Leer Novelas
  • Completado
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
Avanzado
Iniciar sesión Registrarse
  • Completado
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
  • Configuración de usuario
Iniciar sesión Registrarse
Anterior
Siguiente

Novia Fugitiva busca venganza - Capítulo 75

  1. Inicio
  2. Todas las novelas
  3. Novia Fugitiva busca venganza
  4. Capítulo 75 - Capítulo 75: La Extracción
Anterior
Siguiente
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo

Capítulo 75: La Extracción

El teléfono marcó una vez.

Solo una.

—Valentina.

La voz de Eric sin rastro de sueño. Como si no hubiera cerrado los ojos en toda la noche.

—Los guardias no me dejan salir.

—Lo sé. Ya estoy en camino. Aguanta cuarenta minutos.

—Eric, ¿qué vas a—?

—No hagas preguntas. No les des explicaciones. No firmes nada. Solo quédate donde estás.

La línea murió.

Valentina bajó el teléfono.

Los dos guardaespaldas seguían mirándola.

Ella los miró de vuelta.

—Está bien —dijo—. Espero aquí.

Y se sentó en los escalones de la entrada.

Con la maleta a un lado.

La Singer al otro.

Como si tuviera todo el tiempo del mundo.

El frío de El Cairo antes del amanecer era diferente al frío de la noche.

Más limpio.

Más honesto.

Sin la humedad de las horas oscuras. Sin el peso del calor que vendría después.

Solo aire.

Valentina lo respiró despacio.

El jardín estaba quieto. Los jazmines apenas visibles en la penumbra. Blancos y pequeños. Oliendo exactamente igual que el primer día que los había visto, cuando Karim la había traído aquí y ella había pensado que quizás esto podía ser su hogar.

No lo había sido.

Pero los jazmines habían sido reales.

Eso, al menos.

A las cuatro y media se encendió una luz en el segundo piso.

La habitación de Karim.

Valentina no miró hacia arriba.

No necesitaba saber qué estaba haciendo él.

Solo necesitaba que pasaran los minutos.

Uno.

Otro.

Otro.

Los vio llegar a las 5:12 de la madrugada.

Primero los faros.

Tres vehículos. Negros. Silenciosos. Avanzando por la avenida privada con la precisión de quien conoce exactamente a dónde va.

Se detuvieron frente a la verja.

La puerta del primer auto se abrió.

Eric.

Alto. Traje oscuro. Sin corbata. Con la mandíbula de alguien que ha estado haciendo llamadas telefónicas durante horas y no ha desperdiciado ni una.

Detrás de él, tres hombres con maletines. Trajes grises. Franceses por la postura, por la forma en que sostenían los documentos, por la expresión de absoluta indiferencia profesional en sus caras.

Del segundo auto bajó una mujer con insignia consular.

La bandera mexicana en la solapa.

Del tercer auto, dos personas con cámaras.

No de turistas.

De periodistas.

Los guardaespaldas de la puerta se miraron entre ellos.

Por primera vez en toda la noche, algo en sus caras cambió.

Eric se plantó frente a la verja.

No gritó. No exigió. No amenazó.

Solo habló, en el tono exacto de alguien que está leyendo un contrato.

—Buenos días. Soy Eric Moreau. Vengo a recoger a la señorita Valentina Guerrero, ciudadana mexicana, que ha solicitado asistencia consular. La representante de la embajada de México en El Cairo—hizo un gesto hacia la mujer de la insignia—tiene documentación que acredita su derecho a salida libre e inmediata. Los señores—un gesto hacia los tres de los maletines—son abogados del bufete Marchand & Associés de París, especializados en derechos consulares internacionales. Y estos—una pausa breve, mirando a las cámaras—son periodistas de Le Monde que cubren una historia completamente distinta. Por ahora.

Silencio.

Los guardaespaldas no se movieron.

Pero tampoco dijeron nada.

Eric esperó cuatro segundos exactos.

—Pueden llamar al señor Al-Fayed si lo necesitan. Pero sugiero que calculen bien cuánto tiempo tienen antes de que la historia cambie de titular.

La luz del segundo piso se apagó.

Dos minutos después, la verja se abrió.

Valentina se puso de pie cuando Eric cruzó el jardín.

Él llegó hasta ella. La miró de arriba abajo. Una vez. Rápido.

No preguntó si estaba bien.

Tomó la Singer.

—Vamos.

Eso fue todo.

Habían llegado al Mercedes cuando se abrió la puerta principal de la casa.

Karim.

En ropa de la noche anterior. La camisa arrugada. Los ojos con el tipo de oscuridad que viene de no haber dormido y de haber llorado en silencio durante horas.

Miró a Eric.

Eric le devolvió la mirada sin expresión.

Luego Karim miró a los abogados.

A la funcionaria consular.

A las cámaras.

Y entendió.

Todo. De golpe.

La jugada completa.

La elegancia brutal de ella.

Si la retenía, la historia no sería el escándalo del compromiso roto.

Sería millonario egipcio retiene ciudadana mexicana contra su voluntad mientras enfrenta investigación por tráfico de armas.

No podía permitirse ese titular.

No ahora.

No con todo lo que ya ardía.

Karim Al-Fayed podía controlar muchas cosas.

Pero no dos escándalos al mismo tiempo.

Su mandíbula se tensó.

La única señal de lo que estaba procesando.

Luego miró a Valentina.

Ella lo sostuvo.

Sin odio.

Sin compasión.

Sin el amor que todavía existía en algún lugar, guardado en una caja que ya no tenía llave.

Solo sus ojos. Claros. Firmes. Decididos.

—Adiós, Karim.

Las mismas palabras de la noche anterior.

Pero diferentes.

Porque esta vez había una maleta en el suelo.

Y una verja abierta detrás de ella.

Y un auto con el motor encendido.

Karim abrió la boca.

La cerró.

Lo que quería decir no existía en ningún idioma que pudiera pronunciar frente a cámaras.

Frente a abogados.

Frente a una funcionaria consular que ya estaba documentando todo.

Fue entonces cuando apareció Tarek.

Detrás de su hijo.

En bata. Con el pelo blanco despeinado y los ojos de un hombre que ha visto demasiadas madrugadas para escandalizarse por una más.

Miró la escena.

Los abogados.

Las cámaras.

A Eric con la Singer en la mano.

A Valentina con la espalda recta y la mirada fija.

Luego miró a Karim.

Y dijo, en árabe, con la voz baja y definitiva de quien entrega un veredicto:

—Khasartaha 3ashan habbait tekontrolha, ya hmaq.

La perdiste por querer controlarla, idiota.

Karim no respondió.

No podía.

Porque su padre tenía razón.

Y los dos lo sabían.

El sol salió exactamente mientras Valentina cruzaba los últimos metros de jardín.

Anaranjado.

Violento.

Golpeando los escalones de mármol blanco y convirtiéndolos en oro por un segundo.

Solo un segundo.

El aire olía a jazmín.

Siempre olía a jazmín en este jardín.

Valentina no se detuvo a mirarlo.

Pero lo registró.

Guardado. En el lugar donde guardaba las cosas que habían sido reales aunque el resto no lo fuera.

El Mercedes esperaba con la puerta trasera abierta.

Eric metió la Singer en el maletero.

Con cuidado.

Como si supiera que era lo más importante que llevaba.

Valentina subió.

El cuero frío contra sus manos.

El olor a limpio del interior del auto.

Eric cerró su puerta.

Rodeó el vehículo.

Subió al otro lado.

La puerta se cerró.

El chófer no preguntó nada.

El motor ya estaba encendido.

El auto comenzó a moverse.

Valentina miró hacia adelante.

La avenida. Las palmeras. El cielo de El Cairo volviéndose naranja en los bordes.

No miró atrás.

Ni una vez.

La residencia Al-Fayed se quedó atrás.

El jardín de jazmines.

Los escalones de mármol.

Karim de pie con su bata arrugada y su humillación entera.

Todo eso se quedó atrás.

Y el Mercedes siguió.

Hacia el norte.

Hacia el aeropuerto.

Hacia afuera.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

Anterior
Siguiente
  • Inicio
  • Acerca de
  • Contacto
  • Política de privacidad

© 2025 LeerNovelas. Todos los derechos reservados

Iniciar sesión

¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

Registrarse

Regístrate en este sitio.

Iniciar sesión | ¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

¿Perdiste tu contraseña?

Por favor, introduce tu nombre de usuario o dirección de correo electrónico. Recibirás un enlace para crear una nueva contraseña por correo electrónico.

← Volver aLeer Novelas

Reportar capítulo