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Novia Fugitiva busca venganza - Capítulo 77

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Capítulo 77: El Aterrizaje

Las ruedas tocaron asfalto francés a las 2:34 PM.

Valentina lo supo porque miró el reloj.

Como documentando el momento exacto.

Como si la hora importara.

2:34 PM, hora de París.

La hora en que El Cairo finalmente la soltó.

El jet rodó hacia la terminal privada.

Más pequeña que la de El Cairo.

Menos mármol. Menos oro. Menos aparato.

Pero libre.

Eric cerró el portátil.

No había trabajado realmente.

Solo había dado espacio.

Eso era lo que hacía Eric.

Dar espacio sin que doliera.

—Bienvenida a casa.

No era declaración grandiosa.

Era simple.

Como si París hubiera estado esperándola todo este tiempo.

Valentina no sabía qué responder.

Así que solo asintió.

La puerta del jet se abrió.

Aire fresco golpeándola.

Diferente al de El Cairo.

No seco. No caliente.

Húmedo. Gris. Con olor a lluvia reciente.

Bajaron.

Un solo auto esperaba.

Mercedes negro. Discreto.

Sin escoltas. Sin protocolo.

Sin nadie documentando su llegada para redes sociales de la familia.

Solo Eric. Solo ella.

Y la Singer en el maletero.

—¿A dónde vamos? —preguntó mientras subían.

—Al Marais. Tengo un apartamento ahí.

Pausa.

—Es tuyo.

Valentina lo miró.

—¿Tuyo de “puedes usar un rato” o tuyo de verdad?

Eric sonrió suave.

—Tuyo de verdad. Está a tu nombre desde hace una semana.

—Eric…

—No es caridad. Es inversión. En alguien en quien creo.

El auto arrancó.

París desfilando por la ventana.

Edificios de piedra color crema. Calles mojadas reflejando luz gris. Gente caminando sin prisa.

Sin guardaespaldas siguiéndola.

Sin cámaras apuntando.

Sin nadie vigilando.

Solo… vida.

Normal. Simple.

Valentina sintió algo aflojarse en el pecho.

Algo que había estado apretado desde México.

Respiró.

Por primera vez en meses.

Respiró sin calcular consecuencias.

El apartamento estaba en el tercer piso.

Edificio antiguo. Escaleras de madera que crujían.

Sin elevador.

Sin portero.

Sin lujo.

Perfecto.

Eric abrió la puerta.

—Adelante.

Valentina entró.

Un espacio pequeño.

Cocina americana. Sala con ventana grande. Puerta que daba a habitación.

Amueblado simple.

Sofá beige. Mesa de madera. Sillas que no combinaban pero funcionaban.

Nada parecido a la residencia Al-Fayed.

Nada parecido a la casa de Provenza.

Solo… un lugar.

Suyo.

Caminó despacio.

Tocando las paredes.

La pintura blanca ligeramente agrietada. El yeso frío bajo sus dedos.

Real.

Todo era real.

No fantasía de cuento.

No jaula dorada.

Real.

—La cocina tiene lo básico —dijo Eric desde la puerta—. Café, pan, algunas cosas en el refrigerador. Pero puedes comprar lo que necesites.

Valentina asintió sin voltear.

Siguió caminando.

Abrió la ventana de la sala.

El aire entró.

Olor a lluvia parisina.

A adoquines mojados.

A panadería de la esquina.

A libertad.

Respiró profundo.

Los ojos cerrándose.

El sonido de la ciudad abajo.

Voces. Autos. Vida sucediendo sin ella.

Hermoso.

—Valentina.

Se giró.

Eric estaba junto a la mesa.

Con una llave en la mano.

—Si quieres mi ayuda, estoy a una llamada.

Extendió la llave hacia ella.

—Pero esto es tuyo.

Valentina tomó la llave.

El metal frío contra su palma.

Pesaba más de lo que debería.

Porque no era solo llave.

Era elección.

Era autonomía.

Era puerta que podía cerrar cuando quisiera.

Y nadie más tenía copia.

—Gracias —susurró.

Eric sonrió.

No la sonrisa encantadora de antes.

Algo más real.

Más cansado.

—Voy a irme. Debes estar agotada.

Caminó hacia la puerta.

Se detuvo en el umbral.

—Estaré en mi apartamento esta noche. Si necesitas algo, lo que sea, solo llama.

—Eric.

Él esperó.

—¿Por qué haces esto?

—Porque alguien debió haberlo hecho por mí cuando lo necesité. Y nadie lo hizo.

Salió.

La puerta cerrándose suave.

Definitiva.

Valentina se quedó sola.

En el apartamento vacío.

Con el sonido de la ciudad filtrándose por la ventana abierta.

Por primera vez en meses.

Completamente sola.

Sin guardaespaldas en el pasillo.

Sin Karim en la habitación de al lado.

Sin Layla apareciendo sin invitación.

Sin protocolo.

Sin reglas.

Sin jaula.

El silencio era ensordecedor.

Después de meses de ruido constante.

De voces.

De exigencias.

De presencia invasiva.

El silencio dolía.

Como músculo que no había usado en mucho tiempo.

Se sentó en el sofá.

Sacó el teléfono.

El normal. No el secreto.

La pantalla iluminándose.

Sin mensajes de Karim.

Raro.

Siempre había mensajes.

Siempre.

Los dedos moviéndose solos.

Buscando su contacto.

Deteniéndose.

Podía llamarlo.

Decirle que llegó bien.

Que estaba segura.

Que…

No.

Guardó el teléfono.

Se levantó.

Caminó a la habitación.

La maleta esperaba junto a la cama.

La abrió.

Sacó los planos de V.G. Designs.

Los enrollados en tela de algodón.

Protegidos.

Volvió a la sala.

Desplegó los planos sobre la mesa.

El papel crujiendo al abrirse.

Los diseños mirándola.

Vestidos que había soñado.

Cortes que había imaginado.

Costuras que nunca había tenido chance de coser.

Porque siempre había algo más urgente.

Algo de Karim.

Algo de la familia.

Algo que no era suyo.

Pero ahora.

Ahora solo había esto.

Ella.

Los planos.

Y tiempo.

Buscó un lápiz en los cajones de la cocina.

Encontró uno.

Se sentó.

Empezó a dibujar.

Correcciones a un diseño.

Mejoras a otro.

Ideas nuevas naciendo en los márgenes.

Las manos moviéndose.

La mente enfocándose.

El silencio llenándose con el sonido del grafito sobre papel.

Y por primera vez desde que pisó el jet.

No pensó en Karim.

No pensó en lo que dejó.

Solo pensó en lo que construiría.

La lluvia empezó de nuevo.

Suave contra la ventana.

El olor intensificándose.

Las luces de París encendiéndose afuera.

Naranjas. Amarillas.

Como promesas pequeñas.

Valentina trabajó hasta que la luz natural desapareció.

Hasta que sus ojos ardieron.

Hasta que el estómago le recordó que no había comido desde el desayuno en el avión.

Se estiró.

Los hombros crujiendo.

La espalda protestando.

Pero la mente clara.

Más clara de lo que había estado en meses.

Caminó a la cocina.

Abrió el refrigerador.

Pan. Queso. Jamón. Mantequilla.

Cosas simples.

Perfectas.

Preparó un sándwich.

Se sentó junto a la ventana.

Comió mirando la calle.

La gente pasando abajo.

Con paraguas.

Con prisa.

Con vidas que no tenían nada que ver con ella.

Hermoso.

Anónimo.

Libre.

El teléfono vibró.

Valentina casi no lo escuchó.

Lo buscó en el bolsillo del pantalón.

Pantalla iluminada.

Mensaje.

Número desconocido.

Abrió.

Las palabras apareciendo letra por letra.

“Felicidades por tu libertad. Ahora viene lo divertido. —S.”

El sándwich cayó al plato.

El estómago cerrándose.

Las manos temblando.

S.

Santi.

Santi sabía.

Sabía que se fue.

Sabía dónde estaba.

O al menos sabía que ya no estaba en El Cairo.

La ventana abierta de pronto se sintió como error.

Como exposición.

Como blanco pintado en su espalda.

Valentina cerró la ventana.

Echó el seguro.

Corrió las cortinas.

Respiró.

Una vez.

Otra.

El teléfono aún iluminado en su mano.

El mensaje todavía ahí.

Ahora viene lo divertido.

No.

No ahora.

No cuando apenas estaba empezando.

Pero Santi nunca había respetado timing.

Nunca había respetado nada.

Guardó el teléfono.

Miró los planos sobre la mesa.

Las líneas que había trazado.

Los sueños que había empezado a construir.

Y tomó decisión.

Santi podía amenazar.

Podía perseguir.

Podía intentar destruir.

Pero esta vez.

Esta vez ella no correría.

Esta vez pelearía.

Porque ahora tenía algo por qué pelear.

Algo que era solo suyo.

Y nadie.

Ni Santi.

Ni Karim.

Ni nadie.

Se lo quitaría.

Apagó la luz.

Se acostó vestida sobre la cama.

Sin deshacer la maleta.

El teléfono en la mesita.

Silencioso.

Amenazante.

Pero ella no lloró.

No llamó a Eric.

No llamó a Karim.

Solo cerró los ojos.

Y planeó.

Porque las jaulas se abrían desde dentro.

Y ella acababa de aprender cómo.

Afuera, París seguía brillando.

Indiferente a sus batallas.

Indiferente a sus miedos.

Solo existiendo.

Esperando.

Como siempre.

¿Les gustó el capítulo?

¡Espero que lo hayan disfrutado tanto como yo al escribirlo! Si quieren ver más de Valentina y Eric, asegúrense de dejar sus Power Stones hoy. Cada voto cuenta y ayuda a que la novela llegue a más lectoras.

Y si eres nueva por aquí, ¡bienvenida! No olvides agregar el libro a tu biblioteca para no perderte nada. ¡Gracias por su increíble apoyo!

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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