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Novia Fugitiva busca venganza - Capítulo 44

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  4. Capítulo 44 - Capítulo 44: Respirar Sin Permiso
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Capítulo 44: Respirar Sin Permiso

El camino hacia los viñedos era exactamente lo que Valentina necesitaba.

Tierra compacta bajo sus pies. Sol de Provenza calentando sin quemar. Olor a tomillo salvaje mezclándose con algo más dulce que no podía identificar.

Eric caminaba adelante con las manos en los bolsillos. Sin prisa. Como si tuvieran todo el tiempo del mundo.

Porque técnicamente lo tenían.

Cinco días sin Karim monitoreando cada movimiento.

Sin guardaespaldas visibles (aunque Valentina sabía que estaban ahí, en algún lugar del perímetro, reportando cada respiración suya a su novio obsesivo que probablemente ya estaba en el avión revisando actualizaciones).

O sea, güey, ¿así se siente la libertad vigilada? Porque es rara.

—¿En qué piensas? —preguntó Eric sin voltear.

—En que esto se siente extraño.

—¿Caminar?

—Caminar sin mirar por encima del hombro cada treinta segundos.

Eric se detuvo. Se giró hacia ella.

—Es porque llevas meses en modo supervivencia. Tu cerebro todavía no procesa que aquí no hay peligro inmediato.

—¿No lo hay?

—Bueno, técnicamente Santi sigue vivo y Karim tiene gente vigilándote desde arbustos estratégicos. Pero comparado con París, esto es spa de meditación.

A pesar de todo, Valentina sonrió.

Llegaron a la parte más antigua del viñedo. Las vides aquí eran diferentes. Más retorcidas. Troncos gruesos como brazos de ancianos que habían cargado demasiado peso.

Eric se detuvo frente a una hilera específica.

—Estas tienen ochenta años. Mi bisabuelo las plantó después de la guerra. Sobrevivieron filoxera, sequías, heladas que mataron a la mitad de los viñedos de la región.

Tocó una de las vides con reverencia que Valentina no le había visto mostrar hacia nada.

—¿Quieres saber su secreto?

—¿Genética superior?

—Negligencia estratégica.

—¿Perdón?

Eric sonrió. Esa sonrisa de profesor que está a punto de soltar metáfora filosófica.

—La mayoría de la gente piensa que para que algo prospere, necesitas cuidarlo constantemente. Regarlo. Protegerlo. Nunca dejarlo sufrir.

Se agachó. Recogió puñado de tierra seca.

—Pero las mejores uvas vienen de vides estresadas. Que tienen que buscar agua profundo. Que sobreviven veranos brutales. Que aprenden a ser resilientes porque nadie las rescató.

Dejó caer la tierra. Se limpió las manos.

—Mi bisabuelo las plantó y básicamente las ignoró durante años. Solo podaba lo necesario. El resto, las vides se las arreglaban solas.

Pausa.

—Y ahora producen el mejor vino de la finca.

Valentina miraba las vides retorcidas.

Feas por estándares convencionales. Pero claramente sobrevivientes.

—¿Me estás comparando con uvas?

—Te estoy comparando con organismos que aprendieron a prosperar sin rescate constante.

Eric caminó hacia pequeña mesa de madera bajo árbol centenario. La misma donde habían estado durante la tormenta.

Dos tazas de café ya esperaban. Marie debía haberlas puesto antes.

Se sentaron.

Valentina tomó sorbo. El café estaba tibio pero perfecto.

—Eric.

—¿Sí?

—¿Por qué haces esto?

—¿Hacer qué? ¿Café mediocre?

—No. Esto. Ser mi amigo cuando claramente querías más. Ofrecerme filosofía de viñedos cuando podrías simplemente… no.

Eric no respondió inmediatamente.

Tomó su propia taza. Miró hacia los campos que se extendían hasta el horizonte.

—Porque algunas personas son coleccionables. No posesibles.

—No soy obra de arte.

—No. Eres algo mejor. Eres persona que está descubriendo cómo crecer después de años de negligencia. No la estratégica. La destructiva.

Pausa.

—Y es privilegio observar eso. Incluso si solo soy observador.

El silencio cayó entre ellos.

Cómodo. Sin presión.

Solo dos personas sentadas bajo árbol que había visto siglos de conversaciones humanas.

—¿Sabes qué es lo más raro? —dijo Valentina después de un rato.

—¿Qué?

—Que extraño a Karim. Ya. Y apenas se fue hace tres horas.

—Eso no es raro. Eso es amor.

—Pero también me gusta que no esté aquí. ¿Eso me hace terrible persona?

—Te hace persona real. Puedes amar a alguien y necesitar espacio de ellos simultáneamente. No son mutuamente excluyentes.

Eric dejó su taza.

—Valentina, ¿puedo preguntarte algo sin que lo interpretes como competencia con Karim?

—Depende de la pregunta.

—¿Qué vas a hacer cuando Santi ya no sea amenaza? Cuando MÓnica esté sana. Cuando las propiedades de tu padre estén resueltas. Cuando ya no necesites protección.

La pregunta que había estado evitando durante semanas.

—No lo sé.

—¿No lo sabes o no quieres saberlo?

—Ambas.

Se levantó. Caminó hacia el borde de la elevación donde la tierra bajaba hacia el valle.

Eric la siguió pero mantuvo distancia respetuosa.

—Tengo miedo —admitió Valentina sin voltear.

—¿De qué?

—De descubrir que amo la seguridad más de lo que amo a Karim. O peor, de descubrir que lo amo pero no puedo vivir con su necesidad de controlar todo.

—Esos son miedos válidos.

—Pero no me ayudan a decidir.

—Porque no estás lista para decidir. Todavía estás en modo supervivencia. Las decisiones de vida hechas desde el miedo rara vez son las correctas.

Eric recogió rama seca del suelo.

—¿Ves esto?

—Es rama muerta.

—Exactamente. Cuando podas vid, cortas lo muerto. Lo enfermo. Lo que consume recursos sin producir fruto.

Rompió la rama. El sonido seco resonó.

—Pero también cortas lo vivo. Ramas que podrían producir uvas. Porque si dejas que la planta crezca en todas direcciones, se agota. Produce menos. De peor calidad.

—¿Y cuál es tu punto?

—Que eventualmente vas a tener que podar tu vida. Cortar cosas que amas porque no son sostenibles. O personas. O versiones de ti misma.

Dejó caer los pedazos de rama.

—Y va a doler. Pero es la única forma de crecer realmente.

Valentina lo miró.

Este hombre que hablaba de vides como si fueran textos sagrados.

Que había renunciado a fortuna familiar por paz mental.

Que le ofrecía amistad sin condiciones cuando fácilmente podría presionar por más.

—¿Tú podaste a tu familia?

—Completamente. Dejé el apellido compuesto. La mansión en París. El fideicomiso de 20 millones.

—¿Y te arrepientes?

—Todos los días los primeros dos años.

Sonrisa amarga.

—Pero ahora duermo sin pastillas. Y eso vale más que cualquier cuenta bancaria.

El teléfono de Valentina vibró.

Karim.

Por supuesto.

“Aterrizando en Dubai en 30 minutos. ¿Todo bien ahí?”

Contestó rápido.

“Todo tranquilo. Eric me está enseñando sobre uvas muertas.”

“¿Debería preocuparme por la metáfora?”

“Probablemente.”

“Genial. Llamo en dos horas. Te amo.”

“Yo también.”

Guardó el teléfono.

Eric observaba con expresión ilegible.

—¿Ya empezó el check-in obsesivo?

—Apenas aterrizó. Tres horas más y probablemente instale cámaras satelitales.

—Encantador.

—Lo es. A su manera retorcida.

Risas. Genuinas.

—Ven —dijo Eric—. Quiero mostrarte algo antes de que oscurezca.

La guió más profundo en el viñedo. Hacia sección que Valentina no había visto.

Aquí las vides eran jóvenes. Apenas plantadas. Estacas marcando hileras perfectas.

—Este es mi experimento —explicó Eric—. Variedad híbrida. Mitad uva local, mitad cepa que traje de Argentina.

—¿Funciona eso?

—No lo sé todavía. Toma cinco años saber si injerto funcionó. Si las raíces se adaptaron. Si el clima es correcto.

Se detuvo frente a planta específica.

—Pero esta… esta es mi favorita.

—¿Por qué? Se ve igual a las otras.

—Porque casi muere tres veces. Helada tardía. Sequía. Un conejo que decidió que era deliciosa.

Tocó la vid con ternura absurda.

—Pero sigue aquí. Creciendo. Adaptándose.

Levantó la vista hacia Valentina.

—Me recuerda a ti.

—Otra vez con las comparaciones vegetales.

—Es lo que tengo.

El sol empezaba a bajar. Pintando todo de naranja y oro.

—Deberíamos volver —dijo Valentina—. Marie probablemente preparó cena que se enfría.

—Probablemente.

Pero ninguno se movió.

Solo quedaron parados. Entre vides jóvenes que quizás producirían algo hermoso. O quizás morirían intentándolo.

Como todo en la vida.

—Eric.

—¿Sí?

—Gracias. Por esto. Por no presionar. Por ser… tú.

—De nada, chérie. Ahora vamos antes de que Karim me acuse de secuestrarte con metáforas agrícolas.

Caminaron de regreso cuando las primeras estrellas aparecían.

Y Valentina sintió algo instalándose en su pecho.

No era decisión.

Todavía no.

Pero era claridad.

Pequeña. Frágil. Pero real.

Sobre qué necesitaba podar de su vida.

Y qué valía la pena mantener incluso si dolía.

Valentina despertó con olor a pan y café que se filtraba bajo su puerta.

La luz de Provenza entrando por ventanas que nunca cerraba completamente.

Por un segundo—hermoso, desorientador—olvidó dónde estaba.

Luego lo recordó.

Día dos sin Karim.

Cuarenta y ocho horas de respirar sin itinerario.

Se estiró. El cuerpo protestando menos que días anteriores.

Como si finalmente estuviera soltando tensión que había cargado meses.

El teléfono mostraba tres mensajes.

Todos de Karim.

“Buenos días, habibti. Reunión hasta las 3 PM hora local. Te llamo después.”

“El contratista es idiota pero manejable. ¿Cómo dormiste?”

“Olvidé mencionar: mis hombres reportan que todo tranquilo ahí. Bien. Te extraño.”

Sonrió a pesar de la invasión obvia a su privacidad.

Porque era Karim siendo Karim.

Controlador. Obsesivo. Incapaz de simplemente confiar.

Pero intentándolo.

A su manera torturada.

Respondió rápido.

“Dormí como tronco. Tu contratista probablemente tiene razón en algo pero nunca lo admitirás. Te extraño también. Ahora déjame desayunar antes de que envíes drones.”

Bajó a la cocina.

Marie estaba preparando lo que parecía suficiente comida para regimiento.

—Buenos días, mademoiselle. Monsieur Eric dice que hoy le enseña sobre poda. Necesitará energía.

—¿Poda?

—Oui. Es temporada. Las vides necesitan atención antes del verano.

Claro. Porque Eric no podía simplemente tomar café y conversar.

Tenía que hacer actividades educativas con metáforas incorporadas.

Comió rápido. Croissant con mermelada de higo que probablemente Marie hacía a las 4 AM.

Eric apareció cuando estaba en su segunda taza de café.

Con overol de trabajo sucio y guantes que habían visto mejores días.

—Buenos días. ¿Lista para trabajo manual?

—¿Tengo opción?

—Siempre. Pero sería desperdicio estar en viñedo francés y no aprender algo útil.

—Define útil.

—Habilidad que puedes usar cuando construyas tu propia vida. Post-Karim. Post-Santi. Post-todo.

La honestidad la desarmó.

—Está bien. Enséñame a podar cosas.

—Excelente. Pero primero, teoría.

La llevó hacia sección del viñedo que conocía. Las vides antiguas.

Se agachó frente a una. Señaló rama específica.

—¿Ves esto?

—Veo rama.

—Es chupón. Crece vertical desde el tronco. Consume nutrientes pero nunca produce uvas.

—¿Entonces por qué está ahí?

—Porque la planta no sabe mejor. Su instinto es crecer en todas direcciones. Llenar espacio. Pero eso la agota.

Sacó tijeras de poda de su cinturón.

—Nuestra tarea es ayudarla a enfocarse. Cortar lo que no sirve. Aunque la planta “piense” que lo necesita.

Cortó el chupón con movimiento limpio.

La planta sangró savia clara.

—¿Le duele?

—Probablemente. Pero sanará más fuerte.

Le ofreció las tijeras.

—Tu turno.

Valentina las tomó. Pesaban más de lo que esperaba.

—¿Qué corto?

—Busca ramas que crecen hacia adentro. Que se cruzan con otras. Que parecen débiles o enfermas.

—¿Y si corto la incorrecta?

—La planta sobrevive. Las vides son resilientes. Puedes podar demasiado y aún producirán algo.

Pausa.

—Es casi imposible matarlas por poda excesiva. Solo por negligencia total.

Valentina estudió la vid frente a ella.

Identificó rama que crecía torcida. Cruzándose con otra.

Cortó.

El sonido fue satisfactorio. Como cerrar capítulo.

—Bien. Ahora otra.

Pasaron siguiente hora podando.

Eric corregía cuando necesario. Explicaba por qué ciertas ramas debían quedarse aunque parecieran débiles.

“Esta tiene yema. Producirá racimo. Vale la pena mantenerla.”

El sol calentaba. Valentina se quitó la sudadera.

Sus manos empezaban a doler de apretar las tijeras.

Pero había algo… meditativo en el proceso.

Identificar. Decidir. Cortar.

Sin segundo adivinar.

Sin arrepentimiento inmediato.

Solo confianza de que la decisión era correcta incluso si dolía.

—Toma descanso —dijo Eric cuando llegaron al final de la hilera.

Se sentaron bajo la sombra del roble. Agua fría que Marie había dejado en termo.

—¿Cansada?

—Agotada. ¿Cómo haces esto todos los días?

—Práctica. Y porque vale la pena.

Tomó sorbo largo de agua.

—Mi familia pensaba que estaba loco cuando renuncié a todo para hacer esto.

—¿Tu familia como en padres?

—Padres. Hermanos. Tíos que manejaban el fideicomiso familiar. Todos.

Pausa.

—Me dijeron que estaba desperdiciando mi potencial. Que podría estar dirigiendo empresas. Multiplicando la fortuna.

—¿Y qué les dijiste?

—Que el dinero viejo envenena la sangre. Que cada euro que no gané yo mismo era peso muerto en mi conciencia.

Dejó la botella.

—No me creyeron. Pensaron que era fase. Que volvería cuando me diera cuenta de lo duro que es trabajo real.

—¿Volviste?

—Nunca. Y eventualmente dejaron de llamar.

La tristeza en su voz era antigua. Procesada. Pero real.

—¿Lo extrañas? ¿A tu familia?

—Extraño la idea de tener familia. Pero no extraño a esas personas específicas que me amaban condicionalmente.

Se reclinó contra el árbol.

—¿Sabes cuál fue el momento exacto en que supe que había tomado decisión correcta?

—¿Cuál?

—Mi primera cosecha real. Después de tres años trabajando estas tierras. Hice 200 botellas. Nada comercial. Solo para aprender.

Sonrisa pequeña.

—Las probé. Y eran… mediocres. Objetivamente malas según estándares profesionales.

—¿Y eso te hizo feliz?

—Me hizo libre. Porque eran mías. Cada error. Cada defecto. Producto de mis decisiones. No de herencia. No de apellido. Mías.

Valentina procesó eso.

—Karim nunca entendería eso.

—No. Porque Karim mide éxito en escala. En impacto. En cuánto puede controlar.

—¿Y tú?

—Yo mido éxito en cuánto puedo soltar y seguir de pie.

El teléfono de Valentina vibró.

Karim.

“Reunión terminó temprano. ¿Puedo llamarte ahora?”

Miró a Eric.

—Adelante —dijo él—. Yo sigo con la poda. Tómate tu tiempo.

Se levantó. Desapareció entre las vides.

Dejándola sola con la llamada.

Valentina contestó.

—Hola.

—Habibti. Qué bueno escuchar tu voz.

La calidez en su tono la derritió.

—¿Cómo va todo?

—Terrible. El contratista es incompetente. Mi padre está micromanejando desde Abu Dhabi. Y te extraño de forma patológica.

A pesar de todo, sonrió.

—¿Patológica cómo?

—Revisé el reporte de seguridad tres veces hoy. Solo para confirmar que respiras.

—Respiro. Incluso sin supervisión.

—Milagro moderno.

Pausa.

—¿Qué hiciste hoy?

—Eric me enseñó a podar vides.

Silencio largo.

—¿Eso es metáfora o literal?

—Literal. Aunque probablemente también metáfora conociendo a Eric.

—¿Y aprendiste algo?

—Aprendí que a veces tienes que cortar cosas vivas para que lo que queda crezca más fuerte.

Otro silencio.

Este más pesado.

—Valentina, ¿estás tratando de decirme algo?

—No. Solo… procesando.

—¿Procesando qué?

—Qué significa elegirte. Realmente. No por necesidad. Sino por decisión.

Escuchó a Karim respirar.

Controlando algo.

—¿Y has llegado a conclusión?

—Todavía no. Pero estoy más cerca.

—¿Puedo preguntar si voy ganando o perdiendo?

—No es competencia, Karim.

—Todo es competencia cuando lo que está en juego eres tú.

La honestidad brutal que lo caracterizaba.

—Dame estos cinco días. Cuando regreses, tendremos conversación real. Sobre qué significa esto. Qué quiero. Qué puedes dar.

—¿Y si no puedo dar lo que quieres?

—Entonces decidimos juntos qué hacer con eso.

Karim exhaló largo.

—Está bien. Cinco días. Pero Valentina…

—¿Sí?

—Si decides que no puedes estar conmigo, solo pido que sea decisión honesta. No basada en miedo. No basada en qué es más fácil. Sino en qué quieres realmente.

Las lágrimas llegaron sin permiso.

—Te lo prometo.

—Bien. Ahora ve. Termina tu lección de viticultura. Yo tengo que soportar tres horas más de presentaciones aburridas.

—Te amo.

—Yo también. Tanto que me aterra.

Colgó.

Valentina se quedó mirando el teléfono.

Las palabras de Eric resonando.

“¿Qué vas a hacer cuando ya no necesites protección?”

Y las de Karim.

“Todo es competencia cuando lo que está en juego eres tú.”

Dos filosofías. Dos hombres. Dos futuros.

Y ella, parada entre viñas podadas, tratando de descubrir qué ramas de su propia vida necesitaba cortar.

Para crecer.

Para prosperar.

Para finalmente ser suya.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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