Novia Fugitiva busca venganza - Capítulo 61
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Capítulo 61: La Gala de Primavera
Valentina despertó a las tres de la tarde.
Tarde. Deliberadamente.
Porque necesitaba estar descansada.
Fresca. Afilada. Lista.
Marie había dejado bandeja con comida ligera.
Frutas. Yogurt. Pan tostado.
Nada pesado que pudiera hacer que el vestido se sintiera diferente.
Comió despacio.
Saboreando cada bocado como ritual.
A las cinco llegó el equipo de maquillaje y peinado.
Tres personas que Karim había contratado.
No las de Layla.
Las suyas.
Fatima dirigía.
Mujer egipcia de cincuenta años con manos que sabían exactamente qué hacer.
—Señorita Valentina. ¿Qué visión tiene para esta noche?
—Quiero verme como yo. No como ellos esperan.
Fatima sonrió.
—Perfecto. Porque lo que ellos esperan es aburrido.
Trabajaron dos horas.
El cabello en ondas sueltas. No el moño apretado que Layla hubiera exigido.
Cayendo sobre un hombro. Dejando el otro desnudo.
El maquillaje dramático pero no excesivo.
Ojos ahumados en tonos carbón que hacían sus ojos verdes explotar.
Labios en rojo oscuro. Casi vino.
Color de guerra.
Las uñas cortas. Naturales. Sin piedras.
Porque las manos que cosieron ese vestido no necesitaban adornos.
A las siete, Fatima y su equipo terminaron.
Se retiraron dejándola sola.
Con el vestido.
Valentina lo sacó de la funda protectora.
La seda medianoche brilló bajo la luz.
La tela metálica reflejó como promesa.
Los flecos dorados colgaron quietos.
Esperando.
Se lo puso despacio.
La cremallera subiendo como cierre de capítulo.
La tela ajustándose perfecta.
El peso justo.
Caminó hacia el espejo.
Y el mundo se detuvo.
No era la misma mujer que había huido de México.
No era la víctima temblando en París.
No era la prometida controlada de El Cairo.
Era otra cosa.
Algo nuevo.
Algo peligroso.
Algo magnético.
El vestido convertía cada imperfección en arte.
Los cortes deliberados llamaban la atención a curvas.
La tela metálica daba estructura de armadura.
Los flecos dorados tintinieaban con cada respiración.
Como recordatorio constante.
Estoy aquí. Existo. Mírenme.
Tocaron a la puerta.
Karim.
—¿Puedo entrar?
—Sí.
Abrió.
Y se congeló.
Literalmente.
La mano en la manija. Los ojos recorriendo cada centímetro.
De arriba a abajo.
Y de vuelta.
—Habibti…
No terminó.
No tenía palabras.
Valentina sonrió.
—¿Demasiado?
—Perfecto. Absolutamente. Devastadoramente perfecto.
Se acercó.
Con esmoquin que probablemente costaba más que países pequeños.
Pero ella lo eclipsaba.
Y ambos lo sabían.
—Valentina, cuando entres a ese salón…
—¿Sí?
—Todo cambia. Mi madre va a tener crisis. Las primas van a odiarte oficialmente. Y mi padre…
Sonrió.
—Mi padre probablemente te adopte y me desherede a mí.
A pesar de los nervios, rio.
—¿Lista?
—No. Pero vamos igual.
El hotel Fairmont Nile City brillaba como joya en la oscuridad.
El Mercedes se detuvo en la entrada.
Alfombra roja desplegada.
Fotógrafos esperando.
Trescientos invitados adentro.
La élite egipcia. Embajadores. Magnates del Golfo. Prensa selecta.
Todos esperando ver a la prometida oficial del heredero Al-Fayed.
Esperando juzgar.
Esperando encontrar defectos.
El chofer abrió la puerta.
Karim salió primero.
Los flashes estallaron inmediatamente.
Extendió la mano hacia el interior del coche.
—¿Lista?
Valentina tomó su mano.
Y salió.
El silencio fue instantáneo.
Como si alguien hubiera cortado el audio del mundo.
Los fotógrafos se congelaron.
Luego explotaron.
Flashes como tormenta eléctrica.
Gritos en árabe. En inglés. En francés.
“¡Aquí! ¡Mire aquí!”
“¿Quién diseñó el vestido?”
“¡Señorita García! ¡Una foto!”
Valentina caminó.
Con Karim a su lado.
Pero no necesitándolo.
El vestido se movía con cada paso.
La seda capturando luz.
El metal reflejando flashes.
Los flecos tintinieando.
Como anuncio de llegada.
Entraron al salón principal.
Y el efecto se repitió.
Conversaciones deteniéndose a medio camino.
Copas de champagne congeladas en el aire.
Trescientos pares de ojos girando.
Como girasoles hacia el sol.
El salón era espectacular.
Techo de cristal mostrando estrellas.
Arreglos florales de tres metros.
Mesas con mantelería de seda.
Pero todo eso desapareció.
Porque Valentina García acababa de entrar.
Y nada más importaba.
Vio a las primas.
Nadia. Yasmin. Rania.
Con vestidos idénticos en tonos pastel.
Givenchy. Como habían prometido.
Hermosos.
Seguros.
Completamente olvidables.
Sus expresiones pasaron por cinco etapas en tres segundos.
Shock. Incredulidad. Rabia. Derrota. Aceptación amarga.
Vio a Layla.
Con vestido dorado que probablemente pesaba más que Valentina.
La mandíbula apretada.
Los ojos evaluando cada centímetro del vestido.
Buscando fallas.
Encontrando perfección.
La furia ardiendo bajo maquillaje impecable.
Vio a los socios de negocios.
Hombres que habían construido imperios.
Mirándola no como accesorio.
Sino como igual.
Como fuerza.
Y entonces.
Vio a Tarek.
En el escenario al fondo del salón.
Con micrófono esperando.
Y expresión que era casi… orgullo.
Caminaron hacia él.
La multitud abriéndose como Mar Rojo.
Todos mirando. Evaluando. Memorizando.
Este momento.
Esta mujer.
Este vestido que gritaba revolución elegante.
Subieron al escenario.
Karim a su izquierda.
Tarek tomó el micrófono.
—Buenas noches.
Voz que cortaba el murmullo residual.
—Esta noche celebramos primavera. Renovación. Nuevos comienzos.
Pausa calculada.
—Y tengo el honor de presentar formalmente a alguien que representa exactamente eso.
Miró a Valentina.
—Valentina García. Diseñadora. Sobreviviente. Y prometida oficial de mi hijo Karim.
Los aplausos estallaron.
Educados al principio.
Luego genuinos.
Porque incluso los críticos reconocían presencia cuando la veían.
Tarek continuó.
—Muchos preguntaron sobre ella. Sobre su historia. Sobre si era “apropiada” para nuestra familia.
Sonrisa que prometía sangre.
—Yo les digo: ella no necesita ser apropiada. Nosotros necesitamos ser dignos de ella.
El salón explotó.
Aplausos. Silbidos. Gritos de aprobación.
Las primas palidecieron.
Layla abandonó el salón.
Y Valentina.
Valentina respiró.
Por primera vez en meses.
Realmente respiró.
Porque Tarek Al-Fayed.
El faraón del imperio.
El hombre que hacía temblar a presidentes.
Acababa de declararla intocable.
Karim tomó su mano.
La besó.
Frente a todos.
Sin vergüenza. Sin vacilación.
—Te amo —murmuró contra sus labios.
—Lo sé.
Bajaron del escenario.
Y la gala se transformó.
Ya no era evento de familia.
Era coronación.
Los invitados se acercaban.
Uno por uno.
Felicitando. Preguntando por el vestido. Queriendo saber dónde comprar sus diseños.
Embajadores. CEOs. Herederas de petroleras.
Todos queriendo un pedazo de la mujer que había domado al heredero Al-Fayed.
Valentina navegaba conversaciones con gracia que no sabía que tenía.
Respondiendo en español cuando convenía.
En inglés cuando impresionaba.
Con sonrisas que desarman.
Con inteligencia que sorprendía.
Las horas pasaron como minutos.
Champagne. Canapés que eran arte. Música que hacía vibrar el piso.
Y en el centro.
Siempre en el centro.
Valentina.
No como esposa de.
No como prometida de.
Sino como ella misma.
Magnética. Inevitable. Imposible de ignorar.
A las once de la noche.
Cuando la fiesta alcanzaba su pico.
Cuando Valentina estaba conversando con embajador francés sobre técnicas de costura.
Una mujer se acercó al escenario.
Elegante. Cuarenta y tantos. Con vestido verde esmeralda que gritaba dinero viejo.
Tomó el micrófono sin pedir permiso.
—Disculpen la interrupción.
Voz suave pero amplificada.
El salón se silenció.
Karim se tensó.
Tarek frunció el ceño.
La mujer sonrió.
Como tiburón oliendo sangre.
—Solo quería felicitar a Valentina García por su impresionante entrada esta noche.
Pausa.
—Aunque algunos de nosotros recordamos otras entradas. Menos glamorosas. Más… desesperadas.
El aire se congeló.
Valentina sintió las miradas girando.
Curiosidad reemplazando admiración.
Escándalo olfateándose en el horizonte.
La mujer continuó.
—Me pregunto si los invitados saben la historia completa. Sobre cómo llegó realmente a Egipto. Sobre las deudas. Sobre los hombres que la persiguen.
Karim dio un paso adelante.
Pero Valentina lo detuvo.
Con mano en su pecho.
Suave. Firme. Definitiva.
Porque esta batalla.
Esta batalla era suya.
Caminó hacia el escenario.
Los flecos dorados tintinieando con cada paso.
Como cadenas arrastrándose.
Como libertad que hace ruido.
Subió.
Le quitó el micrófono a la mujer.
Con sonrisa que prometía guerra.
—Tiene razón —dijo al salón completo.
La voz clara. Sin temblor.
—Deberían saber la historia completa.
Y trescientos pares de ojos esperaron.
Para ver si Valentina García.
La prometida imposible.
Sobreviviría esta noche.
O se desmoronaría.
Finalmente.
Chicas, seré honestoa. Estamos bajando en el ranking y esta historia merece estar más arriba.
Sé que hay muchos “Lectores Fantasma” (Silent Readers) aquí. Veo sus visitas, sé que les gusta la historia… ¡pero el algoritmo no los ve!
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