Leer Novelas
  • Completado
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
Avanzado
Iniciar sesión Registrarse
  • Completado
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
  • Configuración de usuario
Iniciar sesión Registrarse
Anterior
Siguiente

Novia Fugitiva busca venganza - Capítulo 65

  1. Inicio
  2. Todas las novelas
  3. Novia Fugitiva busca venganza
  4. Capítulo 65 - Capítulo 65: La Sombra
Anterior
Siguiente
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo

Capítulo 65: La Sombra

PROVENZA, FRANCIA TRES DÍAS DESPUÉS DE LA GALA

Eric dejó el vaso de vino a medio terminar.

No porque supiera mal.

Sino porque el Châteauneuf-du-Pape le recordaba la noche que Valentina probó vino tinto por primera vez en su terraza.

Y cómo había arrugado la nariz.

Y cómo él había reído.

Todo le recordaba a ella ahora.

El problema con enamorarse de alguien en tu espacio era que los fantasmas quedaban en cada rincón.

Marie apareció con bandeja de quesos que no pidió.

—Monsieur. Debe comer algo.

—No tengo hambre.

—Lleva tres días sin comer propiamente.

—Estoy procesando.

—Está castigándose.

Eric levantó la vista.

Marie nunca cruzaba esa línea.

Nunca.

Pero ahora lo miraba con expresión que era mitad materna, mitad exasperada.

—No me castigo. Solo… acepto.

—Aceptar no requiere morir de hambre.

A pesar de todo, Eric sonrió.

Débilmente.

—Tienes razón.

Tomó trozo de queso Comté.

Lo masticó sin saborearlo.

Marie se sentó frente a él.

Otra ruptura de protocolo.

—¿Va a escribirle?

—No.

—¿Por qué no?

—Porque ella eligió. Y yo respeto esa elección. Escribirle sería presionarla. Hacerla sentir culpable.

—O podría ser despedida civilizada.

Eric consideró.

Había escrito la carta.

Tres veces.

La primera era amarga. Llena de cosas que quería decir pero que la lastimarían.

La quemó.

La segunda era demasiado noble. Tan perfecta que era falsa.

La rompió.

La tercera…

La tercera era honesta.

Y la había guardado en cajón de su escritorio.

Sin sobre. Sin dirección.

Porque escribirla había sido suficiente.

—Ya me despedí. A mi manera.

—¿Cómo?

—Transferí fondos a cuenta que abrí para ella. Cincuenta mil euros. Suficiente para que si algún día necesita escapar otra vez, pueda hacerlo sin depender de nadie.

Marie parpadeó.

—¿Ella lo sabe?

—No. Y no lo sabrá a menos que lo necesite. El banco tiene instrucciones de notificarla solo si intenta acceder.

—Muy suyo, monsieur.

—¿Qué significa eso?

—Que incluso su despedida es servicio silencioso.

Eric tomó otro trozo de queso.

Esta vez saboreándolo.

—No sé ser otra cosa.

—Lo sé. Por eso ella eligió fuego sobre refugio.

Las palabras dolieron.

Precisas. Verdaderas.

—¿Crees que me equivoqué? ¿Al no pelear?

Marie lo estudió.

—Creo que peleó a su manera. Con paciencia. Con presencia. Con paz.

Pausa.

—Pero algunas personas necesitan guerra para sentirse vivas. Y usted nunca pudo darle eso.

—No sin dejar de ser yo.

—Exactamente.

El silencio se extendió.

Cómodo. Triste.

—Las vides están listas para cosecha temprana —dijo Marie eventualmente—. Los Syrah del sector norte.

—Lo sé.

—Trabajo duro ayuda.

—Lo sé.

—Entonces vaya. Trabaje. Sangre. Sude. Llore si es necesario.

Eric la miró.

Esta mujer que había estado con su familia por treinta años.

Que lo vio crecer. Divorciarse. Romperse.

—Gracias, Marie.

—No me agradezca. Solo no muera de hambre por mujer que eligió otro camino.

Se levantó.

Dejó la bandeja.

Y desapareció hacia la cocina.

Eric terminó el queso.

Luego subió a su estudio.

Abrió el cajón.

La carta seguía ahí.

La leyó una última vez.

“Querida Valentina,

No te escribo para pedirte que regreses. Te escribo para decirte que está bien que no lo hagas.

Elegiste pasión. Elegiste fuego. Elegiste al hombre que te hace sentir viva incluso cuando te quema.

Y yo… yo elegí respetarlo.

Pero quiero que sepas algo. Si algún día el fuego se vuelve infierno. Si algún día necesitas refugio. Si algún día recuerdas que la paz también es valentía.

Estaré aquí.

No esperando. Eso sería injusto para ambos. Pero aquí. Viviendo. Creciendo. Siendo.

Y si nuestros caminos se cruzan de nuevo, será porque el universo lo decidió. No porque yo lo forcé.

Te amo suficiente para dejarte ir.

Esa es mi verdad.

Eric.”

La dobló.

La metió en sobre.

Escribió la dirección de la residencia Al-Fayed en El Cairo.

Y la guardó de nuevo en el cajón.

Sin estampilla. Sin enviar.

Porque algunas despedidas eran para uno mismo.

No para el otro.

EL CAIRO, EGIPTO MISMO DÍA, MEDIODÍA

Layla Al-Fayed no recibía visitas en cafés públicos.

Pero hoy hizo excepción.

El lugar era discreto. Europeo. Con turistas suficientes para camuflaje.

Y el hombre que esperaba en mesa del rincón era exactamente lo que esperaba.

Mexicano. Treinta y tantos. Traje caro pero mal ajustado.

Dinero nuevo intentando parecer viejo.

—Señora Al-Fayed. Gracias por recibirme.

Inglés perfecto con acento de Ciudad de México.

—Señor…

—Rodríguez. Miguel Rodríguez.

Mentira obvia.

Pero no importaba.

Layla se sentó.

Rechazó el menú con gesto elegante.

—Tiene cinco minutos. Impresióname.

El hombre no se inmutó.

Buen signo.

Sacó sobre manila.

Lo deslizó a través de la mesa.

—Valentina García. La prometida de su hijo. Tiene pasado… interesante.

—Su pasado ya lo conozco. No pierda mi tiempo.

—¿Conoce sobre las deudas?

—Santi Domínguez. El ex. Las amenazas. Sí.

—¿Conoce que su hijo compró esas deudas?

Layla se quedó quieta.

Muy quieta.

—Explique.

—Karim Al-Fayed no pagó las deudas de José García. Las compró. Legalmente. Por centavo de dólar.

Abrió el sobre.

Documentos. Transferencias bancarias. Contratos de cesión.

Todo perfectamente legal.

Todo absolutamente condenatorio.

—Lo cual significa —continuó Miguel— que técnicamente, su hijo es dueño de obligaciones financieras de Valentina García por valor de 3.2 millones de dólares.

Layla leyó.

Rápido. Eficiente.

El cerebro procesando implicaciones.

—¿Por qué me trae esto?

—Porque nos conviene mutuamente.

—¿Quién es “nos”?

Miguel sonrió.

Sin llegar a los ojos.

—Digamos que represento intereses que también fueron… perjudicados por la señorita García.

—Santi Domínguez.

—Nunca dije ese nombre.

—No tuvo que hacerlo.

Layla cerró el sobre.

Lo empujó de vuelta.

—No necesito su ayuda para destruir a esa mujer.

—Pero sí necesita discreción. Y timing. Y que la destrucción no salpique a su familia.

Pausa calculada.

—Yo puedo darle eso.

—¿A cambio de?

—Información. Sobre los negocios de su hijo en Dubai. Específicamente, rutas de transporte. Socios. Debilidades.

Ahora era traición directa.

No solo contra Valentina.

Contra Karim.

Contra la familia.

Layla debería levantarse. Llamar seguridad. Destruir a este hombre.

Pero.

—Mi hijo —dijo lentamente— eligió a esa mujer sobre el consejo de su familia. Sobre la tradición. Sobre todo lo que construimos.

—Entiendo.

—¿Entiende? ¿Realmente?

Se inclinó hacia adelante.

Voz baja. Venenosa.

—Esa mujer no es digna de llevar nuestro nombre. No es digna de usar ese anillo. Y definitivamente no es digna de heredar lo que tomó generaciones construir.

—Entonces tenemos objetivo común.

—No me malinterprete. No traicionaré a mi hijo. Pero si cierta información… llegara a manos correctas… y causara que Valentina mostrara su verdadera naturaleza…

Dejó la frase suspendida.

Miguel entendió perfectamente.

—La información sobre las deudas podría filtrarse. A la prensa. A Valentina misma. En momento… estratégico.

—Estratégico. Sí.

—Y si en el proceso, ciertos detalles sobre operaciones comerciales salieran a luz…

—Yo no sabría nada al respecto.

—Por supuesto.

Miguel sacó tarjeta.

Número de teléfono. Nada más.

—Llame cuando esté lista.

—¿Lista para qué?

—Para que su hijo vea lo que usted ya ve. Que salvó a una víbora. Y las víboras siempre muerden.

Layla tomó la tarjeta.

No dijo que sí.

Pero tampoco dijo que no.

Y esa no-respuesta era respuesta suficiente.

TÁNGER, MARRUECOS MISMA NOCHE

Santi se miró en espejo rajado del baño.

No reconocía al hombre que devolvía la mirada.

Ojos hundidos. Barba de una semana. Corte en la mejilla que no recordaba cómo se hizo.

El imperio que había construido sobre sangre y miedo se había derrumbado en semanas.

Los socios del cártel querían su cabeza.

Literalmente.

Tenía precio. Medio millón de dólares.

Ridículo.

Valentina valía más que eso solo en joyas que usaba ahora.

El teléfono vibró.

Número ruso.

—¿Da?

—Tenemos acuerdo. La información que diste sobre Al-Fayed es… útil.

—¿Entonces me ayudarás?

—Te ayudaremos. Pero no de la forma que pediste.

Santi se tensó.

—Explícate.

—No mataremos a la mujer. Eso es… crudo. Innecesario.

—Pero dijiste…

—Dijimos que te ayudaríamos a destruir a Al-Fayed. Y lo haremos. Pero matando a su prometida lo convertiríamos en mártir. En víctima.

La voz al otro lado era calculadora.

Fría.

—Es mejor destruir su reputación. Su negocio. Su familia. Y dejar que él vea cómo todo se derrumba.

—¿Cómo?

—La información que nos diste sobre tráfico de armas por Suez es valiosa. Muy valiosa. Podemos usarla para… presionar ciertos acuerdos comerciales.

—No me importa tu negocio. Solo quiero que sufra.

—Y sufrirá. Cuando la prensa revele que el príncipe heredero de Al-Fayed Corporation está involucrado en tráfico ilegal. Cuando su padre lo repudie. Cuando su prometida descubra que el hombre que la salvó es criminal.

Santi sonrió.

Por primera vez en semanas.

—¿Y yo?

—Tú desapareces. Nueva identidad. Nuevo país. Nosotros nos encargamos de tus deudas con el cártel.

—¿A cambio de?

—Silencio. Y ocasionalmente, más información sobre operaciones mexicanas.

Era pacto con diablo.

Pero Santi ya había vendido su alma.

¿Qué era un contrato más?

—Trato.

—Bien. Empezamos en dos semanas. Necesitamos tiempo para plantar evidencia. Crear narrativa.

—¿Dos semanas?

—Paciencia. La venganza apresurada es venganza desperdiciada.

Colgaron.

Santi se quedó en habitación que olía a derrota.

Pero ahora tenía algo que no había tenido en meses.

Esperanza.

Oscura. Retorcida. Destructiva.

Pero esperanza al fin.

Se acercó a la ventana.

Tánger brillaba abajo.

Ciudad de exiliados. De fugitivos. De hombres que habían perdido todo.

Pronto Karim se uniría a ese club.

Y Valentina…

Valentina aprendería que no se podía huir de Santi Domínguez.

Podías correr a palacios.

Podías esconderte detrás de multimillonarios.

Pero él siempre encontraba forma.

Porque era sobreviviente.

Como ella.

Y los sobrevivientes nunca se rendían.

Ni siquiera cuando deberían.

Especialmente cuando deberían.

Tomó botella de tequila barato.

Brindó hacia la ventana.

Hacia El Cairo invisible en la distancia.

—Salud, mi amor. Disfruta tu cuento de hadas.

Bebió directo de la botella.

—Porque los cuentos de hadas siempre terminan en sangre. Solo que nadie lee esas versiones.

La risa que salió de su garganta sonó rota.

Dañada.

Peligrosa.

Y en El Cairo.

A tres mil kilómetros de distancia.

Valentina García dormía tranquila.

Con anillo de esmeralda en su dedo.

Con prometido en suite contigua.

Con futuro que parecía brillante.

Sin saber.

Que tres sombras convergían.

Que tres amenazas se solidificaban.

Que su felicidad temporal estaba construida sobre arena.

Y que la marea.

Ya estaba subiendo.

Chicas, seré honesta. Estamos bajando en el ranking y esta historia merece estar más arriba.

Sé que hay muchos “Lectores Fantasma” (Silent Readers) aquí. Veo sus visitas, sé que les gusta la historia… ¡pero el algoritmo no los ve!

Por favor, tómense 2 segundos para:

Darle al botón de Add to Library.

Dejar una Power Stone.

Es gratis para ustedes, pero salva la vida de este libro. ¡Vamos a demostrar de qué está hecha nuestra comunidad!

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

Anterior
Siguiente
  • Inicio
  • Acerca de
  • Contacto
  • Política de privacidad

© 2025 LeerNovelas. Todos los derechos reservados

Iniciar sesión

¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

Registrarse

Regístrate en este sitio.

Iniciar sesión | ¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

¿Perdiste tu contraseña?

Por favor, introduce tu nombre de usuario o dirección de correo electrónico. Recibirás un enlace para crear una nueva contraseña por correo electrónico.

← Volver aLeer Novelas

Reportar capítulo