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Novia Fugitiva busca venganza - Capítulo 46

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  4. Capítulo 46 - Capítulo 46: La Pesadilla
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Capítulo 46: La Pesadilla

Valentina despertó a las 3:17 AM con el corazón tratando de escapar de su pecho.

No fue gradual.

Fue interruptor. Apagado a encendido en fracción de segundo que dejó su cuerpo empapado en sudor frío.

La habitación estaba oscura. Demasiado oscura.

Las ventanas que nunca cerraba completamente ahora parecían bocas negras tragándose la luz de estrellas.

Mónica atada a la silla. Los ojos rojos. La mordaza. Santi sonriendo.

La imagen no era recuerdo.

Era alucinación. Tan real que podía oler el moho del cuarto donde la habían tenido.

Aunque nunca había estado ahí.

Aunque solo había visto fotos que Karim le mostró después del rescate.

Su cerebro llenaba los blancos con creatividad cruel.

Se incorporó bruscamente. Las sábanas enredadas en sus piernas como cuerdas.

No puedo respirar.

¿Por qué no puedo respirar?

Las manos temblaban incontrolables. Intentó tomar aire profundo.

El pecho no se expandía.

Como si alguien hubiera puesto peso sobre sus costillas.

Es ataque de pánico. Solo es ataque de pánico. Ya lo has tenido antes.

Pero saber qué era no detenía el terror.

Se levantó tambaleándose. Necesitaba aire. Ventana. Algo.

Abrió la puerta de su cuarto sin pensar.

El pasillo estaba iluminado tenuemente por luz de luna que entraba por tragaluz antiguo.

Caminó descalza sobre madera fría.

Sin rumbo.

Solo alejándose del cuarto que de repente parecía celda.

Sus pies la llevaron escaleras abajo. Hacia el salón principal con ventanas grandes.

Donde podía ver afuera.

Donde podía confirmar que no estaba encerrada.

Se dejó caer en el sofá frente a ventana que daba a los viñedos.

Intentó la técnica que el terapeuta de Mónica había mencionado en la llamada.

Cinco cosas que puedes ver.

Viñedos. Luna. Sombra de árbol. Mesa de café. Sus propias manos temblando.

Cuatro cosas que puedes tocar.

Terciopelo del sofá. Madera fría del brazo. Su propio cabello. El collar de Karim que nunca se quitaba.

Tres cosas que puedes escuchar.

Su respiración errática. El viento afuera. El crujido de la casa antigua.

Dos cosas que puedes oler.

Lavanda residual de las sábanas. Algo más… higo. Tierra.

Eso no venía de ella.

—¿Valentina?

Eric.

Parado en el umbral del salón.

Con pants de pijama y camiseta arrugada.

Cabello despeinado de sueño interrumpido.

No preguntó qué pasaba.

Solo la miró. Evaluando.

—Ataque de pánico. Ya casi pasa.

La voz le salió más débil de lo que pretendía.

Eric caminó hacia el sofá.

Pero no se sentó junto a ella.

Se sentó en el piso. Espalda contra el sofá. A su lado pero sin contacto.

—Respira conmigo.

No era orden.

Era oferta.

Valentina lo miró desde arriba. Este hombre que apareció en su crisis sin hacer escándalo.

—No necesito que me rescates.

—Lo sé. Por eso no lo estoy haciendo.

Pausa.

—Solo te acompaño mientras tu cuerpo recuerda cómo funcionar.

Eric inhaló. Profundo. Audible.

Sostuvo cuatro segundos.

Exhaló lento. Ocho segundos.

Lo repitió.

Sin mirarla. Sin tocarla. Sin presionar.

Solo respirando.

Después de tres ciclos, Valentina se encontró sincronizando.

Inhalar. Sostener. Exhalar.

El pecho empezando a expandirse normalmente.

El terror retrocediendo como marea.

—¿Qué te despertó? —preguntó Eric después de cinco minutos de silencio respirado.

—Mónica. Soñé que estaba ahí cuando Santi la tenía. Que yo podía verla pero no moverme. No ayudarla.

—Culpa de sobreviviente.

—Ella fue quien sobrevivió. No yo.

—Tú sobreviviste algo diferente. Años con Santi. La traición de tu padre. Meses huyendo.

Eric giró la cabeza. Mirándola desde su posición en el suelo.

—Tu cerebro está procesando trauma acumulado. Y eligió las tres de la mañana como momento ideal para hacerlo. Inconveniente pero normal.

A pesar del terror residual, Valentina casi sonrió.

—¿Cómo sabes tanto de esto?

—Terapia. Mucha. Después del divorcio pasé dos años con ataques de pánico nocturnos.

—¿De verdad?

—De verdad. Mi cerebro decidió que dormir era momento perfecto para revivir cada humillación de mi matrimonio.

Se recargó más contra el sofá.

—Eventualmente aprendí que luchar contra ellos los empeoraba. Tenía que dejarlos pasar como olas.

—¿Y funcionó?

—Estoy aquí. En piso frío a las tres de la mañana. Respirando con alguien que lo necesita. Así que diría que sí.

El silencio regresó.

Pero era diferente ahora.

No vacío. Lleno de presencia compartida.

—Eric.

—¿Sí?

—Gracias. Por no… hacer esto raro.

—¿Qué sería raro?

—Abrazarme. Decirme que todo estará bien. Intentar arreglarlo.

—Ah. Eso.

Sonrisa en su voz.

—El problema con arreglar personas es que implica que están rotas. Y tú no estás rota. Solo asustada. Hay diferencia.

Valentina se deslizó del sofá al piso.

Sentándose junto a él.

Hombros tocándose ligeramente.

Eric no se movió. No comentó. No hizo drama.

Solo continuó respirando.

—¿Puedo preguntarte algo? —dijo Valentina después de un rato.

—Siempre.

—¿Por qué estabas despierto? Son las tres de la mañana.

—Insomnio crónico. Efecto residual de los ataques de pánico. Mi cerebro nunca aprendió a confiar en el sueño profundo otra vez.

Pausa.

—Pero generalmente leo. Esta noche escuché tus pasos en el pasillo.

—¿Y decidiste bajar?

—Decidí asegurarme de que no fuera ladrón muy educado que camina descalzo.

A pesar de todo, Valentina rio.

Breve. Quebrado. Pero real.

—Eres ridículo.

—Es mi mejor cualidad.

Se quedaron así.

Dos personas en piso frío.

Respirando sincronizadamente.

Sin tocar más que hombros.

Sin palabras necesarias.

Solo presencia.

El tipo de intimidad que no requería piel.

Solo reconocimiento de humanidad compartida.

—Deberías intentar dormir otra vez —dijo Eric eventualmente.

—No quiero volver a ese cuarto todavía.

—Entonces quédate aquí. El sofá es cómodo. Yo me quedo en el sillón. Nadie tiene que estar solo.

—¿No es eso raro?

—Probablemente. Pero las tres de la mañana tiene reglas diferentes.

Eric se levantó. Trajo manta del respaldo del sillón.

Se la ofreció a Valentina.

—Duerme. Yo leo. Si otra pesadilla llega, no estarás sola.

Ella tomó la manta.

Se acurrucó en el sofá que olía a siglos de conversaciones humanas.

Eric se acomodó en el sillón con libro que había dejado ahí días antes.

Encendió lámpara pequeña.

Leyó en silencio.

Valentina cerró los ojos.

El miedo todavía ahí pero manejable.

Porque no estaba sola.

No rescatada. No arreglada.

Solo acompañada.

Y a las tres de la mañana en casa antigua en Provenza, eso era exactamente lo que necesitaba.

Se durmió con sonido de páginas pasando.

Y respiración constante de alguien que entendía que a veces la mejor ayuda es simplemente estar.

Sin agenda. Sin expectativas.

Solo presencia.

Valentina despertó con luz gris de amanecer y olor a café recién hecho.

Por un segundo olvidó dónde estaba.

Luego recordó.

El ataque de pánico. Eric en el piso. Quedarse dormida en el sofá.

Se incorporó. La manta todavía cubriéndola.

Eric no estaba en el sillón.

Pero su libro seguía ahí. Marcado con página doblada.

Voces venían de la cocina.

Una era Marie.

La otra…

El estómago se contrajo.

Karim.

Se levantó rápido. Demasiado rápido.

El mareo la golpeó pero lo ignoró.

Caminó descalza hacia la cocina.

Y ahí estaba.

Karim Al-Fayed.

De pie junto a la isla de la cocina.

Traje gris oscuro perfectamente cortado a pesar de haber viajado toda la noche.

Pero había señales.

El cabello no estaba perfectamente peinado. La barba de dos días que normalmente nunca permitía. Las ojeras apenas visibles.

Y el olor.

No su oud habitual.

Sino mezcla de jet fuel, aire reciclado de cabina, y estrés condensado.

Sus ojos la encontraron inmediatamente.

La recorrieron de arriba abajo.

Evaluando. Buscando daño visible.

—Buenos días, habibti.

La voz era controlada.

Demasiado controlada.

—Karim. Llegaste temprano.

—Terminé la negociación anoche. Tomé vuelo de medianoche.

Pausa.

—Mis hombres reportaron… actividad inusual a las tres AM. Quise verificar personalmente.

Por supuesto.

Porque los guardias invisibles habían visto algo.

Reportado algo.

Y Karim había saltado en avión inmediatamente.

—Tuve ataque de pánico. Eric me ayudó. Nada más.

—Lo sé.

Dejó la taza de café que Marie le había servido.

—Por eso estoy aquí. No para acusar. Para asegurarme de que estés bien.

Caminó hacia ella.

Lento. Deliberado.

Como depredador que no quiere asustar a presa.

Cuando llegó frente a ella, levantó la mano.

Tocó su mejilla con gentileza que contrastaba con la tensión en su mandíbula.

—¿Estás bien?

—Estoy bien.

—Mentirosa.

Pero lo dijo sin veneno.

Solo observación factual.

—Tuviste pesadilla sobre Mónica. Bajaste sola. Eric te encontró.

No era pregunta.

—Tus guardias son muy eficientes.

—Son pagados para ser eficientes.

La mano todavía en su mejilla.

El pulgar trazando círculo pequeño.

—¿Por qué no me llamaste?

—Eran las tres de la mañana. Estabas en Dubai.

—Me habrías despertado. Habría… habría estado ahí. Por teléfono al menos.

Algo en su voz se quebró ligeramente.

—No necesitabas manejarlo sola.

—Pero lo hice.

—Con Eric.

Ahí estaba.

El verdadero problema.

No que tuvo ataque de pánico.

Sino que fue Eric quien estuvo ahí.

—Sí. Con Eric. Porque él estaba aquí. Y tú no.

—Lo sé.

Dejó caer la mano.

Dio paso atrás.

—Y no te culpo. Pero eso no significa que me guste.

—¿Qué específicamente no te gusta?

La pregunta salió más desafiante de lo que pretendía.

Karim la estudió.

—No me gusta que él te conozca de formas que yo no. Que pueda sentarse contigo en silencio y eso sea suficiente. Que no necesites mis soluciones. Solo su presencia.

Honestidad brutal.

Como siempre.

—Karim…

—No tienes que explicar. Entiendo intelectualmente que diferentes personas ofrecen diferentes cosas. Pero emocionalmente…

Se pasó la mano por el cabello.

Deshaciéndolo completamente.

—Emocionalmente quiero ser único que necesitas. Para todo. Y sé que eso es imposible y probablemente no sano. Pero es lo que siento.

Marie apareció silenciosamente.

Dejó segundo café en la isla.

Desapareció igual de silenciosamente.

Valentina tomó la taza.

Necesitaba hacer algo con las manos.

—¿Dónde está Eric ahora?

—En los viñedos. Salió temprano.

—¿Sabía que yo llegaba?

—Probablemente. Marie tiene radar para drama inminente.

A pesar de la tensión, Karim casi sonrió.

—Entonces fue discreto al desaparecer.

—Él es muchas cosas. Pero no es idiota.

Bebieron café en silencio tenso.

—¿Cuánto tiempo te quedas? —preguntó Valentina.

—Depende.

—¿De qué?

—De ti.

La miró directamente.

—Vine porque necesitaba verte. Verificar que estuvieras bien. Pero también porque… porque han sido cuatro días y te extraño de forma que hace difícil concentrarme en negociaciones de medio billón de dólares.

Dejó su taza.

—Pero si necesitas más tiempo. Más espacio. Puedo irme otra vez. Solo necesito saber.

Valentina procesó eso.

Este hombre que había volado toda la noche. Que olía a agotamiento y obsesión.

Que estaba ofreciendo irse si ella lo pedía.

Aunque claramente lo mataría hacerlo.

—Quédate.

—¿Estás segura?

—No. Pero quédate de todos modos.

Algo se relajó en los hombros de Karim.

—Está bien.

Pausa.

—Pero necesito ducharme. Y dormir tres horas. Y entonces podemos tener conversación que prometiste.

—La conversación sobre nosotros.

—Sí. Esa.

Se acercó otra vez.

Esta vez la besó.

No posesivo.

No demandante.

Solo… necesitado.

Como hombre que había estado conteniendo respiración y finalmente podía exhalar.

Cuando se separaron, Valentina podía saborear el cansancio en él.

—Ve. Duerme. Hablamos después.

—¿Promesa?

—Promesa.

Karim subió las escaleras.

Sus pasos pesados con jet lag y tensión emocional.

Valentina se quedó en la cocina.

Mirando su café como si contuviera respuestas.

La puerta lateral se abrió.

Eric.

Con jeans sucios de tierra y expresión cuidadosamente neutral.

—Escuché que el faraón regresó.

—Hace una hora.

—¿Todo bien?

—Define bien.

Eric se sirvió café.

Se recargó contra el contador.

Manteniendo distancia física deliberada.

—¿Sabe sobre anoche?

—Sus guardias le reportaron todo.

—Por supuesto. Porque privacidad es concepto extranjero para hombres con recursos ilimitados.

Pero lo dijo sin veneno real.

Solo cansancio.

—¿Está enojado?

—No enojado. Celoso. Hay diferencia.

Eric tomó sorbo largo.

—¿Y tú? ¿Cómo te sientes con su regreso temprano?

—Aliviada. Asustada. Confundida.

—Suena preciso.

Dejó la taza.

—Valentina, necesito decirte algo. Y luego me voy a hacer escaso por unos días.

—¿Qué?

—Necesitas espacio con él. Sin mi presencia complicando las cosas. Marie te cuidará. Los viñedos sobrevivirán sin mí dos días.

—Eric, no tienes que…

—Sí tengo. Porque soy muchas cosas pero no soy obstáculo deliberado entre dos personas tratando de descubrir si pueden funcionar.

Caminó hacia la puerta.

Se detuvo en el umbral.

—Pero Valentina. Cuando tengan esa conversación. La honesta. Acuérdate de algo.

—¿Qué?

—Que amor no es suficiente si te hace pequeña. Y seguridad no es suficiente si te hace prisionera.

Pausa.

—Elige lo que te haga crecer. Incluso si asusta.

Salió antes de que ella pudiera responder.

Dejándola sola con dos tazas de café.

Un hombre dormido arriba que la amaba de forma que sofocaba.

Y otro desapareciendo en viñedos que la amaba de forma que liberaba.

Y ella, parada en cocina antigua, tratando de descubrir cuál amor necesitaba.

O si necesitaba amor completamente diferente.

El que todavía no sabía cómo nombrar.

El amor propio.

Subió las escaleras.

Pasó por la habitación de Karim.

Escuchó agua de ducha corriendo.

Continuó a la suya.

Porque antes de tener conversación honesta con él.

Necesitaba tener conversación honesta consigo misma.

Y esa, descubrió, era la más aterradora de todas.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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