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Novia Fugitiva busca venganza - Capítulo 4

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  4. Capítulo 4 - 4 Capítulo 4 Las Reglas del Juego
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4: Capítulo 4: Las Reglas del Juego 4: Capítulo 4: Las Reglas del Juego El penthouse del Burj Al Arab tenía más metros cuadrados que la casa donde Valentina creció en Ecatepec.

También tenía dos habitaciones separadas por un pasillo de mármol tan largo que probablemente necesitaba golf cart para recorrerlo.

Gracias a Dios, a Alá, y a cualquier deidad que estuviera escuchando.

—La suya está a la derecha.

Karim dejó las bolsas de las tiendas en el sofá de cuero blanco que parecía diseñado para verse bonito pero no para que nadie se sentara realmente.

—El clóset ya está completamente organizado.

Los zapatos por color y altura de tacón.

Los accesorios por tipo de evento.

Los vestidos por nivel de formalidad.

—¿Organizó mi clóset antes de que llegáramos?

¿Cómo sabía qué íbamos a comprar?

—Mi asistente tiene instrucciones permanentes de anticipar mis necesidades.

Y las necesidades de cualquiera que viaje conmigo.

—¿Tiene asistente?

¿Pensé que yo era su asistente?

—Usted es mi prometida falsa, no mi empleada doméstica.

Tengo un equipo de doce personas que se aseguran de que mi vida funcione con precisión suiza las veinticuatro horas del día.

Usted ahora es parte de ese sistema.

Una pieza importante, pero una pieza al fin.

Sistema.

Pieza.

Como engranaje de maquinaria industrial.

Como componente reemplazable de algo más grande que ella.

—Mañana a las diez conocerá a los Rashid en un desayuno formal.

Karim se aflojó la corbata por primera vez en todo el día, y Valentina se descubrió mirando el movimiento de sus dedos con más atención de la estrictamente necesaria.

—Son la familia más influyente de los Emiratos después de la realeza.

El patriarca, Abbas Rashid, es… tradicional en el sentido más estricto de la palabra.

—¿Tradicional como en “las mujeres deben estar calladas y bonitas” o tradicional como en “usa el tenedor correcto para el pescado”?

—Ambas cosas simultáneamente.

Y esperará que usted domine ambas expectativas sin esfuerzo aparente.

Perfecto.

Fantástico.

Justo lo que necesitaba.

—Necesito que sea la prometida perfecta durante ese desayuno.

Dulce sin ser empalagosa.

Callada sin parecer tonta.

Adoradora sin resultar patética.

Es un equilibrio delicado.

—No soy ninguna de esas cosas naturalmente.

Soy sarcástica, hablo demasiado cuando estoy nerviosa, y mi cara de adoración parece más estreñimiento que amor.

—Lo sé perfectamente.

Karim la miró con algo que casi, casi parecía diversión contenida.

—Por eso le estoy pagando una cantidad obscena de dinero.

Porque necesito que actúe como alguien que no es durante tres semanas exactas.

Valentina se dejó caer en el sofá de cuero blanco, que resultó ser sorprendentemente cómodo para ser tan pretencioso.

Los tacones Louboutin le estaban matando los pies.

Doce horas de transformación física eran mucho más agotadoras que cualquier día de oficina.

—¿Y qué pasa si fallo?

¿Si Abbas Rashid me descubre fingiendo?

—No va a fallar.

—¿Cómo puede estar tan seguro?

Ni siquiera me conoce realmente.

—Porque si falla, el trato con los Rashid se cancela.

Si el trato se cancela, nuestro contrato se vuelve nulo.

Y si nuestro contrato es nulo, usted vuelve a México sin mi protección legal ni financiera.

No creo que ese escenario le resulte particularmente atractivo.

La amenaza era sutil pero cristalina como los diamantes que todavía colgaban de sus orejas.

Cooperación total o consecuencias devastadoras.

—¿Siempre es así de encantador con las mujeres que fingen ser sus prometidas?

—Solo con las que me importa que sobrevivan la experiencia.

Antes de que pudiera responder algo ingenioso —o patético, dependiendo del punto de vista—, el teléfono de Karim sonó.

Lo contestó en árabe, un idioma que sonaba como música compleja y advertencia velada al mismo tiempo.

Gutural pero melódico.

Firme pero lleno de matices que ella no podía interpretar.

La conversación duró exactamente seis minutos con cuarenta y tres segundos.

Valentina los contó porque no tenía nada mejor que hacer que examinar las vetas del mármol y preguntarse en qué momento su vida se había convertido en una telenovela árabe con presupuesto de Hollywood.

Cuando Karim colgó, su expresión era de piedra pulida por siglos de civilización.

—Cambio de planes inmediato.

Los Rashid quieren conocerla esta noche.

En tres horas.

—¿Esta noche?

Valentina saltó del sofá como si el cuero quemara.

—¡No estoy lista!

No sé nada sobre ellos excepto que el viejo es tradicional.

No sé qué decir, cómo actuar, qué temas evitar, cuánto puedo hablar antes de que piensen que soy— —Respire.

—¡No me diga que respire cuando me está lanzando a una manada de lobos millonarios sin preparación ninguna!

Karim cruzó la distancia entre ellos en tres zancadas largas.

Sus manos sujetaron sus hombros con firmeza inesperada pero sin violencia.

Calor seco a través de la tela del vestido.

Fuerza contenida con control absoluto.

—Míreme.

A los ojos.

Ahora.

Sus ojos eran negros.

Profundos como pozos en el desierto donde la gente moría buscando agua.

Imposibles de leer completamente, pero en ese momento, algo parecía filtrarse a través de las capas de control.

—Usted sobrevivió a un narcotraficante mexicano que la quería usar como chivo expiatorio y probablemente muerta.

Escapó con lo puesto y la inteligencia suficiente para aceptar ayuda cuando la necesitaba.

¿De verdad cree que un viejo millonario con gustos anticuados y sus hijos malcriados son peores que lo que dejó atrás?

—No lo sé.

Usted no me ha contado toda la verdad sobre este trato.

Hay cosas que está ocultando.

El silencio se extendió como sombra al atardecer.

—Tiene razón.

No le he contado todo.

Karim la soltó pero no se alejó.

—Y no lo haré.

No porque no confíe en usted, sino porque hay información cuya ignorancia la protege mejor que cualquier conocimiento.

—¿Protegerme de qué exactamente?

—De las decisiones que he tomado para llegar a donde estoy.

Y de las que tendré que tomar para llegar a donde necesito ir.

Antes de que pudiera insistir, exigir respuestas o simplemente gritar de frustración, él ya estaba caminando hacia su habitación con la elegancia de depredador que no necesita correr porque sabe que su presa no puede escapar.

—Cámbiese.

El vestido rojo de Valentino.

El del escote asimétrico.

Tiene exactamente veintiocho minutos.

La puerta se cerró con un clic suave que sonó definitivo como sentencia.

Valentina se quedó sola en medio del lujo excesivo, con el peso de todo lo que no sabía aplastándole el pecho.

Veintisiete minutos después —porque llegó un minuto antes solo para demostrar que podía— bajaban en el ascensor privado del penthouse.

El vestido rojo se ajustaba como si Valentino mismo hubiera tomado sus medidas en sueños proféticos.

El maquillador iraní había aparecido y desaparecido como fantasma eficiente, dejando su cara transformada en obra de arte con labios del color de la sangre arterial.

Los diamantes en sus orejas pesaban como recordatorio constante de que absolutamente nada de esto era suyo.

—Sonría menos.

Karim la estudiaba en el reflejo del espejo dorado del elevador.

—Parece aterrorizada que intenta compensar con exceso de simpatía.

—Estoy aterrorizada.

Y nerviosa.

Y bastante segura de que voy a vomitar.

—Entonces finja magistralmente que no siente ninguna de esas cosas.

Es comunicadora, ¿recuerda?

Comunique calma que no tiene.

—Comunicóloga organizacional.

Eso significa que sé hacer presentaciones de PowerPoint, no infiltrarme en familias de oligarcas árabes.

—La diferencia es meramente de escala, no de naturaleza.

Las puertas del elevador se abrieron a un restaurante que parecía sacado directamente de Las mil y una noches si el decorador hubiera tenido presupuesto ilimitado y gusto impecable.

Lámparas de cristal que proyectaban constelaciones en el techo.

Alfombras persas que probablemente eran más viejas que México como país independiente.

Fuentes de agua perfumada que murmuraban secretos en árabe antiguo.

Y en la mesa del fondo, rodeado de hombres que irradiaban poder como reactores nucleares irradiaban calor, estaba Abbas Rashid.

—El de la izquierda con la barba gris.

Karim le murmuró al oído mientras caminaban, y su aliento tibio le erizó la piel de maneras inconvenientes.

—Es el patriarca.

Háblele solo cuando él inicie la conversación.

Sea respetuosa pero no servil.

Admiradora pero no aduladora.

—¿Y si no me habla en toda la noche?

—Entonces habrá tenido éxito sin esfuerzo.

Se acercaron a la mesa con la lentitud ceremonial que este mundo parecía requerir para todo.

Los hombres se levantaron en ondas de respeto jerárquico.

Abbas Rashid era más bajo de lo que esperaba, lo cual no disminuía en nada su presencia aplastante.

Barba gris perfectamente recortada como si un artista la esculpiera cada mañana.

Ojos que calculaban el valor de cada átomo en la habitación con precisión de tasador profesional.

Túnica blanca tradicional que costaba más que automóviles deportivos.

—Karim.

El abrazo fue breve pero cargado de significados que Valentina no podía descifrar.

—Al fin decides presentarnos a la misteriosa prometida que has mantenido escondida del mundo.

—Ya era hora de compartir mi buena fortuna.

Karim deslizó una mano por la espalda baja de Valentina con naturalidad ensayada.

El toque la electrificó de maneras que prefería no analizar.

—Abbas, permíteme presentarte a Valentina.

—Encantada de conocerlo.

La palabra salió más fuerte de lo que pretendía.

Con más personalidad de la recomendada.

Abbas la examinó como anticuario evaluando una pieza de origen dudoso.

De arriba abajo.

Sin disimulo.

Sin vergüenza.

—Mexicana.

No era pregunta.

—Sí, señor.

—¿Por qué una mexicana, Karim?

Hay mujeres hermosas en El Cairo, en Londres, en todas las ciudades donde haces negocios.

¿Por qué ir tan lejos por una esposa?

—Porque las mujeres de esas ciudades me conocen demasiado bien y no me desafían genuinamente.

Necesito a alguien que me recuerde constantemente que no soy Dios, sin importar cuánto dinero tenga.

Por un momento que duró eternidades, el aire se congeló en cristales de tensión.

Luego Abbas Rashid soltó una carcajada que retumbó en todo el restaurante como trueno en el desierto.

—¡Excelente!

¡Bien dicho!

Palmeó la espalda de Karim con fuerza sorprendente para su edad.

—Siéntense, siéntense.

Cuéntame todo sobre esta mujer latinoamericana que ha logrado lo que ninguna árabe pudo: domar al león de El Cairo.

La cena transcurrió como campo minado sembrado por expertos.

Cada pregunta de Abbas era trampa potencial.

Cada respuesta de Valentina era prueba de fuego.

Preguntó sobre su familia —inventó una versión edulcorada con padre empresario y madre dedicada al hogar—.

Sobre su educación —verdad parcial, omitiendo los años de universidad financiados con becas de necesidad económica—.

Sobre sus planes de maternidad.

Casi se atraganta con el cordero al especiado perfecto cuando Abbas preguntó cuántos hijos pensaba darle a Karim.

—Eso dependerá de Dios y de nuestra compatibilidad biológica.

Respondió con lo que esperaba fuera diplomacia neutral.

—No me gusta prometer lo que no puedo garantizar.

Karim manejaba la conversación con maestría de director de orquesta experimentado.

Una mano siempre en contacto con ella: el hombro, la espalda, los dedos entrelazados sobre la mesa cuando Abbas hacía preguntas particularmente invasivas.

Marcando territorio.

Comunicando posesión.

Protegiendo a su inversión.

—¿Y cuándo exactamente es la boda?

Abbas se reclinó en su silla, aparentemente satisfecho con tres horas de interrogatorio exhaustivo.

—Los preparativos llevan tiempo en nuestra cultura.

—Pronto.

Karim apretó la mano de Valentina con firmeza tranquilizadora.

—Cuando ella esté completamente lista para asumir las responsabilidades que conlleva ser mi esposa.

—Las mujeres nunca están genuinamente listas para nada importante.

Abbas soltó otra risa que sus hijos corearon como era esperado.

—Hay que empujarlas hacia su destino o se quedan estancadas en la indecisión femenina.

La rabia familiar subió por el pecho de Valentina como lava contenida.

Bájale a tu espuma, mi chocolate, pensó ferozmente.

No arruines esto por feminismo mal colocado.

Pero la boca se le abrió sola: —Prefiero saltar hacia mi destino por decisión propia.

La frase escapó antes de que pudiera detenerla, y el terror la invadió instantáneamente.

—Si alguien me empuja antes de tiempo, tiendo a morder.

Es un defecto de carácter latinoamericano, aparentemente.

El silencio fue nuclear.

Absoluto.

Devastador.

Abbas la miró con expresión indescifrable.

Karim se tensó a su lado como estatua de hielo.

Y entonces el viejo patriarca sonrió con algo parecido al respeto genuino.

—Me gusta considerablemente.

Levantó su copa de agua hacia Karim con gesto ceremonial.

—Esta mujer tiene fuego en las venas.

No la pierdas por estupidez masculina, hijo.

Las que muerden son las que valen la pena domesticar.

Cuando finalmente salieron del restaurante, Valentina temblaba de alivio acumulado.

—No estuvo completamente terrible.

Karim caminaba hacia el coche con su calma habitual intacta.

—Considerando que era su primera vez actuando.

—Casi vomito el cordero tres veces diferentes.

Y cuando preguntó por los hijos, genuinamente consideré fingir un desmayo.

—Pero no lo hizo.

Mantuvo la compostura bajo presión extrema.

Eso es exactamente lo que necesito de usted.

Se detuvieron junto al Rolls-Royce negro.

El chofer esperaba con la puerta abierta como sombra eficiente.

—¿Karim?

—¿Sí?

—¿Por qué le dijo eso a Abbas?

Lo de necesitar que alguien le recuerde que no es Dios.

¿Era solo actuación?

Él la miró directamente.

Por primera vez desde que lo conoció, algo completamente vulnerable cruzó su rostro de piedra perfecta.

—Porque es la verdad más honesta que he dicho en años.

Se subió al coche sin agregar otra palabra.

Valentina lo siguió en silencio, con el corazón latiendo demasiado rápido y la certeza absoluta de que acababa de ver algo que Karim Al-Fayed no mostraba a prácticamente nadie.

Y esa vulnerabilidad fugaz la aterrorizaba infinitamente más que cualquier narcotraficante mexicano.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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