Novia Fugitiva busca venganza - Capítulo 51
- Inicio
- Todas las novelas
- Novia Fugitiva busca venganza
- Capítulo 51 - Capítulo 51: La Salida
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo
Capítulo 51: La Salida
Valentina despertó con olor a café y pan recién horneado filtrándose bajo la puerta.
Y algo más.
Culpa.
El cuerpo de Karim todavía envuelto alrededor del suyo como enredadera posesiva.
Su respiración constante contra su nuca.
La evidencia física de la noche anterior dispersa por el cuarto.
Su ropa. La de él. Sábanas en el piso.
Como escena del crimen.
Porque eso era, ¿no?
Había elegido.
Sin palabras. Sin declaración formal.
Pero había elegido.
Y Eric lo sabría en cuanto la viera.
Porque no era idiota.
Y las paredes de casas antiguas tienen forma de amplificar sonidos en momentos inconvenientes.
—Buenos días, habibti.
La voz de Karim contra su oído. Ronca de sueño.
—¿Dormiste?
—Un poco. ¿Tú?
—Suficiente.
Mentía. Podía sentir la tensión residual en sus músculos.
El hombre había pasado la noche vigilando su sueño como guardián obsesivo.
Se giró para mirarlo.
El cabello despeinado. Barba de dos días convirtiéndose en tres. Ojos oscuros estudiándola como si fuera acertijo que necesitaba resolver antes del desayuno.
—Tenemos que hablar con Eric.
—Lo sé.
—Va a doler.
—Lo sé.
Karim trazó línea por su mejilla.
—¿Te arrepientes?
—¿De anoche? No.
Pausa.
—¿De lo que significa? Todavía no sé.
Honestidad que probablemente dolía más que mentira piadosa.
Pero era lo que tenían ahora.
Verdad. Brutal. Inconveniente.
Se levantaron.
Ducharon por separado porque ducharse juntos retrasaría lo inevitable.
Valentina se vistió con jeans y blusa simple.
Nada que gritara “acabo de tener sexo reconciliatorio con hombre equivocado o correcto dependiendo de tu perspectiva”.
Bajó primero.
Cobarde. Pero estratégico.
Eric estaba en la cocina.
Con Marie preparando algo que olía a romero y mantequilla.
Levantó la vista cuando ella entró.
Y supo.
Inmediatamente.
Algo cambió en su expresión.
No dolor dramático.
Solo… resignación suave.
Como hombre que había apostado en caballo y perdido con gracia.
—Buenos días, Valentina.
—Eric…
—No.
Levantó la mano.
—No ahora. No aquí.
Miró a Marie que discretamente desaparecía hacia la despensa.
—Después del desayuno. Los tres. Como adultos funcionales que pretendemos ser.
Karim apareció en el umbral.
Leyendo la habitación como campo de batalla.
—Eric.
—Karim.
La civilidad dolía más que hostilidad abierta.
Desayunaron en silencio tenso.
Croissants que sabían a cartón.
Café que quemaba sin calentar.
Marie había puesto la mesa en la terraza.
Donde la tormenta había dejado todo limpio pero diferente.
Las plantas inclinadas. Hojas dispersas. Olor a tierra mojada y nuevo comienzo.
Cuando terminaron, Eric se reclinó.
—Entonces. Supongo que tenemos conversación pendiente.
Valentina abrió la boca.
Eric negó con la cabeza.
—Déjame ir primero. Porque si no lo digo ahora, no lo diré nunca.
Miró entre ellos.
—Los vi anoche. Bueno, los escuché. Las paredes de esta casa tienen trescientos años y cero aislamiento acústico.
Pausa.
—Y supe. Antes de escucharlos. Supe cuando Karim llegó de Dubai con esa expresión de hombre dispuesto a pelear por lo que ama.
Se giró hacia Valentina.
—Y supe cuando tú lo miraste ayer. No con el cariño que me miras a mí. Sino con el fuego que nunca tuvimos.
Las lágrimas llegaron sin permiso.
—Eric, lo siento tanto…
—No te disculpes. No elegiste lastimarme. Elegiste ser honesta. Hay diferencia.
Se levantó. Caminó hacia el borde de la terraza.
Espaldas a ellos.
—Sabía desde el principio que esto era posibilidad. Hombre como Karim no renuncia. Y mujer como tú no se conforma con paz cuando puede tener tormenta.
Se giró.
—Pero necesito que entiendas algo, Valentina. Los dos.
—¿Qué?
—Que mi oferta sigue en pie. No la romántica. La de amistad. Porque genuinamente me importas. Y si algún día—cuando él inevitablemente vuelva a ser idiota controlador—necesitas lugar donde respirar…
Sacó teléfono de su bolsillo.
Pequeño. Básico. No smartphone.
Se lo extendió a Valentina.
—Este teléfono tiene un solo número programado. El mío. No está rastreado. No está vinculado a ninguna cuenta. Karim no puede monitorearlo.
Valentina miró el teléfono como si fuera granada.
—Eric…
—Tómalo. Por favor. Por si acaso necesitas escapar. No de él permanentemente. Solo… respirar sin permiso.
Karim se tensó visiblemente.
Pero no protestó.
Porque protestar sería admitir que planeaba controlarla hasta ese punto.
Valentina tomó el teléfono.
Lo guardó en su bolsillo junto al documento de liberación de deuda.
Símbolos de libertad otorgados por dos hombres que la amaban de formas tan diferentes.
—Gracias.
—De nada.
Eric caminó hacia Karim.
Extendió la mano.
—Cuídala. Mejor de lo que lo hiciste antes. O juro por este viñedo que vendré personalmente a rescatarla.
Karim tomó la mano.
El apretón duró.
—No necesitarás hacerlo. Pero aprecio la amenaza.
—No es amenaza. Es promesa.
Se soltaron.
Eric se giró hacia Valentina.
La besó en la frente.
Fraternal. Final.
—Adiós, Valentina García. Fue privilegio casi tenerte.
—Eric…
—No. Si me quedas viendo con esos ojos llorosos un segundo más, voy a hacer algo estúpido como pelear por ti.
Sonrisa quebrada.
—Y ya tuve suficiente dignidad herida por un mes.
Entró a la casa.
Dejándolos en terraza con el sol de Provenza iluminando todo lo que habían roto.
Karim tomó la mano de Valentina.
—¿Estás bien?
—No. Pero lo estaré.
El teléfono de Karim vibró.
Múltiples veces.
Lo revisó. La expresión cambiando de suave a profesional en microsegundos.
—Mi padre. Emergencia familiar.
—¿Qué tipo?
—El tipo que requiere que la “prometida oficial” aparezca en El Cairo inmediatamente para gala de primavera que olvidé mencionar.
Mierda.
—¿Cuándo?
—Pasado mañana. Necesitamos salir hoy.
Valentina miró hacia la casa.
Donde Eric probablemente estaba procesando su corazón roto con vino mediocre y filosofía.
Donde había encontrado paz que nunca supo que necesitaba.
—¿Tenemos que irnos ya?
—El jet está listo en dos horas. Puedes empacar o podemos comprar todo nuevo en El Cairo.
Por supuesto.
Porque para Karim, la ropa era descartable.
Las personas no.
Subió a empacar las pocas cosas que tenía.
Marie apareció silenciosamente.
—Mademoiselle, espero que vuelva pronto.
—Yo también, Marie.
—Y si no… si las cosas se vuelven difíciles allá… recuerde que siempre hay lugar aquí.
La abrazó.
Breve. Cálido. Materno.
Cuando bajó con su maleta pequeña, Eric no estaba.
Sólo una nota en la mesa de la entrada.
“No soy bueno con despedidas. Especialmente estas. Cuídate, chérie. Y recuerda: las vides más fuertes son las que sobreviven negligencia. No dejes que te sobre-rieguen. -E”
Valentina guardó la nota.
Junto al teléfono secreto.
Junto al documento de libertad.
Evidencia de que había sido amada.
De formas diferentes.
Pero amada.
El Mercedes negro esperaba.
Karim ya adentro. Laptop abierta. Porque el hombre no podía desconectar ni en viaje de dos horas al aeropuerto.
Subió.
El coche arrancó.
Provenza desapareciendo en el espejo retrovisor.
Los viñedos. La casa antigua. La paz.
Todo quedando atrás.
Mientras adelante esperaba El Cairo.
La jaula de diamantes.
Y la prueba real de si el amor era suficiente.
O si la libertad importaba más.
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com