Novia Fugitiva busca venganza - Capítulo 74
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Capítulo 74: La Llamada
El teléfono pequeño.
El teléfono simple.
Contra su pecho.
El corazón de Valentina latía debajo de la carcasa de plástico. Como si el aparato pudiera escuchar lo que ella no podía decir en voz alta.
Ya casi estás afuera.
Las palabras de Eric en bucle.
No como promesa romántica.
Como coordenadas de rescate.
Respiró una vez.
Luego otra.
Luego dejó de contar.
Empezó por el armario.
No con furia. Con precisión.
Abrió la primera puerta. Los vestidos colgaban en fila. Sedas egipcias. Linos italianos. Cosas que Karim había elegido. Cosas que la habían transformado, poco a poco, en la versión de ella que él quería mostrar.
Los miró.
No los tocó.
Cerró la puerta.
Abrió la segunda. El cajón del fondo. Ahí estaba su ropa. La que había traído desde México. Sudaderas desgastadas. Jeans con la rodilla izquierda más oscura que la derecha. Una blusa de lino que había planchado cien veces hasta que dejó de importarle si tenía arrugas.
Eso.
Solo eso.
Lo sacó todo. Lo dobló. Lo metió en la maleta pequeña que había guardado debajo de la cama desde el primer mes.
Porque siempre supo, en algún lugar profundo, que esta noche llegaría.
Las joyas las dejó sobre la cómoda.
El collar de diamantes. Los aretes de esmeralda. El brazalete de oro que Karim le había puesto en la muñeca el día del compromiso, diciéndole que combinaba con sus ojos.
No los tocó.
No porque doliera dejarlos.
Sino porque no eran suyos.
Nunca lo habían sido.
Los planos de V.G. Designs sí.
Los sacó del escritorio. Los enrolló con cuidado. Los envolvió en la tela de algodón que guardaba para proteger telas delicadas.
Esos eran suyos.
Cada línea trazada a las dos de la madrugada. Cada corrección. Cada versión descartada. Cada vez que volvió a empezar porque no era suficientemente bueno y ella lo sabía.
Los metió en el tubo de cartón que había usado para transportarlos desde México.
Luego la caja de zapatos.
Debajo de los planos. Entre dos suéteres.
Las fotos de su infancia. Su mamá sonriendo en el mercado de Tepito. Ella misma a los nueve años, con la primera prenda que había cosido, torpe y orgullosa a partes iguales. El Distrito Federal en invierno. Un mundo entero que Karim nunca había preguntado por conocer.
La Singer fue lo más difícil.
No de empacar.
De cargar.
Demasiado pesada para la maleta pequeña. Demasiado importante para dejar.
Valentina la miró durante un minuto completo.
Luego tomó la funda de viaje que había comprado ella misma, con su propio dinero, en un mercado del barrio islámico. El día que Karim no había querido acompañarla porque “esos mercados son para turistas”.
Ella había ido sola.
Y había comprado la funda.
Como si supiera.
La metió dentro. Abrochó los cierres. La levantó.
Pesada.
Pero soportable.
Todo era soportable cuando era tuyo de verdad.
La carta tardó cuarenta minutos.
No porque no supiera qué decir.
Sino porque quería decirlo bien.
Sin veneno. Sin recriminaciones. Sin la crueldad fácil de enumerar sus errores.
Solo claridad.
Karim:
No me voy porque no te quise. Me voy porque sí te quise, y aun así no fui suficientemente libre.
Una jaula no deja de ser jaula porque esté hecha de oro. Porque la persona que cuida las llaves no sea un monstruo. Porque las flores del jardín huelan bien.
Espero que encuentres a alguien que pueda quedarse. Que no necesite tanto espacio. Que no sienta las paredes cerrarse cada vez que alguien decide por ella.
Yo no soy esa persona.
No es tu culpa. No es la mía. Es simplemente verdad.
Cuídate.
Valentina
Lo releyó una vez.
No añadió nada.
No quitó nada.
Lo dobló en tres. Lo metió en el sobre. Escribió su nombre con letra clara.
Karim.
Sin apellido.
Porque en ese cuarto, en esa hora, era solo Karim.
El hombre que había llorado sin sonido en una silla.
El hombre que la había amado mal.
Lo dejó sobre el escritorio.
Donde lo vería mañana.
O pasado mañana.
Cuando el shock pasara.
Las tres y cuarto de la madrugada.
Valentina se sentó en el borde de la cama.
No para descansar.
Para escuchar la casa.
Silencio.
El tipo de silencio que tienen las mansiones grandes. Lleno de capas. El eco de pasos que ya no están. El zumbido de los sistemas de climatización. Algo goteando, lejos, en alguna tubería que nadie había reparado.
Karim seguía abajo.
Ella lo sabía.
No por el sonido.
Por la ausencia de él.
La casa lo absorbía diferente cuando él estaba presente. Como si el aire se reorganizara alrededor de su cuerpo.
Ahora el aire estaba quieto.
Pesado.
De duelo.
A las cuatro menos cinco recogió todo.
La maleta en una mano. La Singer en la otra. El tubo de cartón colgado en el hombro.
Se miró en el espejo del baño una vez.
Nada dramático.
Solo comprobación.
Los ojos cansados pero enteros. La mandíbula firme. La postura de alguien que ha tomado una decisión y ya no va a discutirla.
Bien.
Apagó la luz.
El pasillo a las cuatro de la madrugada olía a jazmín.
Siempre olía a jazmín en esta ala. Había macetas en los nichos de las paredes. Valentina nunca había preguntado quién las regaba. Alguien lo hacía. Silencioso. Invisible. Como todos los que trabajaban en la casa Al-Fayed.
Sus pasos eran suaves.
Pero la Singer no.
La carcasa de metal golpeaba contra las paredes de la funda con cada zancada. Un sonido rítmico. Metálico. Pequeño pero constante.
Clang. Clang. Clang.
Como metrónomo.
Como reloj.
Como corazón.
Dobló la esquina hacia la escalera principal.
Y se detuvo.
Layla estaba ahí.
De pie en el rellano.
En bata de seda color crema. Sin maquillaje. El pelo suelto.
Mirándola.
Valentina no bajó el ritmo.
Siguió caminando.
Layla no se movió. Observó la maleta. La Singer. El tubo de cartón. El cuerpo de Valentina moviéndose con la espalda recta, los hombros hacia atrás, los pasos medidos.
No la imagen de una mujer rota.
Exactamente lo contrario.
Valentina llegó hasta ella.
Se detuvieron a un metro de distancia.
Los ojos de Layla buscando algo en su cara. Señales de colapso. De arrepentimiento. De miedo.
No encontró ninguna.
—Me voy, Layla.
Voz baja. Sin triunfo.
Los labios de Layla se abrieron levemente.
—Valentina…
—Puedes quedarte con la jaula.
Y siguió caminando.
Bajó el primer escalón.
El segundo.
El tercero.
Layla no dijo nada más.
Valentina no esperó que lo hiciera.
Clang. Clang. Clang.
La Singer marcando cada paso hacia abajo.
El vestíbulo principal estaba en penumbra.
Solo las luces de seguridad. Anaranjadas. Bajas. Diseñadas para orientar, no para iluminar.
Valentina cruzó el mármol.
Pasó junto a la mesa donde había dejado caer el anillo hace horas.
La mesa estaba vacía.
Alguien había recogido el anillo.
No quiso saber quién.
Las puertas principales eran de madera oscura y cristal emplomado.
Valentina las conocía bien.
Había entrado por ellas la primera vez con curiosidad.
Luego con resignación.
Luego con la sensación creciente de que eran más pared que puerta.
Esta vez las iba a cruzar.
Puso la mano en el tirador.
La giró.
Y entonces los vio.
Dos guardaespaldas.
En el exterior.
Grandes. Quietos. Con los brazos cruzados y las mandíbulas de hombres que han aprendido a no expresar nada.
La miraron.
Valentina los miró.
Silencio de dos segundos.
Luego el de la derecha habló.
—El señor Al-Fayed ha dado instrucciones de que nadie salga.
La voz sin emoción.
Solo protocolo.
Solo órdenes.
Valentina sintió el frío de El Cairo a las cuatro de la mañana en la piel.
Real. Cortante. Sin ambigüedad.
La Singer pesaba en su mano.
Los planos presionaban contra su hombro.
El sobre con la carta seguía sobre el escritorio, arriba, con el nombre de Karim.
Respiró.
Una vez.
Y sacó el teléfono.
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