Novia Fugitiva busca venganza - Capítulo 40
- Inicio
- Todas las novelas
- Novia Fugitiva busca venganza
- Capítulo 40 - Capítulo 40: La Trampa Se Arma
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo
Capítulo 40: La Trampa Se Arma
Valentina despertó a las 5 AM sin alarma.
El cuerpo sabía que hoy era día de preparación.
Se duchó. Se vistió. Bajó a la cocina donde Karim ya estaba.
Con tres laptops abiertas y expresión de quien no durmió.
—Buenos días, habibti.
—¿Dormiste algo?
—Dos horas. Suficiente.
Le sirvió café de la cafetera que probablemente tenía horas hecha.
Sabía a pólvora líquida.
—Mi equipo llegará en una hora. Seis personas. Expertos en seguridad, extracción y documentación legal.
—¿Documentación legal?
—Vamos a grabar todo. Video, audio. Con calidad que sea admisible en corte internacional.
Empujó una de las laptops hacia ella.
—Este es el plan preliminar. Revísalo. Modifícalo. Es tu operación tanto como mía.
Valentina leyó.
Era documento de veinte páginas.
Diagramas del Café Le Procope. Rutas de escape. Posicionamiento de agentes. Protocolos de emergencia.
Y en el centro, esquema de conversación.
Qué preguntar. Cómo provocar. Cuándo presionar.
—Esto es… profesional.
—Llevo haciendo esto diez años. Negocios internacionales son básicamente guerra con corbatas.
—¿Y yo qué hago?
—Tú eres quien habla con Santi. Quien lo hace confesar. Quien lo empuja a revelar información que podamos usar.
Pausa.
—Yo solo me aseguro de que no te mate en el proceso.
El teléfono de Karim sonó.
Contestó. Escuchó. La expresión cambió.
—Entiendo. Tráiganla.
Colgó.
—Isabelle está aquí. Mi equipo la recogió hace cuatro horas. Está en camino.
—¿Sin avisarle?
—Le avisé. A las 2 AM. Dijo que prefería salir inmediatamente que esperar hasta mañana.
—¿Por qué?
—Porque dice que alguien la estaba siguiendo. Y que necesita salir de París antes de que “ellos” la encuentren.
—¿Ellos quiénes?
—No especificó.
Treinta minutos después, el Mercedes negro entró al camino del château.
Dos hombres de seguridad bajaron primero.
Luego Isabelle.
Se veía diferente a la última vez.
Más delgada. Ojos con círculos oscuros. Cabello sin el moño perfecto.
Entró como refugiada.
No como aliada segura.
—Valentina. Gracias por recibirme.
—Dijiste que era urgente.
—Lo es.
Se sentaron en el salón. Marie apareció con café sin que nadie pidiera.
Isabelle tomó la taza con manos que temblaban ligeramente.
—Los documentos que te di. Los de tu padre.
—¿Sí?
—No son todos.
El estómago se contrajo.
—¿Qué significa eso?
—Significa que tu padre me dio dos sobres. Uno para ti. Otro para… alguien más.
—¿Quién?
—No lo sé. Solo tenía nombre: “Entregar a Rafael Ortega. Abogado. Ciudad de México.”
Karim se inclinó hacia adelante.
—¿Abriste el sobre?
—No. Tenía instrucciones específicas. “Solo entregar después de mi muerte a Rafael Ortega. Si no es posible, destruir sin abrir.”
—¿Y por qué no lo destruiste?
—Porque hace tres días, ese Rafael Ortega apareció en París. Buscándome. Ofreciendo dinero por el sobre.
Pausa.
—Mucho dinero. 50,000 euros.
Valentina y Karim intercambiaron miradas.
—¿Le diste el sobre?
—No. Porque algo se sentía mal. ¿Por qué un abogado mexicano pagaría tanto por sobre que se supone le pertenece? ¿Por qué no simplemente presentar identificación y reclamarlo legalmente?
—¿Qué hiciste?
—Lo seguí. Hasta hotel donde se hospeda.
Sacó teléfono. Mostró foto.
Hombre. Cincuentañero. Traje gris. Portafolio de cuero.
Entrando al Hotel Lutetia.
—¿Reconoces a este hombre? —preguntó Karim.
Valentina negó con la cabeza.
Pero algo en la foto…
—Espera. Acerca.
Isabelle hizo zoom.
El portafolio.
Tenía iniciales grabadas.
No “RO” como esperarías de Rafael Ortega.
Sino “SGM”.
Santiago García Mendoza.
—Mierda.
—¿Qué? —Isabelle se tensó.
—Ese no es Rafael Ortega. Es mensajero de Santi. O Santi mismo disfrazado.
—¿Por qué querría el sobre?
—Porque probablemente contiene algo que lo incrimina aún más. O documenta deuda real que tu padre tenía con él.
Karim ya estaba en su teléfono.
Órdenes en árabe. Rápidas. Urgentes.
—¿Todavía tienes el sobre? —preguntó Valentina.
—Sí. Está en caja de seguridad. Banco en Marsella.
—Necesitamos ese sobre. Ahora.
—Podemos ir. Pero el banco no abre hasta las 9 AM.
Karim revisó su reloj.
—Son las 6:47. Tenemos dos horas.
Se levantó.
—Isabelle, vas con nosotros. Mis hombres te protegen. Sacamos el sobre. Lo abrimos con abogado presente para documentar contenido legalmente.
—¿Y si no tiene nada importante?
—Entonces perdimos una mañana. Pero si tiene algo que puede destruir a Santi…
—Entonces tenemos arma que él no sabe que tenemos.
Valentina se levantó también.
—Voy.
—Valentina…
—No es discusión. Si ese sobre tiene información sobre mi padre, tengo derecho a verla.
—El riesgo…
—Lo acepto.
Karim estudió su rostro. Buscando miedo que no encontró.
—Está bien. Pero sigues protocolo. Sin desviaciones.
—Sin desviaciones.
Se movieron rápido.
Tres coches. Ocho personas. Ruta variable para evitar seguimiento.
Llegaron a Marsella cuando el sol apenas empezaba a calentar el asfalto.
El banco era antiguo. Edificio de piedra que había sobrevivido dos guerras mundiales.
Isabelle entró con Valentina y dos guardias.
Karim esperaba afuera con el resto del equipo.
Monitoreando. Coordinando.
La caja de seguridad era pequeña.
Isabelle insertó dos llaves. Giró. Abrió.
Dentro: sobre manila.
Sellado con cera roja.
Sin nombre. Solo número: 447.
—¿Qué significa el número? —preguntó Valentina.
—No lo sé. Tu padre no explicó.
Tomó el sobre. Pesaba poco.
Quizás tres hojas. No más.
Salieron. Subieron al coche donde Karim esperaba con el abogado francés que había volado desde París esa mañana.
—Maître Dubois. ¿Puede presenciar la apertura?
—Oui. Y documentaré contenido para registro oficial.
Sacó cámara. Empezó a grabar.
Valentina rompió el sello.
Abrió el sobre.
Tres documentos.
El primero era carta. Escrita a mano.
“Rafael: Si lees esto, fallé en protegerlas. Usa estos documentos para destruir al hombre que destruyó nuestra familia. No por mí. Por ellas. —JG”
El segundo documento era contrato.
Fechado 1998.
Entre su padre (José García) y Rodolfo García Mendoza.
Padre de Santiago.
Acuerdo de sociedad. Para construcción de red financiera offshore.
Con cláusula específica: “En caso de terminación por muerte de cualquier parte, la otra parte renuncia a todos los reclamos sobre propiedades y cuentas conjuntas.”
El tercer documento era transferencia bancaria.
De cuenta a nombre de Rodolfo García a cuenta a nombre de José García.
Por 2.3 millones de dólares.
Fechada una semana antes de la muerte de Rodolfo.
Con nota manuscrita: “Pago final. Deuda saldada. RG.”
Valentina leyó. Releyó. Procesó.
—¿Qué significa esto?
Maître Dubois estudió los documentos con ojo profesional.
—Significa que el padre de Santiago le pagó al padre de usted 2.3 millones. Y firmó documento reconociendo que la deuda estaba saldada.
—¿Entonces Santi no puede reclamar que mi padre le debía dinero?
—Correcto. De hecho, según este contrato de sociedad, cuando Rodolfo murió, todas las obligaciones mutuas se cancelaron automáticamente.
Pausa.
—Esto invalida completamente cualquier reclamo de Santiago García sobre propiedades o deudas heredadas.
Karim sonrió.
Depredador puro.
—Esto cambia todo.
—¿Cómo?
—Porque ahora tenemos prueba de que Santi está mintiendo. Que todos sus documentos son falsificados para reclamar algo que no le pertenece.
Sacó su teléfono.
—Y si presentamos esto antes de la reunión de mañana…
—Perdemos elemento sorpresa —interrumpió Valentina.
Todos la miraron.
—Si le mostramos esto ahora, huirá. No aparecerá en París. Y nunca lo atraparemos.
—¿Qué propones?
—Que lo guardemos. Que vayamos a la reunión como planeado. Y cuando él presente sus documentos falsos, nosotros presentamos estos. Frente a él. Frente a testigos. Frente a cámaras.
—Es arriesgado. Si algo sale mal…
—Entonces improvisamos. Pero no vamos a desperdiciar esta ventaja por miedo.
Karim la miró largo.
Luego asintió lentamente.
—Está bien. Jugamos como propones. Pero con un cambio.
—¿Cuál?
—Mañana no voy solo como seguridad. Voy como tu abogado representante. Oficialmente.
—Pensé que querías que esto fuera mío. No dependiente de ti.
—Y lo es. Pero el hombre que amas tiene derecho a estar presente cuando enfrentas al monstruo.
Algo se suavizó en el pecho de Valentina.
—Está bien. Vienes. Pero como mi pareja. No como mi protector.
—Acepto esos términos.
El teléfono de Valentina vibró.
Mensaje de Santi.
“Cambio de planes, mi amor. No puedo esperar hasta mañana. ¿Qué tal hoy? 8 PM. Mismo lugar. Si no llegas, asumo que aceptas mis términos. Y las propiedades son mías. —S”
El corazón se detuvo.
—Nos está presionando. Quiere que cometamos error.
—O sabe algo que nosotros no sabemos.
Karim marcó. Conversación urgente con su equipo en París.
Colgó con expresión tensa.
—Mi gente en París reporta movimiento inusual. Dos hombres entraron al Café Le Procope hace una hora. Mexicanos. Están esperando.
—¿Esperando qué?
—A verificar si respondemos. Si aceptamos reunión de emergencia.
—Es trampa.
—Probablemente. Pero también oportunidad. Si vamos hoy, nos adelantamos a su cronograma. Lo sacamos de balance.
Valentina miró los documentos sobre su regazo.
Evidencia que podía destruir a Santi.
Luego a Karim. A Isabelle. Al abogado.
Su equipo. Su gente.
—Vamos hoy. Pero no a las 8. A las 6. Nos adelantamos dos horas. Lo agarramos desprevenido.
—Eso solo nos da… —Karim revisó el reloj— cuatro horas para llegar a París y posicionar equipo.
—¿Puedes hacerlo?
—Puedo hacer cualquier cosa si me das carta blanca.
—La tienes.
Karim sonrió.
—Entonces muévanse. Tenemos monstruo que cazar.
El viaje a París fue carrera contra reloj.
Avión privado desde Marsella.
Aterrizaje en Le Bourget.
Tres Mercedes esperando.
Ruta directa al sexto arrondissement.
Llegaron al Café Le Procope a las 5:43 PM.
Diecisiete minutos de ventaja.
El equipo de Karim ya estaba posicionado.
Dos en café como clientes normales.
Dos en calle monitoreando entradas.
Uno en edificio frente con cámara de largo alcance.
Valentina entró con Karim.
Se sentaron en mesa esquinera.
Vista a puerta principal y salida de emergencia.
El mesero apareció. Karim ordenó en francés perfecto.
Dos cafés. Agua mineral. Nada de comida.
Necesitaban estómagos vacíos para adrenalina.
A las 6:04, la puerta se abrió.
Hombre alto. Camisa de seda con estampado barroco. Cadena de oro. Sonrisa de psicópata.
Santiago García.
En carne y hueso.
Por primera vez en meses.
Sus ojos encontraron los de Valentina.
Y sonrió más amplio.
Como lobo que finalmente acorraló a presa.
Caminó hacia su mesa.
Sin guardaespaldas visibles.
Pero Valentina sabía que debían estar cerca.
Se sentó sin invitación.
—Valentina. Luces bien. Francia te sienta.
—Santiago.
—¿No me vas a presentar a tu… acompañante?
—Karim Al-Fayed. Mi abogado.
—Ah. El famoso faraón. Escuché mucho sobre ti.
Extendió la mano.
Karim no la tomó.
—Empecemos. Tienes veinte minutos antes de que me aburra.
Santi rio.
—Directo. Me gusta.
Sacó portafolio. Puso documentos sobre mesa.
—Estos son los papeles que prueban que tu padre me debía dinero. Firma autenticada. Testigos. Todo legal.
Valentina los revisó sin tocarlos.
—Interesante. ¿Puedo ver certificado de autenticación?
—Por supuesto.
Lo deslizó hacia ella.
Fecha: dos semanas después de la muerte de su padre.
—Este documento fue autenticado después de que mi padre murió.
—Procedimiento estándar para validar documentos póstumos.
—O procedimiento estándar para falsificar firma de muerto que no puede defenderse.
Los ojos de Santi se estrecharon.
—Cuidado con las acusaciones, mi amor.
—No son acusaciones. Son observaciones.
Karim intervino.
—¿Tiene prueba de que José García firmó esto en vida?
—Tengo su firma. Eso es suficiente.
—No legalmente. No sin testigos presenciales o video del momento de firma.
—Las leyes mexicanas…
—No aplicamos aquí. Estamos en Francia. Y en Francia, este tipo de documento requiere validación más rigurosa.
Santi se reclinó.
—Está bien. Juguemos. ¿Qué tienes tú, Valentina?
Ella respiró profundo.
Sacó el sobre con los documentos de Isabelle.
—Tengo contrato de sociedad entre tu padre y el mío. Firmado 1998. Con cláusula de cancelación automática de deudas mutuas en caso de muerte.
Lo deslizó.
Santi lo leyó.
El color drenándose de su rostro progresivamente.
—Esto es…
—Real. Autenticado. Con testigos vivos que pueden verificar.
Sacó el segundo documento.
—Y tengo transferencia bancaria de tu padre al mío. 2.3 millones. Con nota: “Deuda saldada.”
Santi miraba los papeles como si fueran serpientes.
—¿Dónde conseguiste esto?
—Mi padre me lo dejó. Para protegerme de ti.
—Esto no prueba nada.
—Prueba que mientes. Que todos tus reclamos son falsos. Que estás intentando robar herencia que no te pertenece.
Santi se levantó.
Violentamente.
La silla cayó hacia atrás.
—Esto no termina aquí.
—Tienes razón. Termina en corte. Donde juez revisará ambos sets de documentos. Y decidirá quién miente.
—No llegarás a corte.
—¿Es amenaza?
—Es realidad.
Se inclinó sobre mesa.
Voz baja. Venenosa.
—Puedes tener documentos. Puedes tener abogados. Pero no puedes estar vigilada 24/7 por resto de tu vida.
—¿Me estás amenazando frente a testigos?
—Estoy estableciendo hechos.
Karim se levantó.
Altura igualando a Santi.
—Creo que terminamos aquí.
—Ni cerca.
Santi sacó teléfono.
Marcó.
Habló en español.
—Ahora.
La puerta del café explotó.
Seis hombres entrando.
No policía.
Sicarios.
Con armas apenas ocultas bajo chaquetas.
El café entró en pánico.
Gritos. Sillas cayendo. Gente corriendo hacia salidas.
Pero equipo de Karim ya se movía.
Dos bloquearon puerta trasera.
Dos interceptaron sicarios.
El caos estalló.
Y en medio de todo.
Valentina y Santi.
Mirándose.
Como siempre había sido.
Cazador y presa.
Excepto que ahora.
Ella ya no corría.
Las sirenas llegaron antes de que el primer disparo sonara.
Tres coches de la Police Nationale bloqueando la Rue de l’Ancienne Comédie.
Agentes saliendo con armas desenfundadas.
Gritando órdenes en francés que cortaron el caos como cuchillo.
Los sicarios de Santi se congelaron.
Uno intentó correr. Fue tacleado contra la pared por dos policías en menos de tres segundos.
Otro dejó caer su arma con estruendo metálico.
Las manos levantándose automáticamente.
El instinto de supervivencia venciendo al profesionalismo criminal.
Karim no perdió un segundo.
Jaló a Valentina bajo la mesa.
Cubriéndola con su cuerpo mientras el café explotaba en movimiento.
Clientes corriendo. Sillas cayendo. Cristal rompiéndose.
Pero sus hombres ya formaban barrera humana alrededor de su mesa.
Tres en semicírculo. Bloqueando cualquier línea de fuego.
—¿Estás bien? —la voz de Karim contra su oído.
Firme. Controlada. Como si estar en medio de redada policial fuera martes normal.
—Estoy bien.
—Quédate abajo. No te muevas hasta que yo diga.
Valentina asintió contra su pecho.
El olor a oud mezclándose con adrenalina.
Desde su posición bajo la mesa, vio botas.
Policiales. Tacones de clientes huyendo. Zapatos de sicarios siendo arrastrados.
Y un par específico.
Mocasines italianos caros.
Moviéndose rápido hacia la cocina.
Santi.
El maldito se estaba escabullendo.
—¡Karim! Santi va hacia la cocina.
Karim levantó la cabeza. Evaluó en fracción de segundo.
—¡Hassan! Cocina. Ahora.
Uno de sus hombres se movió como bala.
Pero la policía ya controlaba las salidas principales.
Y en el caos, un hombre solo era difícil de rastrear.
Especialmente uno que conocía el valor de mezclarse.
Hassan regresó treinta segundos después.
Negando con la cabeza.
—Salida trasera. Callejón. Ya no está.
Karim maldijo en árabe.
Bajo. Violento.
Pero ya los oficiales se acercaban.
—Monsieur, Madame, levántense lentamente. Manos visibles.
Karim obedeció con movimientos calculados.
Ayudó a Valentina a incorporarse.
Sus manos nunca soltando las de ella.
El oficial al mando era cincuentañero.
Bigote gris. Ojos que habían visto demasiado.
—Capitaine Moreau. ¿Quién llamó a la policía?
Todos negaron.
Inocencia perfectamente sincronizada.
—Recibimos llamada anónima. Denuncia de altercado con armas. —Moreau estudió la escena—. Veo armas. Veo altercado. ¿Alguien quiere explicar?
Karim dio paso adelante.
Sacó cartera. Identificación.
—Karim Al-Fayed. Representante legal de Mademoiselle García. Estábamos en reunión privada cuando esos hombres —señaló a los sicarios esposados— entraron armados e intentaron intimidarnos.
—¿Reunión privada en café público?
—Reunión de mediación. Sobre disputa de herencia.
Moreau miró a Valentina.
—¿Es cierto esto?
—Sí. Yo… estoy en disputa legal con mi ex-pareja. Santiago García. Mexicano. Él trajo esos hombres para amenazarme.
—¿Dónde está este Santiago García ahora?
—Escapó. Por la cocina.
Moreau hizo gesto. Dos oficiales salieron hacia el callejón.
Sabiendo que era inútil.
Pero cumpliendo protocolo.
—Necesito que todos vengan a la estación. Declaraciones formales.
—Por supuesto. Cooperaremos completamente.
El tono de Karim era la perfección diplomática.
Ciudadano modelo con recursos ilimitados.
La peor combinación para policía que quiere problemas.
Pasaron siguiente hora en comisaría del sexto arrondissement.
Cuartos separados.
Declaraciones individuales.
Valentina repitió la historia cinco veces.
Con paciencia de santa que definitivamente no sentía.
Karim salió primero.
Por supuesto.
Porque sus abogados ya estaban ahí.
Maître Dubois con traje que costaba más que el salario mensual del capitán.
Hablando en francés legal que sonaba a amenaza educada.
Cuando finalmente la dejaron ir, eran las 11 PM.
Valentina salió de la sala de interrogatorios con piernas de gelatina.
Karim esperaba en el pasillo.
La abrazó sin palabras.
Solo sosteniéndola mientras el crash de adrenalina llegaba.
—Ya pasó. Estás bien. Estamos bien.
—Santi escapó.
—Lo sé.
—Va a volver.
—Lo sé.
La separó suavemente. Le tomó el rostro entre las manos.
—Pero esta vez cometió error. Atacó en suelo francés. Con testigos. Con policía. Ahora hay orden de captura internacional con su nombre.
Pausa.
—Ya no es solo mi enemigo. Es enemigo del estado francés. Y eso, habibti, cambia todo.
Salieron de la comisaría a París nocturna.
El Mercedes esperaba con motor encendido.
—¿A dónde? —preguntó el chofer.
Karim miró a Valentina.
—¿Hotel?
Ella negó.
—No quiero hotel. No quiero más ciudades. No quiero… esto.
Señaló vagamente. París. El caos. La persecución constante.
—Quiero lugar donde pueda respirar sin mirar por encima del hombro.
Karim asintió.
Entendía sin que ella explicara.
—A Provenza. A la finca de Eric.
El chofer arrancó sin confirmar.
Porque aparentemente eso ya estaba coordinado.
Valentina recostó la cabeza contra la ventana fría.
Viendo París desaparecer en espejos retrovisores.
Ciudad de luces que ahora asociaba con sirenas y caos.
—¿Cuándo le avisaste a Eric?
—Hace tres horas. Cuando vi que esto se complicaría.
—¿Y él aceptó sin preguntar?
—Dijo, y cito textual: “Mi casa es refugio de ella. No tuyo. Pero puedes venir de todos modos porque soy civilizado.”
A pesar de todo, Valentina sonrió.
—Suena exactamente a él.
—Lo detesto cuando tiene razón.
—Lo sé.
El viaje fue largo.
Seis horas en carretera oscura.
Valentina durmió intermitentemente.
Despertando con sobresaltos cada vez que el coche frenaba.
Karim no durmió.
Solo la observaba.
Verificando que respirara.
Que existiera.
Que siguiera siendo suya de alguna forma fundamental.
Llegaron a la finca cuando el amanecer apenas pintaba el horizonte.
Eric esperaba en la entrada.
Con café en termo y expresión de preocupación genuina.
—Mon Dieu, Valentina. ¿Estás bien?
Ella bajó del coche.
Las piernas protestando después de seis horas inmóviles.
—Estoy viva. Eso cuenta como bien.
Eric la abrazó.
Sin pedir permiso.
Solo sostuvo.
Karim no intervino.
Porque incluso él reconocía que algunos momentos no eran sobre posesión.
Eran sobre humanidad básica.
—Gracias —dijo Valentina contra su camisa que olía a tierra y lavanda—. Por la llamada anónima.
—¿Cómo supiste?
—Porque nadie más sabía que íbamos a estar ahí exactamente a esa hora. Y porque eres el único lo suficientemente loco para meter a la policía francesa sin consultar.
Eric rio.
Breve. Culpable.
—Merecido. Pero funcionó, ¿no?
—Funcionó.
Se separaron.
Eric miró a Karim.
—Faraón. Bienvenido a mi humilde morada. Otra vez.
—Eric. Gracias por el refugio.
—No me agradezcas. Esto lo hago por ella. No por ti.
—Lo sé. Y por eso lo aprecio más.
Marie apareció como fantasma benévolo.
Con más café y croissants que probablemente había horneado a las 4 AM.
—Mademoiselle, su cuarto está listo. Monsieur Karim, el de siempre.
Habitaciones separadas.
Como debía ser.
Valentina subió escaleras que ya conocía.
El cuarto con vistas a viñedos.
Cama con sábanas de lino.
Silencio que no venía con sirenas de fondo.
Se dejó caer.
Sin quitarse la ropa.
Sin ducharse.
Solo… cayó.
Y durmió.
Sin pesadillas.
Por primera vez en días.
Porque incluso en medio del caos.
Incluso con Santi suelto.
Aquí había paz.
Temporal. Frágil. Pero real.
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com