo. Y tu padre dejó trampa legal. Y hay documentos que pueden destruir un cártel.

—Okay, con algo de drama externo. Pero no como excusa para evadir conversaciones difíciles.

Karim le tomó el rostro entre las manos.

—¿Conversaciones difíciles como cuál?

—Como por qué necesitas controlar todo. O por qué yo corro cuando las cosas se ponen serias. O cómo vamos a manejar que tu familia es egipcia tradicional y yo soy mexicana caótica.

—Esas son conversaciones muy difíciles.

—Lo sé. Pero las necesitamos.

—¿Y si descubrimos que no somos compatibles sin el drama?

—Entonces al menos lo intentamos honestamente.

Karim la besó. Profundo. Desesperado. Como si fuera última vez y primera vez simultáneamente.

Cuando se separaron, ambos respiraban irregular.

—Está bien. Rompemos el contrato. Empezamos de nuevo.

Pausa.

—Pero sigo protegiéndote de Santi. Eso no es negociable.

—Acepto eso. Protección razonable. No encierro en torre de marfil.

—Defino “razonable” de forma diferente a ti.

—Lo sé. Por eso necesitamos las conversaciones difíciles.

Sonrió. Genuinamente.

—Eres la mujer más complicada que he conocido.

—Y tú eres el hombre más controlador que he conocido.

—Pareja perfecta entonces.

—Desastre perfecto, más bien.

Se sentaron en la terraza. Con café que Marie discretamente había rellenado sin que notaran.

—¿Cuándo le decimos a Eric? —preguntó Karim.

—Ya lo sabe. Se fue esta mañana para darnos espacio.

—Es mejor hombre de lo que quiero admitir.

—Lo es. Y será nuestro amigo. Si puedes manejarlo.

—Puedo manejar cualquier cosa si significa tenerte.

El teléfono de Karim vibró. Múltiples veces.

Lo revisó. La expresión cambió.

—¿Qué pasó?

—Mis abogados. Terminaron de procesar los documentos que Isabelle te dio.

—¿Y?

—Y tenemos caso sólido contra Santi. Suficiente para que Interpol emita orden de captura internacional.

El corazón se aceleró.

—¿Cuándo?

—Podemos activarlo en veinticuatro horas. Pero necesito tu autorización. Tú eres la que tiene los documentos originales. Tú decides cuándo los usamos.

Poder. Real. Tangible.

—Quiero esperar.

—¿Por qué?

—Porque si lo arrestamos ahora, se convierte en mártir. Sus contactos pueden seguir operando. Quiero destruir todo su imperio. No solo a él.

Karim la miró con algo nuevo en los ojos.

Respeto. Admiración.

—¿Qué propones?

—Propongo que usemos los documentos como carnada. Hacemos que Santi piense que puede recuperarlos. Lo atraemos a territorio donde no tiene poder.

—Eso es peligroso.

—Lo sé. Pero estoy cansada de correr. Quiero terminarlo. En mis términos.

—Nuestros términos. Si hacemos esto, lo hacemos juntos.

—Nuestros términos.

Brindaron con café. Como sellando pacto.

El teléfono de Valentina vibró.

Número desconocido. Mexicano.

El estómago se contrajo.

Abrió el mensaje.

“Valentina. Sé que tienes los papeles de tu papá. Y sé que crees que te dan poder. Pero olvidas algo importante: yo también tengo papeles. Sobre ti. Sobre lo que hiciste cuando estabas conmigo. ¿Quieres jugar a quién se hunde primero? Porque yo siempre gano. —S”

Foto adjunta.

Documento con su firma.

Autorizando transferencia bancaria.

De cuenta que ella nunca supo que existía.

Por cantidad que nunca vio.

A destinatario vinculado con lavado de dinero.

Su firma. Su nombre. Su responsabilidad legal.

—Mierda.

Le mostró a Karim.

Él lo leyó. La mandíbula se tensó.

—Falsificó tu firma.

—¿Cómo lo sabes?

—Porque conozco tu firma real. Esta tiene micro-variaciones. Es falsificación experta pero detectable.

—Pero ¿es suficiente para defenderme legalmente?

—Con los peritos correctos, sí. Pero tomará tiempo. Y mientras tanto, puede filtrar esto a autoridades mexicanas.

—Haciéndome parecer cómplice.

—Exactamente.

Valentina se levantó. Caminó hacia el borde de la terraza.

Los viñedos se extendían pacíficos. Ajenos al caos humano.

—Entonces Santi tiene munición también. No solo yo.

—Aparentemente.

Se giró hacia Karim.

—¿Qué hacemos?

—Lo que propusiste. Pero más rápido. Y más agresivo.

Se levantó. Sacó su teléfono.

—Voy a llamar a mis abogados. A mis investigadores forenses. Y a contactos en Interpol.

—¿Y yo?

—Tú vas a escribir todo lo que recuerdas sobre cada documento que firmaste con Santi. Fechas. Lugares. Testigos.

—Hay cientos.

—Entonces empieza ahora.

Algo cambió en su postura. Ya no era novio preocupado.

Era general movilizando tropas.

—Valentina, esto dejó de ser huida. Ahora es guerra. ¿Estás lista?

Pensó en Mónica secuestrada. En su padre traicionándola desde su lecho de muerte. En años corriendo.

—Estoy lista. Pero con una condición más.

—¿Cuál?

—Cuando atrapemos a Santi, yo estoy ahí. Mirándolo a los ojos cuando se dé cuenta de que perdió.

Karim sonrió.

Depredador puro.

—Trato.

Se besaron. Sellando más que amor.

Sellando alianza.

Y mientras el sol de Provenza brillaba indiferente, dos personas decidieron dejar de correr.

Y empezar a cazar.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

Anterior
Siguiente
  • Inicio
  • Acerca de
  • Contacto
  • Política de privacidad

© 2025 LeerNovelas. Todos los derechos reservados

Iniciar sesión

¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

Registrarse

Regístrate en este sitio.

Iniciar sesión | ¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

¿Perdiste tu contraseña?

Por favor, introduce tu nombre de usuario o dirección de correo electrónico. Recibirás un enlace para crear una nueva contraseña por correo electrónico.

← Volver aLeer Novelas

Reportar capítulo