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Novia Fugitiva busca venganza - Capítulo 70

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Capítulo 70: La Investigación Solitaria

Valentina no durmió.

Pasó la noche mirando el techo de su suite. Con la carpeta de Layla sobre la mesa de noche. Con el teléfono de Eric en el cajón. Con preguntas que no podían esperar respuestas educadas.

A las 6 AM se levantó. Se duchó. Se vistió con pantalón negro y blusa blanca. Nada llamativo. Nada que gritara “voy a invadir el despacho privado de mi prometido”.

Porque eso era exactamente lo que iba a hacer.

No iba a esperar a que Karim volviera de su crisis. No iba a sentarse como buena prometida mientras él decidía qué contarle y qué ocultar.

Esta vez ella investigaba.

Esta vez ella decidía qué verdades merecían luz.

Bajó al comedor a las 7:15. Marie le sirvió café sin preguntar. La miraba con algo que se parecía a preocupación maternal.

—¿Está bien, mademoiselle?

—Perfectamente.

Mentira que Marie no creyó. Pero tampoco presionó.

—El señor Karim está en reuniones desde las 5 AM. Dice que no regresará hasta la noche.

Perfecto.

Valentina tomó su café despacio. Calculando.

El despacho privado de Karim estaba en el ala oeste. Tercer piso. Con asistente que controlaba acceso.

Pero ella no era invitada cualquiera. Era la prometida oficial. Presentada por Tarek hace apenas una semana. Con anillo de Fátima brillando en su dedo.

Tenía autoridad. Solo necesitaba usarla.

A las 8:30 caminó hacia el ala oeste. Los guardias la saludaron con reverencia. Nadie la detuvo.

Subió al tercer piso. El pasillo olía a madera cara y secretos corporativos.

La puerta del despacho estaba abierta. El asistente, Omar, trabajaba en escritorio exterior. Veinteañero. Eficiente. Leal a Karim como perro guardián.

Levantó la vista cuando ella entró.

—Señorita García. ¿Puedo ayudarla?

Valentina sonrió. La sonrisa que había visto usar a Layla mil veces. Cálida. Autoritaria. Indiscutible.

—Necesito los documentos del contrato de compromiso. Los abogados de la familia los requieren para el registro oficial.

No era mentira completa. Era mentira suficiente.

Omar vaciló.

—El señor Karim tiene esos documentos en su caja fuerte personal. No puedo…

—Omar. —Se acercó al escritorio—. Karim está manejando crisis mediática que podría destruir a la familia. ¿De verdad quieres molestarlo con protocolo de documentos que yo, su prometida, tengo derecho a revisar?

El peso del anillo de Fátima nunca había sido tan útil.

Omar miró el anillo. Luego a ella. Calculando riesgos.

—Los documentos legales están en la caja fuerte del despacho interior. Si necesita ayuda para…

—Karim me dio la combinación.

Mentira directa. Pero dicha con tanta seguridad que Omar no la cuestionó.

—Entiendo. ¿Necesita que me quede mientras…?

—No. Esto tomará tiempo. Los documentos son extensos.

Omar asintiió. Incómodo pero sin autoridad para negarse.

—Estaré aquí si necesita algo.

Valentina entró al despacho interior. Cerró la puerta.

El cuarto era Karim condensado. Escritorio de nogal oscuro. Estanterías con libros de derecho comercial internacional. Vista al jardín donde ella había caminado mil veces sin saber que él la había elegido desde antes de conocerla.

La caja fuerte estaba detrás de un cuadro. Obvio. Clásico. Predecible.

No tenía la combinación. Pero había vivido suficiente con hombres poderosos para saber que las combinaciones siempre eran fechas importantes.

Probó la fecha de nacimiento de Tarek. Error.

Fecha de fundación de Al-Fayed Corp. Error.

Entonces lo vio. Placa pequeña en el escritorio. “Fátima Al-Fayed. 1889-1975.”

La bisabuela. La dueña del anillo.

Probó: 18-89. La caja se abrió.

Y el mundo se detuvo.

Porque no era solo caja fuerte. Era archivo completo.

Los pagarés estaban ahí. Con firma de su padre. Con firma de Karim como nuevo propietario. Fechados dos semanas antes de Dubai.

Pero debajo. Debajo había algo peor.

Carpeta gruesa. Etiqueta impresa: “VALENTINA GARCÍA TORRES – PERFIL COMPLETO.”

Las manos le temblaron al abrirla.

Primera página: informe de detective privado. Agencia en Ciudad de México. Contratado seis meses antes de que ella conociera a Karim.

Segundo documento: cronología detallada. Cada movimiento suyo en las últimas semanas antes de Dubai.

“15 de marzo: Sujeto visita mercado de Tepito. Compra tortillas y frijoles. Interacción con vendedores sugiere familiaridad con el área.”

Había foto. Ella con bolsa del mercado. Cabello en cola de caballo. Blusa gastada. Sin saber que alguien la fotografiaba.

Tercer documento: análisis psicológico. Firmado por consultora especializada en “perfiles de vulnerabilidad emocional”.

“Sujeto muestra patrones de co-dependencia. Padre ausente. Relación abusiva con Santiago Domínguez ha erosionado autoestima. Red de apoyo: mínima. Hermanas en situación precaria. Conclusión: alta susceptibilidad a oferta de protección de figura masculina dominante con recursos.”

Las palabras se volvieron borrosas.

No por lágrimas. Por rabia.

Karim no la encontró por casualidad en Dubai. No fue destino. No fue magia.

Fue cálculo.

Siguió leyendo. Página tras página.

Informes de vigilancia. Fotos de ella saliendo de su departamento en Coyoacán. Fotos comprando pan en la panadería de la esquina. Fotos en la biblioteca donde estudiaba diseño de moda.

Cada momento privado. Documentado. Archivado. Analizado.

Y entonces. En la última página del dossier.

Nota manuscrita. Con letra de Karim que reconocía de mil contratos.

“Perfil ideal. Vulnerable. Sin red de apoyo. Manejable.”

La tinta era azul oscuro. El tipo que él usaba en su pluma Montblanc.

Y la fecha en la esquina superior. Ocho meses antes de Dubai.

Valentina cerró la carpeta. Las manos ya no temblaban. Estaban completamente quietas.

Con la quietud que viene antes del terremoto.

Tocaron a la puerta.

—¿Señorita García? —Voz de Omar—. ¿Está bien? Lleva cuarenta minutos ahí.

Cuarenta minutos. Se había sentido como cuarenta segundos. Y como cuarenta años.

—Estoy bien. Los documentos son más complejos de lo que pensé.

—El señor Karim acaba de llamar. Pregunta si necesita algo.

El estómago se contrajo.

—Dile que encontré lo que buscaba.

Silencio al otro lado.

—¿Quiere que le diga algo más?

—No. Eso es suficiente.

Guardó todo de vuelta en la caja fuerte. Exactamente como estaba.

Cerró.

El cuadro volvió a su lugar.

Salió del despacho con la misma compostura con que entró.

Omar la miraba con expresión que mezclaba alivio y sospecha.

—¿Encontró los documentos que necesitaba?

—Encontré exactamente lo que vine a buscar.

No era mentira.

Caminó por el pasillo. Bajó las escaleras. Cruzó el jardín hacia su suite.

Cada paso medido. Cada respiración controlada.

No corrió. No lloró. No gritó.

Porque hacer cualquiera de esas cosas significaría colapsar.

Y Valentina García no colapsaba.

No cuando Santi la golpeó. No cuando huyó de México. No cuando firmó contrato de prometida.

Y no ahora.

No ahora que sabía la verdad.

Que Karim Al-Fayed no la había salvado.

La había comprado.

Con investigación previa. Con vigilancia documentada. Con análisis psicológico que la reducía a “manejable”.

Entró a su suite. Cerró con llave.

Se sentó en el borde de la cama.

Con las manos sobre las rodillas.

Y por primera vez desde que vio la carpeta de Layla.

Por primera vez desde que leyó “manejable” en letra de Karim.

Las lágrimas llegaron.

Silenciosas. Calientes. Imparables.

No lloró por Karim.

Lloró por la mujer que creyó que alguien la había elegido por amor.

Cuando la verdad era que la habían elegido por vulnerabilidad.

Como se elige carne en el mercado.

Por precio. Por disponibilidad. Por facilidad de manejo.

El teléfono vibró.

Karim.

“¿Está todo bien? Omar dice que estuviste en mi despacho.”

Valentina miró el mensaje.

Los dedos sobre el teclado.

Tres respuestas posibles.

Podía mentir: “Sí, todo bien.” Podía explotar: “Sé lo que hiciste.” Podía hacer lo que realmente necesitaba.

Ignorarlo.

Apagó el teléfono.

Abrió el cajón.

El teléfono de Eric esperaba.

Verde. Básico. Con un solo número.

Una llamada. Una palabra. Y Eric vendría.

Con jet. Con abogados. Con salida.

Pero no.

Todavía no.

Porque huir sin confrontación sería repetir México.

Karim merecía verla destruir su ilusión cara a cara.

Merecía escuchar lo que se sentía ser reducida a “perfil ideal” en carpeta de investigación.

Merecía saber que la mujer “manejable” que había comprado.

Acababa de volverse completamente inmanejable.

Guardó el teléfono de Eric.

Se limpió las lágrimas.

Se miró en el espejo.

Y algo cambió en su expresión.

No era la prometida asustada. No era la refugiada agradecida.

Era la mujer que acababa de descubrir.

Que había sido presa.

Desde el principio.

Y que las presas.

Cuando descubren la trampa.

Se vuelven cazadoras.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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