Novia Fugitiva busca venganza - Capítulo 6
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6: El Mensaje 6: El Mensaje El teléfono ardía en su mano como hierro al rojo vivo.
Valentina leyó el mensaje tres veces, cuatro, cinco, hasta que las palabras perdieron significado y solo quedó el terror puro latiendo en sus sienes.
“Bonita foto gritando en el desierto.
El vestido rojo te queda bien para funeral.
Santi manda saludos.” ¿Cómo?
¿Cómo demonios la habían encontrado en medio del maldito desierto de los Emiratos Árabes?
La respuesta llegó como balde de agua helada: Eric.
El teléfono que él le había conseguido.
El número francés que supuestamente era imposible de rastrear.
No.
No podía ser Eric.
¿O sí?
Las manos le temblaban tan violentamente que casi deja caer el teléfono sobre el mármol del baño.
Se había encerrado ahí hace veinte minutos, fingiendo una ducha eterna mientras su cerebro intentaba procesar lo imposible.
Alguien la había fotografiado en el desierto.
Alguien que trabajaba para Santi.
Alguien que estaba aquí, en Dubái, siguiéndola.
El agua de la regadera caía inútilmente sobre el mármol italiano mientras ella se miraba en el espejo empañado.
El maquillaje perfecto que Darius había creado hace horas ahora parecía máscara de payaso derretida por lágrimas que no recordaba haber llorado.
—¿Valentina?
La voz de Karim al otro lado de la puerta la hizo saltar como gato electrocutado.
—Lleva cuarenta minutos ahí dentro.
¿Está bien?
No.
No estaba ni remotamente bien.
Pero admitirlo significaba explicar el mensaje.
Y explicar el mensaje significaba admitir que había salido con Eric sin permiso y que ahora su pasado mexicano la había alcanzado a velocidad supersónica.
—Estoy perfecta.
Ya salgo.
La mentira sonó tan falsa que probablemente Karim la detectó desde el otro lado de la puerta blindada.
Se lavó la cara con agua helada.
Se aplicó corrector bajo los ojos con dedos temblorosos.
Se obligó a respirar como le había enseñado su terapeuta universitaria hace mil años, cuando los ataques de pánico eran cosa de exámenes finales y no de narcotraficantes internacionales.
Cuando abrió la puerta, Karim estaba exactamente donde lo esperaba: apoyado contra la pared del pasillo con los brazos cruzados y expresión de interrogatorio pendiente.
—Tiene algo que decirme.
No era pregunta.
—No sé de qué habla.
—Valentina.
Su nombre en esa voz grave sonó como advertencia final.
—Puedo ver el miedo en sus ojos desde aquí.
El tipo de miedo que no existía hace tres horas cuando discutíamos sobre jaulas de oro.
¿Qué pasó?
La alternativa era mentir.
Pero Valentina ya estaba harta de mentiras.
Tres años de mentiras con Santi.
Días de mentiras con Karim.
Una vida entera de fingir que todo estaba bien cuando claramente no lo estaba.
Le mostró el teléfono.
El cambio en el rostro de Karim fue instantáneo.
La máscara de control se agrietó por exactamente dos segundos antes de reconstruirse con precisión de cirujano.
—¿Cuándo llegó esto?
—Hace cuarenta y tres minutos.
—¿Por qué no me lo mostró inmediatamente?
—Porque estaba ocupada teniendo un ataque de pánico en su baño de mármol italiano, ¿le parece?
El sarcasmo salió antes de poder detenerlo.
Mecanismo de defensa.
Valentina García siempre recurría al humor cuando el terror amenazaba con ahogarla.
Karim tomó el teléfono de sus manos con movimiento fluido.
Sus dedos rozaron los suyos por un segundo.
Calientes.
Firmes.
Completamente opuestos al hielo que recorría sus propias venas.
—Este número.
¿Lo reconoce?
—Es mexicano.
Prefijo de la Ciudad de México.
Pero no es el número de Santi.
Nunca vi ese número antes.
—¿Y la foto?
¿Desde qué ángulo fue tomada?
Valentina cerró los ojos, intentando reconstruir la escena.
El desierto.
El Jeep de Eric.
Ella gritando hacia el horizonte con el vestido rojo ondeando como bandera de guerra personal.
—Desde atrás.
Y hacia la izquierda.
Como si…
como si alguien nos hubiera seguido en otro vehículo.
—O como si alguien que ya estaba ahí hubiera tomado la foto.
La implicación cayó como piedra en estómago vacío.
—¿Está sugiriendo que Eric…?
—No estoy sugiriendo nada.
Estoy evaluando posibilidades.
Karim ya estaba marcando un número en su propio teléfono.
La conversación que siguió fue en árabe rápido, gutural, imposible de descifrar.
Pero el tono era inconfundible: órdenes.
Instrucciones.
Movilización de recursos que Valentina no podía ni imaginar.
Colgó después de tres minutos exactos.
—Mi equipo de seguridad está rastreando el número.
Tendremos respuestas en menos de una hora.
—¿Tiene un equipo de seguridad?
—Tengo muchas cosas que usted no sabe, Valentina.
La mayoría de ellas existen precisamente para situaciones como esta.
Se acercó un paso.
El olor a oud y cuero la envolvió como manta pesada.
—Ahora necesito que me cuente exactamente qué pasó hoy.
Todo.
Sin omisiones.
Sin versiones editadas para proteger a nadie.
Sus ojos negros la taladraban con intensidad casi física.
—Especialmente sin proteger a Eric de Valois.
Valentina tragó saliva.
Y empezó a hablar.
Le contó todo.
La llamada de Eric que llegó como salvavidas en medio de su crisis.
La sensación de asfixia que la había empujado a aceptar una escapada con un extraño.
El Jeep cubierto de polvo cruzando la ciudad como bala perdida hacia ninguna parte.
El desierto extendiéndose infinito bajo el sol asesino.
El grito catártico que probablemente había alertado a medio kilómetro de arena y a cualquier depredador —humano o animal— que estuviera escuchando.
La conversación en el camino de vuelta.
Los mensajes de Eric.
El número francés que apareció en su teléfono sin que ella recordara haberlo dado.
Y finalmente, el mensaje que llegó apenas cruzaron las puertas del hotel.
Como si alguien hubiera estado esperando el momento exacto para atacar.
Karim escuchó sin interrumpir.
Sus ojos no abandonaron los suyos ni una sola vez durante todo el relato.
Ni siquiera cuando ella tartamudeaba por los nervios o cuando las lágrimas amenazaban con salir de nuevo.
Simplemente escuchó.
Como si cada palabra que ella decía fuera pieza de un rompecabezas que solo él podía armar.
Cuando terminó, el silencio entre ellos pesó toneladas.
—Eric de Valois es muchas cosas.
Irresponsable.
Impulsivo.
Incapaz de tomar nada en serio.
Pausa calculada.
—Pero no es un traidor.
Al menos no de esta forma.
—¿Entonces quién?
—Eso es exactamente lo que vamos a averiguar.
El teléfono de Karim vibró.
Leyó el mensaje con expresión impenetrable.
—El número está registrado a nombre de una empresa fantasma en Panamá.
Pero la señal de origen del mensaje fue triangulada.
—¿Y?
Los ojos de Karim se oscurecieron aún más, si eso era posible.
—Vino de dentro de este hotel.
El aire abandonó los pulmones de Valentina.
Alguien en el Burj Al Arab.
Alguien que trabajaba para Santi.
Alguien que caminaba por los mismos pasillos que ella.
Que quizás le había servido el desayuno esta mañana.
Que la había visto en el elevador, en el lobby, en el restaurante donde intentó actuar como la prometida perfecta de un hombre al que apenas conocía.
El lujo del penthouse de pronto se sintió como trampa mortal.
Las paredes de mármol ya no eran elegancia.
Eran los muros de su tumba.
—¿Valentina?
La voz de Karim sonó distante.
Como si llegara desde el fondo de un pozo.
—Necesito que se siente.
Está perdiendo el color.
Sus manos —firmes, calientes, seguras— la guiaron hacia el sofá de cuero blanco.
No recordaba haberse movido.
No recordaba nada excepto el pánico absoluto que le nublaba la visión.
—Escúcheme bien.
Karim se arrodilló frente a ella.
El traje de miles de dólares tocando el mármol sin vacilación.
Los ojos negros clavados en los suyos con intensidad casi física.
—Vamos a encontrar a quien hizo esto.
Vamos a neutralizarlo.
Y después vamos a asegurarnos de que su ex novio narcotraficante se arrepienta hasta el último día de su miserable existencia de haberla amenazado.
Debería haberle dado miedo.
La frialdad con la que hablaba de “neutralizar” personas debería haberla aterrorizado.
Pero lo único que sintió fue algo parecido a la esperanza.
Oscura.
Peligrosa.
Pero esperanza al fin.
El monstruo no solo la había encontrado.
El monstruo estaba dentro de la jaula de oro.
Y ahora Valentina tenía que decidir si confiar ciegamente en el hombre arrodillado frente a ella, o seguir huyendo sola hacia una muerte que cada vez parecía más inevitable.
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