Leer Novelas
  • Completado
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
Avanzado
Iniciar sesión Registrarse
  • Completado
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
  • Configuración de usuario
Iniciar sesión Registrarse
Anterior
Siguiente

Novia Fugitiva busca venganza - Capítulo 66

  1. Inicio
  2. Todas las novelas
  3. Novia Fugitiva busca venganza
  4. Capítulo 66 - Capítulo 66: El Santi
Anterior
Siguiente
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo

Capítulo 66: El Santi

La habitación en Tánger olía a humedad y fracaso.

Santi Domínguez se quedó parado frente a la ventana.

La botella de tequila barato todavía en su mano.

El brindis hacia El Cairo invisible había sido vacío.

Como todo lo que hacía últimamente.

Pero el trato con los rusos era real.

La venganza sería real.

Y eso tendría que ser suficiente.

Se giró hacia el espejo rajado sobre el lavabo.

El hombre que lo miraba era desconocido.

Ojos hundidos. Barba descuidada. Cicatrices nuevas que no recordaba cómo se hizo.

¿Cuándo se convirtió en esto?

¿En qué momento dejó de ser Santiago García—hijo del socio, estudiante de negocios, novio de la chica más linda de Coyoacán—y se transformó en Santi el sicario?

La respuesta llegó como siempre.

En fragmentos.

En recuerdos que prefería enterrar.

CIUDAD DE MÉXICO, 1998 DOCE AÑOS

—Tu hermano sacó diez en matemáticas.

Su padre, Rodolfo García, no levantó la vista del periódico.

Santi había sacado nueve.

Nueve era excelente.

Pero nueve no era diez.

—Felicidades a Miguel —dijo Santi.

Intentando que no sonara amargo.

Fallando.

—No seas resentido. Tu hermano estudia. Tú juegas fútbol.

—También estudio.

—Pero no como él.

Nunca como él.

Miguel era dos años mayor. Más alto. Más guapo. Más todo.

El hijo que Rodolfo presentaba en fiestas.

El que heredaría la sociedad con los Domínguez.

Santi era… el repuesto.

El plan B en caso de que algo le pasara al favorito.

Su madre intentaba compensar.

Con abrazos extra. Con galletas especiales. Con “tú eres mi bebé.”

Pero las madres no podían arreglar lo que los padres rompían.

—Ve a ayudar a Miguel con el jardín —ordenó Rodolfo.

—Tengo tarea.

—Puede esperar. La familia primero.

Familia significaba servir a Miguel.

Siempre lo había significado.

Santi salió al jardín.

Su hermano estaba podando rosas.

Con técnica perfecta que su padre le había enseñado.

Nunca intentó enseñarle a Santi.

—Papá dice que te ayude.

Miguel ni siquiera volteó.

—Lleva las ramas cortadas al contenedor.

Trabajo de sirviente.

Pero Santi lo hizo.

Porque era lo que se esperaba del segundo hijo.

Del menos favorito.

Del que nunca sería suficiente.

TÁNGER, PRESENTE

Santi bebió directo de la botella.

El tequila quemó pero no borró.

Nunca borraba.

Caminó hacia la cama deshecha.

Sacó cartera vieja de su mochila.

Dentro, foto doblada.

Valentina.

Dieciséis años. Sonriendo en jardín de su casa.

Antes de que todo se pudriera.

Cuando todavía lo miraba como si fuera alguien.

Como si importara.

CIUDAD DE MÉXICO, 2010 VEINTICUATRO AÑOS

La conoció en fiesta de cumpleaños de su prima.

Valentina García.

Hija de José, el otro socio de su padre.

Quince años. Ojos grandes. Risa que hacía que todo lo demás desapareciera.

—Tú eres Santi —dijo ella—. Mi papá habla de ti.

Primera vez que alguien hablaba de él.

No de Miguel.

De él.

—¿Habla bien?

—Dice que eres el rebelde de la familia. Que tu papá no sabe qué hacer contigo.

Debería haberlo ofendido.

Pero la forma en que lo dijo…

Como si ser rebelde fuera interesante.

Como si ser diferente fuera bueno.

—Tu papá exagera.

—No creo. Tienes cara de rebelde.

Sonrió.

Y Santi sintió algo click en su pecho.

Como pieza encajando en lugar que no sabía que estaba vacío.

Pasaron la fiesta hablando.

Sobre música. Sobre escuela. Sobre familias complicadas.

Ella entendía.

Porque José también tenía favorito.

Mónica era la princesa.

Valentina era la que siempre intentaba más duro.

—A veces pienso que no importa qué haga —confesó ella—. Nunca seré suficiente para él.

—Yo también.

Se miraron.

Dos niños menos favoritos.

Reconociéndose.

—Pero tú me ves suficiente —dijo Santi.

Y lo dijo en serio.

Porque cuando Valentina lo miraba, no veía al segundo hijo.

Veía a Santi.

Completo. Entero. Suficiente.

Y eso…

Eso era adictivo.

TÁNGER, PRESENTE

Santi trazó el rostro en la foto con dedo tembloroso.

Esa Valentina ya no existía.

La había matado.

Él la había matado.

Con celos. Con control. Con violencia que empezó como “protección” y terminó como tortura.

¿Cuándo exactamente?

¿Cuándo dejó de ser amor y se convirtió en posesión?

La respuesta dolía.

Porque la sabía.

CIUDAD DE MÉXICO, 2015 VEINTINUEVE AÑOS

Miguel había muerto seis meses antes.

Accidente de coche. Borracho. Estúpido.

Y de repente Santi era el heredero.

El favorito por default.

Su padre lo miraba diferente ahora.

Como si finalmente valiera la pena su atención.

Pero era tarde.

Porque Santi ya había encontrado otros caminos.

Los Domínguez—familia del cártel, no parientes—le habían ofrecido trabajo.

Transporte. Logística. “Negocios alternativos.”

Su padre no sabía.

Pero Valentina sospechaba.

—¿Por qué llegas tarde todas las noches?

—Trabajo.

—¿Qué trabajo, Santi? Tu papá dice que casi no vas a la oficina.

—Tengo otros proyectos.

—¿Qué proyectos?

La miraba.

Su Valentina.

Veinte años ahora. Estudiando diseño. Soñando con boutiques.

Limpia. Pura. Inocente.

Todo lo que él había dejado de ser.

Y la idea de que lo dejara…

De que lo mirara con asco en lugar de amor…

De que lo abandonara como todos eventualmente lo hacían…

—No me interrogues.

—No te interrogo. Te pregunto. Como pareja.

—Soy tu pareja. Eso significa que confías en mí.

—Confío en ti. Pero también tengo ojos.

Se acercó a ella.

Demasiado cerca.

Invadiendo espacio de forma que la hizo retroceder.

—¿Qué ves con esos ojos?

—Veo miedo, Santi. En ti. Siempre miedo de que me vaya.

—¿Y te vas a ir?

—No si no me das razón.

Pero la rabia ya estaba ahí.

Hirviendo. Irracional.

Porque ella era lo único limpio.

Lo único que lo hacía sentir como alguien que importaba.

Y si la perdía…

¿Qué quedaba?

¿El segundo hijo que su padre finalmente notó solo porque el primero murió?

¿El sicario que transportaba drogas para hombres que lo usaban?

¿El fracaso envuelto en violencia?

La tomó del brazo.

Fuerte.

Demasiado fuerte.

—No me dejes.

—Me estás lastimando.

—Promételo. Promete que nunca me dejarás.

—Santi, me duele.

La soltó.

Horrorizado.

El moretón ya formándose en su piel.

—Perdón. No quise… perdón.

Pero el daño estaba hecho.

No solo físico.

Algo cambió en los ojos de Valentina ese día.

Miedo reemplazando confianza.

Y Santi supo.

Que acababa de romper lo único limpio que tenía.

Y que pasaría el resto de su vida intentando pegarlo de vuelta.

Con más violencia.

Más control.

Más desesperación.

Hasta que ella no tuvo más opción que huir.

TÁNGER, PRESENTE

Santi cerró los ojos.

Las lágrimas llegaron.

Calientes. Inútiles.

Porque llorar no cambiaba nada.

No devolvía a la Valentina de la foto.

No borraba años de convertir amor en prisión.

No resucitaba al hombre que pudo haber sido.

Pero la rabia…

La rabia sí servía.

Abrió los ojos.

Los secó con violencia.

Valentina lo había dejado.

Había corrido a brazos de multimillonario egipcio.

Había dicho sí a hombre que le dio anillo de familia.

Que le dio palacio.

Que le dio todo lo que Santi nunca pudo.

No porque Karim fuera mejor.

Sino porque tenía más.

Más dinero. Más poder. Más todo.

Igual que Miguel.

Siempre había un favorito.

Y Santi siempre era el segundo.

El repuesto.

El que nunca sería suficiente.

—Pero esta vez —murmuró al cuarto vacío—, el favorito va a caer.

Tomó teléfono.

Revisó los contactos que los rusos le habían dado.

Periodistas. Investigadores. Gente que haría preguntas incómodas.

Tenía información sobre Karim.

Negocios turbios. Tráfico de armas. Cosas que ni Valentina sabía.

Y cuando saliera a la luz…

Cuando ella descubriera que su príncipe era criminal…

Cuando el imperio Al-Fayed se derrumbara…

¿A quién recurrirá?

La respuesta era obvia.

A nadie.

Porque Santi no quería salvarla esta vez.

Quería destruirla.

Si no podía tenerla limpia.

Si no podía ser su favorito.

Entonces nadie la tendría.

Especialmente no el hombre que le dio todo lo que Santi merecía.

Marcó el primer número.

Periodista de Al Jazeera.

Especializado en corrupción corporativa.

—¿Sí?

—Tengo información sobre Karim Al-Fayed. Tráfico de armas. Documentos que lo prueban.

—¿Quién habla?

—Alguien que quiere justicia.

Mentira.

Quería venganza.

Pero sonaba mejor decir justicia.

—¿Qué tipo de documentos?

—Manifiestos de carga. Transferencias bancarias. Comunicaciones encriptadas que conectan Al-Fayed Corporation con contrabando por el Canal de Suez.

Pausa interesada al otro lado.

—Necesitaría verificar autenticidad.

—Los rusos ya lo hicieron. Son reales.

—¿Los rusos?

—Tengo socios que quieren ver caer a Al-Fayed tanto como yo.

—¿Por qué?

—Porque los hombres poderosos necesitan caer. Para que el resto aprendamos que el dinero no compra todo.

Otra mentira.

Pero convincente.

—Envíeme los documentos. Si son legítimos, publico en cuarenta y ocho horas.

—Dos semanas.

—¿Por qué esperar?

—Porque quiero que sea perfecto. Timing correcto. Máximo daño.

Colgó.

Marcó el segundo número.

Y el tercero.

Plantando semillas de destrucción.

Una llamada a la vez.

Cuando terminó, la botella de tequila estaba vacía.

Y Santi estaba llorando otra vez.

Pero no de arrepentimiento.

De alivio.

Porque finalmente había elegido.

Si Valentina no podía ser suya.

Si no podía ser lo único limpio que tenía.

Entonces sería cenizas.

Y las cenizas no pertenecían a nadie.

Ni siquiera a príncipes egipcios con anillos de familia.

Se acostó en cama deshecha.

Con foto de Valentina sobre el pecho.

La niña de dieciséis años que lo había mirado como si importara.

—Lo siento —susurró—. Pero si no puedo salvarte, al menos te llevaré conmigo cuando caiga.

Y con esa promesa rota.

Santiago García—el menos favorito, el segundo hijo, el hombre que convirtió amor en veneno—se quedó dormido.

Soñando con fuego.

Y con la mujer que lo había abandonado.

Ardiendo juntos.

Como siempre debieron estar.

EL CAIRO SEIS DÍAS DESPUÉS DE LA PROPUESTA

Valentina trazó línea en el papel.

Luego otra.

El diseño tomaba forma bajo sus dedos.

Vestido asimétrico. Corte diagonal. Tela que fluiría como agua pero con estructura de armadura.

Contradicción deliberada.

Como ella.

El cuarto contiguo a su suite había sido transformado.

Karim cumplió.

Tres días después de “pensarlo”.

Apareció con mesa de diseño profesional, maniquíes, telas de muestra.

Y disculpa tácita en forma de espacio.

El sol de la tarde entraba por ventanas enormes.

Luz perfecta.

Luz que no había tenido en México.

Donde diseñaba en cuarto oscuro con lámpara barata.

Ahora tenía esto.

Y el anillo en su dedo brillaba cada vez que movía la mano.

Recordatorio constante.

De lo que había elegido.

De lo que había ganado.

De lo que esperaba no perder.

Tocaron la puerta.

—Adelante.

Karim entró con bandeja.

Té de menta. Dátiles. Fruta cortada.

—Llevas cuatro horas aquí. Necesitas comer.

—Estoy trabajando.

—Lo sé. Por eso traje comida que no requiere cubiertos.

Dejó la bandeja.

Se acercó a ver sus bocetos.

—Este es diferente.

—¿Diferente cómo?

—Más violento. En buen sentido.

Señaló los cortes angulares.

—Como si la tela estuviera atacando.

—O defendiéndose.

—También.

Besó su cabeza.

—Cena familiar a las ocho. Mi padre insiste.

El estómago se contrajo.

—¿Toda la familia?

—No. Solo círculo interno. Mis padres. Dos tíos. Las primas se salvaron de invitación.

—Qué considerado.

—Puedo cancelar si quieres.

Valentina consideró.

La tentación de decir que sí.

De quedarse en su cuarto de diseño.

Pero había elegido esto.

La familia. El imperio. Todo el paquete.

—No. Voy.

—¿Segura?

—Nunca. Pero voy de todos modos.

Karim sonrió.

—Esa es mi prometida.

Salió.

Cerrando suavemente.

Valentina tomó dátil.

Lo masticó sin saborearlo.

Mirando sus diseños.

Preguntándose si algún día podría mostrarlos al mundo.

O si siempre serían secreto bonito.

Guardado en cuarto con llave.

Como ella misma.

DOHA, QATAR MISMO DÍA, TARDE

Rashid Al-Mansouri abrió el email por tercera vez.

Periodista de investigación con quince años en Al Jazeera.

Había visto de todo.

Corrupción. Tráfico. Escándalos que derrumbaron gobiernos.

Pero esto…

Esto era diferente.

El remitente era anónimo.

Servidor proxy. Imposible de rastrear.

Pero los documentos adjuntos eran oro puro.

Manifiestos de carga.

Transferencias bancarias.

Comunicaciones encriptadas.

Todo apuntando a una cosa:

Al-Fayed Corporation moviendo armas por el Canal de Suez.

No cualquier armas.

Sistemas antiaéreos. Misiles guiados. Munición militar.

Vendiéndolas a grupos en Libia. Yemen. Siria.

Zonas de conflicto donde esas armas mataban civiles.

Karim Al-Fayed.

El heredero perfecto.

El príncipe de los negocios.

Traficante de muerte.

Si era verdad.

Porque Rashid no publicaba sin verificar.

Había visto demasiados documentos falsos.

Demasiadas campañas de desprestigio.

Demasiadas mentiras envueltas en PDFs profesionales.

Marcó a su contacto en Dubai.

Analista forense de documentos.

—Mahmoud. Necesito que revises algo.

—¿Qué tan urgente?

—Muy. Estamos hablando de Al-Fayed.

Silencio al otro lado.

—¿Tarek o Karim?

—Karim.

—Te envío cotización.

—Mahmoud, esto es…

—Lo sé. Por eso necesito cotización firmada antes de tocar cualquier cosa relacionada con esa familia.

Rashid entendió.

Los Al-Fayed tenían poder.

Dinero. Conexiones. Abogados que destruían vidas.

—Te la envío en una hora.

Colgó.

Miró los documentos otra vez.

Si eran reales…

Si podía probarlos…

Esta sería la historia de su carrera.

O su funeral profesional.

Dependiendo de qué tan bien hiciera su trabajo.

EL CAIRO OFICINAS CENTRALES AL-FAYED CORPORATION

Tarek Al-Fayed leyó el email con expresión neutra.

Décadas en negocios internacionales le habían enseñado a no reaccionar.

No visiblemente.

Pero por dentro.

Por dentro la alarma sonaba.

El email venía de contacto en Al Jazeera.

Discreto. Informal.

“Tarek, alguien está haciendo preguntas sobre transacciones de AFC por el Canal. Pensé que querrías saberlo. —R”

AFC: Al-Fayed Corporation.

El Canal: Suez.

Transacciones: podía significar cualquier cosa.

Pero el tono del email era advertencia.

No curiosidad casual.

Marcó a su jefe de seguridad corporativa.

—Hassan. Necesito auditoría completa de todas las transacciones por Suez en últimos tres años.

—¿Algo específico que busque?

—Anomalías. Documentos que no deberían existir. Filtraciones.

—¿Cree que hay infiltración?

—Creo que alguien está armando narrativa. Y quiero saber qué narrativa antes de que se publique.

—Tiempo estimado para auditoría completa: setenta y dos horas.

—Tienes veinticuatro.

—Señor…

—Veinticuatro horas, Hassan. O encuentro a alguien que pueda hacerlo.

Colgó.

Se reclinó en su silla de cuero.

Las transacciones por Suez eran complejas.

Legales. Pero complejas.

Contenedores con etiquetas ambiguas.

Destinos que cambiaban en tránsito.

Socios comerciales con historial… cuestionable.

¿Todo legal? Técnicamente sí.

¿Todo ético? Esa era pregunta diferente.

Y si alguien estaba haciendo preguntas…

Si alguien tenía documentos…

La familia estaba en peligro.

Y con cena familiar esa noche.

Con Valentina presente.

Con Karim feliz por primera vez en años.

Tarek sabía.

Que el timing era demasiado perfecto para ser coincidencia.

DOHA, QATAR NOCHE

Mahmoud terminó el análisis a las 11 PM.

Llamó a Rashid inmediatamente.

—Los documentos son auténticos.

Rashid sintió adrenalina y miedo en partes iguales.

—¿Seguro?

—Noventa y cinco por ciento. Las firmas digitales coinciden. Los metadatos son consistentes. Las transferencias bancarias se pueden rastrear.

—¿El cinco por ciento restante?

—Siempre hay margen de error. Y esta es familia con recursos para falsificar casi cualquier cosa.

Pausa.

—Pero si es falsificación, es la mejor que he visto en veinte años.

Rashid agradeció.

Colgó.

Miró su pantalla.

El artículo estaba medio escrito.

Solo faltaba decisión.

¿Publicar o no publicar?

Su editor aparecería en dos horas.

Querría verlo.

Querría fechas. Fuentes. Confirmaciones.

Rashid tenía todo.

Excepto respuesta a pregunta crucial:

¿Por qué ahora?

¿Por qué estos documentos llegaban justo después del compromiso de Karim?

¿Por qué el remitente anónimo eligió este momento?

Abrió Google.

Buscó: “Karim Al-Fayed compromiso”

Miles de resultados.

Fotos de la gala.

Valentina García con anillo de esmeralda.

La propuesta viral.

El cuento de hadas egipcio.

Y entonces.

Entonces encontró algo.

Artículo viejo.

Dos años.

“Santiago García, empresario mexicano buscado por fraude…”

Otro artículo.

Más reciente.

“Valentina García, prometida de Al-Fayed, escapó de relación abusiva con…”

Santiago García.

Santi.

El ex.

Rashid conectó puntos.

El ex de la prometida.

Enviando documentos sobre el prometido.

Justo después del compromiso.

Esto no era periodismo.

Esto era venganza.

Pero.

Pero si los documentos eran reales…

¿Importaba la motivación del remitente?

Rashid se frotó los ojos.

La decisión ética lo estaba matando.

Publicar verdad entregada por manos sucias.

O proteger a familia poderosa porque la fuente era sospechosa.

Su teléfono vibró.

Email nuevo.

Mismo remitente anónimo.

“Sé que estás investigando motivación. No importa quién soy. Importa qué está haciendo Al-Fayed. La verdad no cambia solo porque no te guste el mensajero. Publica. O se lo envío a alguien que sí tenga valor. —S”

S.

Santiago.

Santi.

Confirmación implícita.

Rashid cerró laptop.

Necesitaba aire.

Necesitaba pensar.

Porque estaba a punto de destruir imperio.

O a punto de ser destruido por él.

Y no sabía cuál sería.

EL CAIRO RESIDENCIA AL-FAYED 11:45 PM

Valentina se quitó los aretes.

La cena había sido… tolerable.

Tarek distante pero educado.

Layla ausente con excusa de migraña.

Los tíos evaluándola como tasadores.

Pero había sobrevivido.

Karim entró a la suite.

Se aflojó la corbata.

—Lo hiciste bien.

—Mentí bien, querrás decir.

—¿Sobre qué?

—Sobre estar cómoda. Sobre querer estar ahí. Sobre ser parte de esta familia.

Se sentó en cama.

—Pero es lo que elegí. Así que mejor aprendo a actuar.

Karim se arrodilló frente a ella.

Tomó sus manos.

—No tienes que actuar conmigo.

—Lo sé. Por eso solo lo hago con los demás.

Lo besó.

Suave. Cansado.

—Vete a dormir. Mañana sigo diseñando.

—¿Segura que no quieres que me quede?

—Segura. Necesito espacio para procesar.

Karim asintió.

Entendiendo sin ofenderse.

—Buenas noches, habibti.

—Buenas noches.

Se fue.

Valentina se acostó.

Con anillo todavía en dedo.

Con diseños en mente.

Con vida que parecía finalmente estable.

Sin saber.

Que en Doha, periodista escribía su destrucción.

Que en oficina de seguridad, equipo descubría filtración.

Que en Tánger, Santi sonreía.

Contando horas.

Hasta que su venganza explotara.

Y el cuento de hadas.

Se quemara.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

Anterior
Siguiente
  • Inicio
  • Acerca de
  • Contacto
  • Política de privacidad

© 2025 LeerNovelas. Todos los derechos reservados

Iniciar sesión

¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

Registrarse

Regístrate en este sitio.

Iniciar sesión | ¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

¿Perdiste tu contraseña?

Por favor, introduce tu nombre de usuario o dirección de correo electrónico. Recibirás un enlace para crear una nueva contraseña por correo electrónico.

← Volver aLeer Novelas

Reportar capítulo