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Novia Fugitiva busca venganza - Capítulo 39

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  4. Capítulo 39 - Capítulo 39: El Precio de la Libertad
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Capítulo 39: El Precio de la Libertad

Marie apareció en la terraza con bandeja de almuerzo que nadie había pedido.

Pan recién horneado. Queso local. Aceitunas que brillaban como joyas negras.

—Monsieur Eric llamó. Regresa en dos horas.

Dejó la comida. Desapareció silenciosa como fantasma benévolo.

Valentina miró a Karim.

Él ya estaba en su teléfono. Coordinando algo en árabe con velocidad de subastador.

Cuando colgó, la expresión era la de siempre: control absoluto disfrazado de calma.

—Mis abogados forenses pueden tener análisis preliminar de la firma falsificada en veinticuatro horas. Pero necesitan el documento original.

—Santi solo envió foto.

—Lo sé. Por eso necesitamos que envíe el original.

Pausa.

—O al menos que lo use oficialmente. Si lo presenta ante autoridades mexicanas, podemos interceptarlo y demostrar la falsificación.

Valentina tomó aceituna. La masticó lento.

Pensando.

—¿Y si en lugar de esperar a que él mueva, nosotros movemos primero?

—¿Qué propones?

—Que yo me presente voluntariamente ante las autoridades. Con todos los documentos de mi padre. Ofreciendo cooperación completa.

Karim la miró como si hubiera sugerido saltar de avión sin paracaídas.

—Eso es…

—¿Loco? Probablemente. ¿Arriesgado? Definitivamente. ¿Efectivo? Absolutamente.

Se levantó. Caminó hacia el borde de la terraza.

Los viñedos se extendían pacíficos bajo sol de mediodía.

—Si yo me adelanto, Santi pierde su munición. Ya no puede amenazarme con “revelar” algo que yo misma revelé. Y los documentos de mi padre prueban que él falsificó todo.

—Excepto que pasarás meses bajo investigación. Interrogatorios. Posible arresto preventivo.

—Tengo mejores abogados que él.

—Mis abogados. No tuyos.

Se giró.

—¿Cuál es la diferencia?

—La diferencia es que si usas mis recursos, sigues dependiendo de mí. Y acabas de decir que querías ser igual. No salvada.

El golpe directo.

Valentina regresó a la mesa. Se sentó. Agarró pan con manos que temblaban ligeramente.

—Tienes razón.

—No quería tener razón. Quería…

—¿Protegerme? Lo sé. Pero necesito hacer esto. A mi manera. Con mi dinero.

Pausa.

—Que no tengo. Porque todo lo que tengo me lo diste tú.

El silencio cayó entre ellos.

Pesado. Incómodo. Real.

Karim tomó sorbo de agua. Dejó el vaso con cuidado deliberado.

—Las propiedades de tu padre. Si recuperamos la herencia limpiamente, son tuyas. Casi dos millones de euros.

—Si las recuperamos. Mientras tanto, soy indigente con ropa de diseñador prestada.

—No prestada. Regalada.

—Es lo mismo cuando no puedo devolverla.

Karim se reclinó. Estudió el techo de la terraza como si contuviera respuestas.

—¿Qué quieres realmente, Valentina?

—Quiero pagar mis propios abogados. Alquilar mi propio departamento. Comprar mi propio café sin revisar cuánto cuesta.

Respiró profundo.

—Quiero elegirte porque te amo. No porque me salvaste la vida treinta veces.

—Entiendo.

—¿De verdad?

—No. Pero lo acepto.

Se levantó. Guardó el teléfono.

—Voy a hacer llamadas. Tengo contactos que pueden prestarte dinero. A ti. No a mí. Con términos comerciales normales.

—Karim…

—No es caridad. Es solución a problema que tú misma identificaste.

Desapareció adentro.

Dejándola sola con pan que ya no quería y vino que de repente parecía demasiado caro para su estatus económico real.

O sea, güey, ¿cómo planeas ser igual cuando literalmente todo lo que tienes es porque él existe?

El teléfono vibró.

Mensaje de Eric.

“Llegando en 30 minutos. ¿Café en la bodega o drama en la casa? Tú eliges. —E”

Sonrió a pesar de todo.

“Café. Necesito conversación sin testigos.”

“Tu francés favorito al rescate emocional. Siempre.”

Bajó por el camino de piedra hacia la bodega principal.

La que había compartido con Eric durante la tormenta.

El sol calentaba diferente ahora. No había urgencia de tormenta. Solo calor constante de Provenza que hacía brillar todo.

Eric llegó veinte minutos después.

En su Citroën que sonaba a Francia de los años 60.

Bajó con bolsa de papel.

—Croissants de la mejor panadería de Marsella. Porque las conversaciones difíciles necesitan carbohidratos.

Entraron a la bodega.

Más fresca que afuera. Olor a madera y fermentación.

Se sentaron en las mismas sillas donde habían esperado que pasara la tormenta.

—Entonces —dijo Eric rompiendo croissant—. Lo elegiste a él.

—Lo elegí a él.

—Y estoy feliz por ti. De verdad.

—Pero.

—Pero también estoy triste por mí. De forma egoísta y completamente injustificada.

Tomó bocado. Masticó pensativo.

—Porque la verdad, chérie, es que yo también te amo. No de la forma obsesiva de Karim. Pero real.

Valentina no esperaba eso.

—Eric…

—No. Déjame terminar. Porque necesito decirlo una vez. Claramente. Para poder superarlo.

Dejó el croissant.

—Te amo de la forma que amas obra de arte que nunca podrás poseer. Admiras. Respetas. Visitas cuando puedes. Pero sabes que no es tuya. Ni debe serlo.

Pausa.

—Y está bien. Porque algunas personas no están hechas para ser poseídas. Están hechas para ser apreciadas desde distancia segura.

Las lágrimas llegaron sin permiso.

—No eres distancia segura para mí. Eres amigo real.

—Lo sé. Y es suficiente.

Se levantó. Rodeó la mesa. La abrazó.

Sin agenda. Sin expectativa.

Solo hombre diciendo adiós a posibilidad que nunca fue real.

Cuando se separaron, ambos tenían ojos húmedos.

—¿Seguiremos siendo amigos? —preguntó Valentina.

—Los mejores. Te visitaré en tu palacio egipcio. Traeré vino. Karim me odiará. Será perfecto.

—Suena como plan.

—Pero dame tiempo. Unas semanas. Para procesar que la mujer más interesante que he conocido eligió al hombre más controlador del hemisferio este.

Risas. Quebradas pero reales.

—¿Eric?

—¿Sí?

—Gracias. Por la opción. Por mostrarme que había otras vidas posibles.

—De nada, chérie. Ahora ve. Tu faraón probablemente está rastreando tu ubicación GPS y planificando mi muerte.

No estaba equivocado.

Cuando Valentina regresó al château, Karim esperaba en la terraza.

Con expresión que mezclaba alivio y algo más oscuro.

—¿Todo bien con Eric?

—Todo bien. Nos despedimos apropiadamente.

—¿Lloró?

—Ambos lloramos.

—Bien. Significa que fue honesto.

Se acercó. Le tomó las manos.

—Tengo noticias. Tres contactos míos están dispuestos a prestarte dinero. Términos comerciales. Interés razonable. Sin garantías porque confían en mi palabra sobre tu carácter.

—Eso sigue siendo caridad disfrazada.

—Es networking. Así funciona el mundo real.

—Tu mundo real. No el mío.

—Entonces construyamos nuevo mundo. Donde ambos contribuimos.

El teléfono de Valentina explotó.

Llamada. No mensaje.

Número mexicano.

No Santi.

Su mamá.

—Tengo que contestar.

—Hazlo.

Caminó hacia el interior. Presionó aceptar.

—¿Mamá?

—Mija. Gracias a Dios. Necesito hablar contigo. Es importante.

La voz sonaba rara. Tensa de forma que no era normal.

—¿Qué pasó? ¿Estás bien?

—Estoy bien. Pero recibí visita. De abogado. Mexicano. Dice que representa a Santiago García.

El estómago se contrajo.

—¿Qué quería?

—Traía documento. Para que yo firmara. Dice que es “acuerdo de reconciliación” entre tú y Santiago. Que si yo firmo como testigo, él retira todas las acusaciones contra ti.

—¿Qué tipo de acusaciones?

—No especificó. Solo dijo que eran serias. Que podrías ir a prisión si no cooperas.

Pausa.

—Mija, ¿qué está pasando? ¿Qué hiciste?

—No hice nada, mamá. Santi está inventando. Tratando de asustarte para que firmes algo que me incrimina.

—Eso pensé. Por eso no firmé. Pero tomé foto del documento.

—¿Lo tienes ahí?

—Te lo envío ahorita.

La foto llegó treinta segundos después.

Documento legal. Español formal. Sellos oficiales.

“Acuerdo de Reconocimiento de Deuda y Compromiso de Pago”

Valentina García reconoce deber a Santiago García Mendoza la suma de $500,000 USD por inversiones realizadas en propiedades conjuntas durante período de convivencia 2022-2024.

Se compromete a pagar mediante transferencia de propiedades heredadas de su padre (listadas en Anexo A) o en efectivo dentro de 90 días.

Firma de testigo familiar requerida para validación.

—Mierda.

Karim apareció en el marco de la puerta.

—¿Qué pasó?

Le mostró el documento.

Su expresión se oscureció progresivamente mientras leía.

—Es trampa múltiple. Si tu mamá firma, valida que tú le debes dinero. Si no firma pero el documento existe, Santi puede presentarlo como prueba de deuda no pagada. Y menciona específicamente las propiedades de tu padre.

—Que todavía no recuperamos.

—Exactamente. Está adelantándose. Bloqueando esa salida.

Karim marcó número. Conversación rápida en inglés.

Colgó.

—Mis abogados dicen que este documento no tiene validez sin tu firma. Pero puede usar el hecho de que fue presentado a tu madre como evidencia de que tú reconoces la deuda.

—¿Cómo?

—Argumentando que mandaste a tu mamá como intermediaria. Es débil legalmente pero suficiente para complicar las cosas.

Valentina se dejó caer en el sofá.

El mundo se estrechaba otra vez.

Cada salida bloqueada.

Cada movimiento anticipado.

—No puedo seguir así.

—Lo sé.

—No. De verdad no puedo. Cada vez que creo que tengo control, Santi aparece con nueva trampa. Nueva amenaza. Nuevo documento falsificado.

Se levantó.

—Necesito terminar esto. Ahora. No en semanas. Ahora.

—¿Qué propones?

—Propongo que lo atraigamos. Con carnada que no pueda resistir.

—¿Qué carnada?

—Yo.

—Absolutamente no.

—Karim…

—No es negociable. No voy a usarte como carnada.

—No es tu decisión.

—Sí lo es. Porque si algo te pasa, yo…

No terminó la frase.

Pero Valentina vio el miedo real en sus ojos.

—Entonces ayúdame a hacerlo seguro. Pero ayúdame a hacerlo.

Silencio largo.

Finalmente, Karim asintió.

—Está bien. Pero bajo mis términos. Con mi equipo. Y si en algún momento siento que el riesgo es demasiado alto, abortamos.

—Acepto esos términos.

—Entonces empecemos a planear.

Pasaron siguiente hora en la oficina improvisada.

Karim con mapas. Contactos. Escenarios.

Valentina tomando notas. Sugiriendo modificaciones.

Por primera vez, trabajando como equipo.

No salvador y salvada.

Socios.

A las 7 PM, el teléfono de Valentina vibró.

Mensaje de número desconocido.

Francés.

No Eric. No Marie.

“Valentina. Soy Isabelle. Necesito verte. Urgente. Hay algo sobre los documentos que te di. Algo que olvidé mencionar. Puede cambiar todo. —I”

Mostró el mensaje a Karim.

—¿Crees que es real?

—No lo sé. Pero no podemos ignorarlo.

—¿Dónde está ella ahora?

—Según mis rastreadores, en París. Mismo lugar donde la viste última vez.

—¿Tienes rastreadores en ella?

—Tengo rastreadores en todos los que representan potencial amenaza o utilidad.

—Eso es perturbador.

—Eso es supervivencia.

Marcó. Habló breve.

—Mi equipo puede traerla aquí. Mañana temprano. Verificaremos su historia en territorio controlado.

—¿Y si es trampa de Santi?

—Entonces la trampa se activará donde yo tengo todas las ventajas.

El teléfono de Valentina vibró otra vez.

Esta vez, Santi.

“Tick tock, Valentina. 90 días para pagar lo que me debes. O tus propiedades francesas se vuelven mías por default. Tu padre me las prometió. Tengo los papeles. ¿Los quieres ver? —S”

Foto adjunta.

Documento diferente.

Con firma de su padre.

Y su nombre en letra pequeña.

Como heredera designada que asume “todas las obligaciones financieras pendientes del testador”.

Karim lo leyó por encima de su hombro.

—Esto es peor.

—¿Por qué?

—Porque si es real, significa que tu padre te dejó no solo propiedades. Te dejó sus deudas. Y si Santi puede probar que tu padre le debía dinero…

—Entonces yo le debo dinero. Automáticamente.

—Exactamente.

Valentina cerró los ojos.

Respiró profundo.

Cuando los abrió, había algo nuevo ahí.

No miedo.

Furia.

—Está bien. Quiere guerra. Tendrá guerra.

—¿Qué vas a hacer?

—Voy a responderle. Voy a ofrecerle reunión. Para “negociar términos de pago”.

—Eso es exactamente lo que quiere.

—Lo sé. Por eso voy a hacerlo. Pero en nuestros términos. En nuestro territorio.

—¿Qué territorio?

—El único lugar donde él no tiene poder pero no puede resistir venir.

Sonrió.

Sin humor.

Pura estrategia.

—París. Ciudad neutral. Llena de testigos. Donde un mexicano haciendo escándalo llama atención inmediata de autoridades.

Karim la miró con algo nuevo.

Admiración. Respeto. Miedo.

—Estás pensando como yo.

—Estoy aprendiendo de ti.

—Eso me aterra y me excita simultáneamente.

—Bienvenido a mi mundo.

Escribió respuesta a Santi.

“París. Café Le Procope. Pasado mañana. 3 PM. Trae tus documentos. Yo traigo los míos. Terminemos esto como adultos. —V”

Presionó enviar.

Tres puntos parpadeando.

Luego:

“Ahí estaré, mi amor. Y esta vez, no habrá faraón egipcio salvándote. Solo tú, yo, y la verdad. Nos vemos pronto. —S”

Valentina guardó el teléfono.

Miró a Karim.

—Tenemos 48 horas para preparar la trampa perfecta.

—Entonces empecemos.

Y mientras el sol de Provenza se ponía sobre viñedos que habían visto siglos de drama humano, dos personas comenzaron a tejer la red que atraparía al monstruo.

O los destruiría intentándolo.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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