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Novia Fugitiva busca venganza - Capítulo 64

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Capítulo 64: El Sí

El sol terminó de subir mientras seguían en la terraza.

Valentina no quería moverse.

Como si bajar significara que la magia se rompería.

Que la realidad entraría.

Que los problemas volverían.

Pero el cuerpo tenía límites.

El agotamiento llegó como ola.

—Necesitas dormir —dijo Karim.

—No quiero.

—¿Por qué no?

—Porque cuando despierte, esto podría haber sido sueño.

La besó en la frente.

—No es sueño. Mira.

Levantó su mano izquierda.

La esmeralda capturando los primeros rayos del sol.

Verde profundo brillando contra su piel.

—Real. Sólido. Tuyo.

Valentina giró el anillo.

Pesaba.

No incómodo.

Pero presente.

Como recordatorio constante.

Como promesa física.

—Tu bisabuela debió tener dedos pequeños.

—Tenía manos de pianista. Como tú.

—Yo no toco piano.

—Pero podrías. Tienes dedos para crear cosas hermosas.

La llevó adentro.

No a su suite.

A la de ella.

Con la llave que solo ella tenía.

—Duerme. Yo tengo reuniones que pospuse ayer.

—¿Cuántas?

—Siete. Mi asistente está al borde del colapso nervioso.

—Pobre asistente.

—Sobrevivirá. Vale la pena.

Se detuvo en la puerta.

—Valentina.

—¿Sí?

—No te arrepientas.

No era pregunta.

Era súplica.

—No me arrepiento.

—Bien.

Salió.

Cerrando suavemente.

Valentina se quedó parada.

En suite que ahora era suya.

Con anillo que ahora era suyo.

Con futuro que ahora era… ¿suyo?

Se quitó el vestido.

Los flecos dorados cayendo al suelo.

Batalla ganada convertida en tela arrugada.

Se duchó.

Agua caliente lavando el maquillaje, el sudor, la tensión.

Pero no el anillo.

No se lo quitó.

Ni para ducharse.

Como si tuviera miedo de que desapareciera.

Salió.

Se puso pijama simple.

Algodón suave contra piel exhausta.

Y se acostó.

Las sábanas eran diferentes a las de antes.

Más suaves.

Como si alguien hubiera ordenado las mejores.

Para la prometida oficial.

Cerró los ojos.

Esperando sueño inmediato.

Pero el cerebro tenía otros planes.

Reproduciendo la noche.

En loop.

Karim arrodillándose.

Las trescientas personas jadeando.

Su propia voz diciendo sí.

El peso del anillo.

La mirada de Tarek.

La ausencia de Layla.

Ese detalle la molestaba.

¿Dónde estaba Layla durante la propuesta?

Había visto la transmisión en vivo, seguro.

Pero no apareció después.

No felicitó.

No fingió alegría.

Solo… desapareció.

Problema para mañana, pensó Valentina.

Hoy era para felicidad.

Para creer.

Para elegir esperanza sobre miedo.

Finalmente durmió.

Sin sueños.

O al menos sin recordarlos.

Despertó a las 3 PM.

Ocho horas de sueño profundo.

El anillo seguía ahí.

Real. Sólido.

No había sido sueño.

El teléfono en la mesita tenía mensaje.

Karim: “Reuniones terminan a las 6. Cena privada. Solo nosotros. Te mando el vestido.”

Valentina miró el reloj.

Tres horas para prepararse.

Se levantó.

El cuerpo protestando.

Músculos que no sabía que tenía doliendo.

Tensión convertida en rigidez física.

Tocaron la puerta.

—¿Sí?

Entró mujer que no conocía.

Joven. Profesional.

Con bolsa de garment enorme.

—Señorita García. Soy Amira. El señor Al-Fayed me envió para ayudarla a prepararse.

—No necesito ayuda.

Amira sonrió.

Paciente. Entrenada.

—El señor insistió. Dijo que usted intentaría rechazarme y que debía insistir respetuosamente.

A pesar de todo, Valentina rio.

—¿Te dijo eso?

—Textualmente. También dijo que le recordara que esta cena es importante. No solo para ustedes. Para la familia.

El peso regresó.

Familia.

Porque ahora no era solo Karim.

Era Tarek. Layla. Las primas. Los tíos.

El imperio entero.

—Está bien. ¿Qué trajiste?

Amira abrió la bolsa.

El vestido era azul medianoche.

Simple. Elegante.

Sin flecos. Sin armadura.

Solo tela que fluía como agua.

—Hermoso.

—El señor lo eligió personalmente. Dijo que quería algo que la hiciera sentir ella misma. No la prometida. Solo Valentina.

Algo se aflojó en el pecho.

Porque Karim estaba aprendiendo.

Lento.

Torpemente.

Pero aprendiendo.

—Ayúdame entonces.

Amira trabajó en silencio.

Eficiente. No invasiva.

Maquillaje natural.

Cabello suelto con ondas suaves.

Nada exagerado.

Solo… ella.

Mejorada. Pero reconocible.

A las 5:45 estaba lista.

El vestido azul moviéndose con ella.

El anillo brillando.

El reflejo en el espejo mostrando mujer que casi no reconocía.

No la fugitiva.

No la víctima.

Sino… ¿quién?

¿La prometida?

¿La sobreviviente?

¿Valentina García simplemente eligiendo ser feliz?

Tocaron otra vez.

Karim.

Todavía en traje de trabajo.

Corbata aflojada. Ojeras marcadas.

Pero sonriendo.

—Hermosa.

—Cansado.

—Las dos cosas pueden ser verdad.

—¿Dónde cenamos?

—Sorpresa.

Le ofreció el brazo.

Valentina lo tomó.

Caminaron por pasillos de mármol.

Pero no hacia el comedor principal.

Ni hacia la terraza pública.

Sino hacia… ¿arriba?

Escaleras que no había visto antes.

Más estrechas. Más privadas.

Hasta puerta pequeña.

Karim la abrió.

Y Valentina jadeó.

Porque no era terraza normal.

Era jardín.

En el techo.

Con árboles en macetas enormes.

Luces de hadas colgando.

Mesa para dos bajo pérgola de jazmines.

—¿Cuándo hiciste esto?

—No lo hice. Este jardín existe hace veinte años. Mi bisabuela lo construyó. Para escapar de la familia.

—Irónico.

—¿Por qué?

—Porque ahora lo usas para presentarme a la familia. De cierta forma.

Karim la sentó.

El mesero apareció.

Sirvió vino sin preguntar.

Y desapareció.

Dejándolos solos.

—No es cena con la familia —dijo Karim—. Es cena para nosotros. Para hablar sin máscaras.

—¿Desde cuándo usamos máscaras?

—Desde siempre. Pero especialmente desde la gala.

Bebió.

—Necesito preguntarte algo.

El estómago se apretó.

—Pregunta.

—¿Dijiste sí porque me amas? ¿O porque era más fácil que decir no frente a trescientas personas?

La honestidad brutal la golpeó.

Pero merecía honestidad de vuelta.

—Ambas cosas.

Karim parpadeó.

—Explica.

—Te amo. Eso es real. Pero también sé que decir no hubiera sido espectáculo. Humillación pública. Guerra declarada con tu familia.

Pausa.

—Así que elegí el camino que me daba amor Y supervivencia.

—Pragmática.

—Sobreviviente.

—No es lo mismo.

—Para mí sí.

El mesero regresó.

Platos que olían a especias y memoria.

Comida egipcia.

Pero también mexicana.

Fusión imposible.

Como ellos.

—¿Tú planeaste el menú?

—Contraté chef especial. Le di dos horas para crear algo que fuera nosotros.

—Presión.

—La presión crea diamantes.

Comieron.

En silencio que no era incómodo.

Solo… lleno.

De cosas no dichas.

De futuros posibles.

De miedos compartidos.

—Valentina.

—¿Sí?

—Mi madre va a intentar destruirte.

La franqueza la sorprendió.

—Lo sé.

—No. No sabes. Layla Al-Fayed es artista de guerra psicológica. No usa armas. Usa rumores. Alianzas. Silencios estratégicos.

—¿Me estás advirtiendo?

—Te estoy preparando.

—¿Por qué?

—Porque no quiero que te sorprenda. Que pienses que no te lo dije. Que sientas que te oculté quién es ella.

Tomó su mano.

La que tenía el anillo.

—Layla no me controla. Pero tampoco puedo controlarla. Es fuerza autónoma. Y te ve como amenaza.

—¿A su poder?

—A su narrativa. Layla construyó historia donde ella es reina indiscutible. Y tú eres mujer que su hijo eligió sin su aprobación.

—¿Y tu padre?

—Mi padre te respeta. Lo cual es peor para Layla. Porque Tarek nunca respeta a nadie. Excepto a guerreros.

Valentina retiró la mano.

Suavemente.

—Karim. Aprecio la advertencia. Pero sobreviví a Santi. A secuestro. A correr por mi vida.

Lo miró.

—Tu madre es formidable. Pero no es mi primer monstruo.

Algo brilló en los ojos de Karim.

Orgullo. Miedo. Admiración.

—Por eso te amo.

—¿Porque puedo pelear con tu madre?

—Porque no te rindes. Nunca.

Terminaron de cenar.

El postre fue simple.

Baklava y café árabe.

Dulzura después de conversación amarga.

—¿Qué sigue? —preguntó Valentina.

—Mañana. Reunión familiar oficial. Anuncio formal. Prensa. Fotografías.

—¿Y mis diseños?

Karim vaciló.

El músculo en la mandíbula contrayéndose.

—He estado pensando sobre eso.

—Prometiste.

—Lo sé. Pero…

—No hay peros. Dijiste que sí.

—Valentina, entiende. Si empiezas a producir, necesitas presencia online. Proveedores. Envíos. Todo eso deja rastro digital. Y Santi puede rastrearte.

—Santi está en Marruecos. Arruinado.

—Santi es sobreviviente. Como tú. Y los sobrevivientes encuentran formas.

Se inclinó.

—Solo pido que esperes. Tres meses. Seis. Hasta que tengamos mejor control de la situación.

El fuego subió.

Rápido. Caliente.

—¿Esperar?

—Temporalmente.

—Karim. Me prometiste.

—Y cumpliré. Solo pido tiempo.

—El tiempo se convierte en años. Los años en nunca.

—No esta vez.

—¿Cómo lo sé?

—Porque te amo. Y porque aprendí que controlarte es perderte.

Las palabras correctas.

Dichas con sinceridad.

Pero el miedo seguía ahí.

El miedo de que “después” nunca llegaría.

Valentina respiró.

Profundo.

Eligiendo batalla.

—Tres meses. Ni un día más.

—Tres meses.

—Y en esos tres meses, preparo todo. Diseños. Proveedores. Plan de negocios. Para que cuando llegue el momento, solo apriete botón.

—Razonable.

—No es razonable. Es concesión. Hay diferencia.

Karim asintió.

—Entendido.

Se quedaron en el jardín.

Hasta que las luces de la ciudad se volvieron constelación debajo.

Hasta que el frío del desierto llegó.

Karim le puso su chaqueta sobre los hombros.

—¿Feliz?

Valentina consideró.

Honestamente.

—No sé. Pregúntame en tres meses.

—¿Y ahora? En este momento.

—Ahora… estoy eligiendo creer. Que esto puede funcionar. Que amor es suficiente. Que tú y yo podemos construir algo real.

Pausa.

—Pregúntame mañana si sigo creyendo.

Karim rio.

Triste. Esperanzado.

—Trato.

Bajaron.

Él la acompañó a su suite.

Se detuvo en la puerta.

No intentó entrar.

—Buenas noches, prometida.

—Buenas noches, prometido.

Se besaron.

Suave. Casi casto.

Como si sellaran acuerdo.

Como si prometieran intentar.

Valentina entró.

Cerró con llave.

Se quitó el vestido azul.

El anillo seguía en su dedo.

Mirándola desde el espejo.

Verde profundo como promesa.

O como advertencia.

Se acostó.

En cama enorme.

En suite que era suya.

En vida que había elegido.

Y por primera vez en meses.

Durmió sin pesadillas.

Sin miedo.

Solo con esperanza frágil.

De que tal vez.

Solo tal vez.

El amor podía vencer al miedo.

Y que ella.

Valentina García.

Fugitiva. Sobreviviente. Diseñadora. Prometida.

Merecía final feliz.

Aunque fuera temporal.

Aunque fuera ilusión.

Aunque durara solo hasta que la verdad saliera.

Por ahora.

En este momento suspendido.

Eligió creer.

Y eso.

Eso era suficiente.

PROVENZA, FRANCIA TRES DÍAS DESPUÉS DE LA GALA

Eric dejó el vaso de vino a medio terminar.

No porque supiera mal.

Sino porque el Châteauneuf-du-Pape le recordaba la noche que Valentina probó vino tinto por primera vez en su terraza.

Y cómo había arrugado la nariz.

Y cómo él había reído.

Todo le recordaba a ella ahora.

El problema con enamorarse de alguien en tu espacio era que los fantasmas quedaban en cada rincón.

Marie apareció con bandeja de quesos que no pidió.

—Monsieur. Debe comer algo.

—No tengo hambre.

—Lleva tres días sin comer propiamente.

—Estoy procesando.

—Está castigándose.

Eric levantó la vista.

Marie nunca cruzaba esa línea.

Nunca.

Pero ahora lo miraba con expresión que era mitad materna, mitad exasperada.

—No me castigo. Solo… acepto.

—Aceptar no requiere morir de hambre.

A pesar de todo, Eric sonrió.

Débilmente.

—Tienes razón.

Tomó trozo de queso Comté.

Lo masticó sin saborearlo.

Marie se sentó frente a él.

Otra ruptura de protocolo.

—¿Va a escribirle?

—No.

—¿Por qué no?

—Porque ella eligió. Y yo respeto esa elección. Escribirle sería presionarla. Hacerla sentir culpable.

—O podría ser despedida civilizada.

Eric consideró.

Había escrito la carta.

Tres veces.

La primera era amarga. Llena de cosas que quería decir pero que la lastimarían.

La quemó.

La segunda era demasiado noble. Tan perfecta que era falsa.

La rompió.

La tercera…

La tercera era honesta.

Y la había guardado en cajón de su escritorio.

Sin sobre. Sin dirección.

Porque escribirla había sido suficiente.

—Ya me despedí. A mi manera.

—¿Cómo?

—Transferí fondos a cuenta que abrí para ella. Cincuenta mil euros. Suficiente para que si algún día necesita escapar otra vez, pueda hacerlo sin depender de nadie.

Marie parpadeó.

—¿Ella lo sabe?

—No. Y no lo sabrá a menos que lo necesite. El banco tiene instrucciones de notificarla solo si intenta acceder.

—Muy suyo, monsieur.

—¿Qué significa eso?

—Que incluso su despedida es servicio silencioso.

Eric tomó otro trozo de queso.

Esta vez saboreándolo.

—No sé ser otra cosa.

—Lo sé. Por eso ella eligió fuego sobre refugio.

Las palabras dolieron.

Precisas. Verdaderas.

—¿Crees que me equivoqué? ¿Al no pelear?

Marie lo estudió.

—Creo que peleó a su manera. Con paciencia. Con presencia. Con paz.

Pausa.

—Pero algunas personas necesitan guerra para sentirse vivas. Y usted nunca pudo darle eso.

—No sin dejar de ser yo.

—Exactamente.

El silencio se extendió.

Cómodo. Triste.

—Las vides están listas para cosecha temprana —dijo Marie eventualmente—. Los Syrah del sector norte.

—Lo sé.

—Trabajo duro ayuda.

—Lo sé.

—Entonces vaya. Trabaje. Sangre. Sude. Llore si es necesario.

Eric la miró.

Esta mujer que había estado con su familia por treinta años.

Que lo vio crecer. Divorciarse. Romperse.

—Gracias, Marie.

—No me agradezca. Solo no muera de hambre por mujer que eligió otro camino.

Se levantó.

Dejó la bandeja.

Y desapareció hacia la cocina.

Eric terminó el queso.

Luego subió a su estudio.

Abrió el cajón.

La carta seguía ahí.

La leyó una última vez.

“Querida Valentina,

No te escribo para pedirte que regreses. Te escribo para decirte que está bien que no lo hagas.

Elegiste pasión. Elegiste fuego. Elegiste al hombre que te hace sentir viva incluso cuando te quema.

Y yo… yo elegí respetarlo.

Pero quiero que sepas algo. Si algún día el fuego se vuelve infierno. Si algún día necesitas refugio. Si algún día recuerdas que la paz también es valentía.

Estaré aquí.

No esperando. Eso sería injusto para ambos. Pero aquí. Viviendo. Creciendo. Siendo.

Y si nuestros caminos se cruzan de nuevo, será porque el universo lo decidió. No porque yo lo forcé.

Te amo suficiente para dejarte ir.

Esa es mi verdad.

Eric.”

La dobló.

La metió en sobre.

Escribió la dirección de la residencia Al-Fayed en El Cairo.

Y la guardó de nuevo en el cajón.

Sin estampilla. Sin enviar.

Porque algunas despedidas eran para uno mismo.

No para el otro.

EL CAIRO, EGIPTO MISMO DÍA, MEDIODÍA

Layla Al-Fayed no recibía visitas en cafés públicos.

Pero hoy hizo excepción.

El lugar era discreto. Europeo. Con turistas suficientes para camuflaje.

Y el hombre que esperaba en mesa del rincón era exactamente lo que esperaba.

Mexicano. Treinta y tantos. Traje caro pero mal ajustado.

Dinero nuevo intentando parecer viejo.

—Señora Al-Fayed. Gracias por recibirme.

Inglés perfecto con acento de Ciudad de México.

—Señor…

—Rodríguez. Miguel Rodríguez.

Mentira obvia.

Pero no importaba.

Layla se sentó.

Rechazó el menú con gesto elegante.

—Tiene cinco minutos. Impresióname.

El hombre no se inmutó.

Buen signo.

Sacó sobre manila.

Lo deslizó a través de la mesa.

—Valentina García. La prometida de su hijo. Tiene pasado… interesante.

—Su pasado ya lo conozco. No pierda mi tiempo.

—¿Conoce sobre las deudas?

—Santi Domínguez. El ex. Las amenazas. Sí.

—¿Conoce que su hijo compró esas deudas?

Layla se quedó quieta.

Muy quieta.

—Explique.

—Karim Al-Fayed no pagó las deudas de José García. Las compró. Legalmente. Por centavo de dólar.

Abrió el sobre.

Documentos. Transferencias bancarias. Contratos de cesión.

Todo perfectamente legal.

Todo absolutamente condenatorio.

—Lo cual significa —continuó Miguel— que técnicamente, su hijo es dueño de obligaciones financieras de Valentina García por valor de 3.2 millones de dólares.

Layla leyó.

Rápido. Eficiente.

El cerebro procesando implicaciones.

—¿Por qué me trae esto?

—Porque nos conviene mutuamente.

—¿Quién es “nos”?

Miguel sonrió.

Sin llegar a los ojos.

—Digamos que represento intereses que también fueron… perjudicados por la señorita García.

—Santi Domínguez.

—Nunca dije ese nombre.

—No tuvo que hacerlo.

Layla cerró el sobre.

Lo empujó de vuelta.

—No necesito su ayuda para destruir a esa mujer.

—Pero sí necesita discreción. Y timing. Y que la destrucción no salpique a su familia.

Pausa calculada.

—Yo puedo darle eso.

—¿A cambio de?

—Información. Sobre los negocios de su hijo en Dubai. Específicamente, rutas de transporte. Socios. Debilidades.

Ahora era traición directa.

No solo contra Valentina.

Contra Karim.

Contra la familia.

Layla debería levantarse. Llamar seguridad. Destruir a este hombre.

Pero.

—Mi hijo —dijo lentamente— eligió a esa mujer sobre el consejo de su familia. Sobre la tradición. Sobre todo lo que construimos.

—Entiendo.

—¿Entiende? ¿Realmente?

Se inclinó hacia adelante.

Voz baja. Venenosa.

—Esa mujer no es digna de llevar nuestro nombre. No es digna de usar ese anillo. Y definitivamente no es digna de heredar lo que tomó generaciones construir.

—Entonces tenemos objetivo común.

—No me malinterprete. No traicionaré a mi hijo. Pero si cierta información… llegara a manos correctas… y causara que Valentina mostrara su verdadera naturaleza…

Dejó la frase suspendida.

Miguel entendió perfectamente.

—La información sobre las deudas podría filtrarse. A la prensa. A Valentina misma. En momento… estratégico.

—Estratégico. Sí.

—Y si en el proceso, ciertos detalles sobre operaciones comerciales salieran a luz…

—Yo no sabría nada al respecto.

—Por supuesto.

Miguel sacó tarjeta.

Número de teléfono. Nada más.

—Llame cuando esté lista.

—¿Lista para qué?

—Para que su hijo vea lo que usted ya ve. Que salvó a una víbora. Y las víboras siempre muerden.

Layla tomó la tarjeta.

No dijo que sí.

Pero tampoco dijo que no.

Y esa no-respuesta era respuesta suficiente.

TÁNGER, MARRUECOS MISMA NOCHE

Santi se miró en espejo rajado del baño.

No reconocía al hombre que devolvía la mirada.

Ojos hundidos. Barba de una semana. Corte en la mejilla que no recordaba cómo se hizo.

El imperio que había construido sobre sangre y miedo se había derrumbado en semanas.

Los socios del cártel querían su cabeza.

Literalmente.

Tenía precio. Medio millón de dólares.

Ridículo.

Valentina valía más que eso solo en joyas que usaba ahora.

El teléfono vibró.

Número ruso.

—¿Da?

—Tenemos acuerdo. La información que diste sobre Al-Fayed es… útil.

—¿Entonces me ayudarás?

—Te ayudaremos. Pero no de la forma que pediste.

Santi se tensó.

—Explícate.

—No mataremos a la mujer. Eso es… crudo. Innecesario.

—Pero dijiste…

—Dijimos que te ayudaríamos a destruir a Al-Fayed. Y lo haremos. Pero matando a su prometida lo convertiríamos en mártir. En víctima.

La voz al otro lado era calculadora.

Fría.

—Es mejor destruir su reputación. Su negocio. Su familia. Y dejar que él vea cómo todo se derrumba.

—¿Cómo?

—La información que nos diste sobre tráfico de armas por Suez es valiosa. Muy valiosa. Podemos usarla para… presionar ciertos acuerdos comerciales.

—No me importa tu negocio. Solo quiero que sufra.

—Y sufrirá. Cuando la prensa revele que el príncipe heredero de Al-Fayed Corporation está involucrado en tráfico ilegal. Cuando su padre lo repudie. Cuando su prometida descubra que el hombre que la salvó es criminal.

Santi sonrió.

Por primera vez en semanas.

—¿Y yo?

—Tú desapareces. Nueva identidad. Nuevo país. Nosotros nos encargamos de tus deudas con el cártel.

—¿A cambio de?

—Silencio. Y ocasionalmente, más información sobre operaciones mexicanas.

Era pacto con diablo.

Pero Santi ya había vendido su alma.

¿Qué era un contrato más?

—Trato.

—Bien. Empezamos en dos semanas. Necesitamos tiempo para plantar evidencia. Crear narrativa.

—¿Dos semanas?

—Paciencia. La venganza apresurada es venganza desperdiciada.

Colgaron.

Santi se quedó en habitación que olía a derrota.

Pero ahora tenía algo que no había tenido en meses.

Esperanza.

Oscura. Retorcida. Destructiva.

Pero esperanza al fin.

Se acercó a la ventana.

Tánger brillaba abajo.

Ciudad de exiliados. De fugitivos. De hombres que habían perdido todo.

Pronto Karim se uniría a ese club.

Y Valentina…

Valentina aprendería que no se podía huir de Santi Domínguez.

Podías correr a palacios.

Podías esconderte detrás de multimillonarios.

Pero él siempre encontraba forma.

Porque era sobreviviente.

Como ella.

Y los sobrevivientes nunca se rendían.

Ni siquiera cuando deberían.

Especialmente cuando deberían.

Tomó botella de tequila barato.

Brindó hacia la ventana.

Hacia El Cairo invisible en la distancia.

—Salud, mi amor. Disfruta tu cuento de hadas.

Bebió directo de la botella.

—Porque los cuentos de hadas siempre terminan en sangre. Solo que nadie lee esas versiones.

La risa que salió de su garganta sonó rota.

Dañada.

Peligrosa.

Y en El Cairo.

A tres mil kilómetros de distancia.

Valentina García dormía tranquila.

Con anillo de esmeralda en su dedo.

Con prometido en suite contigua.

Con futuro que parecía brillante.

Sin saber.

Que tres sombras convergían.

Que tres amenazas se solidificaban.

Que su felicidad temporal estaba construida sobre arena.

Y que la marea.

Ya estaba subiendo.

Chicas, seré honesta. Estamos bajando en el ranking y esta historia merece estar más arriba.

Sé que hay muchos “Lectores Fantasma” (Silent Readers) aquí. Veo sus visitas, sé que les gusta la historia… ¡pero el algoritmo no los ve!

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Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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