Novia Fugitiva busca venganza - Capítulo 50
- Inicio
- Todas las novelas
- Novia Fugitiva busca venganza
- Capítulo 50 - Capítulo 50: La Jaula de Diamantes
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo
Capítulo 50: La Jaula de Diamantes
El aterrizaje en El Cairo fue exactamente como Valentina lo recordaba.
Calor seco golpeándola al abrir la puerta del jet.
Olor a especias y gasolina mezclándose en el aire.
Y la sensación inmediata de ser observada.
Porque en mundo de Karim, la privacidad era concepto teórico.
Tres Mercedes negros esperaban en la pista.
Más el de siempre.
—¿Tres coches?
—Protocolo estándar cuando traes a la prometida oficial a evento público.
Karim dijo esto mientras revisaba su teléfono.
Como si fuera normal.
Como si ella fuera paquete valioso que necesitaba convoy.
Subieron al coche del medio.
Los otros dos flanqueándolos.
Como presidenta visitante.
O prisionera de alto perfil.
Dependiendo de la perspectiva.
—Karim, esto es excesivo.
—Esto es necesario.
No levantó la vista del teléfono.
—Santi sigue libre. Mis enemigos comerciales saben que tienes acceso a información sensible. Y mi familia…
Pausa.
—Mi familia es complicada.
—¿Complicada cómo?
—Complicada como en que tres primas mías intentarán sabotearte. Dos tías cuestionarán tu linaje. Y mi padre te evaluará como si fueras adquisición corporativa.
Genial.
Llegaron al complejo Al-Fayed.
No la torre de departamentos donde habían vivido antes.
Sino la residencia familiar.
Edificio que parecía mezquita moderna con presupuesto ilimitado.
Mármol blanco. Fuentes. Jardines que desafiaban el desierto circundante.
Y guardias.
En todas partes.
—Bienvenida a casa, habibti.
Casa.
La palabra sonaba a amenaza.
Entraron.
El interior era museo de riqueza antigua.
Tapices. Antigüedades. Oro por todas partes.
Pero frío.
A pesar del calor exterior, el aire acondicionado convertía todo en refrigerador de lujo.
Una mujer apareció.
Cincuentañera. Elegante. Con ojos que evaluaban como tasadora profesional.
—Karim, habibi. Y esta debe ser Valentina.
—Madre. Valentina, mi madre, Layla Al-Fayed.
Layla extendió la mano.
Limp. Como si tocar a Valentina fuera obligación desagradable.
—Encantada. Karim ha hablado tanto de ti.
Mentira educada.
Valentina la reconoció inmediatamente.
—El placer es mío.
—Tienen habitación en el ala este. Los sirvientes ya desempacaron tus cosas.
Espera.
—¿Desempacaron?
—Por supuesto. Es estándar.
Miró a Karim buscando apoyo.
Él evitó su mirada.
Cobarde.
—Madre, necesitamos instalarnos. La cena es a las ocho, ¿correcto?
—Correcto. Y Valentina, el vestido que seleccioné está en tu armario. Rosa pálido. Modesto pero elegante.
—Yo… gracias, pero tengo mi propia ropa.
Layla sonrió.
Sin calor.
—Por supuesto. Pero para eventos familiares, preferimos cierto… estándar.
Desapareció en nube de perfume caro y juicio silencioso.
Valentina se giró hacia Karim.
—¿Seleccionó mi vestido?
—Es tradición. La matriarca elige la ropa para eventos formales.
—¿Y cuándo planeabas mencionarlo?
—Iba a… eventualmente.
—Karim.
—Lo sé. Pero es mi madre. Y esta casa. Y…
Se pasó la mano por el cabello.
—Y estoy tratando de navegar entre lo que prometí y lo que mi familia espera.
—¿Y qué gana?
No respondió.
Porque la respuesta era obvia.
Subieron al ala este.
La “habitación” era suite de hotel de cinco estrellas.
Sala de estar. Dormitorio. Baño con tina de mármol.
Y armario del tamaño de su antiguo departamento en México.
Donde efectivamente colgaba vestido rosa pálido.
Conservador. Cuello alto. Mangas largas.
Como uniforme de niña buena.
Valentina lo miró con asco creciente.
—No voy a usar eso.
—Valentina…
—No. Esto es exactamente lo que hablamos. Control disfrazado de tradición.
—No es control. Es respeto.
—¿A quién? ¿A tu madre que no me conoce? ¿A tu familia que ya decidió que no soy suficiente?
Karim cerró los ojos.
—Tienes razón.
—¿Qué?
—Tienes razón. Esto es control. Y lo odio tanto como tú.
Se acercó.
—Pero necesito que entiendas algo. En dos días, estarás frente a quinientas personas. Prensa. Socios comerciales. Familia extendida que busca cualquier razón para desacreditar mi elección.
Pausa.
—Y si apareces en algo que ellos consideren inapropiado, te destrozan. Y por asociación, me destrozan a mí.
—Entonces tal vez deberías haber elegido esposa más apropiada.
Las palabras salieron envenenadas.
Karim retrocedió como si lo hubiera golpeado.
—No digas eso.
—¿Por qué no? Es verdad. Soy mexicana. Clase media venida a menos. Sin pedigrí. Sin conexiones.
—Eres sobreviviente. Eres fuerte. Eres…
—¿Qué? ¿Tu proyecto? ¿Tu Eliza Doolittle que vas a pulir hasta que sea presentable?
—Eres la mujer que amo. Pero también eres la mujer que aceptó estar conmigo sabiendo que mi mundo es este.
Silencio.
Pesado.
—Entonces tal vez cometí error.
Valentina tomó su maleta.
La abrió buscando su propia ropa.
Karim la detuvo.
—Espera.
—¿Para qué?
—Para que te diga que tienes razón. Que esto es injusto. Que odio cada segundo de forzarte a conformarte.
La giró hacia él.
—Pero también necesito que entiendas que estoy atrapado. Entre el hombre que quiero ser contigo y el hombre que mi familia necesita que sea.
—Entonces elige.
—No puedo. No así de simple.
—Sí puedes. Solo no quieres pagar el precio.
Karim soltó su brazo.
Se alejó hacia la ventana.
—Tienes razón. Otra vez.
Pausa larga.
—Usa lo que quieras. Si mi familia tiene problema, que lo tengan. Yo te defenderé.
—¿De verdad?
—De verdad.
Pero algo en su tono decía que no creía en sus propias palabras.
Que cuando llegara el momento, vacilaría.
Como siempre.
Valentina sacó vestido negro de su maleta.
Simple. Elegante. Pero definitivamente no rosa pálido virginal.
—Voy a usar esto.
—Está bien.
—¿De verdad está bien o estás diciendo que está bien para evitar pelea?
—Honestamente no lo sé.
Al menos era honesto.
Se cambiaron en silencio tenso.
Karim en traje oscuro que probablemente costaba más que coche.
Valentina en su vestido negro de batalla.
Bajaron a las siete y cincuenta.
El comedor era salón de banquete.
Mesa para veinte personas.
Y estaban todas ocupadas.
Primas. Tíos. La madre de Karim en la cabecera.
Y al otro extremo, el hombre que solo podía ser Tarek Al-Fayed.
Setentañero. Robusto. Con ojos que habían construido imperio desde cero.
Todos giraron cuando entraron.
Los ojos de Layla ensanchándose marginalmente al ver el vestido negro.
—Valentina. Qué… interesante elección.
Tarek habló antes de que Karim pudiera defender.
—Es apropiada. No estamos en funeral.
Se levantó.
Caminó hacia Valentina con paso que hacía temblar cristalería.
—Así que tú eres la mujer que tiene a mi hijo actuando como adolescente.
—Señor Al-Fayed. Es un placer.
—Todavía no decidimos si es placer o problema.
La estudió.
—Siéntate. Come. Y luego hablamos.
No era invitación.
Era orden.
La cena fue interrogatorio disfrazado de conversación educada.
—¿Qué estudiaste, Valentina?
—Diseño de modas. No terminé.
Murmullos.
—¿Familia?
—Madre y dos hermanas. Mi padre murió recientemente.
—¿A qué se dedicaba?
—Finanzas. Importación-exportación.
Mentira técnica. Pero verdad suficiente.
—¿Y tienes experiencia en negocios?
—Estoy lanzando mi propia línea. V.G. Designs.
—Ambicioso para alguien sin educación formal.
Karim intervino.
—Padre, Valentina es extremadamente talentosa…
—Karim, silencio. Estoy hablando con tu prometida. No contigo.
El silencio cayó.
Karim obedeció.
Y Valentina sintió algo romperse.
Porque el hombre que había prometido defenderla acababa de ser silenciado.
Por su padre.
Y había obedecido.
Sin pelear.
Terminaron de cenar.
Tarek se levantó.
—Valentina, ven a mi estudio. Tenemos conversación pendiente.
Miró a Karim buscando… algo.
Apoyo. Protección. Cualquier cosa.
Él asintió débilmente.
—Ve. Estaré esperando.
Cobarde.
Siguió a Tarek por pasillos de mármol.
Hacia estudio que olía a cuero y cigarro.
Él cerró la puerta.
Se sirvió whisky.
No le ofreció.
—Sé quién eres, Valentina García.
El estómago se contrajo.
—¿Disculpe?
—Investigué. Obviamente. Mi hijo no se casa sin que yo sepa exactamente con quién.
Pausa.
—Sé sobre Santiago García. Sobre tu padre. Sobre las deudas. Todo.
—¿Y?
—Y me pregunto si amas a mi hijo o solo su cuenta bancaria.
La furia llegó.
Candente. Limpia.
—Con todo respeto, señor Al-Fayed, si quisiera cuenta bancaria, me hubiera quedado con Santiago. Su familia vale tanto como la suya.
Tarek sonrió.
Primera expresión genuina.
—Bien. Tenías que demostrar espina. Ahora hablemos de verdad.
Se sentó.
—¿Sabes por qué Karim nunca se ha casado?
—No.
—Porque odia nuestro mundo. Odia las expectativas. La política. Las alianzas estratégicas.
Pausa.
—Pero también sabe que sin ese mundo, su empire se derrumba. Y contigo, está tratando de tener ambas cosas.
—¿Y?
—Y va a fallarte. Porque eventualmente tendrá que elegir. Entre hacer feliz a su familia o hacerte feliz a ti.
Tarek tomó sorbo largo.
—Y cuando elija—porque elegirá—necesito saber que no destruirás a mi hijo cuando te decepcione.
—No planeo destruir a nadie.
—No planeo. Pero sucederá. Porque mujeres como tú—fuertes, independientes—no toleran jaulas. Incluso doradas.
Se levantó.
—Tienes dos opciones, Valentina. Adaptarte a nuestro mundo. O dejarlo antes de que sea demasiado tarde para ambos.
—¿Y si hay tercera opción?
—¿Cuál?
—Cambiar su mundo.
Tarek rio.
Sin humor.
—Idealista. Como mi hijo.
Caminó hacia la puerta. La abrió.
—Buenas noches, Valentina. Nos vemos en la gala. Intenta no avergonzar demasiado a la familia.
Salió.
Regresó a la suite.
Karim esperaba.
—¿Cómo fue?
—Tu padre es monstruo.
—Lo sé.
—¿Y no hiciste nada?
—¿Qué querías que hiciera?
—¡Defenderte! ¡Defenderme! ¡Algo que no sea sentarte como niño obediente!
Karim se levantó.
—No entiendes cómo funciona esto.
—Tienes razón. No entiendo. Porque en mi mundo, cuando alguien ataca a persona que amas, peleas.
—En mi mundo, hay consecuencias. Políticas. Financieras.
—En tu mundo, eres cobarde.
Lo dijo.
Finalmente.
La palabra quedó suspendida entre ellos.
Karim palideció.
—Retira eso.
—No.
—Valentina…
—No voy a retirarlo. Porque es verdad. Eres fuerte con todos menos con tu familia. Y si no puedes enfrentarlos, ¿cómo vas a protegerme de ellos?
Silencio.
Largo.
Finalmente, Karim habló.
—Tienes razón.
—¿Qué?
—Tienes razón. Soy cobarde con mi familia. Siempre lo he sido.
Se dejó caer en silla.
—Y no sé cómo cambiar eso.
Valentina lo miraba.
Este hombre que movía imperios.
Reducido a niño asustado por patriarca cruel.
Sintió algo ablandarse.
Pero no lo suficiente.
—Entonces tenemos problema.
—Lo sé.
—Porque prometiste que habías cambiado. Que me defenderías. Pero a la primera prueba real, fallaste.
—Lo sé.
Las lágrimas llegaron.
De frustración. Rabia. Desilusión.
—Me trajiste a jaula de diamantes, Karim. Y no importa cuánto brillen los barrotes. Siguen siendo barrotes.
Se metió al baño.
Cerró con seguro.
Se dejó caer en el piso frío de mármol.
Y lloró.
Por Eric que la había dejado ir.
Por Karim que no podía.
Y por ella misma.
Que había elegido mal.
Otra vez.
Valentina despertó con olor a café y pan recién horneado filtrándose bajo la puerta.
Y algo más.
Culpa.
El cuerpo de Karim todavía envuelto alrededor del suyo como enredadera posesiva.
Su respiración constante contra su nuca.
La evidencia física de la noche anterior dispersa por el cuarto.
Su ropa. La de él. Sábanas en el piso.
Como escena del crimen.
Porque eso era, ¿no?
Había elegido.
Sin palabras. Sin declaración formal.
Pero había elegido.
Y Eric lo sabría en cuanto la viera.
Porque no era idiota.
Y las paredes de casas antiguas tienen forma de amplificar sonidos en momentos inconvenientes.
—Buenos días, habibti.
La voz de Karim contra su oído. Ronca de sueño.
—¿Dormiste?
—Un poco. ¿Tú?
—Suficiente.
Mentía. Podía sentir la tensión residual en sus músculos.
El hombre había pasado la noche vigilando su sueño como guardián obsesivo.
Se giró para mirarlo.
El cabello despeinado. Barba de dos días convirtiéndose en tres. Ojos oscuros estudiándola como si fuera acertijo que necesitaba resolver antes del desayuno.
—Tenemos que hablar con Eric.
—Lo sé.
—Va a doler.
—Lo sé.
Karim trazó línea por su mejilla.
—¿Te arrepientes?
—¿De anoche? No.
Pausa.
—¿De lo que significa? Todavía no sé.
Honestidad que probablemente dolía más que mentira piadosa.
Pero era lo que tenían ahora.
Verdad. Brutal. Inconveniente.
Se levantaron.
Ducharon por separado porque ducharse juntos retrasaría lo inevitable.
Valentina se vistió con jeans y blusa simple.
Nada que gritara “acabo de tener sexo reconciliatorio con hombre equivocado o correcto dependiendo de tu perspectiva”.
Bajó primero.
Cobarde. Pero estratégico.
Eric estaba en la cocina.
Con Marie preparando algo que olía a romero y mantequilla.
Levantó la vista cuando ella entró.
Y supo.
Inmediatamente.
Algo cambió en su expresión.
No dolor dramático.
Solo… resignación suave.
Como hombre que había apostado en caballo y perdido con gracia.
—Buenos días, Valentina.
—Eric…
—No.
Levantó la mano.
—No ahora. No aquí.
Miró a Marie que discretamente desaparecía hacia la despensa.
—Después del desayuno. Los tres. Como adultos funcionales que pretendemos ser.
Karim apareció en el umbral.
Leyendo la habitación como campo de batalla.
—Eric.
—Karim.
La civilidad dolía más que hostilidad abierta.
Desayunaron en silencio tenso.
Croissants que sabían a cartón.
Café que quemaba sin calentar.
Marie había puesto la mesa en la terraza.
Donde la tormenta había dejado todo limpio pero diferente.
Las plantas inclinadas. Hojas dispersas. Olor a tierra mojada y nuevo comienzo.
Cuando terminaron, Eric se reclinó.
—Entonces. Supongo que tenemos conversación pendiente.
Valentina abrió la boca.
Eric negó con la cabeza.
—Déjame ir primero. Porque si no lo digo ahora, no lo diré nunca.
Miró entre ellos.
—Los vi anoche. Bueno, los escuché. Las paredes de esta casa tienen trescientos años y cero aislamiento acústico.
Pausa.
—Y supe. Antes de escucharlos. Supe cuando Karim llegó de Dubai con esa expresión de hombre dispuesto a pelear por lo que ama.
Se giró hacia Valentina.
—Y supe cuando tú lo miraste ayer. No con el cariño que me miras a mí. Sino con el fuego que nunca tuvimos.
Las lágrimas llegaron sin permiso.
—Eric, lo siento tanto…
—No te disculpes. No elegiste lastimarme. Elegiste ser honesta. Hay diferencia.
Se levantó. Caminó hacia el borde de la terraza.
Espaldas a ellos.
—Sabía desde el principio que esto era posibilidad. Hombre como Karim no renuncia. Y mujer como tú no se conforma con paz cuando puede tener tormenta.
Se giró.
—Pero necesito que entiendas algo, Valentina. Los dos.
—¿Qué?
—Que mi oferta sigue en pie. No la romántica. La de amistad. Porque genuinamente me importas. Y si algún día—cuando él inevitablemente vuelva a ser idiota controlador—necesitas lugar donde respirar…
Sacó teléfono de su bolsillo.
Pequeño. Básico. No smartphone.
Se lo extendió a Valentina.
—Este teléfono tiene un solo número programado. El mío. No está rastreado. No está vinculado a ninguna cuenta. Karim no puede monitorearlo.
Valentina miró el teléfono como si fuera granada.
—Eric…
—Tómalo. Por favor. Por si acaso necesitas escapar. No de él permanentemente. Solo… respirar sin permiso.
Karim se tensó visiblemente.
Pero no protestó.
Porque protestar sería admitir que planeaba controlarla hasta ese punto.
Valentina tomó el teléfono.
Lo guardó en su bolsillo junto al documento de liberación de deuda.
Símbolos de libertad otorgados por dos hombres que la amaban de formas tan diferentes.
—Gracias.
—De nada.
Eric caminó hacia Karim.
Extendió la mano.
—Cuídala. Mejor de lo que lo hiciste antes. O juro por este viñedo que vendré personalmente a rescatarla.
Karim tomó la mano.
El apretón duró.
—No necesitarás hacerlo. Pero aprecio la amenaza.
—No es amenaza. Es promesa.
Se soltaron.
Eric se giró hacia Valentina.
La besó en la frente.
Fraternal. Final.
—Adiós, Valentina García. Fue privilegio casi tenerte.
—Eric…
—No. Si me quedas viendo con esos ojos llorosos un segundo más, voy a hacer algo estúpido como pelear por ti.
Sonrisa quebrada.
—Y ya tuve suficiente dignidad herida por un mes.
Entró a la casa.
Dejándolos en terraza con el sol de Provenza iluminando todo lo que habían roto.
Karim tomó la mano de Valentina.
—¿Estás bien?
—No. Pero lo estaré.
El teléfono de Karim vibró.
Múltiples veces.
Lo revisó. La expresión cambiando de suave a profesional en microsegundos.
—Mi padre. Emergencia familiar.
—¿Qué tipo?
—El tipo que requiere que la “prometida oficial” aparezca en El Cairo inmediatamente para gala de primavera que olvidé mencionar.
Mierda.
—¿Cuándo?
—Pasado mañana. Necesitamos salir hoy.
Valentina miró hacia la casa.
Donde Eric probablemente estaba procesando su corazón roto con vino mediocre y filosofía.
Donde había encontrado paz que nunca supo que necesitaba.
—¿Tenemos que irnos ya?
—El jet está listo en dos horas. Puedes empacar o podemos comprar todo nuevo en El Cairo.
Por supuesto.
Porque para Karim, la ropa era descartable.
Las personas no.
Subió a empacar las pocas cosas que tenía.
Marie apareció silenciosamente.
—Mademoiselle, espero que vuelva pronto.
—Yo también, Marie.
—Y si no… si las cosas se vuelven difíciles allá… recuerde que siempre hay lugar aquí.
La abrazó.
Breve. Cálido. Materno.
Cuando bajó con su maleta pequeña, Eric no estaba.
Sólo una nota en la mesa de la entrada.
“No soy bueno con despedidas. Especialmente estas. Cuídate, chérie. Y recuerda: las vides más fuertes son las que sobreviven negligencia. No dejes que te sobre-rieguen. -E”
Valentina guardó la nota.
Junto al teléfono secreto.
Junto al documento de libertad.
Evidencia de que había sido amada.
De formas diferentes.
Pero amada.
El Mercedes negro esperaba.
Karim ya adentro. Laptop abierta. Porque el hombre no podía desconectar ni en viaje de dos horas al aeropuerto.
Subió.
El coche arrancó.
Provenza desapareciendo en el espejo retrovisor.
Los viñedos. La casa antigua. La paz.
Todo quedando atrás.
Mientras adelante esperaba El Cairo.
La jaula de diamantes.
Y la prueba real de si el amor era suficiente.
O si la libertad importaba más.
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com