Leer Novelas
  • Completado
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
Avanzado
Iniciar sesión Registrarse
  • Completado
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
  • Configuración de usuario
Iniciar sesión Registrarse
Anterior
Siguiente

Novia Fugitiva busca venganza - Capítulo 58

  1. Inicio
  2. Todas las novelas
  3. Novia Fugitiva busca venganza
  4. Capítulo 58 - Capítulo 58: El Sabotaje
Anterior
Siguiente
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo

Capítulo 58: El Sabotaje

Valentina despertó con luz dorada entrando por el ventanal.

El cuarto de diseños brillaba.

Limpio. Suyo. Lleno de posibilidad.

Se duchó rápido. Café instantáneo que Marie había dejado en termo. Dos tragos y directo al maniquí.

El vestido la esperaba.

Ochenta por ciento terminado.

La seda medianoche caía perfecta desde el hombro derecho. El algodón crudo del lado izquierdo creaba contraste que era casi agresivo.

Hermoso.

Peligroso.

Exactamente lo que necesitaba.

Hoy tocaba el trabajo delicado.

La costura central.

Donde seda y algodón se encontraban, necesitaba ser invisible por dentro. Pero por fuera, gruesa. Deliberada. Como cicatriz exhibida con orgullo.

Enhebró la aguja.

Hilo negro grueso. No el fino que usaría normalmente.

Esto no era vestido convencional.

Era declaración.

Empezó a coser a mano.

Puntada por puntada.

El ritmo era meditativo.

Aguja entra. Tela acepta. Hilo sigue. Aguja sale.

Una. Dos. Tres.

Sus dedos se movían con memoria muscular de años.

Desde los siete años en el taller de su abuela.

Donde aprendió que la ropa cuenta historias.

Y este vestido contaría la suya.

Pasaron dos horas.

Tal vez tres.

El sol cambiaba de ángulo. La luz movía sombras sobre el maniquí.

Y entonces.

Golpe en la puerta.

No la conectora. La del pasillo.

Valentina dejó la aguja. Se limpió las manos.

Abrió.

Marie.

Con expresión que Valentina no le había visto antes.

Preocupada. Casi asustada.

—Mademoiselle, disculpe la interrupción. La señora Layla solicita su presencia. Dice que es urgente.

—¿Urgente cómo?

—No especificó. Solo dijo inmediatamente.

Valentina miró hacia atrás.

El vestido en el maniquí. La aguja esperando. La costura a medio terminar.

—¿Puede esperar diez minutos?

—Dijo inmediatamente.

El tono de Marie era disculpa pura.

Mierda.

—Está bien. Voy.

Se quitó el delantal improvisado. Se arregló el cabello rápido.

Siguió a Marie por pasillos de mármol.

Hacia el ala oeste.

Donde Layla tenía su salón privado.

El cuarto olía a jazmín y juicio.

Layla esperaba en sofá de terciopelo. Con tres tías que Valentina no conocía.

Todas mirándola como comité de evaluación.

—Valentina. Siéntate.

No era invitación.

—Necesitamos discutir tu vestido para la gala.

Por supuesto.

—¿Qué hay que discutir?

—Que mi esposo te presentará oficialmente. Eso significa que tu apariencia refleja no solo a Karim, sino a toda la familia.

Pausa calculada.

—Y hemos decidido que el vestido debe ser supervisado por nuestro estilista.

—Ya tengo vestido.

—Sabemos. Pero…

Las siguientes dos horas fueron negociación disfrazada de conversación educada.

Las tías opinaban sobre cada detalle que ni siquiera habían visto.

Layla sugería “ajustes” que básicamente significaban vestido completamente diferente.

Valentina defendía sin ceder terreno.

Pero el reloj avanzaba.

Y su vestido esperaba.

Solo.

En cuarto sin cerradura.

Finalmente, Layla levantó la mano.

—Suficiente. Veo que eres… decidida. Veamos el vestido mañana y decidimos entonces.

Valentina se levantó.

—Con permiso.

Salió sin esperar respuesta.

Caminó rápido por el pasillo.

Algo se sentía mal.

El timing.

La urgencia falsa.

Las dos horas de conversación circular.

Como distracción.

Subió escaleras de dos en dos.

Llegó a su suite.

Abrió la puerta del cuarto de diseños.

Y el mundo se detuvo.

El vestido.

Su vestido.

Estaba destruido.

No dañado.

Destruido.

La seda medianoche tenía tres cortes largos. Deliberados. Desde hombro hasta cadera.

El algodón crudo arrancado en secciones.

Los hilos dorados que había bordado a mano en el dobladillo, cortados.

Y sobre la mesa de trabajo.

Las tijeras.

Sus tijeras.

Abiertas.

Como evidencia plantada.

Como si ella misma lo hubiera hecho.

Valentina se acercó despacio.

Las piernas moviéndose por inercia.

Tocó la seda destrozada.

El sonido fue obsceno.

Como piel rasgándose.

No.

No no no.

Tres días de trabajo.

Cuarenta horas de costura.

Cada puntada perfecta.

Destruido.

El pecho se apretó.

No podía respirar.

Las manos temblaban sosteniendo el vestido arruinado.

Y entonces.

Rabia.

No tristeza.

Rabia pura.

Candente.

Limpia.

Porque esto no era accidente.

No eran las tijeras que quedaron abiertas.

No era descuido.

Esto era sabotaje.

Deliberado.

Calculado.

Las primas.

Tenía que ser.

La visita de ayer. Las fotos que probablemente tomaron. La “urgencia” de Layla justo hoy.

Todo encajaba.

Valentina dejó el vestido sobre la mesa.

Se sentó en la silla.

Miró el desastre.

Y su cerebro empezó a trabajar.

Modo supervivencia.

El mismo que la había sacado de Ciudad de México. De ParÃs. De Provenza.

Evaluó el daño.

La seda tenía tres cortes. Pero la estructura base estaba intacta.

El algodón arrancado dejaba bordes irregulares. Deshilachados.

Los hilos dorados perdidos.

Tres días para la gala.

Imposible hacer vestido nuevo.

Imposible reparar este para que se viera como planeaba.

Imposible.

A menos que.

A menos que no lo reparara.

A menos que lo transformara.

La idea llegó como relámpago.

Si el vestido original era cicatriz exhibida con orgullo.

Este podía ser batalla sobrevivida.

Los cortes en la seda no eran errores.

Eran heridas.

Y las heridas se podían convertir en diseño.

Se levantó.

Caminó al armario donde guardaba las telas del zoco.

Encontró lo que buscaba.

Tul negro. Casi transparente. Con textura áspera.

Y tela metálica. Plateada. Que había comprado sin saber por qué.

Ahora sabía.

Extendió todo sobre la mesa.

El vestido destruido en el centro.

Las telas nuevas alrededor.

Las tijeras.

Las mismas que usaron para sabotear.

Las tomó.

Y empezó a cortar.

No para reparar.

Para reconstruir.

Los cortes en la seda los agrandó. Deliberadamente.

Creando aberturas irregulares.

Por debajo, cosió el tul negro.

Como piel bajo herida.

Visible. Vulnerable. Pero resistente.

Las secciones donde arrancaron el algodón, las rodeó con tela metálica.

Cosida con puntadas visibles. Gruesas.

Como grapas médicas cerrando carne.

El dobladillo donde cortaron los hilos dorados, lo dejó deshilachado.

Sin terminar.

Porque algunas cosas no se terminan.

Solo se sobreviven.

Trabajó sin parar.

Sin comer.

Sin beber agua.

Las horas desaparecieron.

La luz cambió de dorada a naranja a púrpura.

Y cuando finalmente se detuvo.

Cuando dio paso atrás para ver.

El vestido en el maniquí era diferente.

No era el que diseñó.

Era algo más.

Más crudo.

Más honesto.

Más peligroso.

La seda medianoche con heridas de tul negro.

El algodón bordeado con metal que brillaba como armadura.

El dobladillo deshilachado cayendo asimétrico.

Era vestido de guerrera.

No de princesa.

Y era perfecto.

Tocaron la puerta.

Karim.

Entró sin esperar respuesta.

Se detuvo cuando vio el vestido.

Los ojos ampliándose.

—Dios.

—¿Qué opinas?

—Opino que vas a provocar infarto colectivo en mi familia.

Caminó alrededor del maniquí.

Estudiando cada detalle.

—¿Qué pasó? Este no es el vestido que vi ayer.

Valentina no respondió inmediatamente.

Evaluó cuánto decir.

—Hubo… modificaciones.

—Modificaciones.

Los ojos de Karim encontraron las tijeras sobre la mesa.

Los restos de seda cortada en el bote de basura.

No era idiota.

—¿Quién?

—No importa.

—Sí importa. Si alguien entró a tu cuarto y destruyó tu trabajo…

—No destruyeron mi trabajo. Mejoraron el diseño sin saberlo.

Tomó las tijeras.

Las sostuvo entre ellos.

—Intentaron sabotearme. Y lo convertí en arma.

Algo cambió en la expresión de Karim.

No era orgullo.

Era algo más peligroso.

Reconocimiento.

De que la mujer frente a él no era víctima esperando rescate.

Era sobreviviente convirtiendo veneno en medicina.

—Valentina…

—No quiero saber quién fue. No quiero venganza. No quiero drama.

Se acercó al vestido.

Lo tocó con reverencia que no había mostrado antes.

—Solo quiero llegar a esa gala. Con este vestido. Y mostrarles que no se puede romper lo que ya sobrevivió romperse.

Karim la abrazó por atrás.

La barbilla en su hombro.

—Van a odiarlo.

—Lo sé.

—Mi madre va a tener aneurisma.

—Espero que no. Pero si pasa, no es mi culpa.

—Las primas van a querer matarte.

—Ya lo intentaron. Con tijeras. No funcionó.

A pesar de todo, Karim rio.

Breve. Quebrado. Pero real.

—Eres imposible.

—Soy necesaria.

Se giraron para mirarse.

—Karim, necesito que entiendas algo. Este vestido es línea en la arena. Si me haces cambiarlo, si dejas que tu familia me obligue a usar lo que ellos quieren, perdiste. No en esta batalla. En la guerra.

Los ojos de Karim se oscurecieron.

Luchando con algo.

—Mi padre va a presentarte oficialmente.

—Lo sé.

—Con este vestido, estarás declarando independencia frente a trescientas personas.

—Exactamente.

—Y mi familia nunca te perdonará.

—No necesito su perdón. Necesito su respeto.

Silencio largo.

Karim miraba el vestido como si fuera bomba activada.

Que era.

—Úsalo.

—¿Qué?

—Úsalo. Pero Valentina…

La tomó del rostro.

—Si haces esto, no hay vuelta atrás. Las primas te convertirán en enemiga oficial. Mi madre dejará de fingir cortesía. Y yo…

Se detuvo.

—¿Tú qué?

—Yo tendré que elegir. Públicamente. Entre defender tu decisión o mantener paz familiar.

—Lo sé.

—¿Y aun así lo haces?

—Especialmente por eso.

Porque necesitaba saber.

Si cuando importara.

Si cuando su familia presionara.

Si cuando el costo fuera real.

Karim la elegiría a ella.

O a ellos.

Se besaron.

Urgente. Casi violento.

Como soldados antes de batalla.

Cuando se separaron, Karim tenía expresión que nunca había visto.

No era miedo.

Era anticipación.

De guerra que finalmente tendría que pelear.

Salió sin más palabras.

Dejándola sola con su vestido transformado.

Valentina lo miró.

Las heridas convertidas en diseño.

El sabotaje convertido en declaración.

Y supo.

Que tres días más.

Solo tres días.

Y todo cambiaría.

Para bien.

O para destrucción total.

Pero al menos sería en sus términos.

Con su vestido.

Con sus cicatrices exhibidas.

Y con tijeras que ya no la asustarían.

Porque había aprendido algo fundamental.

Que las armas de tus enemigos.

Se pueden convertir en herramientas de tu victoria.

Solo necesitas saber cómo usarlas.

Chicas, seré honestoa. Estamos bajando en el ranking y esta historia merece estar más arriba.

Sé que hay muchos “Lectores Fantasma” (Silent Readers) aquí. Veo sus visitas, sé que les gusta la historia… ¡pero el algoritmo no los ve!

Por favor, tómense 2 segundos para:

Darle al botón de Add to Library.

Dejar una Power Stone.

Es gratis para ustedes, pero salva la vida de este libro. ¡Vamos a demostrar de qué está hecha nuestra comunidad!

Gracias!!!

Valentina se acercó despacio.

Como si moverse rápido pudiera hacer el daño más real.

Tocó la seda.

Los cortes eran limpios. Profesionales. Hechos con tijeras afiladas y mano firme.

No fue rabia ciega.

Fue ejecución calculada.

Levantó las tijeras de la mesa.

Sus tijeras.

Las que había comprado en el zoco. Las que había afilado ella misma.

Usadas como arma contra ella.

Como si ella hubiera destruido su propio trabajo.

Brillante. Cruel. Efectivo.

El estómago se contrajo.

Las rodillas amenazaron con ceder.

Respiró profundo.

Una vez. Dos veces.

El aire entraba como vidrio.

Salía como ceniza.

La puerta conectora se abrió.

Marie apareció con expresión de horror que confirmaba que sabía.

Que tal vez había visto.

Que definitivamente no había podido detenerlo.

—Mademoiselle, yo… estaba en la cocina cuando…

—¿Quién?

—Las primas. Nadia, Yasmin y Rania. Entraron mientras usted estaba con la señora Layla.

—¿Las viste?

—Las escuché. Risas. Y luego el sonido de…

No terminó.

No hacía falta.

Valentina bajó las tijeras.

Las dejó sobre la mesa junto al vestido mutilado.

—Gracias, Marie.

—¿Llamo a Monsieur Karim?

—No.

—Pero mademoiselle…

—No.

La voz salió firme a pesar del temblor en las manos.

Marie vaciló. Luego asintió y se retiró.

Cerrando la puerta suavemente.

Dejando a Valentina sola.

Con los restos de su declaración.

De su “yo también existo”.

Destruida.

Se sentó en el piso.

Junto al maniquí.

La seda medianoche colgaba como cadáver elegante.

Y algo dentro de ella se rompió.

No dramáticamente.

Silenciosamente.

Como hielo quebrándose bajo peso invisible.

Las lágrimas llegaron.

Calientes. Furiosas. Inevitables.

Por el vestido. Por las horas de trabajo. Por la humillación calculada.

Por cada puta vez que había construido algo solo para verlo destruido por gente que creía tener derecho a su fracaso.

Lloró.

Dos minutos. Tal vez cinco.

No más.

Porque quedarse en el piso no arreglaba nada.

Y rendirse no era opción.

Ya no.

Se limpió la cara con el dorso de la mano.

Se levantó.

Miró el vestido.

Realmente miró.

Los cortes en la seda. Los jirones de algodón. El desastre completo.

Y entonces vio otra cosa.

Posibilidad.

Las primas habían cortado con intención de destruir.

Pero habían cortado limpio.

Eso significaba que podía usar los cortes.

Convertirlos en diseño.

En lugar de esconderlos.

Exhibirlos.

Como había planeado desde el principio con la costura central.

Cicatrices como decoración.

Destrucción como belleza.

La idea llegó completa.

Clara. Violenta. Perfecta.

Fue a la mesa de trabajo.

Sacó papel. Lápiz.

Dibujó rápido.

El vestido original había sido declaración.

Esto sería guerra.

Los cortes en la seda serían deliberados. No ocultos.

Los bordes sin rematar.

El algodón arrancado reemplazado con tela metálica plateada que había comprado en el zoco “por si acaso”.

Como armadura visible.

Los hilos dorados cortados reconstruidos como cadenas rotas.

Colgando del dobladillo.

Como grilletes rotos.

El boceto tomó forma.

Agresivo. Asimétrico. Imposible de ignorar.

Un vestido que gritaba: “Intentaron romperme y me hice más fuerte”.

Miró el reloj.

8:47 PM.

La gala era pasado mañana.

Menos de 48 horas.

Imposible.

Probablemente.

Pero no tenía alternativa.

Así que sería posible.

Porque ella lo decidiría.

Quitó el vestido del maniquí.

Lo extendió en la mesa.

Estudió cada corte.

Cada sección destruida.

Luego fue por las tijeras.

Y empezó a cortar más.

Convirtiendo sabotaje en intención.

Destrucción en diseño.

Caos en control.

La noche pasó en etapas.

Primero: deconstrucción total.

Cortó todo lo que las primas habían dejado a medias.

Si iba a estar roto, sería roto a su manera.

Segundo: reconstrucción estratégica.

La tela metálica plateada se convirtió en paneles irregulares.

Insertados donde antes había algodón.

Como placas de armadura.

Reflejando luz.

Atrapando miradas.

Tercero: detalles que dolían.

Los hilos dorados cortados los transformó en flecos.

Cada uno con cuenta de metal en la punta.

Que tintinearían al caminar.

Como cadenas arrastrándose.

Como libertad que hace ruido.

Cuarto: la costura final.

A mano.

Puntada por puntada.

Porque la máquina no podía manejar las capas múltiples.

Porque algunas cosas había que hacerlas despacio.

Con intención.

Con rabia convertida en precisión.

Marie apareció a medianoche con café.

—Debería descansar, mademoiselle.

—Después.

—Monsieur Karim preguntó por usted.

—Dile que estoy trabajando.

—¿Y si insiste en entrar?

—Dile que si entra ahora, lo coso al vestido.

Marie rio a pesar de todo.

—Le diré que necesita privacidad creativa.

—Mejor.

El café sabía a óxido líquido pero funcionaba.

Valentina siguió.

Aguja entrando. Saliendo. Transformando.

A las 3 AM sus dedos sangraban.

Pinchazos de aguja que no sintió en el momento.

Manchas rojas en la seda medianoche.

Que se mezclaban con el color.

Que se volvían parte del diseño.

Porque claro.

Sangre en vestido de guerra.

Perfecto.

A las 5 AM el vestido estaba casi completo.

Solo faltaban los ajustes finales.

El dobladillo. Los tirantes reforzados.

La cremallera oculta.

A las 6:30 AM lo puso en el maniquí.

Dio tres pasos atrás.

Y por primera vez en horas.

Respiró.

El vestido era…

No había palabra.

Hermoso no alcanzaba.

Poderoso quedaba corto.

Era declaración de guerra envuelta en seda y metal.

Era cicatriz exhibida como medalla.

Era ella.

Todo lo que había sobrevivido.

Todo lo que se negaba a esconder.

Capturado en tela y costura.

La puerta conectora se abrió.

Karim.

Con traje arrugado y expresión de hombre que no durmió.

Que había estado esperando permiso para entrar.

Que finalmente se rindió.

—Habibti, Marie dice que…

Se detuvo.

Viendo el vestido.

Los ojos recorriendo cada detalle.

Los cortes deliberados. La tela metálica. Los flecos dorados.

Las manchas de sangre que no eran accidente.

El silencio se extendió.

Pesado.

Valentina esperó.

Sin defenderse. Sin explicar.

Solo mirándolo.

Retándolo a decir que era demasiado.

Que era inapropiado.

Que las primas tenían razón.

Karim dio vuelta completa al maniquí.

Estudiando cada ángulo.

Finalmente habló.

—Marie me dijo lo que pasó.

—¿Y?

—Y quiero matar a mis primas.

Pausa.

—Pero esto…

Tocó la tela metálica. Los flecos.

—Esto es mejor venganza que cualquier cosa que yo pudiera hacer.

La tensión en los hombros de Valentina se aflojó.

Ligeramente.

—¿No crees que es demasiado?

—Creo que es exactamente suficiente.

La miró.

Realmente miró.

Los ojos inyectados de sangre. Los dedos vendados con cinta adhesiva improvisada. El cabello en cola de caballo despeinada.

La evidencia física de guerra nocturna.

—Deberías dormir.

—Debería terminar los ajustes.

—Valentina…

—Dos horas. Después duermo.

Karim exhaló.

Sabiendo que no ganaría esta batalla.

—Dos horas. Pero yo me quedo.

—¿Para qué?

—Para asegurarme de que no te desmayes sobre la máquina de coser.

—No voy a…

—Dos horas. O llamo a Marie para que te saque físicamente.

Valentina lo miró.

Vio la determinación.

La preocupación disfrazada de control.

El miedo de perderla a algo tan estúpido como agotamiento.

—Está bien. Quédate.

Karim se sentó en el sillón junto a la ventana.

Valentina volvió al vestido.

Los ajustes finales no tomaron dos horas.

Tomaron noventa minutos.

Pero cuando terminó.

Cuando la última puntada estuvo hecha.

Cuando el vestido estuvo completo.

Se giró hacia Karim.

Y sonrió.

No amable.

No dulce.

Sino feroz.

—Ya veremos quién ríe última en esa gala.

Karim sonrió de vuelta.

Con orgullo que no intentaba esconder.

—Ya siento pena por ellas.

—No deberías.

—¿No?

—No.

Se quitó el delantal manchado de sangre.

—Porque yo no la siento. Y fueron ellas quienes decidieron jugar este juego.

Caminó hacia la puerta.

Hacia su suite.

Hacia la cama que llevaba más de 24 horas esperándola.

Pero antes de salir.

Se detuvo.

—Karim.

—¿Sí?

—Gracias por no entrar antes. Por dejarme terminar esto sola.

—No fue fácil.

—Lo sé.

—Pero tenías razón. Algunas batallas hay que pelearlas solo.

Valentina asintió.

Y se fue a dormir.

Con las manos vendadas.

El cuerpo agotado.

Pero el alma.

El alma estaba encendida.

Porque había tomado lo que querían usar para destruirla.

Y lo había convertido en arma.

En declaración.

En prueba de que ella decidía.

No ellas.

No Karim.

No Santi.

No nadie.

Ella.

Siempre ella.

Y eso.

Eso no se lo podían quitar.

Ni con tijeras.

Ni con sabotaje.

Ni con todo el dinero y poder del mundo.

Porque había aprendido la lección más importante.

La que su abuela le había enseñado en ese taller de Guadalajara hace tantos años.

Que la tela puede cortarse.

Pero la mujer que sabe coser.

Esa mujer siempre puede reconstruir.

Más fuerte.

Más audaz.

Más imposible de ignorar.

Y las primas.

Las pobres primas.

Acababan de enseñarle exactamente qué tan fuerte podía ser.

Mala decisión.

Para ellas.

Chicas, seré honesta. Estamos bajando en el ranking y esta historia merece estar más arriba.

Sé que hay muchos “Lectores Fantasma” (Silent Readers) aquí. Veo sus visitas, sé que les gusta la historia… ¡pero el algoritmo no los ve!

Por favor, tómense 2 segundos para:

Darle al botón de Add to Library.

Dejar una Power Stone.

Es gratis para ustedes, pero salva la vida de este libro. ¡Vamos a demostrar de qué está hecha nuestra comunidad!

Muchas Gracias!!

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

Anterior
Siguiente
  • Inicio
  • Acerca de
  • Contacto
  • Política de privacidad

© 2025 LeerNovelas. Todos los derechos reservados

Iniciar sesión

¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

Registrarse

Regístrate en este sitio.

Iniciar sesión | ¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

¿Perdiste tu contraseña?

Por favor, introduce tu nombre de usuario o dirección de correo electrónico. Recibirás un enlace para crear una nueva contraseña por correo electrónico.

← Volver aLeer Novelas

Reportar capítulo