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Novia Fugitiva busca venganza - Capítulo 7

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  4. Capítulo 7 - 7 Capítulo 7 El Topo
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7: Capítulo 7: El Topo 7: Capítulo 7: El Topo Las siguientes cuatro horas fueron un ejercicio de tortura psicológica disfrazado de investigación de seguridad.

El equipo de Karim —seis hombres con trajes oscuros, auriculares discretos y la expresión de quienes han visto demasiadas cosas para sorprenderse por nada— tomó el penthouse como cuartel general de operaciones.

Valentina fue interrogada tres veces por tres personas diferentes.

¿A quién le había dado su número nuevo?

¿Con quién había hablado desde que llegó a Dubái?

¿Había notado algo extraño en el personal del hotel?

¿Alguien la había fotografiado antes del incidente del desierto?

Las preguntas se repetían con variaciones sutiles, buscando inconsistencias que no existían porque Valentina estaba diciendo la verdad.

Toda la maldita y aterradora verdad.

—Necesito aire.

Se levantó del sofá donde llevaba dos horas respondiendo lo mismo con palabras diferentes.

—No puede salir del penthouse.

El guardia más cercano —Ahmad, según la placa que brillaba en su solapa— bloqueó su camino con la sutileza de un muro de concreto armado.

—Órdenes del señor Al-Fayed.

—¿Y dónde exactamente está el señor Al-Fayed para que pueda discutir sus órdenes directamente con él?

—En una reunión de emergencia con la gerencia del hotel.

O sea, güey, ahora soy prisionera literal.

La rabia familiar subió por su pecho como lava contenida.

Jaula de oro.

Jaula de seda.

Jaula de seguridad.

Seguía siendo una maldita jaula.

—¿Al menos puedo ir a la terraza?

¿O también está prohibido respirar oxígeno sin supervisión?

Ahmad consultó algo en su auricular con murmullos discretos.

—La terraza está autorizada.

Pero no se acerque al borde.

—¿Creen que voy a saltar?

—Creemos que alguien con un rifle de largo alcance podría tener línea de visión desde varios edificios cercanos.

El comentario casual le heló la sangre.

Rifle de largo alcance.

Línea de visión.

¿En qué demonios se había metido?

La terraza del penthouse ofrecía una vista que en circunstancias normales habría sido espectacular.

El mar artificial brillando bajo la luna.

El skyline de Dubái recortándose contra el cielo nocturno como ciudad del futuro.

Luces que prometían glamour y posibilidades infinitas.

Ahora todo parecía escenario de película de acción donde ella era la víctima que moría en el segundo acto.

Se sentó en una de las tumbonas de diseño, lo suficientemente lejos del borde para satisfacer la paranoia del equipo de seguridad.

El teléfono vibró en su mano.

Número francés.

Eric.

Por un segundo consideró no contestar.

Pero la curiosidad —y algo más que no quería examinar demasiado de cerca— ganó la batalla.

—Chérie, ¿estás bien?

Me enteré de que Karim convirtió el hotel en bunker militar.

—¿Cómo te enteraste?

—Tengo amigos en lugares interesantes.

¿Qué pasó?

¿Tiene que ver con tu situación mexicana?

La pregunta era demasiado directa.

Demasiado informada.

Valentina sintió el hielo de la sospecha recorrerle la columna vertebral.

—¿Quién te contó sobre mi situación mexicana?

—Nadie me contó nada.

Pero no soy idiota, Valentina.

Una mujer que aparece de la nada, sin pasado visible, con el labio partido y terror en los ojos…

no se necesita ser detective para sumar dos más dos.

Silencio.

El viento del desierto susurraba contra las palmeras artificiales de la terraza.

—Eric, necesito preguntarte algo y necesito que me respondas con la verdad absoluta.

—Siempre.

—¿Tú tomaste una foto de mí en el desierto hoy?

La pausa fue casi imperceptible.

Casi.

—¿Qué clase de pregunta es esa?

—La clase de pregunta que necesita una respuesta directa.

¿Sí o no?

—No.

Por supuesto que no.

¿Por qué haría algo así?

—No lo sé.

Por eso te pregunto.

Otra pausa.

Más larga esta vez.

—Valentina, escúchame bien.

No sé qué te dijo Karim sobre mí, pero te juro por la tumba de mi madre que yo jamás haría nada para ponerte en peligro.

¿Me crees?

¿Le creía?

La verdad era que no sabía qué creer.

No conocía a Eric de Valois más allá de un encuentro casual y una escapada al desierto.

No conocía sus motivaciones reales, sus conexiones, sus secretos.

Pero algo en su voz —algo genuino debajo del encanto habitual— la hizo querer creerle.

—No sé qué creer, Eric.

Ya no sé en quién confiar.

—Entonces confía en tu instinto, chérie.

Tu instinto te trajo hasta aquí.

Te sacó de México viva.

Te hizo aceptar la oferta de Karim cuando cualquier otra persona habría corrido en dirección opuesta.

Una risa amarga escapó de sus labios.

—Mi instinto también me hizo confiar en Santiago durante tres años.

No tiene exactamente el mejor historial.

—El instinto aprende.

Evoluciona.

El tuyo ahora es más agudo que antes.

Puedo escucharlo en tu voz.

La puerta de la terraza se abrió.

Karim apareció como sombra recortada contra las luces del penthouse.

Sus ojos fueron directamente al teléfono en su mano.

—Tengo que colgar —susurró Valentina.

—Cuídate, chérie.

Y recuerda: no todo el mundo que parece enemigo lo es.

A veces los verdaderos peligros usan trajes caros y sonrisas de control absoluto.

Colgó antes de poder responder.

Karim cruzó la terraza con pasos medidos.

Se detuvo frente a ella.

La luna iluminaba su perfil como escultura de bronce antiguo.

—¿Eric?

—Sí.

—¿Le contó sobre el mensaje?

—No.

Solo le pregunté si él había tomado la foto.

—¿Y?

—Dice que no.

—¿Le cree?

Valentina se levantó de la tumbona.

Ahora estaban a menos de un metro de distancia.

El olor a oud y cuero competía con la brisa salada del mar artificial.

—No sé qué creo.

Pero usted tiene información que yo no tengo.

¿Encontraron al topo?

Los ojos de Karim se oscurecieron.

—Sí.

—¿Quién?

—Uno de los botones del hotel.

Recién contratado hace dos semanas.

Su nombre real es Joaquín Reyes Montalvo.

Tiene antecedentes en México por asociación con el Cártel de Sinaloa.

El nombre cayó como bomba.

Cártel de Sinaloa.

Santi trabajaba con ellos.

Todos sabían que trabajaba con ellos aunque nadie lo dijera en voz alta.

El dinero que lavaba, las conexiones que presumía, los “socios” misteriosos que aparecían en fiestas privadas…

—¿Dónde está ahora?

—En una habitación del sótano, respondiendo preguntas de mi equipo.

La implicación era clara y aterradora.

—¿Lo están…

interrogando?

—Le están haciendo preguntas muy específicas de manera muy persuasiva.

Valentina debería haber sentido horror.

Compasión.

Algo humano ante la idea de un hombre siendo “persuadido” en un sótano.

Pero lo único que sentía era alivio.

Alivio salvaje y primitivo de que alguien estuviera protegiéndola de verdad.

—¿Qué han averiguado?

—Que su trabajo era seguirla, fotografiarla y reportar sus movimientos.

Que el pago viene de una cuenta en las Islas Caimán vinculada a empresas que su ex novio usaba para lavar dinero.

Pausa.

—Y que hay más como él.

Al menos tres personas diferentes en Dubái con instrucciones de encontrarla.

Tres personas.

Santi había enviado tres personas a buscarla.

Lo que significaba que esto era mucho más serio de lo que había imaginado.

—¿Por qué tanto esfuerzo?

—la pregunta salió antes de poder detenerla—.

Solo soy una testaferro sin valor real.

Puede conseguir a cualquier otra persona para firmar sus papeles.

—No es solo por los papeles, Valentina.

Karim se acercó otro paso.

Ahora estaban tan cerca que ella podía ver las motas doradas en sus ojos negros.

Imperfecciones diminutas en la perfección absoluta.

—Es por el orgullo.

Usted lo humilló al huir.

Lo dejó en ridículo frente a sus socios.

Los hombres como Santiago no perdonan esa clase de afrenta.

No importa cuánto cueste.

No importa cuánto tiempo tome.

La van a buscar hasta encontrarla.

—¿Y después?

—Después van a hacer un ejemplo con usted.

Para que ninguna otra mujer se atreva a hacer lo mismo.

El terror debería haberla paralizado.

Pero algo más fuerte emergió de las cenizas del miedo.

Rabia.

Rabia pura y cristalina como diamante.

—Entonces tenemos que destruirlo primero.

Las palabras salieron de su boca como si alguien más las hubiera dicho.

Pero eran suyas.

Completamente suyas.

Karim la estudió con expresión indescifrable.

Y entonces sonrió.

No la media sonrisa contenida de siempre.

Una sonrisa real.

Depredadora.

Aprobadora.

—Ahí está la mujer que vi en el lobby de Cancún.

La que recogía su ropa interior del suelo con dignidad de reina destronada.

—No soy ninguna reina.

—No.

Todavía no.

El “todavía” quedó flotando entre ellos como promesa y advertencia.

—Mañana comenzamos su entrenamiento real.

—¿Entrenamiento?

—Etiqueta.

Idiomas.

Historia empresarial de mi familia.

Todo lo que necesita saber para ser mi prometida de manera convincente ante personas mucho más peligrosas que Abbas Rashid.

La lista sonaba exhaustiva.

Agotadora.

Perfecta.

—¿Y mientras tanto qué hacemos con el topo y sus amigos?

—Los eliminamos sistemáticamente.

Uno por uno.

Sin dejar rastro ni testigos.

Debería haberle dado miedo.

Pero lo único que sentía era gratitud oscura por tener a alguien así de su lado.

—¿Por qué hace esto por mí, Karim?

La verdad.

No me diga que es solo por el trato con los Rashid.

El silencio se extendió como sombra al amanecer.

Largo.

Cargado de cosas no dichas.

—Porque reconozco a alguien que merece una segunda oportunidad cuando la veo.

No era toda la verdad.

Valentina lo sabía.

Él lo sabía.

Pero por ahora, era suficiente.

—Vaya a dormir.

Mañana empieza temprano.

Se dio la vuelta para irse.

—¿Karim?

Se detuvo sin girarse.

—Gracias.

Por creerme.

Por protegerme.

Por no devolverme a México cuando todo se complicó.

Silencio.

Y entonces, tan bajo que casi fue susurro: —No me agradezca todavía, habibti.

La noche apenas comienza.

Desapareció por la puerta de cristal.

Valentina quedó sola en la terraza, con el viento del desierto acariciándole el cabello y un nuevo mensaje vibrando en su teléfono.

Número mexicano.

Diferente al anterior.

“El botones cantó antes de que lo callaran.

Tengo tu ubicación exacta.

Piso, habitación, todo.

Nos vemos pronto, mi amor.

– S” El teléfono resbaló de sus dedos temblorosos.

Santiago no solo sabía dónde estaba.

Sabía exactamente en qué habitación dormía.

Y venía por ella.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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