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Novia Fugitiva busca venganza - Capítulo 5

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  4. Capítulo 5 - 5 Capítulo 5 La Trampa de Seda
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5: Capítulo 5: La Trampa de Seda 5: Capítulo 5: La Trampa de Seda Tres días completos en Dubái y Valentina ya había aprendido las reglas no escritas de su nueva existencia.

Regla número uno: nunca caminar más de tres pasos delante de Karim en público.

Siempre medio paso atrás, como sombra elegante que complementa sin competir.

Regla número dos: sonreír hasta que duelan las mejillas, especialmente cuando quieres gritar.

Regla número tres: el champán es para sostener decorativamente, ocasionalmente llevar a los labios, pero nunca para beber de verdad.

La cuarta regla la descubrió esa mañana, cuando el sol del desierto ya castigaba el horizonte a las siete de la mañana.

—¿Qué demonios es esto?

Miró el documento de quince páginas que el asistente de Karim le había entregado junto con el café matutino.

—El itinerario detallado de su día, señorita —Rasheed, el asistente perfecto con traje perfecto y expresión de robot amable, no levantó la vista de su tablet perpetua—.

Desayuno a las ocho en la terraza.

Sesión de fotografía profesional a las diez en la suite.

Almuerzo con la señora Rashid y sus hijas a la una en el club de campo.

Fitting para los vestidos de la gala de mañana a las cuatro.

Cena privada con el señor Al-Fayed a las ocho.

—¿Y yo exactamente cuándo decido algo por mí misma?

Rasheed parpadeó con confusión genuina.

Como si la pregunta no computara en su sistema operativo perfectamente programado.

—El señor Al-Fayed ha organizado todo meticulosamente para su comodidad y beneficio.

Comodidad.

Beneficio.

Claro.

Porque nada grita comodidad como un horario donde hasta los minutos para ir al baño probablemente estaban asignados y cronometrados.

El desayuno llegó antes de que pudiera articular protesta coherente.

Frutas exóticas que no sabía nombrar pero que estallaban en su boca con sabores del paraíso.

Pasteles franceses que parecían esculturas demasiado bellas para comer.

Café arábigo que probablemente costaba más por taza que su renta mensual cuando vivía sola en la Ciudad de México, antes de Santiago, antes de todo.

Comió sola en la terraza de mármol con vista al mar artificial que rodeaba el hotel imposible.

Karim había salido antes del amanecer.

Reuniones misteriosas.

Siempre reuniones que no explicaba.

El hombre trabajaba como si dormir fuera opcional para mortales inferiores y él hubiera trascendido esa necesidad biológica hace años.

La sesión de fotos fue en la terraza privada del penthouse.

Un fotógrafo italiano con bigote dramático, acento teatral y opiniones sobre todo la hizo posar contra el skyline alienígena de Dubái mientras gritaba instrucciones que sonaban más a insultos artísticos.

—¡Más pasión en la mirada!

¡Menos rigidez americana!

¡Eres latina, carajo, se supone que tienes fuego en las venas!

¡Mueve las caderas como si el mar te estuviera llamando!

—Soy mexicana, no stripper brasileña.

Y el mar no me está llamando, me está juzgando.

—¡Es exactamente lo mismo para la cámara!

¡El juicio y la pasión se fotografían igual si sabes cómo posar!

Cuatro horas después, con los pies destrozados por tacones imposibles, el orgullo profesional aplastado y cada gramo de autoestima cuestionado, Valentina escapó al único lugar donde nadie podía seguirla ni cronometrarla: el vestidor de su habitación.

Cerró la puerta con más fuerza de la necesaria.

Se dejó caer entre vestidos de diseñador que costaban fortunas y zapatos que lastimarían pies de bailarinas profesionales.

Y lloró.

Por primera vez desde que subió a ese autobús en la terminal de Observatorio hace cinco días que parecían cinco años, lloró de verdad.

Sin contención.

Sin vergüenza.

Por todo lo acumulado.

Por la vida que había perdido sin siquiera darse cuenta de que la estaba perdiendo.

Por la persona que solía ser antes de convertirse en la novia de un narco y luego en la muñeca de lujo de un billonario árabe.

Por las decisiones que la habían traído hasta este clóset de seda donde las opciones seguían sin ser realmente suyas.

El teléfono vibró contra su muslo.

Número francés.

El corazón le saltó al verlo.

—¿Estás llorando, chérie?

La voz de Eric era suave al otro lado de la línea.

Casi tierna.

Sin la teatralidad habitual.

—¿Cómo siempre sabes exactamente cuándo llamar?

—Porque puedo escuchar el eco de la soledad a través de las paredes de cualquier palacio.

Los vestidores tienen una acústica particularmente terrible para el drama privado, ¿sabías?

Amplifican todo.

A pesar de todo, Valentina se rió.

—¿Cómo conseguiste mi número nuevo?

Karim dijo que era imposible de rastrear.

—Tengo mis métodos.

Y Karim subestima lo que el aburrimiento aristocrático puede lograr cuando se aplica correctamente.

Pausa dramática.

—¿Quieres escapar por unas horas?

De verdad escapar, no solo cambiar de jaula dorada.

—No puedo.

Tengo un almuerzo programado con la señora Rashid y sus hijas que seguramente me van a interrogar sobre mi útero y mis planes reproductivos durante tres horas.

—La señora Rashid.

La conozco desafortunadamente bien.

Es la mujer más aburrida de todo el hemisferio oriental y va a hacerte exactamente eso.

—Qué panorama tan encantador.

—La vida de las prometidas de billonarios.

Hazme caso, chérie: finge una migraña devastadora.

Yo paso a recogerte en veinte minutos exactos.

—Karim se va a enojar.

Muchísimo.

—Karim siempre está enojado debajo de la superficie controlada.

No lo tomes como responsabilidad tuya.

Valentina miró la puerta cerrada del vestidor.

Afuera, Rasheed probablemente ya estaba cronometrando su crisis emocional.

—¿A dónde iríamos exactamente?

—Al desierto real.

Donde el dinero no vale absolutamente nada y las reglas tampoco.

Era una locura completa.

Pero ella ya no tenía nada que perder excepto una agenda que nunca había pedido.

—Veinte minutos.

Elevador de servicio.

—El de la derecha.

Diecisiete minutos después, Valentina corría por el estacionamiento subterráneo del Burj Al Arab con el vestido rojo de Valentino recogido hasta las rodillas y los tacones Louboutin en la mano.

Un Jeep Wrangler cubierto de polvo del desierto esperaba en la rampa de salida.

Eric le abrió la puerta con una reverencia burlona.

—Su carruaje la espera, princesa fugitiva.

—Es un Jeep sucio.

—Los carruajes de verdad son sobrevalorados.

Arrancaron antes de que el sentido común pudiera intervenir.

El desierto era todo lo que la ciudad no era.

Vacío.

Silencio.

Horizonte interminable.

—Aquí —dijo Eric, deteniendo el Jeep—.

Ahora grita.

Valentina miró el horizonte.

Abrió la boca.

Y gritó.

Todo.

La rabia.

El miedo.

La humillación.

Las jaulas.

Gritó hasta que solo quedó silencio.

—¿Mejor, chérie?

—Un poco.

—¿Por qué haces esto por mí?

—Porque reconozco esa mirada.

La de estar atrapada en una vida que no elegiste.

El teléfono explotó con notificaciones.

—Tengo que volver.

—Lo sé.

Pero cuando necesites escapar otra vez, siempre contesto.

Cuando el elevador se abrió, Karim la esperaba.

—¿Dónde estabas?

—Necesitaba aire real.

—¿Con Eric de Valois?

—Él no me ha amenazado con devolverme a México.

El silencio fue brutal.

—¿Eso es lo que crees que soy?

—No sé qué eres —dijo ella—, pero esta jaula sigue siendo una jaula.

Cerró la puerta de su habitación.

Afuera, escuchó un golpe seco.

Un puño contra la pared.

El teléfono vibró una última vez.

Mensaje de Eric: “El desierto siempre estará ahí.

Y yo también.” Mensaje de número mexicano desconocido: “Bonita foto gritando en el desierto.

El vestido rojo te queda bien para funeral.

Santi manda saludos.” El aire abandonó sus pulmones.

La habían encontrado.

Y el monstruo mexicano sabía exactamente dónde estaba su presa.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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