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Novia Fugitiva busca venganza - Capítulo 41

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Capítulo 41: Resolución Táctica

Las sirenas llegaron antes de que el primer disparo sonara.

Tres coches de la Police Nationale bloqueando la Rue de l’Ancienne Comédie.

Agentes saliendo con armas desenfundadas.

Gritando órdenes en francés que cortaron el caos como cuchillo.

Los sicarios de Santi se congelaron.

Uno intentó correr. Fue tacleado contra la pared por dos policías en menos de tres segundos.

Otro dejó caer su arma con estruendo metálico.

Las manos levantándose automáticamente.

El instinto de supervivencia venciendo al profesionalismo criminal.

Karim no perdió un segundo.

Jaló a Valentina bajo la mesa.

Cubriéndola con su cuerpo mientras el café explotaba en movimiento.

Clientes corriendo. Sillas cayendo. Cristal rompiéndose.

Pero sus hombres ya formaban barrera humana alrededor de su mesa.

Tres en semicírculo. Bloqueando cualquier línea de fuego.

—¿Estás bien? —la voz de Karim contra su oído.

Firme. Controlada. Como si estar en medio de redada policial fuera martes normal.

—Estoy bien.

—Quédate abajo. No te muevas hasta que yo diga.

Valentina asintió contra su pecho.

El olor a oud mezclándose con adrenalina.

Desde su posición bajo la mesa, vio botas.

Policiales. Tacones de clientes huyendo. Zapatos de sicarios siendo arrastrados.

Y un par específico.

Mocasines italianos caros.

Moviéndose rápido hacia la cocina.

Santi.

El maldito se estaba escabullendo.

—¡Karim! Santi va hacia la cocina.

Karim levantó la cabeza. Evaluó en fracción de segundo.

—¡Hassan! Cocina. Ahora.

Uno de sus hombres se movió como bala.

Pero la policía ya controlaba las salidas principales.

Y en el caos, un hombre solo era difícil de rastrear.

Especialmente uno que conocía el valor de mezclarse.

Hassan regresó treinta segundos después.

Negando con la cabeza.

—Salida trasera. Callejón. Ya no está.

Karim maldijo en árabe.

Bajo. Violento.

Pero ya los oficiales se acercaban.

—Monsieur, Madame, levántense lentamente. Manos visibles.

Karim obedeció con movimientos calculados.

Ayudó a Valentina a incorporarse.

Sus manos nunca soltando las de ella.

El oficial al mando era cincuentañero.

Bigote gris. Ojos que habían visto demasiado.

—Capitaine Moreau. ¿Quién llamó a la policía?

Todos negaron.

Inocencia perfectamente sincronizada.

—Recibimos llamada anónima. Denuncia de altercado con armas. —Moreau estudió la escena—. Veo armas. Veo altercado. ¿Alguien quiere explicar?

Karim dio paso adelante.

Sacó cartera. Identificación.

—Karim Al-Fayed. Representante legal de Mademoiselle García. Estábamos en reunión privada cuando esos hombres —señaló a los sicarios esposados— entraron armados e intentaron intimidarnos.

—¿Reunión privada en café público?

—Reunión de mediación. Sobre disputa de herencia.

Moreau miró a Valentina.

—¿Es cierto esto?

—Sí. Yo… estoy en disputa legal con mi ex-pareja. Santiago García. Mexicano. Él trajo esos hombres para amenazarme.

—¿Dónde está este Santiago García ahora?

—Escapó. Por la cocina.

Moreau hizo gesto. Dos oficiales salieron hacia el callejón.

Sabiendo que era inútil.

Pero cumpliendo protocolo.

—Necesito que todos vengan a la estación. Declaraciones formales.

—Por supuesto. Cooperaremos completamente.

El tono de Karim era la perfección diplomática.

Ciudadano modelo con recursos ilimitados.

La peor combinación para policía que quiere problemas.

Pasaron siguiente hora en comisaría del sexto arrondissement.

Cuartos separados.

Declaraciones individuales.

Valentina repitió la historia cinco veces.

Con paciencia de santa que definitivamente no sentía.

Karim salió primero.

Por supuesto.

Porque sus abogados ya estaban ahí.

Maître Dubois con traje que costaba más que el salario mensual del capitán.

Hablando en francés legal que sonaba a amenaza educada.

Cuando finalmente la dejaron ir, eran las 11 PM.

Valentina salió de la sala de interrogatorios con piernas de gelatina.

Karim esperaba en el pasillo.

La abrazó sin palabras.

Solo sosteniéndola mientras el crash de adrenalina llegaba.

—Ya pasó. Estás bien. Estamos bien.

—Santi escapó.

—Lo sé.

—Va a volver.

—Lo sé.

La separó suavemente. Le tomó el rostro entre las manos.

—Pero esta vez cometió error. Atacó en suelo francés. Con testigos. Con policía. Ahora hay orden de captura internacional con su nombre.

Pausa.

—Ya no es solo mi enemigo. Es enemigo del estado francés. Y eso, habibti, cambia todo.

Salieron de la comisaría a París nocturna.

El Mercedes esperaba con motor encendido.

—¿A dónde? —preguntó el chofer.

Karim miró a Valentina.

—¿Hotel?

Ella negó.

—No quiero hotel. No quiero más ciudades. No quiero… esto.

Señaló vagamente. París. El caos. La persecución constante.

—Quiero lugar donde pueda respirar sin mirar por encima del hombro.

Karim asintió.

Entendía sin que ella explicara.

—A Provenza. A la finca de Eric.

El chofer arrancó sin confirmar.

Porque aparentemente eso ya estaba coordinado.

Valentina recostó la cabeza contra la ventana fría.

Viendo París desaparecer en espejos retrovisores.

Ciudad de luces que ahora asociaba con sirenas y caos.

—¿Cuándo le avisaste a Eric?

—Hace tres horas. Cuando vi que esto se complicaría.

—¿Y él aceptó sin preguntar?

—Dijo, y cito textual: “Mi casa es refugio de ella. No tuyo. Pero puedes venir de todos modos porque soy civilizado.”

A pesar de todo, Valentina sonrió.

—Suena exactamente a él.

—Lo detesto cuando tiene razón.

—Lo sé.

El viaje fue largo.

Seis horas en carretera oscura.

Valentina durmió intermitentemente.

Despertando con sobresaltos cada vez que el coche frenaba.

Karim no durmió.

Solo la observaba.

Verificando que respirara.

Que existiera.

Que siguiera siendo suya de alguna forma fundamental.

Llegaron a la finca cuando el amanecer apenas pintaba el horizonte.

Eric esperaba en la entrada.

Con café en termo y expresión de preocupación genuina.

—Mon Dieu, Valentina. ¿Estás bien?

Ella bajó del coche.

Las piernas protestando después de seis horas inmóviles.

—Estoy viva. Eso cuenta como bien.

Eric la abrazó.

Sin pedir permiso.

Solo sostuvo.

Karim no intervino.

Porque incluso él reconocía que algunos momentos no eran sobre posesión.

Eran sobre humanidad básica.

—Gracias —dijo Valentina contra su camisa que olía a tierra y lavanda—. Por la llamada anónima.

—¿Cómo supiste?

—Porque nadie más sabía que íbamos a estar ahí exactamente a esa hora. Y porque eres el único lo suficientemente loco para meter a la policía francesa sin consultar.

Eric rio.

Breve. Culpable.

—Merecido. Pero funcionó, ¿no?

—Funcionó.

Se separaron.

Eric miró a Karim.

—Faraón. Bienvenido a mi humilde morada. Otra vez.

—Eric. Gracias por el refugio.

—No me agradezcas. Esto lo hago por ella. No por ti.

—Lo sé. Y por eso lo aprecio más.

Marie apareció como fantasma benévolo.

Con más café y croissants que probablemente había horneado a las 4 AM.

—Mademoiselle, su cuarto está listo. Monsieur Karim, el de siempre.

Habitaciones separadas.

Como debía ser.

Valentina subió escaleras que ya conocía.

El cuarto con vistas a viñedos.

Cama con sábanas de lino.

Silencio que no venía con sirenas de fondo.

Se dejó caer.

Sin quitarse la ropa.

Sin ducharse.

Solo… cayó.

Y durmió.

Sin pesadillas.

Por primera vez en días.

Porque incluso en medio del caos.

Incluso con Santi suelto.

Aquí había paz.

Temporal. Frágil. Pero real.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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