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Novia Fugitiva busca venganza - Capítulo 57

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Capítulo 57: Las Primas

El cuarto apareció al día siguiente.

Como Karim había prometido.

Contiguo a su suite. Puerta conectora que antes estaba cerrada, ahora abierta. Luz natural entrando por ventanal que daba al jardín.

Mesa de trabajo amplia. Superficie blanca. Limpia.

Máquina de coser Singer industrial que alguien había conseguido en menos de doce horas.

Maniquí de sastre ajustable.

Y una nota.

“No sé nada de moda. Pero mi asistente dice que esto es lo básico. Si necesitas más, pide. Sin límite. —K”

Valentina tocó la máquina.

Fría. Nueva. Con olor a aceite mecánico que le recordó al taller de costura de su abuela en Guadalajara.

Donde todo había empezado.

Donde a los siete años cortó su primera tela.

Se le cerró la garganta.

No por tristeza.

Por algo más peligroso.

Esperanza.

Pasó las siguientes horas trasladando todo. Las telas del zoco. Los bocetos. Los hilos dorados. Los botones de hueso.

El cuarto se transformó rápido.

Caos organizado.

Colores contra paredes blancas como gritos contra silencio.

Y en el centro de todo, el boceto que no la dejaba dormir.

El vestido para la Gala de Primavera.

Corte sirena. Seda egipcia color medianoche como base. Pero el lado izquierdo —desde hombro hasta tobillo— en algodón crudo sin teñir. La costura central visible. Gruesa. Deliberada.

Como cicatriz exhibida.

Como declaración de guerra elegante.

Empezó a cortar.

Las tijeras atravesando seda con sonido que era casi musical. Cada corte preciso. Cada ángulo calculado.

No necesitaba patrón comercial.

Lo tenía en la cabeza.

Completo.

Como si hubiera nacido ahí.

Tres horas después, el vestido tomaba forma en el maniquí. Mitad terminado. Mitad promesa.

Tocaron la puerta.

No la conectora. La del pasillo.

Valentina se limpió las manos en el delantal improvisado.

Abrió.

Tres mujeres.

Veinteañeras. Hermosas de forma idéntica. Como si las hubieran fabricado en la misma línea de producción. Cabello negro perfecto. Piel dorada. Ropa que costaba más que el PIB mensual de Valentina.

Y ojos que cortaban.

—Hola. Soy Nadia. Estas son Yasmin y Rania. Primas de Karim.

Sonrisa que no llegaba ni cerca de los ojos.

—El placer es nuestro. Vinimos a darte la bienvenida.

Tres días después de su llegada.

Bienvenida tardía.

Calculada.

—Pasen.

Error.

Lo supo en el instante en que cruzaron el umbral.

Porque los ojos de Nadia —la líder, claramente— encontraron el maniquí con el vestido a medio terminar.

Y algo se encendió.

No admiración.

Reconocimiento de amenaza.

—¿Qué es eso? —preguntó Yasmin señalando el vestido.

—Mi trabajo.

—¿Tú haces ropa? —Rania con tono de quien descubre que el perro sabe multiplicar.

—Diseño. Sí.

Nadia caminó hacia el maniquí. Lo rodeó. Sus dedos casi tocando la seda pero sin hacerlo.

Como evaluadora en subasta.

—Interesante. ¿Y esto es para…?

—La Gala de Primavera.

Las tres intercambiaron mirada.

Rápida. Ensayada.

El tipo de comunicación que solo años de complicidad producen.

—Valentina —dijo Nadia sentándose en la única silla sin pedir permiso—. Necesitamos hablar contigo. De mujer a mujer.

—Escucho.

—La gala es evento importante. El más importante del año para la familia. Trescientos invitados. Prensa. Embajadores.

—Lo sé.

—¿Y sabes que hay protocolo? La prometida del heredero usa vestido seleccionado por la matriarca. Siempre ha sido así.

—Layla ya intentó eso. No funcionó.

Otra mirada entre las tres.

—Sí. Nos enteramos. También nos enteramos de que el tío Tarek te… aprobó.

La palabra salió con sabor a vinagre.

—Es generoso —continuó Nadia—. Pero necesitas entender algo. El tío Tarek aprueba muchas cosas. Negocios. Fusiones. Personas. Y luego las descarta cuando ya no le sirven.

Pausa calculada.

—No eres la primera mujer que impresiona a Tarek Al-Fayed. Pero todas las anteriores cometieron el mismo error.

—¿Cuál?

—Creer que su sonrisa significaba protección.

Yasmin rio suave.

Rania estudió sus uñas.

Nadia sostuvo la mirada de Valentina con la precisión de francotiradora.

—En esta familia, las mujeres sobrevivimos juntas. O no sobrevivimos.

Traducción: únete a nosotras o te destruimos.

Valentina conocía esta dinámica.

La había vivido en secundaria. En la colonia. En cada espacio donde mujeres competían por recursos controlados por hombres.

—Agradezco el consejo.

—No es consejo. Es invitación. Ven a tomar el té con nosotras mañana. Conoce a las tías. Deja que te enseñemos cómo funciona esto.

—¿Y el vestido?

Nadia miró el maniquí una última vez.

—Es… creativo. Pero para la gala, confía en nosotras. Tenemos estilista que viste a toda la familia. Givenchy. A medida. Sin riesgo.

Sin riesgo.

Sin identidad.

Sin ella.

—Lo pensaré.

Nadia sonrió.

Esta vez con algo parecido a calidez.

Falsa. Pero convincente.

—Hazlo. Y Valentina… ese algodón crudo en vestido de gala. Audaz. Pero aquí, audaz se confunde con vulgar muy fácilmente.

Salieron.

Tacones repicando sobre mármol como cuenta regresiva.

Valentina cerró la puerta.

Se recargó contra ella.

El corazón latiendo más rápido de lo que debería.

No por miedo.

Por la certeza de que acababan de declararle guerra.

Amablemente. Educadamente. Con té y sonrisas.

Pero guerra.

Caminó hacia el maniquí. Tocó la costura central del vestido. La línea donde seda y algodón se encontraban.

Donde lo pulido y lo crudo coexistían.

—Vulgar —murmuró.

Y siguió cosiendo.

Porque Valentina García no abandonaba diseños por amenazas disfrazadas de hospitalidad.

Trabajó hasta las once de la noche.

El vestido avanzaba. La seda cayendo como agua oscura. El algodón crudo creando contraste que era casi violento en su honestidad.

Hermoso.

Diferente a todo lo que vería esa gala.

Cuando finalmente paró, los dedos le dolían. Marcas de aguja en el índice. Callos formándose donde antes había piel suave.

Dolor productivo.

El mejor tipo.

Se duchó. Se metió a la cama.

Y casi dormía cuando el teléfono secreto vibró.

Eric.

“Escuché rumor de gala en El Cairo. ¿Necesitas armadura o estás fabricando la tuya? —E”

Sonrió en la oscuridad.

“Fabricando. Seda y algodón crudo. Te mandaría foto pero alguien me prohibió presencia online.”

“Sabia decisión. El misterio siempre vende mejor. Buenas noches, chérie.”

“Buenas noches.”

Guardó el teléfono bajo la almohada.

Cerró los ojos.

Y no supo —no podía saber— que tres pisos abajo, en suite que olía a jazmín y conspiración, Nadia mostraba fotos del vestido a medio terminar a sus primas.

Fotos tomadas con teléfono.

Mientras Valentina estaba distraída hablando.

—¿Ven esto? —dijo Nadia ampliando la imagen—. Si aparece con eso en la gala, el tío Tarek la va a presentar como si fuera diseñadora. No como prometida.

—¿Y? —preguntó Rania.

—Y nosotras llevamos diez años siendo invisibles en esas galas. Vestidas por estilista que Layla elige. Sonriendo donde nos dicen. Calladas cuando nos conviene.

Yasmin entendió primero.

—Si ella rompe el molde y Tarek lo celebra…

—Entonces el molde se rompe para todas. Y de repente, nuestras madres preguntan por qué nosotras no somos “audaces”. Por qué nosotras no “emprendemos”.

Silencio.

—No podemos dejar que llegue a esa gala con vestido propio.

—¿Qué propones?

Nadia sonrió.

Sin calidez.

Sin falsedad esta vez.

Pura estrategia.

—Propongo que la mexicanita descubra que la seda egipcia es muy frágil. Que los accidentes pasan. Y que en esta familia, las tradiciones se respetan.

Rania y Yasmin intercambiaron mirada.

—¿Cuándo?

—Antes de la gala. Cuando el vestido esté terminado y no haya tiempo de hacer otro.

—Cruel.

—Práctico.

Las tres levantaron tazas de té de menta.

Brindaron en silencio.

Y tres pisos arriba, Valentina dormía.

Soñando con costuras perfectas.

Sin saber que las tijeras ya estaban afiladas.

Solo que no eran las suyas.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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