Novia Fugitiva busca venganza - Capítulo 55
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Capítulo 55: La Distracción Peligrosa
Valentina no esperó permiso.
A las 7 AM del día siguiente, mientras Karim seguía “pensándolo”, salió de su suite y encontró al escolta asignado.
Uno solo.
Como habían pactado.
Hombre grande. Silencioso. Con audífono que lo conectaba a central de seguridad que probablemente monitoreaba hasta su ritmo cardíaco.
—Buenos días. Necesito ir al zoco Khan el-Khalili.
El escolta la miró como si hubiera pedido ir a Marte.
—Señorita, necesito autorización de…
—Mi autorización es suficiente. Esas fueron las condiciones.
Pausa larga.
El hombre habló por su audífono. Murmuró algo en árabe. Escuchó respuesta. Murmuró más.
—El señor Al-Fayed no está disponible para confirmar.
—No necesito que confirme. Necesito que me lleve.
Valentina sostuvo su mirada.
Sin pestañear.
Tres segundos. Cinco. Diez.
El escolta cedió.
—El coche estará listo en diez minutos.
Victoria pequeña.
Pero victoria.
El zoco la golpeó como ola sensorial.
Después de días en la residencia Al-Fayed —mármol estéril, aire acondicionado ártico, silencio de mausoleo— el mercado era explosión de vida.
Colores que ardían. Rojos. Naranjas. Turquesas que parecían líquidos.
Olor a especias tan denso que se masticaba.
Voces gritando precios. Regateando. Riendo.
Caos hermoso.
Valentina caminó entre puestos con hambre que no sabía que tenía.
No de comida.
De texturas.
Sus dedos encontraron seda egipcia en el tercer puesto. Gruesa. Con brillo que cambiaba según la luz.
—¿Cuánto? —preguntó en inglés.
El vendedor evaluó su ropa. Los zapatos caros que Karim había comprado. El escolta gigante detrás.
Triplicó el precio probablemente.
Valentina rio.
—Habibí, soy mexicana. El regateo lo inventamos nosotros.
Quince minutos después, salió con tres metros de seda por un tercio del precio original.
Y algo más.
Algodón tejido a mano de un puesto escondido. Textura áspera que contrastaba con la seda como cicatriz sobre piel suave.
La idea llegó como relámpago.
Cortes asimétricos. Seda y algodón crudo. Lo refinado y lo brutal en la misma prenda.
Ropa que contara historia de supervivencia.
Compró más. Hilos dorados. Botones de hueso. Una cinta métrica que pesaba diferente a las que conocía.
El escolta cargaba bolsas sin quejarse.
Pero su mandíbula se apretaba con cada parada adicional.
De vuelta en la residencia, Valentina no fue a su suite.
Fue al cuarto contiguo.
El que había pedido.
Estaba vacío.
Cerrado.
Karim no lo había preparado.
Porque seguía “pensándolo”.
No importó.
Subió a su suite. Movió la mesa del balcón hacia adentro. Empujó el sofá contra la pared. Despejó superficie plana.
Extendió las telas.
Los colores contra el mármol blanco crearon contraste violento.
Como ella en esta casa.
Sacó el cuaderno que llevaba desde México. El mismo donde había dibujado bocetos en el avión. En Provenza. En momentos robados entre crisis.
Y empezó a dibujar.
Las líneas salieron rápido. Seguras.
Vestido largo con corte diagonal. Mitad seda. Mitad algodón crudo. La costura visible. Deliberada. Como cicatriz que se muestra en vez de esconderse.
Luego otro. Blazer deconstruido. Hombros asimétricos. Un lado pulido, el otro deshilachado.
Luego otro.
Y otro.
Perdió la noción del tiempo.
Los dedos manchados de grafito. El café frío en la taza que alguien había dejado.
Cuando levantó la vista, había diecisiete bocetos esparcidos por toda la superficie.
Y Karim estaba en la puerta.
Observando.
No sabía cuánto tiempo llevaba ahí.
Su expresión era ilegible.
O no.
Valentina la conocía.
Era la misma cara que ponía cuando evaluaba riesgo financiero.
—¿Qué es todo esto?
—Mis diseños.
—Veo eso. ¿De dónde salieron las telas?
—Khan el-Khalili. Esta mañana.
Los ojos de Karim se oscurecieron.
—Fuiste al zoco.
—Sí.
—Sola.
—Con el escolta. Como acordamos.
—En mercado abierto. Donde cualquier persona con teléfono puede fotografiarte. Donde Santi tiene contactos en medio continente africano.
—Donde compré telas. No armas nucleares.
Karim entró a la suite. Cerró la puerta.
Caminó entre los bocetos. Mirándolos sin tocar.
Como si fueran evidencia de crimen.
—Valentina, necesitamos hablar sobre esto.
—Sobre qué exactamente. ¿Sobre mis diseños o sobre tu necesidad de controlar cada aspecto de mi existencia?
—Sobre seguridad.
—Siempre es sobre seguridad.
—Porque siempre estás en peligro.
Se detuvo frente al boceto del vestido de seda y algodón.
Lo estudió.
Algo cambió en su cara. Brevísimo. Como si reconociera que era bueno.
Pero lo enterró.
—Si empiezas a producir —dijo—, necesitas proveedores. Contactos. Presencia en redes. Todo eso crea huella digital. Rastro que Santi puede seguir.
—Karim…
—Déjame terminar. Una publicación en Instagram. Una foto etiquetada. Un proveedor que mencione tu nombre. Y Santi sabe exactamente dónde estás y qué haces.
—¿Y la alternativa es qué? ¿Sentarme aquí a esperar que decidas cuándo es seguro que viva mi vida?
—La alternativa es esperar. Tres meses. Hasta que mis abogados congelen los activos de Santi y Interpol emita orden.
—Tres meses.
—Máximo.
—Karim, me pediste que esperara en Provenza. Luego que esperara aquí. Siempre es “espera”. Siempre es “después”. ¿Cuándo es ahora?
—Cuando no haya hombre armado buscándote.
Se sentó en la cama. Se frotó los ojos.
Cansado.
No del viaje. No del trabajo.
De ella.
Y eso dolió más que cualquier argumento.
—Valentina, no te pido que abandones tus sueños. Te pido que los postergues. Temporalmente.
—Temporalmente se convierte en permanentemente muy fácil.
—No conmigo.
—¿No? ¿Cómo con el cuarto de diseños que ibas a “pensar”?
Silencio.
—No preparaste el cuarto.
—Estuve ocupado.
—Estuviste evitándolo. Porque si me das espacio para crear, pierdes control sobre mi tiempo. Y eso te aterra.
Karim se levantó.
La frustración finalmente quebrando la máscara.
—¿Sabes qué me aterra? No el control. No tu independencia. Me aterra que un día salgas a comprar telas y no regreses. No porque eligieras irte. Sino porque alguien te tomó.
Las palabras cayeron como piedras en agua.
Creando ondas que tocaron algo profundo.
Porque era verdad.
El miedo de Karim no era abstracto.
Era Mónica atada a una silla. Era Santi en Le Procope con sicarios. Era realidad concreta y documentada.
Y Valentina lo sabía.
Pero también sabía otra cosa.
—Si dejo que tu miedo decida mi vida, ya me perdiste. Porque la mujer que amas no es la que se sienta a esperar. Es la que compra telas en el zoco mientras un guardaespaldas carga bolsas.
Algo se quebró en la expresión de Karim.
No enojo.
Reconocimiento.
Doloroso. Reluctante. Pero real.
—Eres imposible.
—Soy necesaria. Para mí misma. Y tus diseños de alta seguridad no incluyen espacio para eso.
Tomó el boceto del vestido.
Lo sostuvo entre ellos.
—Esto es lo que soy, Karim. No tu prometida decorativa. No la mujer que espera. Soy esto. Cortes y costuras y telas que cuentan historias. Y si no puedes aceptar eso…
No terminó la frase.
No necesitaba.
Karim miró el boceto.
Largo.
Como si negociara consigo mismo.
—El cuarto estará listo mañana.
La sorpresa la golpeó.
—¿De verdad?
—Con condiciones. Nada online todavía. Nada público. Produces en privado. Cuando la amenaza de Santi se neutralice, lanzamos oficialmente.
—¿Lanzamos?
—Si vas a hacer esto, lo haces con infraestructura real. No con telas del zoco y mesa de balcón.
No era lo que había pedido.
Era negociación. Concesión parcial disfrazada de apoyo.
Pero era algo.
Más de lo que esperaba.
—Acepto. Pero si en dos semanas no hay avance legal con Santi, revisamos términos.
—Trato.
Se miraron.
Enemigos negociando paz. Amantes negociando supervivencia.
La misma cosa en su caso.
Karim salió.
Valentina se quedó con sus bocetos y sus telas y la certeza incómoda de que cada centímetro de libertad en esta casa se ganaba con sangre.
El teléfono normal vibró.
No Karim.
Número desconocido. Mensaje en inglés formal.
“Valentina. Mi estudio. Mañana a las 10 AM. Sola. Sin mi hijo. Tenemos conversación pendiente que no tuvo lugar la primera vez. —T.A.F.”
Tarek Al-Fayed.
El patriarca.
Citándola a duelo privado.
Valentina leyó el mensaje tres veces.
Luego abrió su laptop.
Buscó: “Geopolítica del Medio Oriente para principiantes.”
Después: “Estructura de negocios familiares árabes.”
Después: “Cómo negociar con patriarcas que creen que te compraron.”
Ese último no existía.
Pero debería.
Cerró la laptop.
Miró sus bocetos.
Y supo que mañana no sería prueba de conocimiento.
Sería prueba de carácter.
Y esa era la única materia en la que Valentina García nunca reprobaba.
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