Novia Fugitiva busca venganza - Capítulo 76
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Capítulo 76: El Vuelo
— Valentina —
El jet despegó a las 6:17 de la mañana.
Valentina lo sabía porque miró el reloj en el momento exacto en que las ruedas dejaron el asfalto.
Como si necesitara documentarlo.
Como si el número fuera a importarle después.
6:17 AM.
La hora en que El Cairo la soltó.
Eric estaba sentado al otro lado del pasillo.
Con un portátil abierto y un café que no había tocado.
No le había preguntado cómo estaba.
No le había dado la mano.
No había llenado el silencio con palabras de consuelo que ella no había pedido.
Solo había cargado la Singer en el maletero del auto.
Había abierto la puerta del avión.
Había dicho sube.
Y eso había sido suficiente.
Más que suficiente.
Valentina miró por la ventanilla.
El Cairo desde arriba era otra ciudad.
Sin olores. Sin texturas. Sin el peso específico del aire a las cuatro de la mañana.
Solo geometría.
Cuadrículas de calles. El Nilo como una costura plateada atravesando la tela ocre de la ciudad. Las pirámides al fondo, ridículamente reales, ridículamente permanentes.
Todo haciéndose pequeño.
Más pequeño.
Más.
Hasta que las nubes lo cubrieron todo.
Y El Cairo desapareció.
Las nubes desde abajo eran amenaza.
Desde arriba eran algodón crudo.
Blancas. Densas. Quietas.
El avión las atravesó una vez y salió al otro lado, donde el cielo era azul oscuro y el sol pegaba horizontal y duro contra el plástico de la ventanilla.
Valentina apoyó la frente contra el cristal.
Frío.
Real.
Aquí.
El llanto llegó sin aviso.
Sin el temblor en el pecho que normalmente lo anunciaba.
Sin el nudo en la garganta.
Solo llegó.
Silencioso. Continuo. Como una llave que alguien había abierto sin hacer ruido.
Las lágrimas cayendo sobre el plástico de la ventanilla.
Sobre sus manos.
Sobre la tela del suéter que había traído desde México y que olía, todavía, levemente, a su departamento de Tepito.
Valentina no hizo nada por detenerlas.
No tenía caso.
El cuerpo cobraba lo que se le debía.
Horas de adrenalina contenida. Meses de tensión sin nombre. Una noche entera de decisiones tomadas con la mandíbula apretada y la voz firme y los pasos medidos.
Todo eso tenía precio.
Y el precio era esto.
No lloraba por Karim.
Eso lo supo desde el primer segundo.
No era el llanto que duele en el centro del pecho y tiene nombre y tiene cara.
Era otro.
Más antiguo.
Lloraba por la mujer que había llegado a El Cairo creyendo que esta vez sería diferente.
Que esta vez el amor no vendría con condiciones disfrazadas de cuidado.
Que esta vez alguien la elegiría completa.
Con la Singer y los planos y las fotos de Tepito y las ideas de las dos de la madrugada y la necesidad de espacio y la costumbre de no pedir permiso para existir.
Lloraba por esa versión de ella.
La que había bajado del avión en El Cairo con una maleta vieja y la ingenuidad intacta.
La que había pensado, una noche en el jardín de jazmines, quizás aquí.
Esa mujer merecía el llanto.
Merecía unos minutos de duelo honesto antes de seguir.
Eric no dijo nada.
Pero en algún momento apareció sobre la mesita plegable, sin ruido, un vaso de agua y una servilleta doblada.
Valentina lo miró.
Luego lo miró a él.
Él tenía los ojos en el portátil.
Como si no hubiera hecho nada.
Como si el agua hubiera aparecido sola.
Valentina tomó el vaso.
Bebió.
No dijo gracias.
Él no esperaba que lo hiciera.
— Karim —
El despacho olía a papel y a las últimas horas de la noche.
Karim no había encendido las luces principales.
Solo la lámpara del escritorio.
Un círculo amarillo sobre el caos.
El dossier abierto. Las fotos de vigilancia dispersas. Los análisis psicológicos que había ordenado y que ahora, vistos desde este lado, tenían el aspecto exacto de lo que eran.
Documentos de un hombre que no había confiado.
De un hombre que había querido controlar lo que no se podía controlar.
De un idiota, como había dicho su padre.
La perdiste por querer controlarla.
La voz de Tarek en bucle.
Sin compasión en el tono.
Sin suavidad de padre.
Solo verdad.
La verdad más cara que había recibido en años.
El sobre estaba encima de todo.
Su nombre en la letra de Valentina.
Clara. Sin adornos. La misma letra que había visto en los planos de V.G. Designs cuando los había revisado sin que ella lo supiera.
La misma letra que había trazado notas en los márgenes de libros de diseño.
La misma letra que había escrito listas de mercado en servilletas de papel.
Su nombre.
Karim.
Sin apellido.
Eso ya lo decía todo.
Lo abrió.
Despacio.
Como si la velocidad fuera a cambiar lo que encontraría adentro.
La leyó dos veces.
La primera rápido. Buscando algo. Acusación, rabia, el veneno que habría tenido derecho a poner.
No había nada de eso.
La segunda vez despacio.
Cada línea.
No me voy porque no te quise. Me voy porque sí te quise, y aun así no fui suficientemente libre.
Se detuvo ahí.
La releer.
Una jaula no deja de ser jaula porque esté hecha de oro.
El puño cerrándose sobre el papel.
Sin querer.
Instinto.
Espero que encuentres a alguien que pueda quedarse. Que no necesite tanto espacio.
Eso fue lo que lo rompió.
No las acusaciones que no estaban.
No la rabia que no había ejercido.
Sino eso.
Que no necesite tanto espacio.
Como si Valentina, incluso al irse, le estuviera deseando algo bueno.
Como si incluso en la carta de despedida se hubiera negado a ser cruel.
Igual que en todo lo demás.
Igual que siempre.
El vaso estaba en el borde del escritorio.
Whisky sin tocar desde medianoche.
Karim lo miró.
Luego lo tomó.
Luego lo lanzó contra la pared.
El cristal rompiéndose en el silencio del despacho como un disparo pequeño.
Los fragmentos cayendo sobre los documentos.
Sobre las fotos.
Sobre la evidencia completa de su propio error.
Se quedó mirando los pedazos.
Sin moverlos.
Sin llamar a nadie.
Solo sentado en el silencio y en el olor a whisky y en el peso de tener razón demasiado tarde.
— Valentina —
Las nubes seguían ahí cuando dejó de llorar.
Algodón crudo hasta el horizonte.
El avión atravesándolas con la indiferencia mecánica de las máquinas grandes.
Valentina se limpió la cara con la servilleta que Eric había dejado.
Respiró.
Una vez.
Otra.
El aire del avión seco y frío y sin historia.
Eso estaba bien.
Aire sin historia era exactamente lo que necesitaba.
—Valentina.
La voz de Eric. Baja. Sin urgencia.
Ella giró la cabeza.
Él seguía mirando el portátil.
Pero lo había cerrado.
—Hay una habitación preparada en París.
Lo dijo sin aparato. Sin preámbulo.
Como si lo hubiera estado sosteniendo durante horas y ya fuera momento de soltarlo.
—Es tuya todo el tiempo que necesites.
Una pausa.
—Sin condiciones.
Valentina lo miró.
El perfil de Eric contra la luz de la ventanilla. La mandíbula limpia. Los ojos todavía en algún punto del portátil cerrado. Dándole la posibilidad de procesar sin la presión de ser observada.
—Sin condiciones —repitió ella.
No era pregunta.
Era verificación.
Eric asintió una vez.
—Sin condiciones.
Valentina volvió a mirar por la ventanilla.
Las nubes.
El azul encima.
El sol pegando de lado.
Debajo de todo eso, El Cairo ya no existía.
Solo quedaba adelante.
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