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Novia Fugitiva busca venganza - Capítulo 62

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Capítulo 62: Sin Miedo

El silencio en el salón era absoluto.

Trescientos pares de ojos esperando.

Valentina sintió el peso del micrófono en su mano.

Pesaba más que cuando lo tomó.

Como si absorbiera la gravedad del momento.

La mujer del vestido verde la miraba.

Con sonrisa que ya empezaba a vacilar.

Porque había esperado pánico.

Lágrimas. Huida. Colapso.

No esto.

No Valentina caminando hacia ella.

Con los flecos dorados tintinieando.

Como advertencia.

—Gracias —dijo Valentina al micrófono.

Voz clara. Firme.

—Por darme la oportunidad de contar mi propia historia.

Se giró hacia el salón.

Hacia todas esas caras esperando escándalo.

—Me llamo Valentina García. Tengo veintiséis años. Nací en Guadalajara, México. En barrio que la mayoría de ustedes nunca visitarían.

Pausa.

Dejando que aterrizara.

—Mi padre era contador. Honesto. Trabajador. Y murió debiendo dinero a hombres peligrosos. Dinero que él nunca tomó. Dinero que fabricaron para controlarlo.

Vio a Karim en el borde del escenario.

Tenso. Listo para intervenir.

Pero quieto.

Dejándola pelear su batalla.

—Cuando mi padre murió, esos hombres vinieron por mí. Por mi hermana. Dijeron que heredábamos la deuda. Que éramos propiedad.

El salón se movió incómodo.

Esto no era chisme ligero.

Esto era real.

Crudo. Peligroso.

—Uno de esos hombres se llama Santiago García. Mi ex prometido. El hijo del socio de mi padre.

Respiró profundo.

—Me golpeó. Me amenazó. Me encerró. Y cuando finalmente escapé, me persiguió hasta París. Hasta aquí.

La mujer del vestido verde intentó interrumpir.

—Eso no es…

—¿Qué? —Valentina la cortó—. ¿Apropiado para esta gala? ¿Demasiado sucio para sus oídos delicados?

Sonrisa sin calidez.

—Tiene razón. No es apropiado. Pero es verdad.

Caminó hacia el centro del escenario.

Donde la luz la capturaba completa.

—Y sí. Vine a Egipto porque Karim me ofreció protección. Porque firmé contrato que decía que me casaría con él a cambio de seguridad.

Los murmullos explotaron.

Confirmación de lo que sospechaban.

—¿Eso me hace oportunista? Tal vez. ¿Me hace prostituta? Eso es lo que usted insinuaba, ¿verdad?

Miró directamente a la mujer.

Que ahora palidecía.

—Pero déjeme explicarle algo sobre supervivencia.

Tocó el vestido.

La costura central gruesa.

—Este vestido lo hice yo. Con mis manos. En cuarto que Karim me dio para trabajar.

Pausa.

—Estaba casi terminado hace tres días. Hermoso. Perfecto. Y alguien entró a ese cuarto y lo destruyó.

Los ojos de las primas se ampliaron.

Mierda.

—Cortaron la seda. Arrancaron la tela. Dejaron tijeras abiertas como evidencia. Querían que me rindiera. Que usara vestido que ellos aprobaran. Que me quedara callada en mi lugar.

Se giró completa.

Mostrando cada ángulo del vestido.

—En lugar de eso, tomé los cortes. Las heridas. Y las convertí en diseño. En declaración.

Señaló la tela metálica.

—Esto era algodón. Lo reemplacé con armadura.

Los flecos.

—Estos eran hilos. Los convertí en cadenas rotas.

La costura central.

—Y esta cicatriz. Esta línea gruesa que une todo. Es deliberada. Porque las cicatrices no son vergüenza.

Respiró.

—Son prueba de que sobrevivimos.

El silencio ahora era diferente.

No expectante.

Absorbente.

—Así que sí. Soy la mujer que huyó de México. Que aceptó contrato desesperado. Que llegó aquí sin linaje ni fortuna ni apellido importante.

Miró a Tarek.

Que sonreía.

Levemente.

Pero real.

—Pero también soy la mujer que se negó a quedarse víctima. Que transformó destrucción en arte. Que está parada frente a ustedes no pidiendo permiso.

La voz subió.

—Sino existiendo. A pesar de todo.

Pausa larga.

—Y si eso les molesta —miró a la mujer del vestido verde—, si mi supervivencia arruina su estética perfecta, si mi historia es demasiado fea para su evento hermoso…

Sonrió.

Feroz. Definitiva.

—Entonces el problema no soy yo. Son ustedes.

Silencio absoluto.

Dos segundos. Tres.

Y entonces.

Tarek empezó a aplaudir.

Lento. Deliberado.

Un segundo después, el embajador francés lo siguió.

Luego una mujer joven al fondo.

Y entonces.

Como avalancha.

El salón entero explotó.

Aplausos. Gritos. Silbidos.

Trescientas personas de pie.

Ovación.

No educada.

No obligada.

Genuina.

Porque acababan de presenciar algo raro.

Verdad pura.

Sin filtro. Sin disculpa.

Valentina bajó del escenario.

Con piernas que temblaban.

Pero sin mostrarlo.

Pasó junto a la mujer del vestido verde.

Que estaba congelada.

Humillada públicamente.

Destruida por sus propias armas.

—Por cierto —murmuró Valentina—, Karim nunca te amó. Solo te toleró.

Y siguió caminando.

Los aplausos continuaban.

Gente acercándose.

Queriendo tocarla. Felicitarla. Preguntar.

Pero Karim llegó primero.

La abrazó.

Fuerte. Desesperado.

—Eres imposible —murmuró contra su cabello.

—Soy necesaria.

—Sí. Absolutamente sí.

La separó.

La miró.

Con expresión que ella nunca había visto.

No solo amor.

No solo orgullo.

Algo más profundo.

Reverencia.

Como hombre que finalmente entiende qué tiene.

—Quédate aquí —dijo.

—¿Qué?

—Solo… quédate.

Subió al escenario.

Tomó el micrófono que Valentina había dejado.

El salón se silenció otra vez.

Expectante.

Karim la miró.

Solo a ella.

Como si las trescientas personas hubieran desaparecido.

—Valentina García.

Voz amplificada pero íntima.

—Me has destruido de las mejores formas posibles.

Bajo del escenario.

Caminó hacia ella.

Y el salón contuvo la respiración.

Porque Karim Al-Fayed.

El heredero.

El hombre que nunca mostraba emoción pública.

Estaba arrodillándose.

En medio del salón de gala.

Frente a todos.

El murmullo explotó.

Pero él no se inmutó.

Solo la miró.

Con rodilla en el piso.

Y mano extendida.

—¿Qué estás haciendo? —susurró Valentina.

Consciente de que trescientas personas observaban.

De que esto se volvería viral.

De que no había vuelta atrás.

—Lo que debí hacer desde el principio —respondió Karim.

Sacó estuche de su bolsillo.

No el que había usado antes.

Este era diferente.

Antiguo. De cuero gastado.

Lo abrió.

Y el salón jadeó.

Porque el anillo.

El anillo era historia.

Esmeralda verde oscuro rodeada de diamantes.

Arte deco. Años veinte.

—Este anillo perteneció a mi bisabuela —dijo Karim al micrófono todavía en su otra mano.

Su voz llenando el espacio.

—Fatima Al-Fayed. La única mujer que mi bisabuelo amó. La única que lo desafió. La única que se negó a ser propiedad.

Miró a Valentina.

—Como tú.

Las lágrimas llegaron.

Sin permiso.

Sin control.

—Karim…

—No hay contrato esta vez. No hay condiciones. No hay cláusulas de escape.

Pausa.

—Solo pregunta.

Respiró profundo.

—Valentina García. ¿Te casarías conmigo? ¿No porque tengas que hacerlo. No porque sea conveniente. Sino porque elegiste esto? ¿Porque me elegiste a mí?

El salón esperaba.

Silencio absoluto.

Valentina miró el anillo.

Luego a Karim.

Con rodilla en el piso.

Vulnerable. Expuesto. Arriesgando todo.

Frente a su familia.

Su mundo.

Su imperio.

Por ella.

Las palabras estaban en su garganta.

Empujando.

Exigiendo salir.

Y Valentina.

Valentina…

Chicas, seré honestoa. Estamos bajando en el ranking y esta historia merece estar más arriba.

Sé que hay muchos “Lectores Fantasma” (Silent Readers) aquí. Veo sus visitas, sé que les gusta la historia… ¡pero el algoritmo no los ve!

Por favor, tómense 2 segundos para:

Darle al botón de Add to Library.

Dejar una Power Stone.

Es gratis para ustedes, pero salva la vida de este libro. ¡Vamos a demostrar de qué está hecha nuestra comunidad!

Valentina miró el anillo.

La esmeralda capturando luz como promesa.

Luego a Karim.

De rodillas.

Vulnerable ante trescientas personas.

Ante su familia. Su mundo. Su imperio.

Por ella.

Las palabras subieron desde un lugar que no sabía que tenía.

Profundo. Verdadero. Aterrador.

—Sí.

Apenas audible.

Pero el micrófono la capturó.

Y el salón explotó.

Karim parpadeó.

Como si no creyera lo que escuchó.

—¿Qué?

—Sí —más fuerte esta vez—. Me casaré contigo.

Se levantó tan rápido que casi tiró el estuche.

La tomó del rostro.

—Repítelo. Necesito estar seguro.

—Sí, Karim Al-Fayed. Me casaré contigo.

La besó.

Frente a todos.

Sin vergüenza. Sin vacilación.

Como hombre que acababa de ganar lotería y no le importaba quién lo viera celebrar.

El beso fue diferente a todos los anteriores.

No posesivo.

No demandante.

Sino… agradecido.

Como si no pudiera creer su suerte.

Cuando se separaron, tomó su mano.

La izquierda.

Deslizó el anillo.

La esmeralda se ajustó perfecta.

Como si hubiera sido hecha para ella.

—Mi bisabuela —dijo al micrófono sin soltar su mano— usó este anillo por sesenta años. Y en su lecho de muerte le dijo a mi abuelo: “Dale esto a quien te haga mejor hombre, no a quien te haga hombre más rico.”

Pausa.

Miró a Valentina.

—Valentina García me hace mejor hombre. Cada día. Incluso cuando no lo merezco.

El aplauso fue ensordecedor.

Champagne apareciendo de la nada.

La orquesta tocando.

Gente acercándose.

Felicitando. Abrazando. Gritando.

Valentina estaba en burbuja.

Podía ver bocas moviéndose.

Manos estrechándose.

Pero todo era distante.

Como bajo agua.

Solo Karim era real.

Sosteniéndola. Sonriendo como nunca lo había visto.

No la sonrisa controlada de CEO.

Sino la de niño que recibió exactamente lo que quería en Navidad.

Tarek apareció.

Abrazó a Karim.

Breve. Masculino. Egipcio.

Luego se giró a Valentina.

—Bienvenida oficialmente a la familia, hija.

La palabra la golpeó.

Hija.

No “prometida”. No “invitada”.

Hija.

—Gracias —murmuró.

Porque no confiaba en su voz para más.

Layla no apareció.

Curiosamente.

Pero las primas sí.

Nadia. Yasmin. Rania.

Con sonrisas que no llegaban a los ojos.

—Felicidades —dijo Nadia.

—Gracias.

—El anillo es hermoso. Familia. Tradicional.

—Lo es.

Silencio incómodo.

—Espero que sepas cuidarlo —añadió Yasmin—. Ese anillo tiene historia. Peso.

—Lo sé. Y lo cuidaré.

Se retiraron.

Derrotadas pero no rendidas.

Solo… pospuestas.

La noche se transformó en celebración.

Música. Baile. Risas.

Valentina bailó con Karim.

Una canción. Dos. Tres.

Él no la soltaba.

Como si temiera que desapareciera si lo hacía.

—¿Estás bien? —preguntó contra su oído.

—Abrumada. Pero bien.

—Podemos irnos cuando quieras.

—¿No es tu gala?

—Fue mi gala. Ahora es solo ruido entre tú y yo.

A medianoche escaparon.

Discretamente.

Por puerta lateral que los guardias abrieron sin preguntar.

El Mercedes esperaba.

—A casa —ordenó Karim.

El chofer asintió.

Valentina recostó la cabeza en el hombro de Karim.

El anillo pesaba en su dedo.

No incómodo.

Solo… presente.

Recordatorio constante de lo que acababa de prometer.

—¿En qué piensas? —preguntó Karim.

—Que hace tres meses estaba huyendo de México. Y ahora estoy comprometida con multimillonario egipcio. Usando anillo de bisabuela muerta.

—¿Te arrepientes?

—No. Solo… es surrealista.

Karim besó su cabeza.

—Para mí también. Pensé que dirías no.

—¿De verdad?

—Tenía probabilidad 50/50 en mi mente. Lo cual para mí es aterrador porque normalmente calculo todo con certeza 90%.

A pesar del agotamiento, rio.

—Karim Al-Fayed. Admitiendo incertidumbre.

—Solo contigo. Siempre contigo.

Llegaron a la residencia.

Pero Karim no la llevó a su suite.

Ni a la de ella.

Sino al techo.

Terraza privada que no sabía que existía.

Con vista a El Cairo brillando como constelación terrestre.

El Nilo serpenteando oscuro entre luces.

—Quería mostrarte esto —dijo—. Antes de que fuera oficial.

—¿El qué?

Señaló.

—Tu ciudad. Nuestro futuro. Todo lo que viene.

Valentina se acercó al borde.

El viento moviendo su vestido.

Los flecos dorados tintinieando.

Como despedida.

Porque mañana guardaría este vestido.

Este símbolo de batalla ganada.

Y empezaría… ¿qué?

¿Vida de prometida oficial?

¿Esposa de heredero?

¿Diseñadora independiente con apellido poderoso?

Karim la abrazó por atrás.

La barbilla en su hombro.

—¿Asustada?

—Aterrada.

—Bien. Significa que es real.

Se quedaron así.

Mirando la ciudad.

Hasta que el amanecer empezó a pintar el horizonte.

Rosa sobre oro sobre azul.

Como promesa.

—Valentina.

—¿Sí?

—Gracias.

—¿Por qué?

—Por elegirme. Incluso sabiendo todos mis defectos.

Se giró en sus brazos.

Lo miró.

Este hombre que la había comprado, protegido, controlado, liberado, destruido y reconstruido.

Todo a la vez.

—Gracias por dejarme elegir.

Se besaron.

Mientras el sol salía sobre El Cairo.

Sellando promesas.

Iniciando capítulo nuevo.

Dos pisos abajo.

En suite que olía a perfume francés y derrota amarga.

Layla miraba transmisión de la gala en su tablet.

El momento de la propuesta.

En repetición.

Por quinta vez.

Su hijo.

Su heredero.

Arrodillado como plebeyo.

Por mexicana sin apellido.

El teléfono sonó.

Número privado.

—¿Dígame?

—Señora Al-Fayed. Tenemos información que podría interesarle. Sobre la señorita García. Y ciertos… documentos.

—Escucho.

—Preferimos discutir en persona. ¿Está disponible mañana?

—Mañana estoy ocupada con arreglos de compromiso.

Pausa deliberada.

—Pero puedo hacer espacio. Si la información vale la pena.

—Vale la pena. Se lo aseguro.

—¿Quién es usted?

—Alguien que también perdió algo valioso a esa mujer. Alguien que quiere justicia.

El acento era mexicano.

Educado. Pero mexicano.

Layla sonrió.

Sin calidez.

Pura estrategia.

—Envíeme dirección. Nos vemos mañana.

Colgó.

Miró la pantalla una vez más.

Valentina con el anillo.

Karim besándola.

La familia aplaudiendo.

—Disfruta tu victoria, niña —murmuró—. Los cuentos de hadas siempre tienen brujas.

Apagó la tablet.

Y empezó a planear.

En Provenza.

Eric apagó la transmisión en vivo.

Había durado hasta la propuesta.

No más.

Marie apareció silenciosamente.

Con copa de vino que no pidió.

—Monsieur.

—Gracias, Marie.

—Lo siento.

—No lo sientas. Ella eligió. Y eligió bien.

—¿Usted cree?

Eric tomó sorbo largo.

—Creo que eligió pasión sobre paz. Fuego sobre refugio. Y tal vez eso es lo que necesita en este momento de su vida.

—¿Y si se equivoca?

—Entonces aprenderá. Y crecerá. Y tal vez algún día… —se detuvo.

No terminó.

Porque no servía de nada.

Marie tocó su hombro.

Maternal. Comprensiva.

—Las vides necesitan poda mañana.

—Lo sé.

—Trabajo físico ayuda con corazones rotos.

—Lo sé.

Se quedó en la terraza.

Mirando estrellas que Valentina ya no vería desde aquí.

Y brindó.

Solo.

Por la mujer que casi tuvo.

Por el futuro que casi construyeron.

Por la paz que ofreció.

Y que ella rechazó por tormenta.

—Buena suerte, chérie —murmuró al viento—. La necesitarás.

En Marruecos.

En habitación que olía a humedad y fracaso.

Santi vio la misma transmisión.

En teléfono robado.

Con imagen pixelada y sonido cortado.

Pero suficiente.

Suficiente para ver a Valentina.

Su Valentina.

Diciendo sí a otro hombre.

Usando anillo que valía más que todo lo que Santi alguna vez tuvo.

Brillando como nunca brilló para él.

La pantalla se quebró.

Bajo su puño.

Sangre mezclándose con vidrio.

Pero no sentía dolor.

Solo rabia.

Pura. Absoluta. Justificada.

—Disfruta tu palacio, puta —escupió.

Marcó número.

Uno que no debía usar.

Uno que significaba que ya no había vuelta atrás.

—¿Sí? —voz al otro lado. Rusa. Peligrosa.

—Necesito favor. Grande.

—Los favores grandes cuestan.

—Tengo cómo pagar. Información. Sobre Karim Al-Fayed y sus negocios en Dubai.

Pausa interesada.

—Escucho.

Santi sonrió.

Con sangre en los dientes.

—¿Qué sabes sobre tráfico de armas por el Canal de Suez?

La conversación se extendió.

Treinta minutos. Cuarenta.

Cuando colgó, Santi sabía.

Que acababa de vender su alma.

Pero también.

Que acababa de comprar su venganza.

Y en El Cairo.

En terraza bajo amanecer.

Valentina miraba su anillo brillar.

Sin saber.

Que tres personas.

En tres países diferentes.

Acababan de decidir su destrucción.

Que el cuento de hadas que creía haber ganado.

Apenas estaba comenzando.

Y que los finales felices.

Los reales.

Se ganaban con sangre.

No con anillos.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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