Leer Novelas
  • Completado
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
Avanzado
Iniciar sesión Registrarse
  • Completado
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
  • Configuración de usuario
Iniciar sesión Registrarse
Anterior
Siguiente

Novia Fugitiva busca venganza - Capítulo 48

  1. Inicio
  2. Todas las novelas
  3. Novia Fugitiva busca venganza
  4. Capítulo 48 - Capítulo 48: La Cena de los Tres
Anterior
Siguiente
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo

Capítulo 48: La Cena de los Tres

Valentina bajó las escaleras cuando el sol empezaba a teñir el cielo de naranja.

Tres horas.

Karim había dormido exactamente tres horas.

Porque era Karim y su cuerpo funcionaba con cronómetro interno más preciso que cualquier alarma.

Lo encontró en la terraza.

Recién duchado. Camisa de lino blanca que probablemente costaba más que el PIB de país pequeño. Jeans oscuros. Descalzo.

El detalle la sorprendió.

Karim Al-Fayed. Descalzo en terraza francesa.

Como si estuviera tratando de conectar con la tierra de forma literal.

—Habibti.

Se levantó cuando la vio. La evaluó con esos ojos que no perdían detalle.

—¿Dormiste?

—Un poco. ¿Tú?

—Suficiente.

Mentira. Las ojeras lo delataban.

Pero no lo presionó.

Marie apareció como fantasma benévolo. Con bandeja de café y algo que olía a romero y mantequilla.

—La cena estará lista en dos horas, mademoiselle. Monsieur Eric regresó. Está en su habitación preparándose.

Por supuesto.

Porque Eric era demasiado educado para perderse la cena incómoda del siglo.

Marie desapareció.

Valentina se sentó frente a Karim.

El café estaba perfecto. Como siempre.

—¿Hablaste con tu padre?

—Brevemente. Le dije que la negociación en Dubai tomará más tiempo del anticipado.

Pausa.

—Mentí. Porque estar aquí contigo es más importante que quinientos millones de dólares en acero.

La honestidad brutal que lo caracterizaba.

—Karim…

—No. Déjame terminar antes de que Eric baje y tengamos que fingir civilidad.

Se inclinó hacia adelante.

—Sé que prometí conversación. Sobre nosotros. Sobre qué significa esto. Pero necesito que entiendas algo primero.

—¿Qué?

—Que vine preparado para perderte. Mentalmente. Emocionalmente. Hice las paces con la idea de que podrías elegir la paz sobre el fuego.

Los ojos oscuros brillaban con algo que raramente mostraba.

Miedo real.

—Pero ahora que estoy aquí. Viéndote. Oliendo el aire que respiras. No sé si puedo realmente dejarte ir.

—No es sobre dejarte ir. Es sobre si podemos funcionar sin que me asfixies.

—Lo sé. Y he estado pensando en eso durante seis horas de vuelo y tres horas de insomnio disfrazado de sueño.

Sacó algo de su bolsillo.

Pequeño sobre de papel.

Lo deslizó hacia ella.

Valentina lo abrió con manos que temblaban ligeramente.

Dentro: documento legal.

Breve. Una página.

“Liberación de Deuda y Renuncia a Propiedad”

Karim Al-Fayed renuncia irrevocablemente a todos los derechos sobre las obligaciones financieras adquiridas en nombre de Valentina García, incluyendo pero no limitado a pagarés heredados de José García (padre de la beneficiaria).

Firma. Fecha. Notarizado.

—¿Qué es esto?

—Es mi mea culpa. Y mi declaración de intenciones.

Se reclinó.

—Compré tu deuda para protegerte de Santi. Esa parte es verdad. Pero también la mantuve porque me daba control. Y eso fue error.

Pausa.

—Ese documento anula todo. Ya no te debo nada. Tú no me debes nada. Si eliges quedarte conmigo, será porque quieres. No porque soy tu única opción financiera.

Valentina miraba el papel como si fuera artefacto alienígena.

—¿Cuándo hiciste esto?

—Hace dos meses. Cuando MadameAmélie me preguntó si amaba tu libertad más de lo que amaba poseerte.

—¿Y qué respondiste?

—No respondí. Porque no sabía la respuesta. Pero ahora sí.

La miró directamente.

—Amo tu libertad más. Porque sin ella, no eres tú. Y yo no quiero versión domesticada de Valentina García. Quiero la que me desafía. La que me obliga a ser mejor.

Las lágrimas llegaron sin permiso.

—Maldito seas.

—Lo sé.

—No puedes hacer esto justo cuando estaba lista para odiarte.

—Pésimo timing. Es mi especialidad.

A pesar de todo, rio.

Quebrado. Húmedo. Pero real.

—Gracias.

—No me agradezcas todavía. Porque también traje esto.

Sacó segundo sobre.

Este más grande.

Valentina lo abrió.

Planos arquitectónicos.

Edificio comercial. Moderno. Vidrio y acero.

—¿Qué es?

—Espacio en Polanco. Ciudad de México. Cinco mil metros cuadrados. Zonificado para diseño y manufactura textil.

Señaló sección específica.

—Compré el edificio completo. Pero este piso es tuyo. Si lo quieres. Para tu marca. V.G. Designs o como decidas llamarla.

El estómago se contrajo.

—Karim, no puedo aceptar…

—No es regalo. Es inversión. Tú pagas renta de mercado. Yo soy tu arrendador. Relación comercial completamente legal.

Pausa.

—Pero si decides que no quieres nada que venga de mí, puedes rechazarlo. Y encontraré otro inquilino. Sin rencores.

Valentina no sabía qué decir.

Este hombre que había volado desde Dubai.

Que había renunciado a control financiero.

Que estaba ofreciendo herramientas para su independencia.

Mientras claramente lo mataba hacerlo.

—¿Por qué?

—Porque mi terapeuta—sí, tengo terapeuta ahora, sorpresa—me hizo una pregunta.

—¿Cuál?

—”¿Prefieres tener a Valentina dependiente y resentida, o libre y eligiéndote cada día?”

Los ojos brillando.

—Y me di cuenta de que toda mi vida construí jaulas. De oro. De poder. De seguridad. Pero jaulas al fin.

—Karim…

—Así que esto es mi intento de no ser carcelero. De ser… socio. Pareja. Lo que sea que permita que te quedes sin sentir que renunciaste a ti misma.

El silencio cayó.

Pesado con posibilidad.

Valentina estaba a punto de responder cuando pasos resonaron.

Eric.

Bajando las escaleras con timing perfecto para interrumpir momento crucial.

Vestido de forma que era declaración deliberada.

No el aristócrata pulido.

Sino el hombre de tierra.

Jeans desgastados. Camisa de algodón simple. Descalzo también.

Como diciendo: Esta es mi casa. Mi territorio. Mis reglas.

—Buenas tardes. Espero no interrumpir.

Mentira educada. Sabía exactamente qué interrumpía.

—Eric. Gracias por la hospitalidad extendida.

Karim se levantó. Extendió la mano.

Eric la tomó. El apretón durando fracción más de lo necesario.

Competencia primitiva disfrazada de cortesía.

—Es lo menos que puedo hacer por amigos.

La palabra “amigos” cargada con ironía.

Se sentaron.

El triángulo formándose naturalmente.

Valentina en medio. Los dos hombres flanqueándola.

Marie apareció con vino.

Tinto local que Eric producía.

—Mi cosecha del 2019. Año difícil. Sequía brutal. Pero las uvas que sobrevivieron produjeron algo… interesante.

Sirvió tres copas.

Karim tomó sorbo evaluativo.

—Complejo. Taninos agresivos pero balanceados. ¿Cuántas botellas produces al año?

—Dos mil. Todas vendidas antes de embotellar.

—Impresionante para operación boutique.

—No busco escala. Busco calidad.

La tensión crujió como electricidad estática.

—Hablando de escala—continuó Karim con tono casual que no engañaba a nadie—, he estado pensando.

—Peligroso—murmuró Eric.

—Este viñedo tiene potencial extraordinario. Con inversión correcta, podrías triplicar producción sin sacrificar calidad.

Eric dejó su copa.

—No estoy interesado en triplicar nada.

—Ni siquiera has escuchado mi oferta.

—No necesito escucharla. Sé a dónde va.

Valentina miraba entre ellos como espectadora de tenis verbal.

—Déjame adivinar—dijo Eric—. Quieres comprar participación. O el viñedo completo. Como “agradecimiento” por hospedar a Valentina.

—Es oferta de negocios legítima.

—Es intento de marcar territorio.

—¿Y si es ambas?

La honestidad brutal cortó el aire.

Eric se reclinó. Sonrisa sin humor.

—Al menos eres directo. Lo aprecio.

Tomó sorbo largo de vino.

—Pero mi respuesta es no. Este lugar no está en venta. No por dinero. No por cortesía. No por nada.

—Todo tiene precio.

—Sí. Y el mío está más allá de tus recursos.

—Dudo eso.

—No hablo de euros, Karim. Hablo de paz mental. De autonomía. De no deber nada a nadie.

Pausa.

—Cosas que el dinero no puede comprar. Aunque sé que cuesta trabajo entenderlo para hombre que mide valor en dígitos.

Valentina intervino antes de que escalara.

—Ya basta. Los dos.

Ambos la miraron.

—Karim, Eric no está rechazando tu dinero para insultarte. Está protegiendo algo que construyó con sus propias manos.

Se giró hacia Eric.

—Y tú no necesitas ser condescendiente sobre eso. Karim está intentando ayudar a su manera torpe.

Eric levantó las manos en rendición.

—Tienes razón. Disculpas.

Karim asintió tenso.

—Disculpas también.

Pero el daño estaba hecho.

La primera grieta entre Valentina y Karim.

Porque ella había defendido a Eric.

Públicamente.

Y Karim lo había sentido como traición.

Marie apareció con entrada.

Ensalada de la huerta con queso de cabra local.

Comieron en silencio tenso.

Los cubiertos contra porcelana más ruidosos de lo normal.

—¿Cuánto tiempo planeas quedarte?—preguntó Eric eventualmente.

—Depende—respondió Karim.

—¿De?

—De cuánto tiempo Valentina necesite para decidir.

—Decidir qué exactamente.

—Si puede vivir con hombre que está aprendiendo a soltar control. O si prefiere hombre que nunca tuvo control para empezar.

Eric dejó el tenedor.

—Eso fue golpe bajo.

—Fue honesto.

—Honestidad cruel sigue siendo crueldad.

—Y cortesía falsa sigue siendo falsa.

Valentina se levantó.

Bruscamente.

La silla raspando contra piedra antigua.

—Me voy a mi cuarto.

—Valentina…—empezaron ambos simultáneamente.

—No. Ustedes dos pueden continuar midiendo lo que sea que están midiendo. Yo ya cumplí mi cuota de testosterona tóxica por hoy.

Subió las escaleras sin mirar atrás.

Dejando a dos hombres adultos sentados en vergüenza compartida.

Eric rompió el silencio primero.

—La estamos perdiendo.

—Lo sé.

—No a ti. No a mí. A nosotros. A ambos. Porque somos demasiado ocupados compitiendo para ver qué necesita realmente.

Karim estudió su copa.

—¿Y qué crees que necesita?

—Espacio. Tiempo. Que dejemos de tratarla como premio que ganar.

Pausa.

—Pero ninguno de nosotros sabe cómo hacer eso, ¿verdad?

Karim casi sonrió.

—No. Somos patéticamente incapaces de no competir.

—Habla por ti. Yo soy perfectamente capaz de…—Eric se detuvo—. No, tienes razón. Soy igual de malo.

Bebieron en silencio.

No cómodo. Pero menos hostil.

—¿Realmente la amas?—preguntó Eric.

—Tanto que me aterra.

—¿Y qué harías si ella me eligiera a mí?

Karim pensó largo.

—Honestamente no lo sé. Probablemente algo estúpido y posesivo que confirmaría por qué no debería estar conmigo.

—Al menos eres consciente de tus defectos.

—La terapia ayuda.

Eric rio breve.

—Nunca pensé que tendría esta conversación. Con mi rival romántico. Sobre la mujer que ambos…

No terminó la frase.

No necesitaba.

Arriba, Valentina escuchaba desde el rellano de las escaleras.

No a propósito.

Solo había bajado por agua.

Pero ahora se quedaba quieta.

Escuchando.

Y sintiendo algo quebrar en su pecho.

Porque estos hombres—tan diferentes, tan similares—la amaban.

De formas que dolían. Que asfixiaban. Que liberaban.

Pero la amaban.

Y ella…

Ella todavía no sabía qué hacer con eso.

Regresó a su cuarto.

Sin el agua.

Se dejó caer en la cama.

El documento de Karim todavía en su bolsillo.

Los planos del edificio en su mano.

Y la certeza creciente de que no importaba quién eligiera.

Alguien saldría destrozado.

El trueno sonó distante.

Como advertencia.

La tormenta se acercaba.

Literal y metafóricamente.

Valentina despertó a las 2:34 AM con el sonido de lluvia golpeando las ventanas.

No lluvia suave.

Diluvio.

Como si el cielo hubiera guardado agua durante meses y decidido soltarla toda de golpe.

Los truenos sacudían la casa.

Vibraciones que sentía en el pecho.

Se levantó. Caminó hacia la ventana.

El mundo afuera era caos líquido.

Los viñedos invisibles bajo cortina de agua.

Los relámpagos iluminando todo en flashes estroboscópicos.

Hermoso. Violento. Primario.

Golpe en su puerta.

Suave pero urgente.

—¿Valentina? ¿Estás bien?

Karim.

Por supuesto.

Porque el hombre tenía radar para cuando ella estaba despierta.

Abrió la puerta.

Él estaba en pants de pijama y camiseta simple.

Cabello despeinado. Ojos alertas.

—Las tormentas de Provenza pueden ser violentas. Quería asegurarme…

Otro trueno. Tan cerca que la casa se estremeció.

Las luces parpadearon.

Se apagaron.

Oscuridad total.

—Mierda.

La voz de Karim cortando el negro absoluto.

—Generador debería activarse en…

Nada.

Silencio excepto por la tormenta.

—Quédate aquí. Voy por linternas.

—No te vayas.

Las palabras salieron antes de que pudiera detenerlas.

Karim se congeló.

—¿Qué?

—Quédate. Por favor.

No podía verlo. Pero sintió su sorpresa.

—Valentina…

—Solo quédate.

Escuchó sus pasos. Acercándose.

Manos encontrando su rostro en la oscuridad.

—No tengo miedo de la tormenta—dijo ella contra su palma—. Tengo miedo de nosotros.

—Yo también.

La besó.

Suave primero. Preguntando permiso.

Ella respondió. Más urgente.

Meses de tensión. Semanas de separación. Días de incertidumbre.

Todo colapsando en ese beso.

Karim la levantó. Ella envolvió las piernas alrededor de su cintura.

Él caminó hacia la cama con memoria muscular.

La depositó sobre sábanas que olían a lavanda.

Otro relámpago. Iluminándolos por segundo.

Suficiente para ver sus ojos.

Oscuros. Hambrientos. Pero esperando.

—¿Estás segura?

—No. Pero hazlo de todos modos.

—No es broma, Valentina. Si hacemos esto ahora, todo cambia.

—Ya todo cambió.

Las manos de ella encontraron su camisa. Jalando.

Él se la quitó en movimiento fluido.

La piel contra piel era fuego.

Karim se tomó su tiempo.

Besando cada cicatriz. Cada marca que Santi había dejado.

Como si pudiera borrarlas con su boca.

—Eres hermosa.

—Estoy rota.

—Eres sobreviviente. Hay diferencia.

La ropa desapareció.

Despacio primero. Luego frenético.

Hasta que no había nada entre ellos.

Solo piel. Respiración. Latidos sincronizados.

Karim se detuvo. Frente en su frente.

—Necesito que entiendas algo.

—¿Qué?

—Que esto no es solo sexo para mí. Nunca lo fue. Nunca lo será.

—Lo sé.

—¿Y tú? ¿Qué es esto para ti?

Valentina pensó.

Honestamente.

—Es rendición. Y elección. Simultáneamente.

—No entiendo.

—Me rindo a que te amo. Pero elijo cómo amarte. En mis términos.

Karim la penetró lento.

Mirándola a los ojos a pesar de la oscuridad.

Como si pudiera verla por pura fuerza de voluntad.

Valentina jadeó. No de dolor.

De algo más profundo.

Reconocimiento.

Su cuerpo recordando al de él.

Como si hubieran hecho esto mil veces antes.

En vidas anteriores.

Encontraron ritmo.

Lento al principio. Aprendiendo otra vez.

Luego más urgente.

La tormenta afuera marcando el tempo.

Truenos como percusión.

Lluvia como sinfonía.

—Mírame—ordenó Karim.

Ella obedeció.

—No cierres los ojos. Necesito que estés aquí. Completamente.

—Estoy aquí.

—¿Estás? ¿O estás pensando en él?

La honestidad brutal incluso ahora.

—Solo pienso en ti.

—Júralo.

—Te lo juro.

Karim aceleró. Más profundo.

La mano encontrando su centro. Círculos precisos.

Porque el hombre era perfeccionista en todo.

Incluido esto.

—Ven para mí, habibti. Déjame sentirte.

Valentina se quebró.

El orgasmo llegando como ola.

Arrastrándola bajo.

Ahogándola en sensación.

Gritó su nombre.

No performance. No actuación.

Genuino. Arrancado de algún lugar primitivo.

Karim la siguió.

Temblando. Vulnerable de formas que nunca mostraba.

—Te amo—susurró contra su cuello—. Dios, te amo tanto que no sé cómo existir sin ti.

Las lágrimas de Valentina cayeron.

Mezclándose con sudor.

—Yo también.

Se quedaron así.

Entrelazados. Respirando juntos.

El mundo reduciéndose a esa cama.

Esa habitación.

Ese momento.

Eventualmente, Karim rodó.

Llevándola con él.

Ella sobre su pecho.

Su mano trazando círculos en su espalda.

—¿Valentina?

—¿Sí?

—Tengo miedo.

La admisión la sorprendió.

—¿De qué?

—De que esto haya sido despedida. No nuevo comienzo.

Ella levantó la cabeza.

No podía verlo. Pero sentía su tensión.

—¿Por qué pensarías eso?

—Porque mañana vas a despertar. Y vas a recordar por qué estábamos separados. Y todos los documentos del mundo no cambiarán el hecho de que soy hombre que necesita controlar.

—Karim…

—No. Déjame terminar. He estado en terapia tres meses. Aprendí palabras nuevas. Conceptos sobre “espacio” y “autonomía”. Pero decir que cambié es fácil.

Pausa.

—Vivir el cambio es lo difícil. Y tengo miedo de que un día—pronto—voy a fallar. Voy a volver a mis patrones. Y tú vas a darte cuenta de que mereces mejor.

Valentina se sentó.

A horcajadas sobre él.

Manos en su pecho.

—Mírame.

—No puedo verte.

—Entonces escúchame.

Respiró profundo.

—No te elegí porque eres perfecto. Te elegí porque eres real. Y sí, vas a fallar. Yo también voy a fallar. Voy a correr cuando debería quedarme. Voy a pelear cuando debería hablar.

Pausa.

—Pero la diferencia entre nosotros y las veces anteriores es que ahora lo sabemos. Y podemos decidir qué hacer cuando falle.

—¿Y qué haremos?

—Hablaremos. Pelearemos si necesario. Pero no huiremos.

Karim se incorporó.

Envolviéndola en sus brazos.

—Prométeme algo.

—Lo que sea.

—Que si algún día sientes que te estoy enjaulando otra vez, me lo dirás. Directamente. No esperarás a que sea insoportable.

—Te lo prometo. Pero tú prométeme algo también.

—¿Qué?

—Que cuando te lo diga, no lo tomarás como ataque. Sino como información que necesitas para ser mejor pareja.

—Es difícil no ser defensivo.

—Lo sé. Pero inténtalo.

Se besaron.

Sellando promesas que probablemente romperían.

Pero intentarían mantener.

La tormenta empezaba a ceder.

Lluvia disminuyendo a llovizna.

Truenos distanciándose.

Las luces parpadearon.

Regresaron.

Iluminando la habitación en resplandor amarillo.

Valentina parpadeó. Ajustándose.

Karim la miraba con expresión que nunca había visto.

No posesiva. No calculadora.

Simplemente… feliz.

—¿Qué?

—Nada. Solo… grabando esto. Por si acaso.

—¿Por si acaso qué?

—Por si acaso es lo más feliz que seré en mi vida.

—Dramático.

—Realista.

Ella rodó los ojos. Pero sonrió.

Se acurrucó contra él.

La cabeza en su pecho.

Escuchando su corazón.

Constante. Fuerte.

—Karim.

—¿Sí?

—Sobre Eric…

Lo sintió tensarse.

—No necesitas explicar.

—Sí necesito. Porque no puedo estar contigo con secretos.

Respiró profundo.

—Lo amo. Pero no de la forma que te amo a ti.

—¿Cuál es la diferencia?

—Eric me hace sentir paz. Tú me haces sentir viva.

—No estoy seguro de que eso sea cumplido.

—Lo es. Porque después de años sintiendo nada, vivir—aunque duela—es regalo.

Karim besó su cabeza.

—¿Y si pudieras tener ambas? Paz y fuego.

—Entonces sería persona diferente. Y tú serías hombre diferente. Y probablemente nos aburriríamos mutuamente.

A pesar de todo, él rio.

—Tienes punto.

Se quedaron así hasta que el amanecer empezó a pintar el cielo.

Sin dormir.

Solo existiendo.

En burbuja fuera del tiempo.

Sabiendo que mañana traería complicaciones.

Conversaciones difíciles.

Eric esperando respuestas.

El mundo exterior presionando.

Pero por ahora.

En cama antigua en Provenza.

Después de tormenta que sacudió la tierra.

Eran solo dos personas.

Que habían elegido intentar.

Incluso si probablemente fracasarían.

Porque el amor—el real—no era sobre garantías.

Era sobre decidir que el riesgo valía la pena.

Día tras día.

Falla tras falla.

Hasta que o funcionaba.

O los destruía intentándolo.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

Anterior
Siguiente
  • Inicio
  • Acerca de
  • Contacto
  • Política de privacidad

© 2025 LeerNovelas. Todos los derechos reservados

Iniciar sesión

¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

Registrarse

Regístrate en este sitio.

Iniciar sesión | ¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

¿Perdiste tu contraseña?

Por favor, introduce tu nombre de usuario o dirección de correo electrónico. Recibirás un enlace para crear una nueva contraseña por correo electrónico.

← Volver aLeer Novelas

Reportar capítulo